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Foro para escritores de Bubok

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ernie
ernie
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Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008

LXXXVII edición de relatos - La Navidad (hilo para colgar los relatos)

27 de Agosto de 2012 a las 12:05
Abrimos oficialmente la 87ª edición de relatos de Bubok.
Tema: La Navidad.
Presentación de relatos: desde hoy lunes, 27 de agosto, hasta el próximo jueves, 6 de septiembre, a las 22:00 horas.
Votaciones: desde el jueves, 6 de septiembre, a las 22:00 horas hasta el domingo, 9 de septiembre, a las 22:00 horas.
Quedáis todos invitados... ¡fum, fum, fum!


concursoderelatos
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  • 28 de Agosto de 2012 a las 16:56
Cuando llega la Navidad


A Belén pastores, a Belén chiquitos,
Que ha nacido el rey de los angelitos.
A Belén pastores…


Me divierte planchar y cantar al mismo tiempo. Es aún más divertido viendo la estampa de Nando: desnudo, con el gorro y el chaleco de borrego bien puestos y agitando la pandereta al ritmo del villancico.
Estamos a tres de julio y tendremos tranquilamente unos treinta y cinco grados en la calle. Yo llevo tres días de vacaciones, Nando ya una semana y pico. Estos días que yo he estado trabajando he tirado de abuelos y guardería, pero ya por fin puedo ejercer de madre a tiempo completo. Hoy he aprovechado para darle una vuelta a los armarios y ha aparecido el disfraz de pastorcillo que Nando se puso para la fiesta de Navidad del cole. Ha sido verlo y querer ponérselo. He pensado que permitírselo era abrirle la puerta al sarampión, pero qué leches, es un niño y los niños no tienen ni frío ni calor cuando se divierten. Le he hecho un par de fotos porque está graciosísimo.
—Algún día, cuando decidas abandonarme en una residencia, estas fotos me servirán para chantajearte y quitarte la idea —le he dicho entre risas. Él también se ha reído; la risa es lo que tiene, que es contagiosa.

Hemos estado todo el día cantando villancicos y henchidos de espíritu navideño. No hemos puesto el Nacimiento por la pereza que me ha entrado al pensar que luego había que recogerlo, pero hemos dibujado uno en una cartulina y lo hemos colgado en una de las paredes del salón. Y está chulo, por la noche lo guardaré y lo sacaré en las próximas Navidades.
La fiesta se ha aguado cuando ha llegado Roberto: mi marido y padre de la criatura.

Nos hemos puesto muy contentos al escuchar el ruido de las llaves. Nando ha salido corriendo hacia el recibidor agitando con fuerza su pandereta. Yo he terminado de doblar la camisa que estaba planchando y he acudido a la entrada con una gran sonrisa. Roberto tenía al niño en brazos, le había quitado el gorro y le estaba despojando del chaleco.
—¿Qué hace así el niño? Se va aponer malo —me ha dicho serio—. ¿Y qué haces con el culo al aire? —dirigiéndose a Nando—. Ponte unos calzoncillos, que vas a coger frío y te vas a poner malito.

Nando no estaba por la labor de dejar al descubierto su cabeza y tapar su culillo. Menos aún de renunciar a su chaleco de borrego. Por eso, en cuanto su padre lo ha dejado en el suelo, le ha arrebatado las prendas deseadas y ha salido corriendo para ponérselas.
—Déjale —dándole un beso acompañado de una carantoña—. Hace mucho calor y está tan a gusto desnudito. Ya tendrá tiempo de tener que llevar ropa quiera o no quiera.
—¿Y le pones el traje de pastor¿ ¿Para que esté fresquito?
—Lo ha visto y se lo ha querido poner, ¿qué más da? Deja que se ponga lo que quiera, está en casa.
—Le va a dar algo.
—Si estuviera incómodo ya se lo habría quitado.
—No pongas al niño como un mamarracho. Haz el favor. ¡Nando! Ven aquí.

El niño llorando, el padre gritando, el disfraz de pastorcillo escondido en el maletero y un bañador cubriendo el culito de mi hijo. Me faltaba ropa por planchar, pero cuando me aburro se me quitan las ganas de todo, así que he recogido los trastos y he devuelto al salón su condición de lugar de encuentro familiar. La cartulina la he dejado, que es bien bonita y nuestro trabajo nos ha costado hacerla.
—Mira, tócale la cabeza. La tiene empapada de sudor. —¿Conocéis el rostro del reproche? Pues ése era el de mi marido.
—Lo raro sería que tuviera la carne de gallina y tiritara. —Respuesta irritante, lo sé.
—Pues así es como se cogen los resfriados. Parece mentira… que es tu hijo, coño, que no es un niño cualquiera.

