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El proscrito No supieron cómo matarlas y por ello lo llamaron. Llamaron a quien tiempo atrás habían desterrado por pavor, pero que ahora era su única esperanza. ¿Por qué habría accedido? Eso era lo de menos; lo importante era que iba a librarse de ellas, o eso les contó. El exiliado desenvainó su oscura espada que, según los rumores, había sido forjada en las más recónditas entrañas de la mismísima tierra por unos extraños y peculiares seres, y la colocó entre su cuerpo y las tres arpías. Estas, sin dudarlo, se abalanzaron hacia él instantáneamente, mientras los pueblerinos observaban desde la lejanía. |
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Rebeldes No supieron cómo matarlas a ninguna de las dos. Los dos hombres permanecieron sentados, anonadados y pensativos observándolas. Por más vueltas que le daban, no entendían cómo habían llegado hasta aquella posición. Uno de los dos debía haber ganado el ansiado trofeo; pero los astutos, lentos y poderosos reyes habían decidido quedar en tablas, haciendo que ambos contrincantes tuviesen que jugar de nuevo. |
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Causa y progreso No supieron como matarlas ni ahuyentarlas. Aquellas diminutas y terribles criaturas habían acabado con todas las chozas de la aldea en cuestión de días, junto con todos los utensilios de madera. Hombres y mujeres fueron en busca del más anciano y sabio de la tribu y le preguntaron qué podían hacer. El sabio, sentado en una roca, les dijo: -Piedras es lo único que dejan intactas estas criaturas y con piedras construiremos a partir de ahora y de piedras haremos herramientas. Y así fue como unas simples termitas originaron la Edad de Piedra. |
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Hormigas No supieron como matarlas. Desde el agujero se esparcieron por toda la casa, una y otra vez. De nada sirvió el potente insecticida, ni tapar aquella oquedad que cada noche volvía a abrirse. Alberto pensó que todo era inútil. María, desesperada, le decía que luchase contra ellas. Discutieron, volvieron viejas recriminaciones. Terminaron por no hablarse, como si las hormigas les carcomieran por dentro. Una noche le dijo: “Mañana nos vamos de aquí”. Ella respondió: “Vete tú”. La miró en silencio. Estaba quieta, mirando al vacío. Le pareció una extraña. |
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El ritual No supieron cómo matarlas. Los recién nombrados Sacerdotes del Templo de Neodelfos en Marte eran los encargados de los sacrificios rituales para dictaminar la palabra del Oráculo. Nunca habían visto gallinas, ni ningún otro animal vivo; toda su comida era procesada en barritas con la cantidad diaria recomendada para sobrevivir y no habían estudiado nada de anatomía, puesto que sus padres los especializaron en estudios religiosos desde pequeños y sólo dominaban aquella rama del conocimiento. Ni siquiera se atrevían a sacar a los animales de sus jaulas por temor a quedar contaminados por aquellas sucias criaturas. |
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¡Cuidado! No supieron como matarlas. La orden venía del propio Canciller y tendrían que cumplirla si no querían morir también ellos. Se alejaron del pueblo. Las dos mujeres jadeaban arrastradas por las cadenas. Atarían una piedra a sus pies y las tirarían al río. O las colgarían de la rama del árbol más alto. No querían tocar su sangre. Contaminaba. Se miraron y estuvieron de acuerdo, primero las poseerían, ¡eran tan hermosas! Los encontraron muertos, sus pechos traspasados por cinco uñas semejantes a cuchillas. Solo los búhos escucharon su risa diabólica cuando las vieron volar montadas sobre aquellas estacas de madera... |
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Destierro —¿No supieron cómo matarlas? —El ser humano era especialista en exterminar, durante un tiempo pudieron extinguirlas, pero interesaba que se dejaran ver, incluso que proliferaran de vez en cuando. Su supervivencia y la de los laboratorios estaban estrechamente ligadas. Luego fue demasiado tarde, ellas ya tenían el control. —¿Y cómo consiguieron las ratas relegarnos a las cloacas? —Es una larga historia… |
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Escondidas No supieron cómo matarlas a todas. Tres de ellas se quedaron a vivir en mi casa, la mayor parte del tiempo escondidas y a salvo de cualquiera que pudiera encontrarlas. Pero, la verdad sea dicha, su presencia no era muy agradable. Siempre se despertaban a media noche para asaltar la despensa. Además, eran sucias y me daba mucho asco verlas deambular por la casa. Hasta que me cansé y, una calurosa noche de verano en la que me las encontré en la cocina, las rocié con ácido bórico y así conseguí matar a aquellas tres cucarachas. |
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Pequeñas y saltarinas No supieron como matarlas, intentaban aplastarlas a manotazos, pero eran tan pequeñas y daban unos saltos tan rápidos e impresionantes, que nunca lograron atraparlas. Todos los que sufrían sus dolorosos e insistentes mordiscos, se volvieron irascibles, se les agrió el carácter, y los demás se apartaban de ellos diciendo: “A esos no les provoquéis que tienen muy malas pulgas.” |
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Revolucionarias -No supieron cómo matarlas. -Es imposible hacerlo, deberían saberlo. La única forma de hacerlas desaparecer es por falta de uso. -Sin embargo, se empeñaron en eliminarlas, en borrarlas del diccionario, a golpe de decreto, de un día para otro… -Y la gente las echó de menos, las rehabilitó, las recuperó y las puso en el centro de las protestas, de los carteles,… -Hay palabras que son mucho más de lo que parecen. -Y lo contrario a las palabras es el silencio. -Pero la gente ya no se va a callar, ya no. |
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Cuentos y más cuentos... No supieron cómo matarlas… —Dejó de escribir y leyó las últimas palabras. Sí, estaba segura de que ese cuento le proporcionaría un día más de vida. ¿Cuántos podría llegar a escribir? Muchos, se dijo, los que hicieran falta para convencer al Califa de su amor. Sherezade observó el cielo, de un azul turquesa, y pensó que faltaban pocos minutos para que el genio de la noche extendiera su manto sobre sus cabezas… |
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Resistencia No supieron cómo matarlas, así que intentaron domeñarlas. Algunas se resistieron, pero finalmente todas claudicaron: bien gracias a una naturaleza perezosa que las hizo conformarse con asomar la cabeza de tarde en tarde a través de los barrotes; bien reconducidas, de la mano de alguna de sus hermanas menos beligerantes, hacia afanes menos perjudiciales. Salvo una. Esperanza. Por más que la hostigaron, encontraba refugio en corazones engendrando el dulce pesar del consuelo que está por venir. Había permanecido demasiado tiempo encerrada en aquél ánfora para convertirse ahora en una esclava. Para acabar con ella, tendrían que acabar con la humanidad. |
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Danza de sueño No supieron cómo matarlas porque nunca se finalizó recuento alguno. Sólo uno de los matarifes quedaba en pie frente al hipnótico paso de las narcóticas bestias. ... ciento treinta y siete, ciento treinta y ocho, ciento treinta y... nuevvv... Y cayó inconsciente junto a la valla que le separaba de sus mullidas y soporíferas víctimas. |