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Foro para escritores de Bubok

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ernie
ernie
Mensajes: 1.832
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008

C Edición (100) del concurso de relatos - RELATOS

11 de Marzo de 2013 a las 8:03
Tengo el placer de anunciaros que empezamos la edición 100 del concurso de relatos Bubok.
Las reglas de participación son éstas:

- Podrán participar y/o votar todos aquellos que cumplan las bases de siempre.
- Un relato por participante de entre 400 y 1700 palabras.
- En esta ocasión, el tema es libre.
- Los relatos podéis presentarlos mediante el usuario genérico entre hoy, 11 de marzo, y el miércoles, 3 de abril, a las 22:00 horas. Para aquellos que no dispongáis de la contraseña (o que no os acordéis), podéis pedírmela a mí o a cualquiera de los habituales. Como caso excepcional, podéis mandarme el relato por privado y ya lo colgaré yo.
- Las votaciones empezarán cuando se cierre el plazo de admisión y yo publique la lista definitiva de participantes, y se alargarán hasta el domingo, 7 de abril, a las 22:00 horas, momento en el que se anunciará el ganador.
Serán abiertas, es decir, no habrás claves y se harán mediante un mensaje en el foro abierto a tal efecto. Se votan TODOS los relatos, con una puntuación de entre 0 y 5 puntos enteros (nada de 3,5 ni 2,3).
Para preservar el anonimato, cada participante votará su propio relato con una puntuación entre 0 y 5 puntos, que será descontada en el recuento final.
La penalización por no votar será de 5 puntos.

Dudas, comentarios, sugerencias y demás, en el hilo correspondiente.
¡Hala, a petar esto de relatos!
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 24 de Marzo de 2013 a las 14:58
El doctor está cansado

El doctor está cansado, hastiado, casi enfermo.
Juega con un palo plano de madera que ha perdido su nombre. Lo ha cortado por la mitad para hacer malabares entre los dedos. Oye música de Brahms, pero no consigue emocionarse. Va a durar poco. Tres minutos.
Suelta el palo con impaciencia y con pereza abre el historial de su paciente. Busca algo que le ayude a entenderlo, pero en estos momentos se siente como si no fuera licenciado de nada. Cuando relee el historial piensa en su mujer (exmujer), en una separación civilizada que aún le hace hervir la sangre.
Se levanta a apagar la música. El silencio hace justicia al compositor (no me despiertes de mi tumba si no vas a adorarme). El doctor vuelve a sentarse. Pulsa el interfono con violencia (hágale pasar).
El hombre entra con extrema cautela. Está más delgado de su natural físico; se nota en la flacidez de los carrillos y en los pantalones mal apretados.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes.
El hombre se sienta y, a medio camino, pide permiso con la mirada. El doctor hace un gesto.
-¿Cómo se encuentra?
Pregunta estándar. El hombre parece descolocado (¿Cómo está un hombre que acude al psiquiatra? Jodido.).
-¿Está bebiendo?
Él traga saliva y se seca el sudor de las manos en los pantalones. El doctor se pregunta si sus manos sudan (calientes) cuando sostienen un cuchillo. Si sudan (frías) cuando llevan las píldoras que tiene que tragar y si se le quedan pegadas a las palmas.
-Con su medicación es muy peligroso.
-Ya lo sé.
Hay un silencio incómodo mientras el doctor sigue (pensando qué coño hacer ahora) repasando el historial de su paciente. Deja la carpeta sobre la mesa, pero no la suelta del todo. Los ojos del hombre están llorosos con una película indeleble de protección contra la realidad. Un bálsamo.
-Voy a matar a mi mujer, doctor.
Y rompe a llorar sin permiso de nadie, sin consideración alguna. El doctor hace años que no llora. Su angustia es seca; pincha en el corazón, pero el dolor tan solo le cansa.
-Es muy importante que tome su medicación y no consuma alcohol.
El hombre niega con la cabeza (no quiere oír, quiere hablar) y su lamento es agudo y rabioso. Como una cafetera que va a producir café. El doctor no tiene enfermera, tiene enfermero, y bien fuerte. Para el café. No tiene secretaria, tiene secretario. Para el café también.
-No puedo evitarlo, la veo por todas partes.
Parece gangoso por el llanto. El doctor le acerca una caja de pañuelos de papel y el hombre los usa en abundancia.
-Se ríe de mí la hija de puta. Todos los días con un tío distinto. Hasta con amigos míos. Voy a su casa y no está, y luego me vuelvo y no paro de encontrármela.
El doctor cierra los ojos sólo un segundo, mientras el hombre no le mira. Piensa en ver a su mujer ( exmujer ) por todas partes. La bola de su pecho, el llanto seco e indolente, se mueve un poco para pincharle, y parece que se aviva unos segundos.
Luego un conato de sonrisa le viene a la memoria. Cuando eran novios y estaban en el asiento de atrás del coche, ella fingía un orgasmo de película porno.
Su exmujer le había hecho feliz muchos buenos años, y por eso merecía todo el respeto de su pequeño y egoísta mundo.
-Ayúdeme, doctor.
-Estoy intentando explicarle que...
-Si alguien no me para, voy a matarla.
El doctor se aprieta un segundo los ojos, se sumerge. Luego vuelve a la realidad respirando pesadamente.
-Ya mató a su mujer. No puede matarla de nuevo.
El hombre parece descomponerse con algún recuerdo. El doctor se siente extrañamente (poderoso) enfermo y, por tanto, desgraciado. El hombre se mordisquea la yema del pulgar mirando hacia otra parte. Cuando se vuelve a mirarle a los ojos, ha ganado en locura y en precisión.
-Sí que puedo. ¿No le he dicho que la veo por todas partes?
El café está listo.
El doctor piensa en una terrible estadística. La primera causa de muerte para las mujeres en el mundo es la violencia doméstica. El doctor piensa en muchas estadísticas. La segunda causa de muerte para los guepardos es de ataques al corazón.
-Yo no sé por qué me soltaron... De verdad que no sé por qué coño me soltaron...
La primera causa de baja laboral para un psiquiatra es el estrés y, la segunda, la depresión.
-Usted padece esquizofrenia. No era dueño de sus actos. Es una manera simplista de explicarlo, pero... bueno... Si no toma su medicación...
El avión es el medio de transporte más seguro pero, cuando hay un accidente, las probabilidades de sobrevivir son de una contra… millones.
-¿Qué hago en la calle, doctor? No para de mirarme...
Con el dinero que cuesta tratar todas las enfermedades o dolencias derivadas de la obesidad en el mundo occidental, se acabaría con el hambre en el resto del mundo.
-Está bien. Procure calmarse. Vamos a cambiar la medicación. ¿Quiere un vaso de agua?
El hombre golpea la mesa con ambos puños (todos los objetos saltan y golpean a su vez) y mira fijamente al doctor. Este no se mueve. La mirada del hombre está llena de poderoso café caliente y aromático. La del doctor está llena de cansancio; pero brilla.
El único depredador del elefante es el hombre.
El único depredador de la mujer es el hombre.
El doctor sigue sosteniendo la mirada del paciente. Este relaja el gesto y vuelve a secarse las manos en los pantalones. El doctor juega de nuevo con el palo plano de madera. Depresor de lengua, recuerda ahora. El palo se llama depresor de lengua. ¿Por qué tiene un psiquiatra depresores de lengua en su despacho? Para que los niños se sientan más tranquilos y lo vean como a un médico normal.
¿Qué diferencia hay entre un psiquiatra y un médico normal? Esa es fácil. A un médico normal, un paciente le cuenta su vida aunque el medico no quiera, y a un psiquiatra le tienes que contar tu vida aunque tú no quieras.
El doctor se levanta y va al pequeño depósito de agua a llenar un vaso de plástico.
-Lo siento, doctor, he perdido el control.
De eso se trata.
-No se preocupe.
Tuvo un paciente que, cada vez que se montaba en el coche para ir al trabajo, se sentía obligado a volver a su casa para comprobar que el gas estaba cerrado. Perdió el empleo. Le dio una paliza a su jefe y lo dejó en silla de ruedas. Cayó en una depresión. Nunca llegaba a tiempo a las consultas. El doctor piensa que hace mucho tiempo que no lo ve, pero no se pregunta qué habrá sido de él.
El doctor le da el vaso de agua y se sienta de nuevo frente a él, dispuesto a revelarle la verdad sobre todas las cosas. Mete el historial en un cajón ante la sorpresa del hombre, que ha terminado el agua haciendo un considerable ruido.
-Escuche atentamente. Si siguiese la medicación llegaría a comprender que su mujer está muerta y que es su mente la que le hace verla en todas partes.
-Ya lo sé, pero se ríe de mí.
-Si siguiese la medicación, dejaría de reírse de usted. Pero usted no sigue la medicación. Y bebe.
-Bebo porque se ríe de mí, porque estoy amargado... Yo sigo la medicación.
La nueva vieja historia. Tablas. El doctor no puede obligar a ese hombre a tomar su medicación y ese hombre no quiere sobrevivir a su mujer; quiere arder en ella (follar) aunque ya no exista.
¿Qué diferencia hay entre un asesino cuerdo y uno loco? Para las víctimas, se entiende. Para las futuras víctimas, claro está.
¿Qué diferencia hay entre la responsabilidad y la culpa?
El doctor se siente como si tuviera ciento treinta años. Ya no cree en la culpa. Sus ojos siguen pareciendo cansados, pero esa bola dura que tiene en el pecho también se ha transformado en café humeante y aromático.
-Escúcheme.
El hombre escucha. El doctor saca unas llaves del cajón y se dirige al armario de los medicamentos. Selecciona entre ellos y saca un tarrito de píldoras.
Vuelve a sentarse.
-Estas píldoras son muy fuertes ¿entiende?
El hombre asiente con la cabeza. El doctor niega.
-Le servirán para dejar de ver a su mujer si se toma tres al día. Si no, nada cambiará, ¿comprende?
El hombre asiente. Ha dejado quietas sus manos. Los ojos del doctor (humo y aroma) son distintos ahora. Parece más despierto. El hombre parece también más atento.
-Si se tomase todo el tarro de una sola vez, sobre todo si lo mezclase con alcohol, podrían provocarle la muerte. Para alguien que vive solo la probabilidad es muy alta, ¿comprende?
El hombre ni asiente ni disiente (comprende); no sabe qué pensar. El doctor vuelve a tomar aire, que se le calienta dentro, y lo suelta ardiente con una exhalación larga e insonora, mirando a las pastillas y a los ojos del hombre.
-Usted no quiere hacer daño a nadie. Nadie quiere que usted haga daño a nadie.
-Quiero hacer daño a mi mujer.
-Está bien. Si se toma tres de estas píldoras al día, y procura dejar el alcohol, puede que ya no vea a su mujer. Si se las toma todas de golpe y se mete una botella de ginebra (¿será con ginebra?), también.
El hombre no deja de mirar los ojos del doctor (mete el tarrito de píldoras en el bolsillo de su pantalón, que le viene grande). El doctor cierra los ojos (entrecruza los dedos tras la nuca, reclinándose en su asiento). El hombre se levanta sin decir palabra, mirando al doctor; se mira las manos; mira el armario de los medicamentos; mira al doctor.
-( ¿No se atreve a mirarme? )
-( No. )
Ninguno de los dos vuelve a cruzar palabra mientras el hombre decide irse. Mete una mano en el bolsillo y se aleja a pasos cortos. Antes de abrir la puerta se vuelve como para decir algo.
-( ¿Dolerá? )
-( Será como quedarse dormido. )
Será como descansar.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 24 de Marzo de 2013 a las 17:24


concursoderelatos
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  • 24 de Marzo de 2013 a las 17:31
El cura nuevo y su aparato reproductor. 

