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romi
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Castañuelas musicales

26 de Mayo de 2013 a las 10:27

Bubok

CASTAÑUELAS MUSICALES

 

               I- Fue avanzado el otoño y las lluvias caían. A veces, de una forma torrencial, con fuertes vientos y con frío y otras veces, más suave. En las cumbres de Sierra Nevada, las nubes dejaban nieve y por los montes cercanos y colina de la Alhambra, las nieblas revoloteaban. El río Darro y el Genil, a su paso por Granada, corrían llenos y los árboles de las riveras, sembraban el suelo de hojas amarillas. También la hierba junto a los ríos, cada mañana amanecían bañadas en agua y con mil gotas claras colgadas en su tallos. Un otoño hermoso, lleno de melancolía y para él, triste como ningún otro.

 

               Solo hacía unos días, de Granada se había marchado su mejor amigo. Un hombre honesto donde los haya, sabio y bueno. Y aunque ya tenía más de noventa años, a todas horas repartía respeto y llenaba de entusiasmo a todos los que con él trataban. Durante muchos años, en la misma casa habían vivido y a lo largo de todo este tiempo, ambos habían compartido tardes soleadas junto a las fuentes de los pinos, horas nocturnas frente a las estrellas por entre los naranjos y muchos ratos de silencio. A su manera y, mientras miraban al cielo, muchas veces rezaban. Por eso ahora, lo echaba de menos y hasta sentía nostalgia cada vez que se asomaba a la ventana a contemplar la lluvia y a escuchar los cantos del mirlo en el acebo mientras caía esta lluvia y la soledad en su corazón se le acrecentaba.

 

               Se dijo: “Seguiré dando mis paseos por las calles de Granada, mientras lo recuerdo y bebo la música de este otoño viejo y nuevo”. Y siguió dando sus paseos por la Cerrera del Darro, por la Cuesta del Rey Chico, por el centro de la ciudad y por el jardín de las fuentes y los naranjos. Y en estos paseos, además de la lluvia y las hojas amarillas que el otoño arrancaba de los árboles, una de las cosas que le empezó a llamar la atención fueron algunas muchachas jóvenes. Sin pretenderlo, a la vuelta de una esquina en la calle, junto a una tienda, frente a una plaza o cerca de un jardín, de pronto veía a una joven sentada casi en el suelo o en algún escalón. La miraba porque le llamaba la atención y para sí se preguntaba: “¿Estará, como yo, echando de menos a alguien? Y me hago esta pregunta porque la veo sola, triste, como bebiendo de un dolor íntimo y secreto y también como esperando, mientras la lluvia cae y el otoño camina firme y en su silencio”.

 

               Y una tarde, cuando la lluvia caía recia y por la plaza del Triunfo, frente al Arco Elvira, todo el espacio estaba sembrada de hojas amarillas, de nuevo se fue a dar un paseo por la calles de Granada. Caminando solo y triste mientras recordaba a su mejor amigo y mientras, de vez en cuando, se encontraba con alguna joven sentada en el umbral, mirando la lluvia caer y acurrucada en su mundo más secreto. En más de una ocasión, estuvo a punto de pararse, saludar a la joven y preguntarle pero no se atrevía. La lluvia había lavado los adoquines de la calle Elvira y el frío se dejaba sentir, mezclado con el olor a castañas recién asadas. Subió por la Carrera del Darro y al mirar para su derecha, vio a la Alhambra sobre la colina, muy velada por una fina cortina de niebla. La carrera del Darro esta tarde, estaba solitaria, con solo cuatro o cinco gatos en el Puente Espinosa y muchas hojas naranjas y color otoño desparramadas por el suelo.

 

               Siguió subiendo, mientras recordaba a su amigo y reflexionaba sobre las jóvenes que había visto sentadas en el umbral de las casas y puertas de las tiendas. Llegó al puente del Aljibillo y al verlo todo solitario, bañado de lluvia y hojas de otoño color ocre, el corazón le dio un vuelco. Porque vino a su memoria la imagen del amigo ahora por completo ausente y porque también pensó en la joven extranjera que se refugiaba en la cueva que hay por encima de la Fuente del Avellano. Se dijo: “También ella está sola, no tiene trabajo, es emigrante y sin papeles y ni siquiera puede comprar algo de fruta para alimentarse. Sin duda que ahora con esta lluvia, el frío y las nieblas del otoño que por aquí cubren, sentirá añoranza. ¡Qué pena no tener cerca a las personas queridas para compartir estos momentos y para acurrucarse en el calor de una casa, bajo un techo!”.

 

               Y después de mirar durante un buen rato los muros del pequeño puente y las aguas del río, se dispuso a seguir para continuar por la Cuesta del Rey Chico. Pero justo en este momento, sintió los repiqueteos de unas castañuelas. Miró y la vio. Estaba sentada a la altura de la fuente, en la plaza del Paseo de los Tristes. Frente a la Alhambra y cerca de las aguas del río. Era joven, tenía el pelo recogido en trenzas y en cada mano sujetaba y hacía soñar una castañuela. La observó y escuchó un momento y luego se acercó y le preguntó:

- ¿Qué celebras de esta manera y en esta fría y silenciosa tarde de lluvia?

Lo miró ella y sin dejar de tocar sus castañuelas, respondió:

- Celebro precisamente eso: la vida, la lluvia de la tarde de otoño y mi sueño.

- ¿Tu sueño?

- ¿Sabes tú que estas castañuelas son musicales?

- ¿Castañuelas musicales? ¿Qué explicación puedes darme de eso?

 

               Y la joven se levantó de donde estaba sentada, dio unos pasos hacia la Cuesta del Chapiz y mirando para una de las estrechas calles que desde este lugar arrancan hacia el corazón del Albaicín, dijo:

- Ven conmigo y te lo muestro para que veas en vivo y en directo.

