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romi
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Re: El cuervo

15 de Noviembre de 2012 a las 19:25

268- EL CUERVO

	En Granada, muchas personas conocen el rincón con el nombre de “Jesús del Valle”. Porque la congregación religiosa, Compañía de Jesús, los Jesuitas, compraron tierras ahí. Y, junto al río, construyeron un gran edificio. No un convento, como algunos personas dicen sino una gran casa de labor que al mismo tiempo servía para recreo y centro de estudios de los miembros de esta congregación. En aquellos tiempos, a estas grandes construcciones en medio del campo, la llamaban alquerías y era lo que ya he dicho: casa de labor, donde vivían personas que criaban animales, cultivaban tierras y sacaban cosechas de harina, vino y carne. 

	El segundo nombre de este lugar “valle”, viene precisamente de eso: del bonito valle que junto al río Darro se forma. El único gran valle que este caudaloso y corto río, tiene. Es también conocido este cauce con el nombre del “río de la Alhambra” por ser el que alimenta de agua a la Acequia Real. Y porque a su paso por Granada, este pequeño y bonito río, corre cristalino justo a los pies de la Alhambra, por el lugar conocido como Paseo de los Tristes y Carrera del Darro. 

	La alquería o casa de labor que los Jesuitas construyeron después de que los reyes de la Alhambra se marcharan de estos territorios, fue muy floreciente durante mucho tiempo. Tanto que de esta finca se sacaba el aceite, la harina y la carne suficiente para alimentar a la comunidad que trabajaba y vivía en el colegio que los Jesuitas tenían donde hoy se alza la facultad de derecho, en el mismo centro de Granada. Pero pasado el tiempo, la gran casa de labor de los Jesuitas en el corazón de Jesús del Valle, fue expropiada, cambió de dueño y, corriendo el tiempo, fue quedando poco a poco abandonada. Tanto que hoy en día, todo por ahí se encuentra en ruinas, aunque todavía hay olivos, viñas y muchos bosques repletos de encinas. Ahora todas estas tierras pertenecen al Patronato de la Alhambra, como parque periurbano y están declaradas Bien de Interés Cultural. 

	Pero antes, mucho antes de que los Jesuitas fueran dueños y levantaran la alquería que ya he dicho, el lugar era solo un gran valle. No desierto del todo pero sí muy salvaje porque aun tenía mucha más agua y vegetación que tiempos después y ahora mismo. Vivían en este valle algunas familias en sus pequeñas casas de piedra y madera y también cultivaban las tierras, criaban animales y recogían cosechas. En la parte media del valle y por encima de donde luego fue construido el edificio de los Jesuitas, una de estas familias tenía algunas cabras que el padre guardaba, un huertecillo cerca de las aguas del río y mucho bosque por donde andar para buscar frutos silvestres y recoger leña para la lumbre y un pequeño horno donde cocían el pan. Solo una niña había nacido de su matrimonio y creció ésta en armonía y libertad por los paisajes y remansos del río.

	Por eso, desde sus primeros días de vida, veía y jugaba con los animales. Algunos corderos, los pajarillos del río, el perro pequeño que siempre acompañaba al padre cuando iba con el rebaño por el monte y también un gato. Otras veces, se iba con el padre, tras los animales por el bosque para darle compañía y para aprender cosas. Con frecuencia le decía:
- En río que baja encajado entre rocas y tienes charcos grandes como lagos, es lo que más me gusta en estos lugares. Un día tienes que llevarme a esos sitios porque quiero bañarme ahí y coger las trechas que tanto me has anunciado. 
- Un día, cuando haga buen tiempo y seas algo mayor, primero te llevaré a lo más alto de la colina que hay a la derecha de este río. Desde ahí se ven las tierras de la Alhambra y las cumbres de Sierra Nevada. Y también en esos grandes charcos, muchas veces se reflejan imágenes que parecen sueños. 
- Me muero en deseos de que un día me lleves a estos sitios. 