Si un meteorito hubiera derribado aquel domingo el campanario de la iglesia, no  hubiera armado tanto revuelo como el que armó el cura nuevo con su aparato reproductor. Aquel fin de semana yo me había quedado a dormir en casa de mis abuelos: El domingo por la mañana vi a Elia y le pedí una vez más que accediera a ser mi novia y ella volvió a decirme que no, aunque endulzó, eso sí, su negativa con una encantadora sonrisa y dejándome entrever que no debía perder la esperanza, que quizá más adelante aceptaría, cuando nuestra diferencia de edad no se notara tanto; en aquel momento ella tenía diecisiete años y yo quince. Enseguida, con esa facilidad que tiene Elia para cambiar de tema, empezó a hablarme del cura nuevo, al que  acompañaba  una hermana suya; que habían llegado el lunes, que el alcalde les había conseguido una casa en alquiler y que... bueno, que muchas vecinas de la parroquia habían acudido a darles la bienvenida. Una les llevaba una docena de huevos, otra un queso hecho en casa, otra un pollo o una ristra de chorizos,..., cada una según sus posibilidades, pero que, a excepción de su madre, no sabía de ninguna que se hubiera presentado con las manos vacías. Me dijo también que la hermana del cura era una jovencita bastante guapa, alegre y salerosa, cosa que me sorprendió, porque mira que es raro que una chica se refiera a otra en términos elogiosos, sobre todo en lo referente a su belleza.


Aquel domingo, todo el mundo asistió a misa con su mejor vestimenta y el ánimo expectante para escuchar al cura nuevo por primera vez. Yo asistí porque Elia me dijo que ella asistiría. Lo primero que hice al entrar en la iglesia fue buscarla con la mirada y allí estaba, en la segunda fila, muy atenta a la ceremonia. Lástima que sólo le veía la nuca con su pelo rizado y un hombro. 
Llegado el momento del sermón, algunos feligreses se miraron sorprendidos al ver que el cura nuevo en lugar de acceder al púlpito, se disponía a hablarles desde abajo y lo hacía en un estilo coloquial. Empezó dándoles las gracias a todos por la amable acogida que le habían dispensado y también 'a alguna vecina piadosa en particular, por su esfuerzo en informarle de todo aquello que ella pensaba que el señor cura debía de saber'. Y como de bien nacidos es ser agradecidos, él quería hacer públicas las palabras de la devota  parroquiana, para que sirvieran de ejemplo al resto de la congregación. Al llegar a este punto, se agachó de espaldas a nosotros y empezó a manipular una maleta que tenía en el suelo, unida por cables a dos cajas negras, situadas una a cada lado. Los feligreses volvieron a mirarse sorprendidos y mis amigos iniciaron un debate sobre la naturaleza del extraño artefacto:

-¿Qué coño es eso? –preguntó Tomás.

-Es un tocadiscos, ¿no lo ves? –dijo Julio.

-¿Qué dices?  –replicó Pepiño, que era el hijo del maestro y tenía muchos libros en su casa-. No tienes ni puta idea. Eso es una cinta magnética. 

-¿Una quéee?

 De pronto, aquellas cajas negras, que según Pepiño eran altavoces, vibraron y a través de ellas la voz del cura nuevo y la de la devota parroquiana, conocida por todos los vecinos como la Eufrasia, alcanzaron todos los rincones de la iglesia.

-¡Ya se lo qué es eso! –exclamó Julio casi gritando-. ¡Es un aparato reproductor!

-Pues... sí, más o menos –concedió Pepiño.

-Callaros –dijo alguien a nuestro lado, y todos nos dispusimos a escuchar:

-Seguro que exagera usted un poco, doña Eufrasia –estaba diciendo el cura, con su voz de cura, a través de los altavoces.

-¿Que exagero? Ay padre, si yo le contara... pero mejor me callo; ya irá usted viendo de qué pie cojeamos cada uno. Lo que ocurre es que me dolería que usted y su hermana, que es tan simpática y tan guapa, no se encontraran a gusto entre nosotros; bien sabe Dios que no me gusta criticar, pero cuando vi salir de esta casa..., -Aquí la grabación dio un salto y nos perdimos el final de la frase, un corte que se repetiría cada vez que la Eufrasia intentaba nombrar a alguien.

-Por ahora la puerta de esta casa está abierta a todo el mundo, doña Eufrasia.

-Ay, no me llame doña, por Dios. Mire, padre, entre usted y yo, la (...) es un bicho, créame, es más mala que un dolor de muelas; ella y la hermana, que las dos andan peleadas por el boticario, que (...) podía respetar un poco más a su marido, que es una vergüenza, que el pobre hombre es un bendito. Pero de esas cosas ya se irá enterando usted que en los pueblos pequeños todo se sabe; yo se la nombré porque la vi salir de aquí, pero lo mismo podía decirle (...),  o de alguna otra que tal baila.

-¿No me diga?

-Sí, la que vive en aquella casa de galería; menuda es ésa también; que tiene un hijo y ni ella misma sabe de quién es.

-A lo mejor es que no quiere decirlo.

-Será como usted dice, pero seguro que ya perdió la cuenta de los hombres que pasaron por su cama. Se lo dice la Eufrasia.

-Por Dios, Eufrasia déjelas usted ya.

-No, si por mí bien dejadas están. Ya las irá usted conociendo, ya, que algunas, mucha confesión y mucho comulgar, pero no echan un duro al cepillo.

La Eufrasia estuvo rajando en la cinta durante más de diez minutos. Como música de fondo se escuchaban las exclamaciones de asombro que se les escapaban a los feligreses.
La precaución del cura de manipular la grabación para que no salieran los nombres,  fue a todas luces inútil, pues todos sabíamos que la madre soltera se llamaba Paquita, que la novia del boticario era Enriqueta y que ésta era la única hermana de Pura, la madre de Elia. Y de esto se deducía claramente que la madre de Elia, según la Eufrasia, engañaba al ‘bendito’ de su marido y a su propia hermana. 
Mi amigo Julio, conocedor de mis sentimientos hacia Elia, se quedó mirándome con una sonrisa perversa. Me entraron ganas de darle un puñetazo. 
De pronto vimos a la Eufrasia en el pasillo lateral de la izquierda, abriéndose paso a empujones, para alcanzar la salida, mientras, en la bancada de la derecha se organizaba un pequeño revuelo: un grupo de cuatro mujeres habían salido al pasillo central y se apresuraban en persecución de la fugitiva. Eran: Pura, Enriqueta, Elia y una amiga de ésta.

-Se va armar una gorda –dijo Pepiño-. Esto hay que verlo; salgamos. 

Cuando salimos afuera, las cuatro mujeres estaban agrupadas; a Elia le había dado un mareo y las otras le estaban dando aire, abanicándola con el sombrero de un señor que se había acercado a fisgonear.
‘Joder, Elia, esos desmayos me dan muy mala espina; deberías ir al médico –pensé yo para mí, algo acongojado, al verla recostada contra el tronco del tejo milenario. Pero mi amiga se incorporó enseguida y las cuatro mujeres se pusieron a mirar, furiosas, a su alrededor.

La Eufrasia había desaparecido.

Así pues, se marró el espectáculo que esperábamos presenciar, pero dos días después una noticia corrió como la pólvora de boca en boca: La Eufrasia estaba en el hospital con el cuerpo lleno de moratones y quien sabe si algo roto, a causa de la paliza que la Paquita le había dado. ¿Cómo lo hizo?  Con la ayuda del padre de Elia, ‘el bendito,’ que sujetaba a la Eufrasia, con la disculpa de que intentaba separarlas, permitiendo que la Paquita le zurraba a placer.
concursoderelatos
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  • 25 de Marzo de 2013 a las 15:36
Y todo acab



Una guerra terminada. Unos bandidos asaltando uno de sus pelotones. Unos guerreros cansados luchando por sus vidas. Un arquero apuntando desde la copa del rbol. Una flecha con mi nombre grabado en su punta. Un disparo certero. Un golpe mortal.

Haba servido a mi rey durante todos estos aos de vida. Le haba sido tan fiel como a mi esposa, quien me esperaba en casa. Haba luchado por su gloria y honor para extender su reino al largo del continente. Para garantizar la proteccin del reino y de mi familia de otros agresores. Pero ya haba vivido mucho y la dama negra pareci darse cuenta. Por ello grab mi nombre en esa flecha del arquero ms torpe de esa escuadrilla de bandoleros.

Desdichada mi fortuna en ese instante. Pero benevolente en los instantes pasados, donde la gloria y el honor me sobraba por tantas arduas victorias.

Vi al arquero. Un muchachuelo joven, de cabellera rubia, algo oscura, y tez muy plida. Ojos grandes, como los de un nio, y pecas en sus mejillas. Orejas puntiagudas. Un Et’inei en la vieja lengua. Un elfo comn en la vulgar, la lengua humana.

Seguramente sera un ladronzuelo que se vio obligado a unirse a ese grupillo para tener algo que llevarse a la boca. Lo vi un momento y lo comprend. l tambin me vio y me entendi. Ambos supimos que luchbamos por unas causas justas. Ambos luchbamos por poder volver a casa, con nuestros seres queridos y que la guerra dejara de amenazar nuestro porvenir.

Salt, haca m, intentando coger la flecha al vuelo. Pero no lleg y cay al suelo de bruces. Como yo de mi montura. Se levant como pudo, mientras yo le observaba desde el suelo y mis compaeros, ignorndome, seguan enfrascados en la contienda.

Vino arrastrndose hacia m y me envolvi en sus brazos. Era joven, si. Pero solo de rostro. Debera tener la misma edad que yo. Me mir y me habl en la vieja lengua. No lo comprend. l lo entendi y, como pudo, tradujo sus palabras.

-Yo… Siento –dijo.

Sonre y cerr los ojos, lentamente. l me abraz con ms fuerza mientras repeta la misma frase, entrecortada. Lloraba. Lloraba por un desconocido. Y yo sonrea. Sonrea por un desconocido. Y, mientras vea que mi vida se escapaba con mis ltimos alientos, l puso su cabeza en mi pecho herido, mezclando sus preciadas lgrimas con mi sangre.

