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Qué lento pasa el tiempo No le haría ningún daño. Decidió madrugar. Se levantaría pronto y saldría a la calle como si aún tuviera una razón para hacerlo. Llenó su portafolio de papeles inservibles, se vistió con el viejo traje gris a rayas y para darle más veracidad al engaño, se puso la corbata azul de las bodas. Los primeros días todo fue bien, pero poco a poco las horas pasaban tan lentas que empezó a sentirse enfermo. Sentado en el parque más alejado de su casa, contemplaba a las palomas picoteando en el suelo, mirando su reloj cada cinco minutos.
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Dieta milagro No le haría ningún daño perder peso, me dijo. Déme las joyas y el dinero, añadió, animándome con la punta de la navaja. Cuando vi que no hablaba de mi evidente sobrepeso, que sólo quería robarme, le sonreí; pero fue un error, vio mis dientes de oro y se le antojaron. Para madre, repetía, al tiempo que me los iba arrancando; y cuando ya se iba, le oí susurrar entre risas, si te he hecho un favor, cabrón, vas a ver cómo ahora sí que adelgazas. Y lo he hecho. Contratar un ladrón fue un hallazgo.
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Daño No le haría ningún daño a esa preciosidad por nada del mundo. Si acaso, a él. Cada vez que les veo juntos a lomos del caballo en el club de hípica… Es que me pongo enfermo. Como ayer, que la recogió en la Universidad con su Audi. Al verla subir al coche… ¡Uff! Y cuando en el campo de golf veo como le mira el culo después de sugerirle como darle a la pelota… Cualquier día le doy con mi palo y le reviento la cabeza. A ver quién se ha pensado que es ese, quitándome a la novia.
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Equivocación - No le haría ningún daño probar –dijo la chica. La miré perplejo. Paseaba por la calle principal del pueblo buscando esa pieza triangular del microondas. Me preguntaba dónde podría encontrarla cuando vi aquel pequeño escaparate con cosas metálicas, otras de goma. Supuse que venderían recambios de electrodomésticos. - Verá –dije dubitativo-. Es que ya, a mi edad… - No hay edad para disfrutar. Además, no es tan mayor… - ¿Usted cree? No sé… Finalmente me lo llevé. A ver cómo le decía a mi mujer que, buscando su encargo, había terminado en un sex-shop.
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Conducta ejemplar - No le haría ningún daño… al contrario. - ¿Usted cree? - Por supuesto. Dígale que ya no le quiere, que ha conocido a alguien que le hace más feliz… dígale la verdad. - Pero le mataré del disgusto, doctor. - Hágame caso, señora García. Es peor seguir con la farsa más tiempo del necesario. La señora se levantó del diván tras unos segundos y se marchó. El doctor se quedó solo en la sala, divagando. Su secretaria llamó a la puerta y abrió. - Doctor, su esposa está al teléfono. - Dígale que estoy ocupado.
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Quien avisa no es traidor No le haría ningún daño, pensó. Ya lo había hecho otras veces y no había pasado nada, simplemente disfrutaba de esa sensación que le producía y al cabo de poco volvía a por más. Pero nunca le había ocurrido nada malo. Desgraciadamente, todo tiene su primera vez y, en esta, logró vencerlo. Su jugada le había salido mal y, por ello, el precio de su insensatez fue la muerte. Una muerte por sobredosis.
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Experiencia final No le haría ningún daño si tomaba unas sencillas precauciones; los principios básicos del psiconauta: abstenerse de sexo durante tres días y ayunar desde la medianoche. Luego disminuir la luz hasta el mínimo imprescindible y escuchar aquella música espiritual dulce y envolvente. Los tomó con emoción y los fue masticando. Su sabor amargo pronto cambió a un sabor inefable de matices infinitos. Y no tardó en vivir el éxtasis. Fue una lástima que el efecto de aquellos indóles rompiese una placa de su coronaria derecha. De todos modos, como los chamanes de los viejos tiempos, alcanzó a ver a Dios.
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Soberbia. “-No le haría ningún daño levantarse un poco antes de las doce para ir a la tienda a ayudar un poco. -¿A la tienda? Nuestro hijo tiene la carrera de Filosofía, ¿recuerdas? -Sí, y también que tiene cuarenta años y todavía no ha dado un palo al agua. Mejor estaría ayudándome que durmiendo todo el día. -Prefiero que duerma a verle probando zapatos, de rodillas, a los pies de tus clientas.” Años después, Félix recuerda aquella discusión de sus padres, mientras se pregunta si la mujer que está mirando el escaparate entrará por fin a probarse unos zapatos. |
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Confusión No les haría ningún daño saber que realmente ellas no son quienes son, porque aunque ellas no sean quienes son, en verdad, sí son quienes son, puesto que han sido quienes son durante toda su vida, con independencia de que siendo bebés las confundiéramos. Ana ha crecido siendo Tania, y Tania ha crecido siendo Ana. Y todo por no ponerle algún distintivo…
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