	 Y un año, después de un verano muy caluroso y pocas lluvias, en los principios del otoño, cayó una gran tormenta. Creció el río Darro y crecieron los arroyuelos que descolgaban por las laderas de las colinas a los lados y al día siguiente, amaneció sin una nube en el cielo. Preguntó la pequeña a su padre:
- ¿Es hoy un buen día para que me vaya contigo y me lleves a esa gran colina?
- Hoy no puede ser pero te prometo que te llevaré. 
Y la pequeña, ayudó al padre a soltar las cabras del corral y luego, cerca de la vivienda y en una pequeña llanura, se quedó sola. Al poco, se puso a jugar con algunas piedras blancas y relucientes que por allí encontró. Avanzó la mañana y mientras ella se entretenía en su juego, vio varias veces a un cuervo muy negro. Alzó éste vuelo de un acebuche que había a la derecha del río y en dos o tres ocasiones, se paró a poca distancia de donde la niña jugaba. Lo vio ésta y en una de las ocasiones, le habló y le dijo:
- Me gustaría ser tu amiga pero no sé si tú me aceptas. 

	Esperó ilusionada que el ave le dijera algo y como no obtuvo de él ninguna respuesta, otra vez le dijo:
- De acuerdo. Ya sé que tú no me hablas pero se me ocurre algo que puede ser importante para conocernos mejor. 
Y la chiquilla, cogió un trozo de palo que tenía cerca, lo lanzó para su derecha y le dijo al cuervo:
- Ve a por él y me lo traes. 
Como si hubiera entendido, el cuervo alzó vuelo, cogió el trozo de palo, voló hacia la niña y al pasar cerca de ella, soltó la madera. La recogió la niña y de nuevo lanzó lejos el trozo de palo pidiéndole al ave que repitiera el juego. Y el cuervo repitió el juego pero ahora, en lugar de volar para donde estaba la muchacha, se elevó en el cielo y se fue derecho al acantilado que tenía enfrente. Miró ella muy interesada y vio que el cuervo se posó en una pequeña repisa en las rocas. Se dijo: “Seguro que ahí tiene su nido o guarda algún tesoro. Voy a verlo ahora mismo”. 

Dejó su juego, se fue derecha al acantilado y al llegar al pie de las rocas, se puso a escalar, sujetando sus pies en los salientes rocosos y agarrándose con fuerza. Subió por la inclinada pared y cuando estuvo en lo más alto de la repisa donde el cuervo se había parado, miró y descubrió que había como una cueva. Llamó al cuervo y al oírlo éste, alzó vuelo y se perdió río abajo como hacia la Alhambra. De nuevo se dijo: “Voy a entrar en esta cueva a ver qué guarda ahí”. Se agachó un poco, entró por la pequeña abertura y nada más dar unos pasos, a su derecha vio un montón de joyas y piedras preciosas. Asombrada no sabía qué hacer ni qué pensar. Pero pasados unos segundos, cogió algunas de las joyas, salió fuera de la cavidad y volvió a descender por la pared rocosa. Llamó a la madre, le mostró lo que traía en sus manos y luego le contó el tesoro que en el acantilado había encontrado. Le dijo a la madre:
- No hagamos nada hasta que esta noche venga tu padre. Sin duda ese tesoro puede tener dueño y por eso debemos ser prudentes. 

	En cuanto por la noche regresó el padre, le comentaron lo ocurrido y éste dijo:
- Mañana por la mañana subiré yo a ver qué hay allí y después, ya veremos qué hacemos. 
Pero al día siguiente, en cuanto salió el sol, lo primero que oyeron fueron los graznidos del cuervo. Se asomó enseguida la niña a la puerta de su casa y al verlo parado en un árbol, lo llamó. El cuervo alzó vuelo y se vino hacia la niña, trayendo en sus patas y cogido con las garras, algo muy reluciente. Se dijo: “Me trae un regalo del tesoro que tiene en la cueva del acantilado”. Y fue así: al llegar el cuervo a la altura de la niña, soltó lo que traía en sus garras y al caer al suelo, la niña cogió lo que era un bonito collar de piedras preciosas. Llamó enseguida a sus padres y mientras le mostraba lo que el ave le había traído, vieron como el cuervo alzaba vuelo y se perdió río abajo como hacia las torres de la Alhambra. 

	Media hora más tarde y cuando el padre se disponía para subir a la gruta del acantilado, de nuevo sintieron los graznidos del cuervo. Miraron y lo vieron que subía volando río arriba. Y enseguida oyeron y luego vieron a un grupo de hombres montados a caballo. Se posó el cuervo en la copa del almez en la misma puerta de la casa y al llegar los que venían a caballo, dijeron al padre de la niña:
- Este maldito cuervo es un ladrón. 
- ¿Por qué dices eso?
Preguntó la niña al soldado que había hablado. 
- Porque ya le ha robado, a la princesa de la torre alta, muchas de sus joyas. Por fin lo hemos descubierto y lo venimos persiguiendo para acabar con él. Es lo que nos ha dicho la princesa. 