Quin adivinara que, despus de todo este tiempo batallando, no llegu a comprender a mis enemigos hasta que, uno de ellos, me abati sin desearlo realmente. Y que el mismo que me abati me comprendi. Nos comprendi a todos.
concursoderelatos
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  • 26 de Marzo de 2013 a las 16:36

“Desde AirLive les deseamos un feliz vuelo…”

El avión dio sufrió una sacudida, y tanto la bandeja que teníamos delante, como la azafata que recorría el pasillo, bailaron. Miré al sacerdote que me había sido otorgado como compañero de viaje y vi cómo de un sorbo acababa con las tres cuartas partes del vino que había pedido para la cena. Y también vi, pero de refilón, y casi por accidente, el rostro ojeroso de Pablo (o sea, el mío) reflejado en la ventana con un leve tic nervioso en el ojo izquierdo.
Otra sacudida y el inestable baile de la azafata lograron que me preocupara. Vamos, que me aferré al reposabrazos como si con esto pudiera hacer que el avión dejara las convulsiones para otro día; a ser posible, para uno en el que yo estuviera en tierra.
Giré la cabeza para observar otra vez al sacerdote, un viejales de mejillas sonrosadas enfundado en una sotana negra, con la esperanza de ver una sonrisa en su rostro, algo que me dijera: “Tranquilo, ya me han cogido la llamada y sólo es cuestión de segundos para que me pasen con mi jefe”. Sin embargo, debían de haberle puesto a la espera porque parecía haber entrado en un profundo sopor. Otra sacudida y miré al pasajero que había sentado al otro lado del pasillo, deseando ver reflejado el miedo que yo sentía en su cara, pero… ¡el muy condenado no podía estar más relajado!
— ¿Puedo ayudarte en algo?—me preguntó, extrañado de la curiosidad que había despertado en mí.
—No, gracias —murmuré; pero el maldito avión no dejaba de moverse—. Sólo quería saber qué libro estás leyendo.
— ¿Perdón?
—Sólo quería saber el título del libro… —dije.
Me miró, se miró el libro y volvió a mirarme como si no entendiera mi simple petición.
—No estarás intentando ligar conmigo, ¿no?—me preguntó, socarrón.
Ni le contesté, no merecía la pena.
Así que entre sacudida y sacudida, volví a mirar a la azafata que en ese momento pasaba por mi lado:
— ¿Se encuentra bien?—me preguntó con una sonrisa.
—Sí, claro que sí —mentí; y seguí su inestable baile, observando cómo se apoyaba en los respaldos de los asientos cada vez que el avión se agitaba.
“Na`”, me dije entonces, “esto debe ser para ellos como el toro mecánico de las ferias, donde lo importante es agarrarse bien pa` no caer.” Así que me aferré al reposabrazos como si me fuera la vida en ello.
Cerré los ojos e intenté distraerme, pensar en otras cosas, y sin saber a cuento de qué, me vi recordando el país que me había visto nacer y convertirme en un hombre de bien, (que de mal ya está lleno el infierno). El país, al cual, dos años después de abandonarlo con grandes expectativas laborales, regresaba como un turista para pasar las vacaciones de verano. ¡Claro está!, pensé, si entraba en los planes de Dios, porque no sólo nos habíamos subido al maldito toro mecánico, sino que habíamos cogido todas sus pulgas.
Sin darme cuenta, llegamos a la hora de la película y las luces del avión comenzaron a apagarse, los viajeros echaron para atrás el respaldo de sus asientos y las azafatas se levantaron para comprobar que todos estábamos bien; que nadie había padecido ningún infarto. Mis ojos empezaron a cerrarse, tenía tanto sueño y estaba tan cansado… Parpadeé en un intento desesperado por mantenerlos abiertos, pero…
— ¡Hostiaaaaaaa…!—grité con el corazón atascado en la garganta y los dedos clavados en el repozabrazos.
Entonces, escuchamos la voz del capitán informándonos de que habíamos pillado una bolsa de aire caliente y que por eso habíamos descendido de golpe unos doscientos metros.
Poco a poco, el corazón regresó a su lugar y miré enfurecido al sacerdote, reclamándole en silencio que atendiera de una maldita vez la llamada que había hecho, y que exigiera tener línea directa con su jefe. Sin embargo, al ver cómo roncaba, una idea atravesó mi cerebro como si fuera un bote salvavidas: necesitaba un vaso de vino u otro licor, para caer en el mismo sopor que él. Así que apreté el botón de la azafata y cuando apareció le pedí un güisqui doble con hielo; que uno es muy macho.
En menos de dos minutos ya lo tenía, y contento con mi pequeña victoria, volví a mirar al pasajero del otro lado del pasillo mientras mareaba el único hielo que había en el vaso.
— ¿Puedo ayudarte en algo?—me preguntó frunciendo las cejas.
—No, gracias, estoy bien. —Y mareé con más brío el hielo.
—Entonces, ¿qué se te ofrece?
—No se me ofrece nada. —Y bebí un ruidoso sorbo de Güisqui.
— ¿No estarás intentando ligar conmigo otra vez, no?
—No —fue cuanto dije antes de terminarme de un solo trago el resto del licor, pues ya no necesitaba de su miedo para suavizar el mío, ya no necesitaba entablar ninguna conversación con nadie, ni leer ni mostrar ningún interés por ningún libro… Dejé el vaso en la bandeja y me acomodé en el asiento, preparado para que los brazos de Morfeo me acunaran.
Pero la maldita voz del capitán volvió a sonar, anunciándonos de que dentro de unos minutos llegaríamos a nuestro destino… y que uno de los motores se había parado; pero que no debíamos preocupáramos, porque aún nos quedaban tres. Y como si fuera un espectáculo digno de verse, algunos pasajeros abandonaron sus asientos para abalanzarse sobre otros y ver el motor que nos había abandonado. Entonces pegué, lo más fuerte que pude, el culo en mi asiento para compensar el desnivel que esos desdichados estaban creando.
Miré con evidente desespero al sacerdote, deseando que pasara algo, algún milagro, pero el buen hombre seguía roncando… Le di una patada…
— ¿Qué pasa?—me preguntó despertándose de golpe, entre asustado y confuso.
—Nada, solo que vamos a aterrizar… —murmuré con una sonrisa—. ¡Claro está!, si alguien coge el maldito teléfono…
— ¿Se encuentra bien?—inquirió, con un deje de preocupación en la voz.
— ¡Perfectamente! ¿Por qué lo pregunta?
—No, por nada…
El sacerdote se abrochó el cinturón de seguridad y observó por la ventana las cercanas luces que íbamos dejando atrás. Me dispuse a imitarlo cuando unos ojos hundidos en unas oscuras ojeras y con un tic nervioso en el ojo izquierdo y otro en la comisura de la boca, me devolvieron la mirada. “¡Madre mía!”, pensé al ver mi rostro reflejado en el cristal, “¿Quién es ese tío? Porque yo no lo conozco”.
Las luces de “átese el cinturón” se iluminaron y las convulsiones que tenía el avión desaparecieron como por arte de magia…
—Tenga, creo que le irá bien… en general —me dijo el pasajero del otro lado del pasillo, entregándome el libro que había estado leyendo durante todo el viaje.
Lo miré con curiosidad y vi que se trataba de La Biblia. Entonces desvié mis ojos y los posé otra vez en el pasajero, y aunque no llevaba puesta ninguna sotana negra que lo identificara como sacerdote, sí que llevaba una cruz de oro colgando sobre el pecho.
Por esas cosas inexplicables de la vida, llegamos a tierra enteros, así como las bandejas y la azafata. Y con un suspiro de alivio, y unas cuantas gotas de sudor resbalando por mi cuerpo, despegué las manos del reposabrazos y comprobé que aún tenía diez dedos con movilidad.
Lo primero que había pensado hacer cuando pisara tierra, era besarla, pero la bofetada de calor con que me recibió ese país, bastaron para convencerme de que ahí, donde todo bicho malo o bueno crecía y se reproducía a una velocidad de vértigo, no era buena idea.


concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 26 de Marzo de 2013 a las 18:41

El ataque


Estuvo inspeccionando la posición largo rato. “Cuando esos jodidos alemanes avancen, lo harán por este lado” pensó con cierta sensación de fatalidad. A él le correspondería repeler ese ataque, de eso tampoco tenía dudas.

La escarpadura donde se encontraba caía sobre el mar. Donde las olas batían contra las rocas, había una serie de espacios a modo de pequeñas playas separadas por lenguas de arena, piedras caídas del acantilado y vegetación. “Por allí vendrán, maldita sea, en su lugar yo haría lo mismo”.

Soplaba el viento pero la nieve había dejado de caer dejando todo el acantilado de un color blanco. Por una extraña asociación de ideas, tal vez pensando en su inocencia frente a los hechos a los que se enfrentaba, pensó en sus hijos. “No sé qué me pasará pero, si tengo que caer, lo haré con honor”. Tembló emocionado agarrando fuertemente el fusil ametrallador. Empezó a imaginar la visita de los soldados de la base a su casa, el momento en que su mujer abriese la puerta, temblando, los chiquillos detrás, con esos ojos grandes y asustados mirando a los dos oficiales que saludaban, rígidos y marciales, en la puerta. “Su marido, señora” diría uno, “ha caído defendiendo su posición frente a un enemigo superior en número”.

Se le escapó una lágrima que, casi inmediatamente, quedó congelada en su mejilla. “¡Malditos bastardos, malditos boches!” gritó al viento, “¡os quemaré vivos a todos, os joderé bien jodidos!”.� Tragó saliva y, de repente, sintió una gran serenidad. “Está bien” se dijo, “si hay que morir, se morirá, pero no sin llevarme por delante a los que haga falta”.

- ¡Sargento! –gritó una voz desde el fondo de aquella amplia cueva donde se había asentado el pelotón- La película va a empezar.

Ni siquiera respondió. Si había algún momento para que la invasión comenzara sería ése, cuando emitieran la película que esperaban todos, aliados y boches. Caminó por el borde de la trinchera improvisada junto al borde del acantilado. La nieve lo cubría todo con un manto que igualaba las irregularidades del terreno.
Dio una patada a un cúmulo especialmente denso descubriendo a golpes lo que encerraba debajo. Allí habría no menos de cien sobres de café descafeinado. “Antes de que los alemanes los cojan les prendo fuego”. Desde luego, las órdenes del alto mando eran taxativas: debía repeler cualquier intento de avance enemigo por ese lado de la costa, a fin de impedir que el principal cuerpo de ejército fuera rodeado. “Pero sobre todo” le había dicho el teniente, “debe proteger esos sobres con su vida. No deben caer en manos del enemigo”.

Entró en el interior de la cueva a calentarse un rato. La película ya había comenzado y todos sus soldados atendían la pantalla. Se quedó mirando mientras se frotaba los nudillos helados. Debía tener sensibilidad en las manos para disparar. No pudo evitar quedar atrapado por la historia, como su destacamento. Algunos lloraban en silencio mientras aquellos huérfanos corrían intentando escapar de su aciago destino. Sintió el corazón encogido mientras el llanto le hacía un nudo en la garganta.

“Si hay un momento de atacar” recordó de repente, “sería éste”. Se asomó de nuevo al acantilado y los vio desplegarse por el primer entrante de rocas. Eran apenas motas de polvo con cascos blancos y trajes del mismo color para camuflarse, pero resultaban inequívocos. “Aquí Tango, Charlie, Alfa, tres, ocho” gritó por la radio, “¡ataque de la infantería enemiga!”. No le dio tiempo a esperar la respuesta. Disparó repetidamente con su arma sobre la masa enemiga que seguía avanzando. Al principio no notó que cayera ninguno pero las motas de polvo parecieron desconcertadas, corriendo en direcciones diferentes. Vació el cargador casi sin sentir nada hasta que, repentinamente, una bola de fuego se alzó en medio de las fuerzas atacantes. “He debido alcanzar su depósito de municiones” pensó. Se vio lanzando gritos de júbilo y desafío al aire. Nadie salía de la cueva, sus soldados seguían viendo la película. “No importa” se dijo, “me basto y me sobro. Esos cabrones tendrán que darse la vuelta”.

De repente, un ruido uniforme le estremeció. Miró hacia arriba y vio los tres aviones que se dibujaban en el horizonte. “¡Ataque de la Lutwafee!” gritó por la radio. “Tres cazas acercándose por las once”. “Entendido” creó oír entre el crepitar de la estática. El ruido de los motores sonaba cada vez más cercano. Levantó el fusil ametrallador apuntando al primer avión que se precipitaba hacia él.

Abrió los ojos, sobresaltado. Debía haber caído, pensó en un primer momento. Pero le extrañaba la completa oscuridad que le rodeaba. Quedó un momento perplejo hasta que escuchó el ronquido de su mujer, al lado. Se rebulló empujándola suavemente pero el sonido pareció aumentar. Escuchó los borborigmos que surgían de su tripa. “Joder”, se dijo, “no debía haber cenado tanto”, pensó con resignación. Cerró los ojos y trató de recordar qué estaba soñando momentos antes. “Había un acantilado” se dijo, “y unos alemanes que atacaban. Vaya mierda de sueños tengo ahora. No salía ni una tía buena”. Cuando recordó los sobres de descafeinado pensó en el café que había tomado tras la cena. “No tengo remedio, como demasiado” se recriminó mentalmente. Su mujer no cesaba de roncar.

