
NOSTALGIA
I- No fue consciente pero cuando se marchó de Granada, dejó por toda la ciudad un vacío inmenso y una muy honda y extraña nostalgia. Al menos esto es lo que experimentó en su corazón el hombre que en secreto la amaba, en las calurosas tardes de verano cuando la conoció.
Vino de un país lejano y llegó a esta ciudad al final del mes de julio. Para estudiar español y conocer mejor la cultura de este país y se instaló en un piso cerca del río Genil. A la tarde siguiente, estaba él sentado en un banco no lejos de las aguas de este río y por donde en tiempos muy lejanos estuvieron los palacios, jardines y huertas de algunos de los reyes de la Alhambra. Cantaban las chicharras y aunque hacía calor, a lo lejos todavía se veían algunas nieves sobre las cumbres de Sierra Nevada.
La vio caminar por entre los jardines cerca de donde estaba sentado y le pareció hermosa. Alta, delgada, cara algo morena, pelo por completo rubio y joven. Se dijo: “Será otra joven más, turista o estudiante de las muchas que por estos días vienen a esta ciudad”. Y lo que no esperaba es lo que sucedió solo unos segundos después. La joven se acercó al banco donde estaba sentado y en español pero con un fuerte acento extranjero, le preguntó:
- Para ir a Sierra Nevada ¿qué hay que hacer?
Algo sorprendido y extrañado, a la vez le preguntó:
- ¿En coche particular, en bicicleta, andando o en autobús?
- Yo acabo de llegar a esta ciudad y voy a estar aquí todo el mes de agosto. Aunque ahora ya no hay nieve en Sierra Nevada, me gustaría ir un día de estos para ver y recorrer esas montañas, lagunas y cascadas.
Y entonces él la invitó a que se sentara a su lado. Muy confiada la joven se sentó en el mismo banco y durante un buen rato charlaron de muchas cosas. De su país lejano y de la nieve y el frío que en invierno se acumula allí, de la Alhambra aquí en Granada, del río Darro y el barrio del Albaicín y del español que pretendía estudiar a lo largo de todo el mes de agosto.
Al salir el sol al día siguiente, ella lo esperaba por donde la Fuente de las Ninfas. Se presentó él, subió la joven en el coche y hora y media más tarde, ascendían por las laderas hacia las cumbres del Veleta, el tercer pico en altura en el macizo de Sierra Nevada. A media mañana llegaron a lo más alto y aquí, durante mucho rato, observaron los blancos pueblos de la Alpujarra y las voluminosas nubes de niebla que desde el mar ascendían hacia los picos del Mulhacén y la Alcazaba. Unas horas más tarde, se descolgaban por las laderas hacia los Tajos de la Virgen y al poco, ya estaban bañándose en las lagunas y luego en el embalse de las Yeguas. Al caer la noche llegaron a Granada y al despedirse ella le dio las gracias por lo que le había enseñado y el día compartidos juntos. Antes de irse, él le dijo:
- Antes de que te marche de Granada, tengo que llevarte al palacio blanco entre encinas para que conozcas los ríos y cascadas que por aquellas laderas se despeñan.
Y ella preguntó:
- ¿Eso que me dices se encuentra aquí en Granada?
- Al levante de la Alhambra y en unos paisajes de ensueño que solo algunas personas conocen.
- Pues sí que me gustaría conocer el palacio que dices, los ríos, bosques y cascadas y respirar el perfumado aire que por allí corre.
II- No la vio ni supo nada de ella al día siguiente ni al otro ni en una semana. Procuró saber o encontrarse con ella pero no tuvo suerte. Fue corriendo el tiempo y el mes de agosto, caluroso y muy lleno de turistas por las calles de Granada y se acercaba el día de su marcha de esta ciudad. No la olvidaba y por eso, antes de irse la buscó y por fin pudo verla. La saludó y enseguida le dijo ella:
- Te agradezco tus atenciones para conmigo en esta mi estancia veraniega en Granada. Y siento no haber podido complacerte en la invitación que me hiciste para ver y recorrer esos rincones de los ríos, cascada y bella casa blanca entres los bosques de encinas.
- Si no has podido, debe ser por alguna razón importante. Vete tranquila y a ver si en otra ocasión realizamos este sueño.
Poco después se despedían y al día siguiente, a primera hora, pensaba en ella y la imaginaba en la estación de autobuses y luego en el aeropuerto y surcando los cielos de Granada hacia su país lejano.
Y no supo por qué ni cómo pero comprobaba como su corazón se le ahogaba en nostalgia. Como si de pronto y para siempre se le hubiera muerto en su vida el más bonito de los sueños. Y quizá por esto, cuando al llegar la noche dormía en su cama con ella en el pensamiento, tuvo un sueño. La vio recorriendo una de las calles más bonitas de Granada, con la mochila a sus espaldas y al encontrarse con ella le preguntó:
- ¿A dónde vas tan solitaria?
- Quiero, antes de marcharme de Granada, visitar el lugar de los ríos y cascadas, por donde esa preciosa casa que me dijiste.
- Pero está a punto de caer la noche y el lugar se encuentra lejos.
- Lo que pretendo es precisamente recorrer el camino a lo largo de la noche y a la luz de la luna para estar allí al amanecer y descubrir todo aquello con la luz del nuevo día. Como si me presentara con los ojos cerrados para abrirlos de pronto y quedar fascinada por lo que ante mí encuentre.
- Puedo acompañarte si quieres.
- Es que deseo vivir una experiencia única.
Al despertar, el alma se le moría de pena por la nostalgia que le producía el sueño que había tenido y por la ida de su amada y para siempre de Granada. Se dijo: “Hoy, mientras ella se aleja de esta ciudad, yo voy a ir al valle de la casa blanca, los ríos y las cascadas. Quiero comprobar si de verdad ha recorrido el camino a lo largo de la noche y por fin ha llegado al lugar. Será maravilloso encontrármela por allí, frente a las cascadas y los ríos y frente a la imagen de la fantástica casa blanca”.