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romi
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La montaña del sol

15 de Agosto de 2013 a las 12:05

Bubok

LA MONTAÑA DEL SOL

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Capítulo XIV del gran relato titulado “Fuenteliria”

�������������� Aquella mañana del mes de agosto, se abría muy luminosa. Serena por completo, con el cielo teñido de azul intenso y con muchos cantos de chicharras a lo largo y ancho de la gran ladera y del valle. Desde su pequeña habitación, en la casita de piedra y casi colgada en la roca de la montaña, ella observaba los paisajes. En silencio y como transformada por la gran belleza que los paisajes reflejaban. Preguntó a la madre que en aquellos momentos se movía de acá para allá por la casa:

- ¿Qué podría hacer yo para sujetar en el tiempo y conservar para siempre los colores y la luz que ahora mismo irradian estos lugares?

Y la madre, muy sorprendida por la pregunta que la niña le hacía, respondió:

- Si fueras artista y supieras pintar cuadros, podrías dibujar lo que me estás diciendo.

- ¿Y qué hay que hacer para ser artista?

- Creo que lo que tú haces ahora: contemplar las cosas, dejar que el corazón se llene de la luz y belleza que manan de estas cosas y saborearlas lentamente dentro.

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�������������� No preguntó nada más en aquel momento a la madre. Siguió mirando por la ventana y vio al padre que, con su pequeño rebaño de ovejas, descendía por las veredas hacia el valle. Y comprobó que precisamente esto, aumentaba aun más la asombrosa belleza que la mañana esparcía por los paisajes. Una de las ovejas que iba en el rebaño que guiaba el padre, se apartó de la manada. Desde la distancia ella lo distinguió y por eso, enseguida comprobó que era con la que más continuamente jugaba. Sabía que estaba preñada, ya casi a punto de parir. Dijo de nuevo a la madre:

- Voy corriendo en busca de la oveja mansa para que ni se pierda ni se despeñe por la ladera. Creo que se encuentra en peligro y, como es mi amiga, debo ayudarle.

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�������������� Rápida salió de la casita de piedra, surcó la inclinada ladera por el lado del sol de la mañana y, en lugar de irse derecha a la oveja que se había separado del rebaño, coronó por entre las rocas hacia lo más alto. Caminó como por una estrecha trinchera justo en todo lo alto de la cumbre, con la intención de asomarse al precipicio para ver por qué parte de la ladera se movía la oveja mansa. En ese momento, el sol brillaba en la mitad el cielo de la mañana y derramaba su mejor luz justo sobre la alta cumbre que la joven coronaba. Por eso, desde la casa, la madre la descubrió y algo en su corazón tembló. Quiso llamarla para pedirle que tuviera cuidado pero sabía que no podía oírla por la gran distancia.

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�������������� Cuando ya la niña terminó de coronar al filo de la roca comienzo del gran precipicio, se asomó un poco más mientras se decía: “Si desde aquí descubro a la oveja mansa que está de parto, llamo a mi padre y le dijo que suba a recogerla”. Pero no le dio tiempo ni a encontrar a la oveja mansa ni al llamar al padre. Su pequeño cuerpo al borde del acantilado, perdió el equilibrio y desde lo más alto, salió volando. Como una mariposa recién venida al mundo. Desde la casa de piedra la madre la vio cayendo al vacío y luego la vio rebotar en las rocas de la ladera y saltando por encima de los árboles. La oveja mansa, al sentir los gritos y verla rodar, se asustó y corrió hacia el rebaño, en el fondo del valle. Detrás de ella trotaba un corderilla muy blanco, aun casi sin fuerzas y por completo desorientado.

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�������������� Corrió la madre hacia el fondo del valle llamando al padre y llamando a la hija. Cuando llegó por donde el rebaño pastaba y la hierba se extendía en grandes alfombras verdes, se encontró al padre con la niña entre los brazos, mirando a la montaña por donde en esos momentos el sol iluminaba con unos colores y fuerza como nunca se ha visto por aquí. Y desde aquel momento, a lo largo de muchos, muchos años hasta el día de hoy, a esta cumbre siempre se le ha conocido con el nombre de “La Montaña del Sol”.