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  • 27 de Marzo de 2013 a las 9:34


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  • 27 de Marzo de 2013 a las 18:10
La capa mágica

Kristel siempre sintió pánico a la soledad, y la vida, cruel y sádica hasta la saciedad, la había castigado con dureza. Desde la trágica muerte de su marido y su hija, en un extraño accidente en el que ella salió milagrosamente ilesa, la suerte se había aliado con su destino y, con una frecuencia inusitada, hasta ella diría que sorprendente, se había encargado de recordarle que la soledad y la oscuridad siempre irían ligadas a sus pesadillas.
Por eso, aquella noche, mientras la tenebrosa oscuridad, unida a la lluvia y la tormenta, la rodeaban, sonó la llamada a la puerta de su casa. El pánico que ya sentía se incrementó y un incontrolado temblor se adueñó de ella. La llamada se repitió tres veces y su sonido se extendió por toda la casa mientras hacía eco insoportable en sus oídos. Sintió cómo el frío de la noche recorría su cuerpo y quedó por un instante atrapada en aquel momento. No esperaba a nadie, el reloj de pared marcaba impasible la hora, mientras sonaban las doce llamadas de la media noche y comienzo de ese día cuya fecha le quedaría grabada en la memoria hasta el día de su muerte. Finalmente, apretando los puños, decidió abrir.

Ante sus atónitos ojos apareció la figura de un hombre, correctamente vestido y cubierto por una gran capa negra; podría tener unos sesenta y cinco años. Ella le miraba como hipnotizada mientras él fijaba sus ojos en sus manos temblorosas. El halo misterioso que lo recubría la hipnotizó por completo. Él posó su mano sobre el hombro de Kristel, mientras pronunciaba unas extrañas palabras que, en noches de lluvia y tormenta, se repetirían resonando en su cabeza. Después, con su otra mano, se quitó la capa y se la entregó. No pudo decir nada; inmóvil le miraba buscando una explicación a esa escena. El hombre de pelo lacio se giró silenciosamente y sin un despido, sin una sola palabra de explicación, arrastró sus pies hacia la lluviosa noche, para fundir su imagen en ella por completo.

Mientras cerraba la puerta, Kristel estudió curiosamente la capa� y, al mirar la etiqueta, encontró un rectángulo de tela blanca sobre la que llevaba escrito algo. Leyó las frases varias veces hasta que pudo comprender que no era más que un estúpido juego. Una capa mágica que concedía una fortuna si la llevabas puesta durante un día completo, a cambio de la vida de una persona en otro lugar del planeta.

Intentando eludir la tétrica noche y la misteriosa visita, se acostó, mandando al olvido sus miedos y pensamientos.

Pasaron varias semanas sin que su atención se posara sobre aquella curiosa capa que había quedado olvidada, colgada en la percha de la entrada. Pero algo externo a ella y a su voluntad le impusieron las condiciones y aquella mañana, llena de sol, cuando salía hacia el banco a intentar resolver sus problemas económicos, se fijó de nuevo en ella. Sin pensar en nada, se la puso y miró en el espejo. No pudo evitar soltar una carcajada al verse bajo aquella� sorprendente y negra prenda. El reflejo de su imagen, mirándola con descaro, la analizó sin piedad. Le vinieron a la mente sus deudas, que apretaban cada vez más fuerte la soga de su desdicha y mientras los días se deslizaban indiferentes a estos problemas financieros, nadie parecía venir en su auxilio para aflojarla. En ese momento, recordó las palabras que aquel extraño pronunció la noche que la visitó; su solución simplemente parecía pasar por lucir una singular capa, mientras tendría que aguantar la mirada de la gente que, bajo sus acusadores dedos, la señalarían a su paso con cierta ironía.

Tan desesperada era su situación que en un arrebato de locura, delante del espejo, decidió que no pasaría nada por probar suerte y vestirla durante todo un día, que se le haría largo y tedioso, aunque aún el invierno invitase a protegerse del frio. Total, la supuesta magia de la capa encontraría el camino para darle la riqueza y una persona totalmente desconocida moriría en algún lugar del planeta; un hecho que pensándolo con frialdad, con independencia de llevarla puesta o no, lamentablemente, iba a suceder quisiera o no quisiera.

Aquella misma noche, esperó a que las doce campanadas del reloj de la pared del salón le marcaran el momento. Doce serían las campanadas para ponerse la capa y doce serían las campanadas que aguardaría para podérsela quitar. Y así lo hizo.

El día transcurrió tranquilo entre las miradas, a veces irónicas, otras de envidia y el murmullo de la gente por ese singular atuendo� que en ningún momento se despegó de su cuerpo, aunque limitó al máximo sus salidas a la calle. Cuando las manecillas del reloj decidieron encontrarse de nuevo, tres golpes en la puerta de entrada retumbaron en la casa, igual de secos que los de aquella noche; golpes que se acompasaron a las campanadas del reloj de la pared. El mismo hombre esperaba paciente tras la puerta para recuperar su capa. Cuando se la quitó para entregársela, él le dio a cambio un cheque con una valiosa cantidad de dinero que solucionaría todos sus problemas. Tras el intercambio pudo oír perfectamente la frase que salió de sus labios, esa frase que constantemente siguió repitiéndose en su mente todas las mañanas cuando despertaba: “Enhorabuena, Wrince Claudet ha muerto en este momento, pero tus problemas económicos se han solucionado”.

Han pasado cinco años desde aquel suceso y hoy, mientras tranquilamente tomaba un café en la terraza que hacía esquina entre Broadway y West Street, esperando a su buena amiga Megan, vio como ante sus ojos, un joven no muy lejos de los treinta años, pasaba por la acera. Sobre sus hombros lucía una capa negra, algo vieja y con un aire que le pareció reconocer. Un extraño escalofrío recorrió su espalda. Por motivos desconocidos, no había pasado un solo día, desde aquella extraña noche que cambió su suerte, que a su mente no volviese las palabras de despedida de aquel extraño hombre. La idea de la muerte de Wrince Claudet le amargaba el dulzor de su fortuna. Llamó a Megan por el móvil y se fue a casa; la sensación de frio en su espalda no la abandonaba.

Pasó el resto del día en casa, nerviosa, sin saber qué hacer y sin que aquel extraño escalofrío dejase de recorrerle la espalda. Vio por la ventana cómo las nubes cubrían un cielo azul y claro y, ya terminada la tarde, sonaron los primeros truenos. A partir de ese momento, el escalofrío, unido al temblor de su cuerpo y al miedo ancestral a la oscuridad y la lluvia, la abatieron y sentándose en el salón, mirando con extraña fijación cómo las manecillas del reloj giraban con lentitud hacia su encuentro en las doce.

Justo en el momento en que las dos manecillas se fundieron en una, Kristel cerró sus ojos y las campanadas comenzaron a sonar: Una, dos, tres… el sonido se alejaba de sus oídos a medida que avanzaban, hasta que se perdieron en el espacio, mientras ya nunca más volvería a abrir sus ojos.

Al mismo tiempo, en algún lugar de la Tierra, alguien tendría noticia de que Kristel había muerto para que él, o ella, pudiera disfrutar de una pequeña fortuna que le alegrase sus, en ese momento desconocidos, pocos últimos años de vida.
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  • 2 de Abril de 2013 a las 7:22
Si alguna vez pierdes la fe en mí

Suena el despertador. Son las siete de la mañana.
Aunque lleva horas despierto, Marcos deja que suene algunos segundos más antes de apagarlo.
Se levanta trabajosamente y arrastra sus pies hasta el baño. Ducha, maquinilla y espuma; evitando sus ojos en el espejo. Se mete dentro de la ropa que dejó preparada el día anterior y se va a la cocina, a hacer café. Por encima de la taza, observa el pequeño montón de sobres cerrados que hay sobre el microondas. Todos son del mismo remitente. Su nombre de pila es banco.
Suspira y se concentra de nuevo en el café. Nunca supo cómo administrar el dinero, tan sólo cómo ganarlo. Se le daba muy bien.
Un rumor de pasos, los labios fugaces de Marta en su mejilla mientras se dirige, farfullando un “nosdías”, hacia la cafetera.
Marcos no se gira mientras ella se acomoda en una silla para abrir, una a una, todas las cartas, a las que dedica una mirada fugaz antes de separarlas en dos pilas: los sobres para tirar, las facturas para ordenar: el gas en la g, el teléfono en la t… Marta llena cada año una carpeta igual, como un álbum de familia de deudas saldadas. Ella siempre supo cómo administrar el dinero.
- Te has levantado muy temprano –le dice Marcos.
- Tengo cosas que hacer en el centro y quiero dejar la casa lista antes de llevar a Julio al colegio.
Marcos asiente mientras mete su taza en el fregadero.
- Yo me voy ya –deposita un beso en los labios sonrientes de su mujer.- Hoy entro un poco antes.
- Que vaya bien el día –suspira ella.


El metro está lleno de gente solitaria, sumergida entre las páginas de un libro, aislada por� los auriculares, con los ojos cerrados. Marcos pasea su mirada fugaz entre las caras anónimas, evitando la imagen que le devuelven los cristales del vagón.
Baja tres estaciones después de la que solía ser la suya y sube sin prisas las escaleras hasta la superficie. Está lloviendo. Busca el bar que se ha convertido en habitual y se acomoda en una mesa con un café con leche y una novela.
La gente entra y sale, entre jadeos de lenguas quemadas por las prisas y saludos entrecortados. Marcos procura concentrarse en la lectura.
Cuando finalmente deja el libro cerrado sobre la mesa son cerca de las nueve. Los que antes eran sus compañeros deben llevar casi una hora de trabajo.


Los coches se agolpan en las calles alrededor del colegio. El atasco que forman los que se paran en la puerta exaspera a los que aguardan su turno pendientes del reloj.
El parabrisas completa otro arco perezoso.
- Cariño, en cuanto lleguemos a la calle del colegio, te bajas y entras tú solo, ¿de acuerdo? –dice Marta.
Julio asiente sin apartar la vista de las gotas que salpican el cristal.
- Mamá.
- Dime, hijo.
- ¿Papá y tú os vais a divorciar?
- ¡No! ¿Por qué dices eso?
- Porque os he oído discutir y los padres de Sergio discutían y luego se divorciaron, y su padre se fue a vivir a otra casa y sólo lo ve los fines de semana aunque ahora tiene otro papá.
- No, cariño, no vamos a divorciarnos –Marta se gira y estira la mano para tocar la rodilla de Julio-. No pasa nada porque los papás discutan a veces. ¿Tú nunca discutes con tus amigos?
El niño se queda pensativo unos segundos.
- El otro día discutí con Sergio porque decía que yo hago trampas y yo no hago trampas, lo que pasa es que no sabe perder y se enfada cuando pierde pero luego vino la señorita y nos dijo que hiciéramos las paces.
- ¿Y a qué ya eres amigo de Sergio otra vez?
- Sí.
- Y no vas a divorciarte de él, ¿verdad?
Julio sonríe hacia arriba.
- Nooo, es que nosotros no estamos casados.
- ¿Lo ves? No pasa nada porque uno no esté siempre de acuerdo con el otro. Discutir no siempre es malo. A veces, hay que hablar las cosas.
Marta se gira, pendiente del coche de delante que continúa inmóvil.


Ha dejado de llover.
Marcos sale a la calle y arrastra los pies por las aceras mojadas. A su alrededor, la gente parece tener un destino al que llegar de manera inmediata. Sus pasos son seguros, apresurados.
Él también solía tener un lugar en el que estar entre las ocho y las cinco de la tarde.