 

               II- La casa, un poco antigua y unida a otra que se alargaba calle arriba y calle abajo, se veía hermosa. Una sola puerta a ras de la calle, dos ventanas, una a cada lado y unas macetas con flores en las rejas de estas ventanas. La puerta, se veía de madera vieja y un cristal transparente que dejaba ver como una pequeña estancia. A través de este cristal, en la estancia se veía una mesa, algunas sillas, una chimenea y un par de cuadros colgados en la pared. La puerta de la casa miraba a la Alhambra y la calle, estrecha, solitaria y empedrada, subía casi recta desde el río, como atravesando la ladera hacia lo más alto de la colina. Preguntó el hombre a la joven:

- ¿Vives tú en esta casa?

- En parte sí y en parte no pero luego te explico.

- ¿Y por qué luego?

- Porque antes quiero decirte que él, ni joven ni mayor, siempre solo y continuamente como ausente, fue en esta casa donde pasó sus días. Sentado tras la puerta de madera, escribiendo sus cosas, apoyado en la mesa frente al fuego y mirando continuamente hacia la calle.

- Luego también me cuentas quién era él porque ahora me gustaría saber qué escribía y por qué siempre tras la puerta mirando para la calle.

- Eso es lo que a mí en todo momento me intrigaba. Hasta que un día le pregunté y como respuesta obtuve un prolongado silencio.

- Y por tu cuenta ¿qué pensabas?

- Que tenía el corazón tan lleno y vivía en una ausencia tan grande que necesitaba escribir sin parar para sanarse y al mismo tiempo quería fundirse y marcharse con todos los que por la calle pasaban.

 

               El hombre pidió a la joven que se detuviera, todavía unos metros antes de la puerta de la casa y, mirando en silencio, pasado unos segundos volvió a preguntar:

- ¿Y por qué me has traído aquí y me enseñas y explicas esto?

- Porque un día, yo lo vi salir por esta puerta y caminar calle abajo, como hacia el río y hacia la Alhambra. Llevaba bajo el brazo un gran bolso con muchos cuadernos escritos dentro y al cruzarnos aquí mismo, lo miré y le pregunté: “¿Te marchas?” Muy solemne me respondió: “Me marcho y ahora ya es para siempre aunque en estas casa y rincón me quedo para toda la eternidad”. “¿Y a dónde te marchas?” Y otra vez muy seguro de sí, rotundamente me dijo: “Muy lejos de estos lugares y reino pero al mismo tiempo creo que ya para siempre estaré por aquí presente”. No entendía el mensaje de sus palabras pero en ese momento sentí un poco de miedo, mezclado con cierta tristeza y un halo de paz y misterio. Las cosas profundas y elevadas, a veces hacen temblar el alma. Le volví a preguntar: “¿Quieres dejarme algún encargo de algo que pueda hacer por ti?” Y otra vez muy decidido me comunicó: “Sí, lo que yo a lo largo de tanto tiempo y tras los cristales de la puerta de mi casa he soñado: que te compres unas castañuelas de la mejor madera y que aprendas a tocarlas con alegría y fuerza. Y que cuando ya sepas sacar música de estas castañuelas, tú y tus amigos contigo, vengáis aquí cada tarde y en esta calle y frente a la Alhambra, toquéis vuestras castañuelas y bailéis el mejor baile”.

 

               Sorprendida por el encargo que me dejaba, durante unos segundos lo miré sin saber qué más preguntarle. Luego me animé otra vez y le volví a preguntar: “¿Y por qué piensas que es bueno y para qué puede servir todo esto que me pides?” Me dijo: “De esta vida y de este suelo, un día u otro, todos nos marcharemos. Hoy me toca a mí, ayer lo hicieron otros y puede que mañana lo hagan los que ahora mismo pasan por aquí. Y tras la marcha, siempre queda nostalgia, vacío y hasta tristeza. Pero las personas buenas y con sentimientos elevados, por encima de la tristeza de la pérdida, debemos celebrar los días, el sol, el aire, el silencio y el rumor de las aguas del río y la presencia de la Alhambra sobre esa gran colina. ¿Entiendes lo que te digo?”

 

               Y le dije que sí, sin estar seguro de ello. Se despidió de mí, siguió caminando y por esta estrecha calle que baja hasta el río, se perdió para siempre. Hace ya de esto mucho tiempo y, desde que se marchó, busco la manera de aprender a sacar música de mis castañuelas. Para cumplir su encargo y para, un día y tal como él me dijo, justamente en esta calle y frente a su casa, celebrar lo que me indicó. Creo que será muy hermoso y, no solo aquí en Granada sino en el mundo entero, que un grupo de jóvenes cada tarde interpretemos y saquemos música de nuestras castañuelas y bailemos en esta calle frente a la Alhambra. ¿No crees tú eso?

 

               Y el hombre, miró fijamente a la joven, miró luego para la Alhambra y pasado unos minutos, respondió:

- Sí que lo creo. Te doy las gracias por lo que me has enseñado y recuérdalo ofreciéndole el homenaje que ahora mismo es tu sueño.

Despidió a la muchacha, continuó caminando por la Carrera del Darro, ahora de vuelta y conforme se iba encontrando con los turistas, para sí se decía: “Tendré que acostumbrarme a vivir con la tristeza que me ha dejado la marcha de mi amigo anciano y tendré que acostumbrarme a ver cada tarde muchachas sentadas en el umbral de las casas y en las puertas de las tiendas. Y cuando pueda, vendré a consolarme con la música y danza de este grupo de jóvenes y sus castañuelas frente a la Alhambra. La vida es así y solo elevándola para trascenderla merece realmente la pena vivirla”.

   
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