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�������������� Por completo impresionado por el relato que el pastor le había contado, el científico preguntó:

- ¿Y qué fue de aquella niña?

- En el rincón más bonito de aquel valle y que se veía claramente desde la ventana de la casa de piedra, los padres la enterraron. Y por todos aquellos contornos, corrió la noticia como la pólvora. Muchas personas, la lloraron en silencio y hasta la soñaban por las noches. Cuando yo conocí esta historia, me impactó tanto, que desde aquel día tengo como estampada en mi pensamiento, la pequeña casita de piedra, el valle con sus ovejas, la alta cumbre rocosa y la imagen de la niña asomada al voladero, besada por el sol y aquel día, tan triste y bello.

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�������������� � Mientras el pastor había ido desgranando este relato, su acompañante el científico, no dejaba de observar la gran montaña que al levante se alzaba. Sobre la cumbre, el sol se reflejaba casi con la misma fuerza y luz que el pastor había descrito en su narración. Movido por la curiosidad, de nuevo preguntó al pastor:

- Claro que es triste y bella la historia que me acabas de contar pero nada me has dicho de estos grandes bloques de piedra que hay aquí, frente a las ruinas del que fue el Molino del Avellano. ¿Qué conexión tienen estas piedras con la pequeña de la Montaña del sol?

- Tienen una gran conexión y también es triste y bella. Voy a contársela yo a usted para que lo sepa.

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�������������� Donde dieron sepultura a la niña, en el rincón más bello del valle de las lagunas azules, el padre quiso hacer algo especial. Le dijo a la mujer: “Para que nuestra querida hija esté siempre presente por aquí, aunque el tiempo avance”. Y lo primero que hizo fue sembrar tres árboles: un ciprés, un granado y una morera que a la primavera siguiente brotó con mucha fuerza. En solo unos años, crecieron mucho estos tres árboles y aunque los vientos lo azotaban con fuerza y las nieves del invierno los cubrían, los árboles resistían firmes, verdes y muy fuertes. Especialmente la morera que se cubría de grandes hojas verdes en primavera y verano y derramaba su sombra sobre la tierra donde dormía la mariposa del valle. A este árbol y al granado, en primavera acudían muchos pájaros en busca de los frutos que de las ramas colgaban y esto, llenaba el aire de una música especial en el centro del hondo silencio del valle.

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�������������� Mientras tanto, ayudado por algunos amigos suyos, con cinceles y martillos el padre cortaba pequeños y grandes bloques de las rocas en la cumbre de la montaña. Abrió cimientos cerca de la tumba de la niña y comenzó a colocar los bloques de piedra tallados hasta levantar una pequeña construcción. Decía él que un oratorio para refugiarse en las noches frías del invierno y en los calurosos días del verano y estar de este modo cerca de donde dormía su niña y rezar al cielo por ella. Le comentaba a la esposa: “Ahora no podemos oír su voz ni ver su cara ni observar el brillo de sus ojos cuando contemplaba los paisajes pero eso no quita que la tengamos en nuestros corazones y elevemos oraciones por ella al cielo. Para que allí en su paraíso, Dios nos la guarde y nos la entregue el día que a ese lugar lleguemos”.

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�������������� La pequeña pero bonita construcción de bloques de piedras talladas, se alzó robusta y muy hermosa. Junto a los tres árboles y la tumba de la niña y frente a la alta cumbre y el sol de la mañana, con el fondo de Sierra Nevada algo más lejos. Pasó el tiempo y los padres de aquella niña murieron, se desmoronó casi por completo la casita de piedra en la ladera de la montaña pero los tres árboles no se secaban. En las azules aguas de una pequeña laguna, se reflejaban al salir el sol cada día y al atardecer en verano.

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�������������� Un día, algunos de los arquitectos que por aquellos tiempos trabajaban en la construcción la Alhambra y a las órdenes de los reyes, vinieron por estos lugares, recorrieron la Montaña del Sol y al llegar al valle de la tumba de la niña, se fijaron en la construcción de piedras talladas que el padre había regalado a su niña. Uno de los arquitectos, al ver los magníficos bloques de piedra y tan primorosamente trabajados, dijo:

- Estas piezas son las que necesitamos para la construcción que en la Alhambra estamos levantando. Que se den las órdenes pertinentes y que parte de estas piedras sean llevadas hasta aquellos palacios.