Marta sale del aparcamiento con el tique entre los dientes. Camina un par de calles y se mete en un portal.
Se detiene en la garita de la entrada, da un nombre y recibe una llave. Este no es uno de esos edificios en los que el portero conversa con los clientes, en ocasiones, ni siquiera parece verlos, aunque Marta no espera ni por un momento que no se acuerde de ella.
Planta segunda, habitación tercera.
Es un cuarto pequeño con una cama grande, un armario empotrado y una mesita con una televisión que, por el aspecto, bien podría ser en blanco y negro. Marta no lo sabe, no la ha puesto nunca.
Entra en el minúsculo lavabo, se cambia y retoca su maquillaje: intensifica el tono de sus labios, se aplica más colorete y oscurece la sombra de ojos. Se mira en el espejo, no acaba de gustarle. Pero sabe que a Alberto, sí.


Parece que va a llover de nuevo.
Marcos se refugia en una biblioteca, no quiere más café.
Se sienta en un butacón y abre el periódico del día. Con un reniego, se salta la sección de política. Hace tiempo que no la lee porque le pone de mal humor. Sinceramente, toda la prensa le exaspera porque no se encuentra entre sus páginas, es como si hubiese desaparecido, como si lo que pasase ya no le atañese a él. Como si ya no formase parte. De hecho, no se siente parte de nada.
Hace nueve meses, cuando trabajaba, podía leer un diario entero sin sentir náuseas.


Llaman a la puerta. Marta suspira un segundo y va a abrir.
Alberto sonríe.
- Hola, nena –le dice mientras le rodea la cintura y la besa en los labios-. Hoy tengo prisa, ¿vale? –La mira un segundo de arriba abajo. Marta siente un escalofrío-. Estás preciosa.
Cierra la puerta y la lleva directa a la cama.


Marcos sale a la calle. La biblioteca se le estaba cayendo encima.
Se refugia en un balcón y toma aire a grandes bocanadas. Si todavía fumase, se encendería un paquete entero sin quitarle ni el precinto. Pero hace años que lo dejó. Con una sonrisa torcida, agradece su buena suerte.
Mira el reloj, no son ni las once. Aún quedan más de seis horas. Reprime un alarido.
“Hoy se lo diré”, piensa. “Tengo que hacerlo, se lo debo”. En su cabeza lo ha hecho muchas veces pero, a la hora de la verdad, no ha sabido ni por dónde empezar. Siempre se le atragantan las palabras. “¿Hace nueve meses? ¿Y qué has hecho todo este tiempo?”, cuando evoca el momento, ella siempre quiere saber eso.


Alberto se ha ido.
Marta contempla el techo. Se levanta y coge los billetes que él ha dejado encima de la mesita. Los cuenta y los mete en el bolso. Alberto siempre deja propina.
Coge el gel de baño y la toalla que lleva en la bolsa y se da una buena ducha, frotándose bien todo el cuerpo, dejando que el agua corra por toda su piel. Antes lloraba. Hace meses que dejó de hacerlo. Ahora sólo siente una furia sorda, una vergüenza áspera.
Aún tiene la esperanza de que Marcos le cuente algún día que no tiene trabajo. Antes de que deje de sentir vergüenza.


Ha parado de llover.
Marcos está sentado en un banco. Estaba mojado así que sus pantalones deben estarlo también. No importa. Ya se secarán. Y, si no, ya se inventará algo. Últimamente, Marta parece dispuesta a creer cualquier cosa.
Eran un buen equipo. Él solía ganar el dinero y ella lo administraba. Él nunca supo cómo hacerlo. Aún así, tiene la sospecha de que, a pesar de sus ahorros, ya deberían haberlo notado. Marta debería haberlo notado. No puede ser de otra manera.
Es casi la una.
Quizás hoy podría ir antes a casa y sorprenderla. “Me han dado la tarde libre”. Es viernes y hace meses que no tiene una tarde libre. Todo el mundo merece una tarde libre de vez en cuando.
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  • 2 de Abril de 2013 a las 11:41
Al otro lado

La playa todavía estaba muy lejos, pero las columnas de humo eran claramente visibles desde nuestra barcaza. Justo en ese momento vimos como algunos aviones se dirigí-an hacia la costa para machacar las posiciones alemanas que aún quedaban en pie. A esas horas, los pocos puentes que no habían sido tomados por los de la 101 habrían sido destruidos por los bombardeos, y el III Ejército se encontraría comba-tiendo más allá de los montículos de arena, en el interior. Por lo tanto, no éramos el primer grupo que iba a tomar parte en el desembarco y no nos esperábamos una tenaz resistencia. Sin embargo, nuestra misión era una de las más ingratas que pueden darse a un soldado: teníamos la obligación de acabar con los últimos defensores que todavía quedaran vivos. Eso significaba perder la vida en una posible emboscada o bien en una refriega con un francotirador. Siempre preferí tener que vérmelas con el enemigo cara a cara. Así al menos podríamos devolverle cada golpe e infringirle algunos más... Pero nues-tras órdenes no eran más que una vulgar operación de lim-pieza.
Desde el aire, los ingleses seguían haciendo su trabajo. El fuego antiaéreo era prácticamente inexistente, pero no podíamos confiarnos. En cualquier momento una columna de tanques podría aparecer detrás de una trinchera y detener nuestro avance. Al contrario de lo que cualquiera pudiera pensar, no veíamos la hora de llegar a tierra. Queríamos po-ner fin a todo aquello de inmediato.
La lancha aminoró la velocidad hasta casi detenerse del todo. Supuse que ya habíamos llegado a la orilla, pero nada más lejos. Cuando desembarcamos nos dimos cuenta de que el agua nos llegaba hasta cintura y que el fuego enemigo era más intenso de lo normal. ¿Acaso habíamos cometido un error? Tuvieron que pasar algunos minutos para que lo com-prendiéramos todo: los alemanes habían rechazado la prime-ra oleada y ahora mismo nadábamos entre los restos de lo que debía haber sido el III Ejército. Los cadáveres se habían acumulado de tal forma que habían detenido la marcha de nuestro transporte. Y lo que es peor: una buena parte de las defensas costeras estaban todavía intactas. Habíamos estado tan pendientes de lo que sucedía en el cielo que pasamos por alto la terrible situación que se vivía en la playa. Bien mirado, aquello tenía gracia. Si apenas unos momentos antes renega-ba de la misión que se nos había encomendado, ahora rezaba para no tener que vérmelas con medio ejército alemán. ¿Una misión ingrata? ¡Y una mierda! ¡Con lo fácil que hubiera sido sacar a aquellos bastardos de sus parapetos! Ya digo, tendría gracia de no ser porque iban a masacrarnos allí mismo.
No sé cuántos de nosotros pudimos llegar hasta la ori-lla, pero creo que fuimos menos de la mitad. En aquel mo-mento tuve que haber dado la orden de retirada, pero un obús había destrozado nuestra lancha y a parte de los que se encontraban cerca de ella, impidiendo así cualquier posibili-dad de huida.
A duras penas conseguí arrastrarme hasta detrás de un obstáculo antitanque. Al notar las balas rebotar contra el hormigón, tuve la certeza de que me habían localizado y que iba a costarme muchísimo trabajo salir de allí. La situación era desesperada. Salir corriendo significaba que me volaran la cabeza con una ráfaga de ametralladora. Poco importaba que la radio hubiese quedado inutilizada. Al pertenecer al último grupo de asalto no podía esperar un segundo desem-barco, por lo que nadie iba ir a buscarnos. En caso contrario, tardarían horas antes de darse cuenta que aquella zona aún no había sido tomada, tiempo más que suficiente para que los alemanes bajaran a la playa para rematarme. La otra opción era esperar a que esos cabrones asomarán la cabeza detrás del obstáculo y vaciar el cargador de mi carabina. Con suerte, podría llevarme a dos o tres por delante antes de que decidie-ran emplear el lanzagranadas.
La batalla proseguía sin tregua. De vez en cuando, los alemanes se divertían disparando contra mi posición. A lo lejos, algunos desgraciados que huían hacia la playa eran ametrallados por el enemigo. Más allá, un joven soldado au-llaba de dolor al ver que había perdido las dos piernas. El pa-norama era desolador. Mirara donde mirara, no veía más que cadáveres. Mi ánimo inicial se había esfumado hasta el punto de pensar en llevarme la pistola a la sien, apretar el gatillo y acabar así con todo. No había nada que hacer.
Fue entonces cuando los vi. Eran dos hombres de aproximadamente treinta años. Aparecieron detrás de un promontorio, charlando animadamente e indiferentes al drama que se estaba desarrollando a su alrededor. Era como si las balas no les importaran, como si no fueran conscientes de lo que estaba sucediendo. Por un momento, pensé que eran alemanes, pero les oí hablar en un perfecto inglés. Asi-mismo, su vestimenta era desconcertante. Ambos iban de vestidos de civil, pero sus ropas eran completamente distin-tas a las que cualquiera vería en las calles de Londres, Berlín o Nueva York. No entendía nada. Traté de hacerles señales y decirles que se pusieran a cubierto, pero no me oyeron.
Finalmente, llegaron hasta mi altura. Para mi sorpre-sa, no repararon en mi presencia. El miedo a que fuera algu-na extraña treta de los nazis me impidió salir de mi escondi-te. Sin embargo, los alemanes continuaban disparando como si aquellos tipos no estuvieran allí.
Fue entonces cuando les oí hablar.
–Deja la grabadora aquí. Ya pasaremos luego a reco-gerla, ¿vale? –dijo uno.
–Hay demasiado sonido ambiente y el viento es muy intenso. Ya verás que después será imposible escuchar nada. ¿Seguro que no quieres que vayamos a los búnkeres que hay más arriba?
–No, primero quiero pasarme por el cementerio mili-tar que hay por aquí cerca. No tardaremos más de veinte mi-nutos en volver.
–Otra cinta desperdiciada... –dijo su compañero con un bufido–. Deberías saber que uno de los motivos por los que nadie va a grabar psicofonías a los cementerios es porque allí la gente está en paz.
–No creo que sea el caso. Me he documentado bien an-tes de venir. ¿Vamos?
–Como quieras. Tú eres el experto –dijo el otro poco convencido.
Y dicho esto se alejaron.
Nunca sabré en qué momento fui consciente de la ver-dad, pero vivo con el temor de olvidar lo que realmente soy. Tal vez mañana me encuentre vagando por esta playa o esté de nuevo a bordo de la lancha de desembarco, atrapado en un bucle infinito y a la espera de otro encuentro que me haga recordar de dónde vengo. No lo sé. Lo peor de todo es que nunca sabré cuando dejé de estar vivo... Porque ahora conoz-co la verdad y sé que aquellos hombres habían ido allí para escuchar las voces de los muertos.
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  • 3 de Abril de 2013 a las 9:31
El refugio