	Al oír esto, la niña enseguida dijo:
- ¡No por favor! Este cuervo es mi amigo. 
Pero en ese momento, uno de los soldados, disparó una flecha que veloz, cruzó el aire y fue a clavarse en el corazón del cuervo. Sin vida, cayó desde lo más alto del árbol y rápida la niña fue a recogerlo. Lo cogió y vio que ya no tenía vida. Miró a los soldados y enfadada les dijo:
- ¡Sois malos! Él era mi amigo y yo, a cambio de que no le hubierais hecho daño, os habría dado un tesoro que tengo.
Y el soldado que mandaba en el pelotón, dijo:
- Este cuervo ya no le robará más joyas a la princesa. Nos vamos con nuestra misión cumplida. 

	Y espolearon sus caballos y río abajo hacia la Alhambra, desaparecieron. Al quedarse la niña sola con sus padres y el cuervo ahora muerto, mientras lo miraba ésta, le dijo a la madre:
- Pues del tesoro que hay en la cueva del acantilado, no vamos a darle a la princesa ni una sola perla. 
Y el padre aclaró:
- Voy ahora mismo a por ese tesoro. 
- ¿Y qué vamos a hacer con él?
Preguntó la niña. Abrazándola la madre, le dio un beso y le dijo:
- Por lo que sabemos, todas las joyas de tu tesoro son propiedad de una princesa. En cuanto las tengamos en nuestras manos, acompañas a tu padre, vais a la Alhambra y entregáis a esa princesa sus tesoros. 
Y muy irritada la niña protesto diciendo:
- Pero si ellos me han matado a mi mejor amigo ¿por qué yo ahora tengo que ser buena y devolverle sus joyas?
- Precisamente por eso, hija mía: porque no debemos comportarnos del mismo modo que lo han hecho ellos. Todos los que viven en los palacios de la Alhambra, quizás sean más importantes, cultos e inteligentes que nosotros pero si somos buenos y honrados, puede que Dios nos premia con un tesoro mucho más grande e infinitamente valioso. Tú eras de este cuervo su mejor amiga y lo mismo debemos serlo nosotros de los reyes de la Alhambra y de las princesas.

 

EL CUERVO

 

               En Granada, muchas personas conocen el rincón con el nombre de “Jesús del Valle”. Porque la congregación religiosa, Compañía de Jesús, los Jesuitas, compraron tierras ahí. Y, junto al río, construyeron un gran edificio. No un convento, como algunos personas dicen sino una gran casa de labor que al mismo tiempo servía para recreo y centro de estudios de los miembros de esta congregación. En aquellos tiempos, a estas grandes construcciones en medio del campo, la llamaban alquerías y era lo que ya he dicho: casa de labor, donde vivían personas que criaban animales, cultivaban tierras y sacaban cosechas de harina, vino y carne.

 

            El segundo nombre de este lugar “valle”, viene precisamente de eso: del bonito valle que junto al río Darro se forma. El único gran valle que este caudaloso y corto río, tiene. Es también conocido este cauce con el nombre del “río de la Alhambra” por ser el que alimenta de agua a la Acequia Real. Y porque a su paso por Granada, este pequeño y bonito río, corre cristalino justo a los pies de la Alhambra, por el lugar conocido como Paseo de los Tristes y Carrera del Darro.

 

            La alquería o casa de labor que los Jesuitas construyeron después de que los reyes de la Alhambra se marcharan de estos territorios, fue muy floreciente durante mucho tiempo. Tanto que de esta finca se sacaba el aceite, la harina y la carne suficiente para alimentar a la comunidad que trabajaba y vivía en el colegio que los Jesuitas tenían donde hoy se alza la facultad de derecho, en el mismo centro de Granada. Pero pasado el tiempo, la gran casa de labor de los Jesuitas en el corazón de Jesús del Valle, fue expropiada, cambió de dueño y, corriendo el tiempo, fue quedando poco a poco abandonada. Tanto que hoy en día, todo por ahí se encuentra en ruinas, aunque todavía hay olivos, viñas y muchos bosques repletos de encinas. Ahora todas estas tierras pertenecen al Patronato de la Alhambra, como parque periurbano y están declaradas Bien de Interés Cultural.