Al día siguiente, derribaron la pequeña construcción y acto seguido, se llevaron las mejores piedras, algunas pequeñas y otras no tanto. Tres de aquellos bloques, los más grandes, rectangulares y que el padre había puesto muy cerca de la tumba de su niña, los dejaron por el lugar esparcidos, no lejos de la azul laguna y del espacio donde dormía el ángel.

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�������������� Al enterarse los dueños de este molino del Avellano y otras familias amigas, de lo ocurrido en la construcción del oratorio del valle, se enfadaron mucho. El dueño del molino dijo:

- Tenemos que hacer algo para que no se pierda por completo el recuerdo de aquella hermosa niña y los momentos de amor que para ella tuvo el padre.

Y los vecinos dijeron:

- Estamos a tu disposición para ayudarte en lo que necesites y nosotros podamos.

Al día siguiente subieron al valle, prepararon los grandes bloques de piedras talladas, con bestias y palos los arrastraron y después de mucho esfuerzo y bastantes días, lograron traerlos hasta este lugar. Y aquí, no lejos del molino y cerca de este arroyuelo y entre estos olivos, los colocaron diciendo:

- Para que todo el que venga por estos lugares, pueda sentarse en estos bloques de rocas casi sagrados. Y para que, si también quiere y su corazón se lo pide, desde aquí observe la cumbre del la Montaña del Sol y en silencio rece una oración por aquella niña y por los padres que tanto amor le dieron.

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�������������� Y el científico, al concluir el pastor esta narración, dio unos pasos, se acercó al primer bloque de piedra, justo al lado del olivo más viejo, se sentó frente a la alta montaña de rocas y en silencio, miró conteniendo el aliento. A su lado se sentó el pastor y muy quedamente le dijo:

- ¿Y sabe usted, señor? Cuando yo de pequeño recorría estos lugares con la bonita perra de agua de la que ya le he hablado, en más de una ocasión, al pasar por aquel valle de las alfombras de hierba y los pequeños lagos azules, me sentía muy atraído por el lugar donde estuvo la construcción de los bloques de piedra y crecían los tres árboles. Todavía siguen allí clavados en la tierra, como guardianes de aquella niña y reflejo de las oraciones que el padre elevó por ella al cielo. En más de una ocasión, en mis visitas a ese valle, procuraba que la noche se me echara encima y sin miedo ninguno, al lado de algunas rocas que por allí aun hay y no lejos de los árboles, me recostaba para pasar la noche. Y se lo aseguro: siempre esas noches y el sueño que en ese rincón he disfrutado, han sido para mí la experiencia más dulce, relajada y placentera que he vivido a lo largo de los días que tengo.

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�������������� El rumor del aire al pasar por entre las hojas de la vieja morera, el aroma de la hierba fresca por toda aquel valle, las azules aguas de las pequeñas lagunas y la luna reflejada en ellas, el canto de los grillos y el hondo silencio de esos hermosísimo paisajes, no tienen comparación con nada en este suelo. Ni siquiera los maravillosos palacios de la Alhambra, sus jardines y fuentes, superan en belleza y eternidad a estos lugares. Por eso, cuando usted quiera y si tiene tiempo, un día vamos a este valle para quedarnos a dormir y así comprobar si es cierto o no lo que le estoy diciendo.

Dejó de hablar el pastor. El científico seguía en silencio escuchando sin dejar de mirar a la lejana cumbre de las rocas y el sol. Y el pastor, para sí y en su corazón susurró: “Dios, dueño de todo el Universo, permíteme que un día yo también y en el paraíso que para muchos nos tienes reservado, me encuentre con los padres de aquella niña y con ella misma. Será un gozo inmenso y con nada comparable, poder jugar y correr con ella por los bellos paisajes que desde su casita de piedra, contemplaba en las mañanas de luces purísimas y cielos azules”.

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