Justo cuando parecía que aquel tren sería su tumba, su cabeza empezó a arder. Abrió los ojos y despegó la mejilla de la sudorosa almohada rascándose enérgicamente la oreja y el cuello. Maldita alergia. Seguro que la cabrona de Molly se echó una siestecita en la cama el día anterior. Tendría que cambiar las sábanas. Se puso en pie sacándose la camiseta y se dirigió al baño para darse una ducha.
Retiró el vaho del espejo con la mano y acercó la cara para examinar el derrame que presentaban sus ojos por la exposición al gato. Tiró de la puerta del armario oculto y, perdiéndose de vista, cogió al azar uno de los veinte frascos de antihistamínicos que había acumulando durante años.
Se puso las mallas cortas de atletismo, una camiseta de tirantes y las Nike nuevas que escondía en el altillo de la estantería, lejos de las insaciables fauces de la pequeña hiena canina. Tras consultar el Nuevo Calendario, salió al patio. Hoy es día de intercambio.
El sol comenzaba a bañar la mitad de la corrala a medida que sobrepasaba los altos muros que, en su día, impedían que los animales escapasen del recinto, pero que ahora les mantenían a salvo de invasores.
En un rápido vistazo concluyó el recuento: ochenta y siete. Atrás queda el canibalismo y las reyertas por alimento y territorio. Hace más de dos años que el grupo no pierde ninguno de sus miembros más allá de la muerte natural o alguna enfermedad sin tratamiento con los medios disponibles. Incluso empezarían a crecer en número, sorprendentemente, la esterilizada dálmata presentaba un avanzado estado de gestación. Las altas temperaturas de los últimos días habían animado a las abandonadas mascotas a dormir a la intemperie, ya casi ninguno pasaba más tiempo del imprescindible en sus jaulas. Se detuvo por un momento a observar a la intrusa Molly, ella le devolvía la mirada desde la montaña de barriles de pienso mientras su inseparable lacayo, Pomelo, acicala con su lengua el oscuro lomo de su ama. Bruja manipuladora.
Con dos enérgicas palmadas puso a todos los perros del grupo en pie, a excepción de Dinamita, la diminuta yorkshireninjadevorazapatillas siguió durmiendo como si nada. Casi mejor. Comenzó a correr pegado al muro mientras los canes formaban una hilera detrás. Marchaban al ritmo que él marcaba, sin sobrepasarle, colocándose en el orden que se había preestablecido para cada uno. Los gatos se mostraban reacios a seguir sus órdenes porque su entrenamiento había sido otro, y su instinto de supervivencia se había adaptado a las nuevas circunstancias. A pesar de su indiferencia, eran fieles al grupo. Tras quince minutos calentando y otros tantos colocando la equipación de cada uno, estaban listos para salir.
Junto al huerto se erguía un frondoso olivo. Con los nudillos golpeó su tronco. Al descender ayudado por sus patas y curvado pico, el enorme papagayo azul hizo su aparición. Descolgándose boca abajo en la última de las ramas, su peso la hizo ceder hasta dejarle caer sobre el hombro del entrenador.
Animándole a escalar por su brazo hasta la muñeca, de un empujón, ayuda a que el animal despegue. Pinzón asciende hasta sobrepasar el muro perdiéndose de vista, para hacerse visible de nuevo al otro lado, planeando sobre la calle. En un rápido vuelo recorre todo el perímetro del recinto y, observado atentamente por su instructor, comienza a hacer señales desde el aire a medida que repite el mismo camino. En la fachada del portón principal traza diez círculos, y uno más amplio cercano al final de la calle. Trece. Y entre los laterales y la trasera de la fortificación marca a otros veintidós. Treinta y cinco en total. Se acerca a la puerta y descorre el silencioso pestillo de una pequeña trampilla de no más de treinta centímetros de diámetro. Para los gatos es su momento, se arremolinan a sus pies y se empujan impacientes por salir. Él abre la tapa y toca el lomo de los primeros Cebos. Es la señal que necesitan los elegidos. Diez gatos y cuatro de los perros más pequeños se lanzan a toda velocidad a través de la brecha hacia el exterior.
Se aleja por un momento de la pared y observa el cielo buscando al alado vigía. Ahí estás. Continúa con su procesión calle arriba y abajo marcando los Puntos Negros. Cada vez se alejan más de la puerta principal, hasta que, un par de minutos después, sobrevuela la calle en línea recta de un lado a otro.
Abre una de las grandes hojas de la verja y se asoma al exterior. Limpio. Activa el cronómetro de pulsera. Intentaremos rebajar el tiempo a menos de una hora. Salen todos afuera excepto la dálmata preñada. Cierra la puerta con candado. Toca el lomo de otros veinte animales, que salen a toda velocidad hacia las calles laterales, más un tercer grupo de ocho dividido en dos que se desplazará hasta la parte trasera por ambos flancos.
No puede ser. Por un momento pensó en la posibilidad de que la minúscula perrita se hubiese quedado en uno de sus conocidos despistes de loca en el interior. Dinamita zigzagueaba entre sus compañeros sin importarle demasiado la formación que debían mantener. Incorregible. Da un pequeño puntapié en uno de los costados de la yorkshire que basta para que el pequeño cuerpo explote. Se abre paso a través de sus compañeros y sale disparada en la dirección por la que marcharon los primeros.
El grupo restante se dirige al callejón que se encuentra al otro lado de la calle. Él a la cabeza, marcando el paso con dos enormes rottweilers custodiándolo. Seguido por una hilera de doce de los más fuertes: san bernardos, dogos y algún mestizo de gran tamaño hacían de Porteadores ya que eran capaces de cargar la mitad de su peso sin perder dinamismo. Finalmente, el resto de mascotas que por velocidad y agilidad ejercían de Cebos.
Al final de la callejuela, los polvorientos camiones y coches atravesados en la calle impiden ver más allá de unos metros, pero ahí ya se encuentra Pinzón con sus azules señas, indicando los Puntos Negros desde el cielo. Otros tantos Cebos salen disparados por entre los coches hacia ambos lados de la carretera. Una vez limpio, cruzan de acera por el pasillo que forman los vehículos y, tras quitar el candado, entran en el almacén de piensos.
A pesar de haber cargado con cientos de sacos para las reservas del refugio, todavía quedan precintados setenta palets cargados hasta los topes. Aquel enorme tesoro escondido en una de las naves dentro del polígono fue la salvación del refugio. Apilados en uno de los laterales de la nave, enormes contenedores de avena y trigo se encuentran cubiertos por plásticos, que él mismo colocó, para protegerlos de la humedad. Llenó a seis de los Porteadores las bolsas vacías que colgaban a ambos lados de sus lomos, compensando peso y volumen según la corpulencia del animal.
La parte delantera de la nave de piensos daba a un descampado, extrañamente libre de Puntos negros según las señas que enviaba el papagayo desde el aire. Avanzaron rápido. A mitad de camino pasaron entre los vagones del Cercanías del que escapó por los pelos el día que todo terminó. Más adelante, en la autopista, dos de ellos según el pájaro, avanzaban en su dirección desde algún punto entre el paralizado tráfico a unos cientos de metros a su derecha. Decidió enviar a cinco de los Cebos, con Molly y su sumiso Pomelo a la cabeza. Tal vez haya alguno oculto a la vista de Pinzón.
Echó un vistazo al cronómetro. Vamos bien. Cruzaron por entre los coches abandonados, deteniéndose sólo un momento para cerrar la puerta del trailer del que saqueó las pilas de algunos pequeños juguetes la semana anterior.
Cruzando al otro lado de la verja por el siempre oculto agujero excavado junto a uno de los postes, llegaron al parking del Centro Comercial, o lo que quedaba de él. Un incendio lo calcinó tiempo atrás, y las huecas paredes que aún quedaban en pie comenzaban a ser invadidas por la vegetación.
En una de las plazas se encuentra aparcado un pequeño furgón frigorífico. Abre puertas traseras de par en par sonríe al ver su contenido. Dos cestas llenas hasta los topes de huevos cuidadosamente envueltos en papel burbuja y celo que casi consiguen arrancarle una carcajada; un cajón con unos quince gallos desangrados y desplumados; y doce garrafas más tres sacos vacíos de vuelta de un intercambio anterior. Baja algunas cosas del furgón, y vuelve a llenarlo con la mercancía que portan los perros: rellena los sacos con la avena y el trigo, cambia las garrafas vacías por otras llenas del agua extraída del pozo que tienen en el refugio, deja zanahorias, patatas, ajos y cebollas, y saca de su mochila una bolsa llena de pilas de diferentes tamaños. No sé cómo habrás adivinado mi número de pie, pero sí sé que vienes cuando es de noche. La última vez dejaste olvidada una linterna junto a las zapatillas.
Carga a los perros con las provisiones e inician el camino de vuelta a casa.
Todo transcurre con normalidad hasta que llegan a la trasera del almacén de piensos, el papagayo traza enormes ochos en el aire en un extremo de la vía. Eso indica que un número indeterminado de ellos se acerca en su dirección por entre los coches. Los imaginó avanzando con su torpe, pero imparable paso, alcanzándolos, devorándoles a todos. Con un silbato da la voz de alarma, inaudible para él, los cortos soplidos a través del estrecho tubo hacen que los perros y gatos se lancen a la carrera hacia el callejón en dirección al refugio. Él corre todo lo que puede, pero los animales le rebasan por todos lados. Cuando llega a la puerta, sólo los animales que no caben por la trampilla esperan impacientes su llegada. Quita el candado y deja entrar el tropel de mascotas. Se gira unos segundos� para comprobar que no haya rezagados. Molly llega la última, rasca su costado contra el borde del portón antes de rebasarlo y dejarle cerrar. Descarada. Hoy te quedarás sin probar mi famosa tortilla de patata.
concursoderelatos
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  • 3 de Abril de 2013 a las 16:05

Bufffff !!!!!

concursoderelatos
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  • 3 de Abril de 2013 a las 16:23

Una extraña terapia

���� —Esos pensamientos me torturan… siento remordimiento, dolor, impotencia... No puedo seguir así. Mi autoestima no lo resiste. Lo que los demás piensen de mí no me preocupa, pero soy yo quien me juzgo, es a mí a quien he fallado. Y ese dolor que siento por mis pobres padres me persigue, me castiga, no me deja en paz.
���� El Dr. Salcedo, el afamado psiquiatra, miró con curiosidad al buen hombre que estaba recostado en el sofá de su consulta. Tenía poco más de sesenta años, pero aparentaba algo más, seguramente por el peso de sus problemas. Sin embargo, aquellos pensamientos que le torturaban, que en él se habían vuelto obsesivos, los hemos tenido todos en algún momento. Lo que le había contado era en realidad normal en muchos jóvenes. Que poco a poco había ido prefiriendo la compañía de sus amigos a la de sus padres. Que en alguna ocasión había pasado la noche fuera sin siquiera haberles llamado antes para avisarles. Que con los años se había ido distanciando y había dejado de contarles nada de lo que le ocurría ni de lo que le preocupaba. Que ellos se habían hecho mayores y no había sabido encontrar un momento para decirles: “Papá, mamá, os quiero mucho.” En vez de ello cada vez que su madre había tratado de tener con él un poco de intimidad o había tratado de abordarle para que se abriese y le contase como se sentía o si algo le preocupaba, él había contestado con un bufido y la había dejado chasqueada. Llegó un momento en que aparecía muy poco por casa y cuando lo hacía apenas les decía nada. En sus vacaciones, en más de un viaje, como aquel por Marruecos, apenas les había llamado un par de veces. Y aunque los teléfonos celulares no existían en aquellos años y en según que países no era fácil encontrar un teléfono para llamar a España, él se sentía como un miserable por no haberse esforzado en llamarles más a menudo.
���� —Necesito su ayuda, doctor. Esta tristeza me va a matar.
���� Bien, pensó el Dr. Salcedo, es evidente que este hombre, al no haber tenido hijos no conoce la perspectiva parental de las relaciones entre padres e hijos. Normalmente cuando tenemos nuestros propios hijos lo vemos todo de un modo diferente. De una parte comprendemos que si de jóvenes tuvimos miedo de contar según cosas a los padres porque nos asustaba pensar como podrían reaccionar ante nuestros fallos, al ser padres nos damos cuenta de que el amor que se tiene por los hijos hace injustificados aquellos temores. Y aunque pensamos “¡Ojalá les hubiese contado más cosas y me hubiese confiado más a ellos!”, también entendemos que para ellos no era tan doloroso nuestro silencio. Que comprendían lo difícil que es el transito de la adolescencia a la juventud, que sabían de nuestros temores y si nos veían crecer y salir adelante, se alegraban secretamente y nada nos censuraban. Pero su paciente no había tenido la oportunidad de hacerse esas reflexiones. Separado y sin hijos, le faltaban esos datos que sólo proporciona la propia experiencia de ser padre.
���� —Su caso es complicado. Pero no se preocupe, ahora se va usted a marchar y se da un paseo por el bulevar. Regrese de aquí a media hora y para entonces espero poder abordar su problema.
���� El Dr. Salcedo oprimió un timbre y una enfermera apareció en la puerta del despacho.
���� —Por favor, Elena, acompaña al señor Aymerich a la salida.
���� Cuando estuvo solo cerró el despacho. Aquel caso excedía los parámetros habituales y en estas situaciones era preciso hacer una excepción. Abrió una puerta que normalmente ocultaba una cortina y pasó a un pequeño cuarto cerrado. Encendió una lámpara situada sobre una pequeña mesa y con una sonrisa contempló aquel pequeño rincón secreto, recordando como durante un par de años sabáticos había viajado por el norte de África, por Oceanía y por el centro y el sur de América, visitando en perdidas aldeas a toda suerte de chamanes, gurúes y curanderas. Como testigos de aquellos viajes tenía las paredes adornadas con aquellas máscaras y como resultado de su aprendizaje aquella estantería llena de tarros con los más variados remedios, obtenidos de aquellas sabias mujeres y aquellos hombres bondadosos.
Tomó un grueso libro de notas, situado sobre la mesa junto a la lámpara, y lo abrió por una página determinada.
���� —Aquí está…