 

            Pero antes, mucho antes de que los Jesuitas fueran dueños y levantaran la alquería que ya he dicho, el lugar era solo un gran valle. No desierto del todo pero sí muy salvaje porque aun tenía mucha más agua y vegetación que tiempos después y ahora mismo. Vivían en este valle algunas familias en sus pequeñas casas de piedra y madera y también cultivaban las tierras, criaban animales y recogían cosechas. En la parte media del valle y por encima de donde luego fue construido el edificio de los Jesuitas, una de estas familias tenía algunas cabras que el padre guardaba, un huertecillo cerca de las aguas del río y mucho bosque por donde andar para buscar frutos silvestres y recoger leña para la lumbre y un pequeño horno donde cocían el pan. Solo una niña había nacido de su matrimonio y creció ésta en armonía y libertad por los paisajes y remansos del río.

 

            Por eso, desde sus primeros días de vida, veía y jugaba con los animales. Algunos corderos, los pajarillos del río, el perro pequeño que siempre acompañaba al padre cuando iba con el rebaño por el monte y también un gato. Otras veces, se iba con el padre, tras los animales por el bosque para darle compañía y para aprender cosas. Con frecuencia le decía:

- En río que baja encajado entre rocas y tienes charcos grandes como lagos, es lo que más me gusta en estos lugares. Un día tienes que llevarme a esos sitios porque quiero bañarme ahí y coger las trechas que tanto me has anunciado.

- Un día, cuando haga buen tiempo y seas algo mayor, primero te llevaré a lo más alto de la colina que hay a la derecha de este río. Desde ahí se ven las tierras de la Alhambra y las cumbres de Sierra Nevada. Y también en esos grandes charcos, muchas veces se reflejan imágenes que parecen sueños.

- Me muero en deseos de que un día me lleves a estos sitios.

 

              Y un año, después de un verano muy caluroso y pocas lluvias, en los principios del otoño, cayó una gran tormenta. Creció el río Darro y crecieron los arroyuelos que descolgaban por las laderas de las colinas a los lados y al día siguiente, amaneció sin una nube en el cielo. Preguntó la pequeña a su padre:

- ¿Es hoy un buen día para que me vaya contigo y me lleves a esa gran colina?

- Hoy no puede ser pero te prometo que te llevaré.

Y la pequeña, ayudó al padre a soltar las cabras del corral y luego, cerca de la vivienda y en una pequeña llanura, se quedó sola. Al poco, se puso a jugar con algunas piedras blancas y relucientes que por allí encontró. Avanzó la mañana y mientras ella se entretenía en su juego, vio varias veces a un cuervo muy negro. Alzó éste vuelo de un acebuche que había a la derecha del río y en dos o tres ocasiones, se paró a poca distancia de donde la niña jugaba. Lo vio ésta y en una de las ocasiones, le habló y le dijo:

- Me gustaría ser tu amiga pero no sé si tú me aceptas.

 

            Esperó ilusionada que el ave le dijera algo y como no obtuvo de él ninguna respuesta, otra vez le dijo:

- De acuerdo. Ya sé que tú no me hablas pero se me ocurre algo que puede ser importante para conocernos mejor.

Y la chiquilla, cogió un trozo de palo que tenía cerca, lo lanzó para su derecha y le dijo al cuervo:

- Ve a por él y me lo traes.

Como si hubiera entendido, el cuervo alzó vuelo, cogió el trozo de palo, voló hacia la niña y al pasar cerca de ella, soltó la madera. La recogió la niña y de nuevo lanzó lejos el trozo de palo pidiéndole al ave que repitiera el juego. Y el cuervo repitió el juego pero ahora, en lugar de volar para donde estaba la muchacha, se elevó en el cielo y se fue derecho al acantilado que tenía enfrente. Miró ella muy interesada y vio que el cuervo se posó en una pequeña repisa en las rocas. Se dijo: “Seguro que ahí tiene su nido o guarda algún tesoro. Voy a verlo ahora mismo”.

 

Dejó su juego, se fue derecha al acantilado y al llegar al pie de las rocas, se puso a escalar, sujetando sus pies en los salientes rocosos y agarrándose con fuerza. Subió por la inclinada pared y cuando estuvo en lo más alto de la repisa donde el cuervo se había parado, miró y descubrió que había como una cueva. Llamó al cuervo y al oírlo éste, alzó vuelo y se perdió río abajo como hacia la Alhambra. De nuevo se dijo: “Voy a entrar en esta cueva a ver qué guarda ahí”. Se agachó un poco, entró por la pequeña abertura y nada más dar unos pasos, a su derecha vio un montón de joyas y piedras preciosas. Asombrada no sabía qué hacer ni qué pensar. Pero pasados unos segundos, cogió algunas de las joyas, salió fuera de la cavidad y volvió a descender por la pared rocosa. Llamó a la madre, le mostró lo que traía en sus manos y luego le contó el tesoro que en el acantilado había encontrado. Le dijo a la madre:

- No hagamos nada hasta que esta noche venga tu padre. Sin duda ese tesoro puede tener dueño y por eso debemos ser prudentes.

