
LOS HIGOS CHUMBOS
Hacía ya mucho tiempo que nada sabía de ella. Tanto tiempo que hasta se había borrado de su mente el tono de su voz, la luz de su rostro, el brillo de sus ojos y los reflejos de su pelo. Pero no la olvidaba. Cada vez que iba y venía por las calles de Granada, pensaba en ella. Especialmente cuando recorría la Carrera del Darro, las laderas y caminos de la Fuente del avellano, los jardines de la Alhambra y los olivares y colinas que le rodean. Siempre la veía en cualquier sitio y, sobre todo, en las claras aguas del río Darro, en las florecillas silvestres brotadas por laderas y caminos, en los cantos de las avecillas y en las caricias del viento y puestas de sol al fondo de Granada.
Pero donde más la echaba de menos, era por las laderas del Sacromonte y de San Miguel alto. Por eso este año, ya final del verano y a solo unos pasos del otoño, una tarde se fue por estos lugares. Para recorrer las veredas como si la llevara de la mano y para detenerse de vez en cuando, observar la figura de la Alhambra y los bosques de la umbría. Como susurrando e imaginando tenerla a su lado, le decía: “Ahora que el otoño llega, ya verás que tonos más bonitos aparecen por aquellas laderas que caen hacia el río desde el Generalife y desde la Alhambra. Algo que en ninguna otra parte del mundo, encontrarás tú nunca porque el otoño por estos lugares, eleva al cielo, hace soñar y refleja matices que pertenecen al mundo de lo eterno”. Y a continuación de esta reflexión también se dijo: “Pero como no estás y te echo tanto de menos en estos días pre otoñales, voy a compartir contigo algunos trozos de lo que por aquí es tan bello”.
Caminó por las veredillas y se acercó a las chumberas. Descubrió que este año estaban más repletas de frutos que nunca. Con cuidado y usando unas pequeñas tenazas, comenzó a recolectar los mejores higos chumbos que en estas plantas encontraba. Los fue echando a una bolsa de plástico y cuando caía la tarde, regresó a su casa, en el barrio del Albaicín. Se acercó al taller de su amigo carpintero y le dijo:
- Quiero que me hagas una pequeña caja de madera y es urgente.
- Pues quédate conmigo y nos ponemos ahora mismo a construirla. ¿De qué madera la quieres?
- De olivo viejo, pulida y barnizada para que, además de olorosa, se ve al sol, las luces y las sombras de esta tierra nuestra.
- ¿Y para qué quieres esta caja tan pequeña, de esta madera tan especial y todo tan urgente?
- Cuando la tengamos hecha, te lo digo.
Y no hablaron más. Al instante los dos se pusieron mano a la obra y antes de ponerse el sol, ya tenían la pequeña caja construida. Rectangular, no muy alta, con madera de olivo añeja que tenía dibujos muy vistosos y dividida por dentro en pequeños cuadritos. Rellenó estos cuadritos con finas hebras de viruta y colocó luego los higos chumbos sobre estas laminillas de madera, uno en cada cuadro hasta completar la caja. En total, docena y media de higos chumbos grandes y no maduros del todo. Lo miraba el amigo mientras él se afanaba en su sueño y al final le preguntó:
- ¿Puedes decirme ahora qué es lo que vas a hacer con todo esto?
- Ella, hace ya mucho tiempo que no está en Granada. Yo no puedo olvidarla y como ahora el otoño por aquí es tan mágico, voy a mandarle estos frutos, recolectados a los pies de la Alhambra y, que como ves, tienen casi los mismo colores que esas torres y murallas y las puestas de sol que, cuando estuvo por aquí, le enamoraban.
- ¿Y a dónde se los vas a mandar?
Tenía en esos momentos un higo chumbo en la mano preparado para colocarlo en la caja de madera y al oír la pregunta del amigo, se quedó quieto. Pensó un momento y entonces cayó en la cuenta que este año, ya no estaba ella ni en su país ni en ninguno de los que años atrás había ido a estudiar. Para sí reflexionó: “Eso digo yo ¿a dónde le voy a mandar estos frutos de otoño criados frente a la Alhambra de Granada si no sé en qué país está ni tampoco en qué lugar, calle o casa vive ahora?”