
DESPEDIDO
En la ladera cara al sol, se paró. Justo en el pequeño mirador que el terreno ofrecía frente al valle. A lo lejos, muy levadas y todas blancas, se veían las nieves de Sierra Nevada. Por las laderas, se adivinaban los ríos desparramándose y en el recogido valle, casi a sus pies y junto a uno de los ríos que descendía de las cumbres, se veían las manadas de cabras. Separadas las blancas de las negras y subiendo hacia el mirador desde donde el joven observaba. Al frente de la primera manada, caminaba la madre y el hijo.
Desde el mirador los veía y por eso, sobreponiéndose al miedo que le oprimía por dentro, caminó por la sendilla dirección al valle. Le salió al paso y, después de saludarlos, les preguntó:
- ¿Ya no contáis conmigo para que cuide del rebaño de las cabras blancas?
- A nosotros nos han dicho que ya no contemos contigo.
- ¿Y se sabe por qué?
- Tú has querido hacer las cosas por tu cuenta y eso al dueño lo he ha gustado. No consiente que le des lecciones de nada y menos en su propiedad y con sus animales.
- ¿Y qué vais a hacer conmigo a partir de ahora?
- Supongo que si lo mereces, te darán las gracias y después si te he visto no me acuerdo.
- ¿Ya tiene quién le haga el trabajo que hacía yo?
- Al menos, dos hombres hay casi seguro y, el tercero, puede decirse que también.
- ¿Y a dónde voy a ir yo ahora y de qué vivo?
- Por lo que hemos oído, al dueño de estos animales, lo que sea de ti, tus sueños y necesidades, a partir de ahora, nade le importa.
Miró el joven a los dos rebaños de cabras esturreados por el valle y luego miró para la ladera de enfrente. En la mitad, entre la cumbre del cerro y el valle, se veía la majada de las cabras y la casa donde hasta hacía unas horas había vivido. Durante muchos años, dedicado exclusivamente al cuidado del rebaño de cabras, llevándolas a pastar, convirtiendo su leche en queso y criando muchos y lustrosos chotillos. El dueño, una persona rica que vivía en la Alhambra al servicio de los reyes, no lo trataba bien porque el joven nunca había estado de acuerdo con su forma de pensar y proceder con las personas. Pero como el joven hacía su trabajo, el dueño lo dejaba seguir. Hasta que un bonito día de primavera, el joven dijo al vecino de las tierras cercanas:
- Ahora que llega el buen tiempo, podríamos juntar tu rebaño de cabras y las mías y así los dos nos vamos juntos por los campos y, mientras los animales pastan, nos damos compañía, charlamos y nos contamos cosas.
- Yo no puedo hacer eso sin contar con la autorización del dueño de tus cabras y las mías.
- Y el dueño ¿por qué tiene que enterarse de esto?
- A ti y a mí, es él quien nos tiene contratados. Las cabras son suyas y las tierras también y nosotros sus criados.
- Tonterías. Mañana mismo, cuando abramos la puerta del corral, juntamos los dos rebaños y en una sola manada nos los llevamos por los campos.
Pero al día siguiente, cuando el joven fue al corral para abril la puerta al rebaño de cabras que cuidaba, se encontró con un hombre que en la misma puerta lo recibió y le dijo:
- Ni se te ocurra abrir la puerta de este corral.
- ¿Y eso?
- El dueño está muy enfadado contigo y me ha enviado para que te lo diga y te despida.
- ¿Y tú quién eres?
- Un enviado del dueño de estas cabras y tierras y amigo del administrador del rey.
- ¿Y de este modo me trata solo porque he pensado unir los dos rebaños de cabras?
- Así son las cosas y yo cumplo órdenes.
Ahora, ya media mañana del hermoso día de primavera, la madre y el hijo subían por el valle al frente de los dos rebaños de cabras, separado el uno del otro. El joven, sintiendo que ya era un intruso tanto en las tierras como entre los animales, después de hablar con la madre y el hijo y conocer lo que ya el dueño había decidido, caminó río arriba, alejándose de las cabras, las tierras, la madre y el hijo. Y triste para sí se decía: “Y dice que recibo lo que merezco por haberme atrevido a pensar y querer hacer las cosas a mi modo. ¿Qué va a ser de mí si a partir de ahora ya nadie me quiere?”