
SUCEDIÓ EN OTOÑO
Acompañándolos y, de alguna manera, guiándolos, subió con ellos por las veredillas de la solana. Coronaron a lo más alto del cerrillo y se encontraron con las ruinas de lo que, tiempos atrás, había sido un bonito cortijo. Solo algunos trozos de paredes, de metro y metro y medio de altas, se veían ahora. Ya entre estas ruinas, les dijo:
- Este es un buen sitio para descansar y dormir esta noche. Mañana y en los días que sigue, Dios proveerá.
- Mis hijos tienen hambre y también yo y mi marido. ¿Qué comemos?
Preguntó la madre, mujer muy mayor, con la cara arrugada, pelo con mechones blancos, nariz pequeña y toda ella muy delgada.
- Haré algo por vosotros ahora mismo.
Sobre una piedra se sentó la madre, a su derecha y en el suelo, su puso el padre con la niña entre las piernas y el hijo mayor, el hermano bueno que era como lo llamaban, entre el padre y la madre. Los cuatro se miraban y veían como el joven, lo primero que hizo fue buscar algunas ramas secas. Por delante de ellos y entre unas piedras, encendió la lumbre y de nuevo dijo:
- Acercaros y calentaros mientras me esperáis un momento. No tardaré en regresar.
Le hicieron caso y enseguida lo vieron alejarse para el lado del sol de la mañana. Se miraron entre sí, el padre, la madre y los dos hijos y en silencio se acomodaron junto al fuego.
El joven recorrió un buen trozo de solana y al llegar a las nogueras, buscó y cogió un buen puñado de nueces. Recogió avellanas de los árboles que crecían por el arroyo y luego subió a la gran encina que conocía desde hacía mucho tiempo. Buscó y encontró un buen puñado de bellotas que también se guardó en los bolsillos de sus ropas y se movió luego hacia el río. Por entre un pequeño bosque de encinas y otros árboles no muy grandes, se puso a buscar y al poco, encontró unas cuantas setas comestibles. Las cortó con mucho cuidado, las lavó en las aguas del arroyuelo a su derecha, las guardó en una pequeña bolsa de esparto y se fue hacia el cerrillo de las ruinas del cortijo. Al llegar a donde las encinas secas se veían caídas y rotas sus ramas por el terreno, se puso e hizo un haz de leña. Cargó con él y se dirigió hacia donde los cuatro se acurrucaban junto a la lumbre.
Cuando llegó, vio que ellos lo esperaban. Soltó el haz de leña y se puso a colocar junto a ellos todo lo que traía en los bolsillos al tiempo que les decía:
- En esta ocasión, Dios ha proveído. Echad algunas ramas secas al fuego que en las brasas vamos a asar estas bellota y la buenas y frescas setas que traigo aquí. Todo, lo acompañaremos con las avellanas y las nueces y así nos alimentaremos.
La niña se puso a echar las ramas para alimentar el fuego, el padre preparó las setas, la madre las bellotas y el hermano y él lo observaban complacidos. Poco después y cuando ya empezaba a oscurecer, pelaban las bellotas asadas en las ascuas, repartían entre sin las setas, avellanas y nueces y se las comían en silencio.
Junto al fuego, durmieron a lo largo de toda la noche y al salir el sol al día siguiente, los despidió y les dijo cuando ya se alejaban hacia Granada:
- Que Dios os bendiga y no tengáis miedo que Él nunca os dejará sin alimento.
A sus espaldas y lejos, se veían las cumbres de Sierra Nevada y los ríos cayendo por las laderas. Al fondo y en la dirección en que los cuatro se alejaban, se veía la colina de la Alhambra, la ciudad de Granada y la ancha vega. Era otoño, no hacía mucho frío, las lluvias ya habían caído en abundancia y esta mañana, con el sol bañando todos los paisajes, parecía un luminoso y hermosísimo amanecer nuevo.
Desde las ruinas del antiguo cortijo en lo más alto del cerrillo, los miraba mientras se alejaban al tiempo que también observaba a los palacios y torres de la Alhambra y, a su derecha, el gran edificio convento y monasterio lleno de personas consagradas a Dios. Un pensamiento cruzó por su mente y para sí se preguntó: “¿Quién vivirá en aquellos palacios y en este monasterio, en su mundo y tan indiferente a todo esto?”