���� Aquella noche el señor Aymerich, siguiendo las instrucciones del Dr. Salcedo, preparó una infusión con el contenido de un curioso tarro de madera con misteriosas imágenes grabadas. Durante diez minutos dejó aquellas hierbas de intenso aroma en agua recién hervida. Justo antes de acostarse se bebió la infusión.


���� —¡Andreu, hijo!
���� —¿Mamá?
���� —Mi pequeñín… perdona, sé que no te gustaba que te llamase así.
���� —No, no, puedes llamarme así. Hazlo, por favor. Pero... ¿no estás muerta?
���� —Claro que lo estoy. Cuando he visto que has logrado abrir una puerta hacia el país de los espíritus he sabido que algo te preocupaba y he venido corriendo. Sólo se abren esas puertas cuando alguien está muy afligido.
���� —¡Oh, mamá, mamá...!
���� —Tranquilízate... no, no puede abrazarme, pues tan sólo soy un espíritu. Tu padre y yo estamos bien, y te recordamos mucho. ¡No puedes hacerte idea!
���� —¡Yo también os recuerdo, mamá! Pero... ¿y papá?
���� —Sólo uno de los dos podía pasar por la puerta. Y ya sabes que papá siempre prefirió...
���� —Sí, ya sé que él apenas me prestaba atención.
���� —Mira, Andreu, no seas injusto con papá. El respetaba tu independencia y tu intimidad. Apenas te decía nada pero, en cuanto que te ibas de casa acudía a tu habitación para ver tus apuntes, tus libretas, y todo lo que tenías por encima del escritorio. Y cuando se habían acabado los exámenes, al final de cada curso, sacaba las papeletas de aquel cajón donde ibas poniéndolas año tras año y se llenaba de orgullo al ver tus notas. Yo me acercaba entonces y le decía: "Deja eso, ven, vamos a salir. Vayamos al cine para celebrar que tenemos un hijo tan listo". Y él me abrazaba y casi lloraba. Y nos íbamos al cine.
���� —¡Oh, mamá, ese que dices es estupendo! Pero me hace sentir aun más miserable. No hice nada para que papá se animase a hablarme. Si él no se atrevía hubiese estado bien que yo...
���� —Tú eras un chico joven con toda la vida por delante y tenías otras cosas en que pensar.
���� —Pero mamá, pasó el tiempo y no recuerdo la última vez que os dije que os quería. Supongo que sería de niño. ¿Por qué no os lo volví a decir ya de mayorcito? ¿Por qué no me mostré agradecido con todo lo que hacíais por mí?
���� —Nosotros sabíamos que, a tu manera, nos querías. No hacía falta que lo dijeses. Y todo lo que hacíamos por ti lo hacíamos porque te queríamos, porque eras nuestro hijo. No era necesario que nos lo agradecieses.
���� —Pero no me porté bien. Recuerdo que a partir de los dieciséis o diecisiete años comencé a pasar mucho más tiempo con mis amigos que con vosotros. Que apenas me veíais. Y que cada vez os costaba más que os acompañase al apartamento los fines de semana. Y ya algo mayor comencé a pasar algunas noches en casa de amigos y amigas. Y a marcharme algunos puentes de camping. Y...
���� —Andreu, escúchame bien. Nosotros cuando veíamos que te ibas con la mochila y pasabas unos días fuera, nos sentíamos bien pensando que estabas disfrutando con tus amigos. El pensar que estabas pasándotelo bien en la playa o en una acampada en algún refugio de montaña nos llenaba de satisfacción. Y si es verdad que algunas veces pasabas un par de días sin llamar, cuando nos llamabas y nos decías que todo iba bien y que ya nos explicarías al regreso, al colgar el teléfono sentíamos un alivio y una satisfacción que no puedes imaginarte. Sabíamos que nuestro hijo no era uno de esos tímidos o individualistas que no salen nunca. Nuestro hijo tenía buenos amigos y amigas y disfrutaba de una vida social excelente para un joven de su edad. Porque has de saber que estábamos al corriente de muchas cosas respecto a ellos... y a ellas.
���� —¿A ellas?
���� —Aunque no nos contabas gran cosa, sabíamos cuando tenías una novieta. Vosotros los chicos soy muy torpes en ese sentido. Y a las madres no se nos escapan algunos detalles. Sé que eso pasó un par de veces antes de que conocieses a Marina.
���� —Mamá, esto es muy importante para mí. Dime, ¿es verdad lo que dices? ¿no os disgustaba? ¿no pensabais que me portaba como un mal hijo?
���� —No digo que fueses un santo ni que no nos hubiese gustado un poco más de calor y entusiasmo cuando se trataba de contentarnos. Pero no, no nos disgustábamos. Siempre te quisimos y te comprendimos.
���� —Yo también os quise, mamá, lo juro. A mi modo os quería... ¡y os quiero, os quiero mucho!
���� —Vamos, vamos. No llores. Ahora te abrazaré... sí, yo sí puedo hacerlo. Notarás como un soplo de viento. Después saldré y dejaré pasar un momento a tu padre. Te quiero mucho hijo, y estoy orgullosa de ti. Adiós...


���� —Doctor, ¿qué son esas hierbas? ¿qué clase de remedio me dio? Me hizo soñar, y mis sueños fueron maravillosos. Pero supongo que no fueron más que eso, un sueño.
���� —Señor Aymerich, en su caso me he permitido recurrir a una medicina alternativa. Esas hierbas son utilizadas por algunos chamanes de una tribu del sur de Borneo, de un pueblo al que algunos insensatos llamarían primitivo, con una cultura ágrafa y unas profundas creencias animísticas. Aquellas almas, aquellos espíritus que usted ha visto en su sueño se presentaron en él por su propia voluntad.
���� —¿Es posible? ¿Lo dice en serio?
���� —Pocas veces en mi vida he hablado más en serio.

���� Al doctor Salcedo aún le dolían los brazos por el tremendo abrazo que le había dado su paciente, pero sonrió al recordar el brillo que había en sus ojos y sus lágrimas de alegría al decirle:
���� —¡Gracias, doctor, me ha hecho usted el hombre más feliz del mundo!

concursoderelatos
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  • 3 de Abril de 2013 a las 17:17

LA COLECCIONISTA


��� Los bebés tienen mirada de asombro; los niños, de alegría, de miedo, según les dé; los jóvenes, de expectación; los adultos, de pesadez, de costumbre, de fracaso. Ana coleccionaba miradas. Pasaba el día en la calle debido a su trabajo de comercial. Estaba acostumbrada a la gente, a hablar, a mirar y a dejarse mirar. En el autobús, en el metro, en un corteinglés, allá donde fuese, buscaba miradas. Jóvenes universitarios, adultos prejubilados, sin empleo, vagabundos, profesionales, amas de casa, bebés en sus carritos inflados en sus chaquetones… Ana quería miradas, captarlas, compartir ese espacio único que se crea cuando dos personas se miran a los ojos. Por la noche, una vez atendía a su marido y a sus dos hijos, cogía sus cuadernos y apuntaba sus mejores miradas recopiladas durante el día.

��� Chico de azul. Unos 30 años. En el metro. 11 de la mañana, aprox. Hermosos ojos azules, grandes. Leía el Marca. La señora que iba a mi lado estornudó, el chico la miró y al sentirse observado por mí, me miró. Unos 2 segundos. También miró mis piernas.
��� Señora del supermercado. Unos 55. 6:30 de la tarde. Ojos verdes que habían llorado poco antes. Cargaba una cesta llena de frutas y verduras. Me miró en la cola de la caja, cuando la dejé pasar. Me dio las gracias. Unos 3 segundos.
��� Rumano. De unos 25. Ojos oscuros, pequeños. Con mirada de niño, pero expresión de adulto. Me miró mientras me pedía una moneda al salir del supermercado. No se lo di adrede. Quería esa mirada de rencor. Unos 4 segundos.

��� Era el día de Nochevieja, y sólo trabajó a media jornada. Llegó a casa y su marido la estaba esperando. Sus dos hijos hambrientos también. No había preparado gran cosa para comer; la cena iba a ser copiosa. Los niños, el marido, el televisor y ella se sentaron a la mesa de la salita. Sólo hablaron de las cosas del telediario. Ana odiaba escuchar los ruidos de la masticación ajena, por eso siempre elevaba bastante el sonido de la tele. Sabía que su marido tenía una aventura, y no le importaba. Sí le importaba, pero no hasta el punto de querer destrozar su hogar. Asumía la incapacidad de los hombres por desear a una sola mujer por el resto de su vida. Asumía que cualquier niñata de veinte podía más que quince años de matrimonio. Ana siempre fue muy independiente. Se fue pronto de casa, antes de que sus padres le arrastraran a un pozo sin fondo por culpa de un negocio que iba de mal en peor. No he unido mi felicidad a vuestra esperanza. Y se fue dando un portazo.
��� Los platos seguían sucios en la cocina, y la familia reposaba la comida medio tirados en el sofá, como si hubiesen sido acribillados. Ana aún no lo sabía, pero tres horas más tarde se iba a dar cuenta de que le faltaba un ingrediente fundamental para hacer su besugo. Iba a tener que ir corriendo a comprar lo que le faltaba, y de paso airearse. Odiaba las prisas, las colas de gente, los sudores de las aceleraciones. De camino al súper se fijó en el nuevo chino que habían abierto en su calle. Pensó que allí podría encontrar las especias que necesitaba. Decidió entrar, más que nada buscando nuevas miradas para su colección. Era un local pequeño, oscuro, lleno de productos de alimentación y de higiene y limpieza. Encontró lo que buscaba. El chino le cobró y le miró apenas un segundo. Era de mediana edad, fino y huesudo. El pelo escaso y revoloteado, como si acabara de pasar un tornado. Cada uno de sus dientes estaba separado del otro, dejando un pequeño canal entre ellos. Sus mejillas parecían suaves, como si jamás hubiese necesitado afeitarse. Su mirada le gustó. Sin duda lo anotaría esta noche en su cuaderno. Era una mirada de hombre trabajador, de hombre que añora su hogar.
��� Al salir de la tienda, Ana se cruzó con un hombre mayor, de unos setenta años. Se golpearon en el hombro, y él se aceleró a pedir disculpas y a recoger la bolsa con las especias que había acabado en el suelo. Ella buscó su mirada, y al contemplarla, al� menos durante cinco segundos, su rostro cambió de gesto. Se enmudeció. La mirada del anciano no era nueva para ella. Sus ojos castaños, su forma redondeada, espaciados de la nariz, la expresión… Él seguía hablando, disculpándose, pero ella estaba viajando al pasado, a su adolescencia, a esa tarde en la que ese amigo de su padre le tocó los pechos, le introdujo sus dedos y le tapó la boca mientras le miraba plácidamente. Unos ojos que no reconocieron los de ella, y que se alejaron al notar algo extraño en aquella mujer paralizada. Tardó unos segundos en volver en sí. Se fue caminando hacia su casa, muy despacio, intentando recolocar su mente tal cual estaba antes de aquel encontronazo. Llegó a su casa, hizo el besugo, cenaron, comieron las uvas, se desearon feliz año y Ana se encerró en el baño con su cuaderno de miradas.