 

            En cuanto por la noche regresó el padre, le comentaron lo ocurrido y éste dijo:

- Mañana por la mañana subiré yo a ver qué hay allí y después, ya veremos qué hacemos.

Pero al día siguiente, en cuanto salió el sol, lo primero que oyeron fueron los graznidos del cuervo. Se asomó enseguida la niña a la puerta de su casa y al verlo parado en un árbol, lo llamó. El cuervo alzó vuelo y se vino hacia la niña, trayendo en sus patas y cogido con las garras, algo muy reluciente. Se dijo: “Me trae un regalo del tesoro que tiene en la cueva del acantilado”. Y fue así: al llegar el cuervo a la altura de la niña, soltó lo que traía en sus garras y al caer al suelo, la niña cogió lo que era un bonito collar de piedras preciosas. Llamó enseguida a sus padres y mientras le mostraba lo que el ave le había traído, vieron como el cuervo alzaba vuelo y se perdió río abajo como hacia las torres de la Alhambra.

 

            Media hora más tarde y cuando el padre se disponía para subir a la gruta del acantilado, de nuevo sintieron los graznidos del cuervo. Miraron y lo vieron que subía volando río arriba. Y enseguida oyeron y luego vieron a un grupo de hombres montados a caballo. Se posó el cuervo en la copa del almez en la misma puerta de la casa y al llegar los que venían a caballo, dijeron al padre de la niña:

- Este maldito cuervo es un ladrón.

- ¿Por qué dices eso?

Preguntó la niña al soldado que había hablado.

- Porque ya le ha robado, a la princesa de la torre alta, muchas de sus joyas. Por fin lo hemos descubierto y lo venimos persiguiendo para acabar con él. Es lo que nos ha dicho la princesa.

 

            Al oír esto, la niña enseguida dijo:

- ¡No por favor! Este cuervo es mi amigo.

Pero en ese momento, uno de los soldados, disparó una flecha que veloz, cruzó el aire y fue a clavarse en el corazón del cuervo. Sin vida, cayó desde lo más alto del árbol y rápida la niña fue a recogerlo. Lo cogió y vio que ya no tenía vida. Miró a los soldados y enfadada les dijo:

- ¡Sois malos! Él era mi amigo y yo, a cambio de que no le hubierais hecho daño, os habría dado un tesoro que tengo.

Y el soldado que mandaba en el pelotón, dijo:

- Este cuervo ya no le robará más joyas a la princesa. Nos vamos con nuestra misión cumplida.

 

            Y espolearon sus caballos y río abajo hacia la Alhambra, desaparecieron. Al quedarse la niña sola con sus padres y el cuervo ahora muerto, mientras lo miraba ésta, le dijo a la madre:

- Pues del tesoro que hay en la cueva del acantilado, no vamos a darle a la princesa ni una sola perla.

Y el padre aclaró:

- Voy ahora mismo a por ese tesoro.

- ¿Y qué vamos a hacer con él?

Preguntó la niña. Abrazándola la madre, le dio un beso y le dijo:

- Por lo que sabemos, todas las joyas de tu tesoro son propiedad de una princesa. En cuanto las tengamos en nuestras manos, acompañas a tu padre, vais a la Alhambra y entregáis a esa princesa sus tesoros.

Y muy irritada la niña protesto diciendo:

- Pero si ellos me han matado a mi mejor amigo ¿por qué yo ahora tengo que ser buena y devolverle sus joyas?

- Precisamente por eso, hija mía: porque no debemos comportarnos del mismo modo que lo han hecho ellos. Todos los que viven en los palacios de la Alhambra, quizás sean más importantes, cultos e inteligentes que nosotros pero si somos buenos y honrados, puede que Dios nos premia con un tesoro mucho más grande e infinitamente valioso. Tú eras de este cuervo su mejor amiga y lo mismo debemos serlo nosotros de los reyes de la Alhambra y de las princesas.

 

   
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