��� Hombre, de unos 70 años. Ojos castaños, redondeados, espaciados. Mirada de unos 5 segundos, tras un choque de hombros al salir de un comercio. Hijo de puta, traidor, cobarde.
���

ernie
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  • 3 de Abril de 2013 a las 22:06
Es miércoles, son las 22:00, se cierra el plazo de presentación de los relatos.
concursoderelatos
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  • 4 de Abril de 2013 a las 6:59
GUERRA MUNDIAL "A"

Pensaba en mi futura estancia en Arlington mientras mi vuelo de American Airlines cruzaba la inmensidad del Océano Atlántico, atravesando la negra oscuridad de la noche por encima de las nubes.
Aún quedaban unas horas para llegar al Aeropuerto de Washington, y mis pensamientos se deslizaban poco a poco hacia el pozo de los sueños a medida que imágenes de mi hermana cruzaban por mi mente. Ya ni me acordaba bien de la última vez que estuve con ella. Reflexiones acerca del inexorable paso del tiempo y la falsa sensación de cercanía que nos proporciona hoy en día internet fueron circulando en mi cabeza dando vueltas, como un desagüe, hasta que en mi mente se hizo la oscuridad y de repente me sobrevino el sueño.
Todo a mi alrededor era un plácido remanso de paz.
Y de repente retazos de un azul luminoso se colaron entre mis párpados por un segundo, me sobresalté, miré instintivamente por la ventana. Mis ojos no dieron crédito a lo que vieron. Cruzándose con el avión muy muy a lo lejos, a una velocidad imposible, un gigantesco cuerpo parecido a una ballena, sólo distinguible por el brillo azulado de su vientre, se perdía rápidamente más allá del horizonte.
Dudé de hasta qué punto me encontraba despierto. Eché un vistazo a mi reloj, y me sorprendí al darme cuenta de que no habían pasado ni cinco minutos desde la última vez que lo comprobé, antes de cerrar los ojos. ¿Acaso llegué a soñar? Reparé por un momento en mi entorno. Todos dormían. Estaba siendo un vuelo muy tranquilo, sin turbulencias de ningún tipo. Incluso el tipo sentado a mi lado, un viejo algo peculiar embutido en un traje gris, roncaba impasible ante mi reciente sobresalto.
Me sentí terriblemente perturbado. Empecé a darle vueltas a si aquello que yo vi era real, pero no había forma de saberlo si yo fui aparentemente el único testigo entre los pasajeros. Mi obsesión llegó a un punto tal que me vi obligado a despertar a mi acompañante, el viejo del traje, con tal de poder distraerme. Lo hice de forma sutil, golpeando su pierna con mi equipaje de mano fingiendo que éste se me había caído. El anciano gruñó, abrió los ojos y yo emití una disculpa con voz intencionadamente alta. Mientras en algunos asientos a mi alrededor sonaban diversos “chssst!”, yo me interesé por mi acompañante. El hombre se despejó enseguida, y se mostró dispuesto a conversar.
Logré indagar en el motivo de su viaje: visitar a su familia, con residencia en Arlington. Dado que mi situación era muy parecida, enseguida encontramos temas en común y la charla fluyó tan animada que por un momento olvidé el inmenso OVNI que observé apenas unos minutos antes. Y mi mente volvió a mi hermana Lara, por parte de madre, que se estableció a vivir en Arlington con su padre cuando éste le encontró trabajo allí. De eso hacía ya cinco años, y sólo vine a visitarla un verano, al poco de cumplirse el año de su traslado; ella vino a España fugazmente unos meses después con motivo del funeral de nuestra madre. En realidad nunca cortamos el contacto, ya que este amalgama de programas y aplicaciones online que nos inundan hoy en día son capaces de hacernos creer que la distancia no existe, aunque siempre llega un punto en el que te das cuenta de que nunca pueden reemplazar al contacto real, físico. Hace poco pude reunir un poco de dinero y cogerme varios días libres, así que no dudé en tomar el primer vuelo que pudiera y plantarme de nuevo en tierras americanas.
Y fue así, hablando con aquel viejo norteamericano, que el cielo se fue aclarando tímidamente, y el avión empezó su descenso hacia el aeropuerto. Pero algo no iba bien. A las típicas turbulencias previas al aterrizaje se añadió la excesiva velocidad del aparato, que provocó que saltaran inmediatamente las mascarillas de oxígeno.
Todo fue muy rápido. Ni siquiera dio tiempo a que las azafatas, aturdidas al igual que todos los pasajeros, pudieran dar las consabidas instrucciones de emergencia. No sé ni cómo llegué yo mismo a colocarme la máscara y atarme las sujeciones de seguridad, mientras el vértigo me devoraba el estómago y los oídos me sangraban. Súbitamente, como un flash, observé a través de la ventana cómo algo enorme superaba fácilmente al avión pasando a escasa distancia de su flanco izquierdo. Mi vista era ya borrosa, pero no me cupo ninguna duda de que aquel descomunal OVNI era el mismo que vi hacía apenas unas horas, destacando a lo lejos entre la oscuridad nocturna. Sólo que ahora había pasado tan cerca de nosotros que las turbulencias se intensificaron aún más si cabe; el avión se tambaleaba a medida que su piloto, desesperado, perdía de vista el aeropuerto y se veía obligado a improvisar un aterrizaje de emergencia intentando esquivar la avalancha de cazas que, como abejas, empezaban a hacer acto de presencia masivamente.
Todo a mi alrededor era pánico, gritos, desmayos. Yo me mantenía consciente a duras penas y recuerdo que lo último que captó mi atención, antes de desfallecer por completo, fue ver a mi viejo acompañante buscar algo febrilmente en su maletín, como movido por una fuerza extraordinaria, con expresión de terror en su rostro.
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Luis despertó. El avión ardía en llamas. Aún aturdido, su instinto de supervivencia le habló de peligro, de explosión, de sálvese quien pueda. Ignorando todo a su alrededor, se liberó de sus sujeciones y se abrió paso hasta salir fuera del vehículo. Aunque corrió realmente rápido, una gran explosión a su espalda casi le hizo arder las entrañas al tiempo que le propulsaba varios metros hacia delante.
Mientras se levantaba del suelo, dolido, se sorprendió al ver que su vecino de viaje, que al parecer había escapado poco antes, le echaba una mano. Literalmente, ya que con la otra sujetaba aquello que buscó en su maletín. Y aún en esos momentos de pánico y confusión, absurdamente, Luis se vio inclinado a preguntar por tan llamativo detalle, quizás viéndose temporalmente privado de la cordura y el sentido de la realidad. Y el viejo, con aire trágico, empezó a contárselo todo.
Mientras a su alrededor reinaba el fuego, la muerte y la desesperación de los escasos supervivientes que pudieron salir de la trampa mortal antes de estallar, aquellos dos, allí, en medio de una planicie justo entre el Aeropuerto de Washington y la transitada Boundary Channel Drive, entablaban un diálogo imposible. Pues el viejo le aseguró a Luis que era consejero, veterano del Departamento de Defensa del gobierno, y su viaje no era exactamente para visitar a su familia, sino para llevársela a Sudamérica en barco privado en caso de que ocurriera algo. Y lo que estaba sujetando eran las escrituras de propiedad de dicho barco recién comprado, esperándole en un astillero al sur de Texas.
-Si me ayudas... si me ayudas a llegar hasta allí, te dejaré subir en mi barco.
-Espera un momento... -súbitamente, una descomunal explosión se oyó muy a lo lejos- ¿Qué está pasando aquí?
Por fin, Luis pareció ser consciente de su entorno. Lo que más llamaba la atención era la cantidad de cazas que surcaban los cielos, disparando hacia el cercano Pentágono... si este aún existiera. En lugar del famoso centro de defensa de los Estados Unidos, había un enorme cráter lleno de escombros sobre el que reposaba la nave en forma de gigantesca ballena negra que tan familiar le era ya. Ésta, aún con su luz ventral palpitando acompasadamente contra el negro suelo, parecía incapaz de despegar, pero no cesaba de expulsar multitud de extraños cuerpos a medio camino entre proyectiles y pods de salvamento. Algunos de ellos impactaban directamente contra los cazas y los derribaban como si fueran aviones de papel.
-Los Phareos... ¡estos malditos aliens han elegido bando! ¡Lo sabía!
-¡¿Los qué?! ¡¿De qué demonios me estás hablando?!
-¡Mis compañeros no me escucharon, nunca quisieron escuchar a este pobre viejo! ¡No me imaginaba que bombardearíamos tan pronto a Corea del Norte!
-A ver, cálmate, hombre, ¡explícame qué demonios es todo esto!
-¡¿Acaso no lo ves?! ¡Es la jodida tercera guerra mundial, y por primera vez no va a depender sólo de nosotros!
Algo se clavó en tierra a escasos metros de los supervivientes del vuelo siniestrado, con enorme contundencia. Era uno de los proyectiles despedidos por la nave nodriza, reminiscente al capullo de una negra crisálida con patas de araña, engendro metálico de pesadilla en el que también palpitaba una perturbadora luz azul. Del interior de éste salió, sorprendentemente, una temible criatura bio-robótica armada de casi tres metros de altura. Sus intimidantes ojos rojos parecieron penetrar el alma de los aterrorizados supervivientes que lo observaron por unos segundos, momento que precedió a un exterminio sistemático de aproximadamente la mitad de ellos a través de rápidas ráfagas de su cañón de mano. Luis quedó paralizado por un momento mientras observaba a aquello bajar el arma, girarse y marchar corriendo al campo de batalla que se estaba creando en los alrededores de lo que quedaba del Pentágono. En la espalda de aquel ser, las banderas de China y Corea del Norte se combinaban con otro estandarte cuya procedencia le era desconocida.

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...Y observando aquella masacre a mi alrededor, sentí que volvía de nuevo a mis cabales. Debía hacerlo, pues me encontraba al borde del abismo de la locura, probablemente ya rebasado por todos los demás supervivientes del reciente exterminio.
Yo estaba a salvo. No me hizo falta reflexionar mucho para darme cuenta de que los llamados Phareos sólo atacaban a ciudadanos estadounidenses. Pero mi hermana Lara estaba en peligro. Así que cogí las escrituras del barco del cadáver del viejo, me repetí mentalmente el nombre del astillero de Texas que me indicó, y emprendí camino a Arlington, dispuesto a encontrar a mi hermana y sacarla de aquí antes de que esas cosas la destruyeran.
La tercera guerra mundial había empezado, y la seguridad de una sola persona querida ocupaba todos mis pensamientos. Pero era tarde para el mundo, quizás, para reparar en que la muerte de un ser humano inocente no puede ser justificada por defender ningún ideal.
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