Curiosa cuestión la que se me plantea: ¿si hubiera dispuesto a propósito las condiciones para que un niño cualquiera de cuatro años cogiera una pulmonía, mi acción no sería reprochable? Vale, estoy sacando las cosas de quicio. Pero sólo dejaba que mi hijo se divirtiera. No es tan grave.
Y en ese momento lloraba y tuve que abrazarlo. Y ni os cuento cómo ha corrido el sudor en el transcurso del abrazo. Si se resfría habrá que hacer un estudio para determinar a qué sudores se debe la proliferación del virus. Me he dado cuenta, a Roberto le daría igual, en cualquier caso la culpa hubiera sido mía. Lo mejor era dejar de pensar y preparar una bañera con agua templada para que se refrescara y se le pasara el berrinche. Ay… qué historias.
—¿Te apetece un bañito? Dime qué muñecos quieres que te lleve a la bañera, cielo mío.
—El niño Jesús… los Reyes con los camellos y el castillo. ¡Y un soldado!

Me he ido al armario del pasillo para sacar la caja de las figuritas y he buscado las que Nando me había pedido. Una vez en el agua, he abusado del gel para que hubiera mucha espuma; era la nieve, que un Nacimiento sin nieve se queda muy desangelado aunque sea acuático.
—Mamá… —Sabía que me iba a pedir algo. Por la forma de intentar atrapar las pompas de jabón, por la manera de mirarme, por esa sonrisilla.
—Dime.
—¿Me puedo poner el gorro?
—Pero sólo dentro del agua y hasta que te lave la cabeza, cuando salgas del baño lo guardamos, ¿vale?
—¿Y me traes la pandereta?
—Y te traigo la pandereta. —Finjo que me resigno.

Camino del maletero para rescatar el gorro prohibido, he cruzado la mirada con Roberto. Aunque no hemos pronunciado palabra, sí que algo nos hemos dicho. Y nos hemos entendido. Creo que yo he sido mucho más grosera que él.

Hacia Belén va una burra, rin rin
Yo me remendaba, yo me remendé
Yo me eché un remiendo…


Al oír cómo se abría la puerta del cuarto de baño, he temido que algo se rompiera. Nada del menaje.
—¡Hoo, hoo, hoo…! ¿Hay un hueco para Papá Noel en esta bañera?

Nando ha dado un grito que ha recorrido un corto y rápido camino desde el susto hasta la felicidad risueña pasando por la sorpresa. Yo no he podido evitar reírme y… sí, algo se ha roto. Nada del menaje. La verdad es que algunas roturas están muy bien de vez en cuando.

Los contemplo. Menuda estampa: uno con una cachucha de pastorcillo y el otro con una barba postiza y un gorro de Papá Noel. Los dos desnudos dentro de la bañera, batiendo las panderetas y cantando villancicos. Tres de julio y treinta y cinco grados en la calle.
Creo que los voy a dejar aquí y que voy a montar otra vez el tenderete de la plancha.

Navidad, Navidad,
Dulce Navidad.
La alegría
De este día…
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 2 de Septiembre de 2012 a las 13:14

Buenas vacaciones de verano, la web sigue siendo un desastre. Felicidades Bubok.



concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 2 de Septiembre de 2012 a las 13:26

Una larga conversación


La sala estaba en penumbra. A través de la ventana, la luz de las farolas de la calle alumbraba apenas a Teresa, que miraba sin ver. Hacía calor en la habitación, a pesar de ello se abrazaba a sí misma sin saber muy bien si lo que sentía era frío, pena o miedo. Puede que las tres cosas. Puede que pena.

Faltaban cuatro días para Navidad. Por estas fechas siempre le asaltaban sentimientos y pensamientos especiales. Era algo que le sucedía desde su infancia.

Volvía a recordar la casa de sus padres, los muebles oscuros y pesados, sus hermanos y su madre, afanosa preparándolo todo hasta dejar la mesa puesta. Aquella mesa extraña que se abría y cerraba según las circunstancias. Si su padre se encontraba bien, el comedor refulgía con la vajilla y la cristalería que se guardaban para las ocasiones. En la lámpara central brillaban los cristalitos de colores como el arco iris. Eso pasaba cuando se encontraba bien. Si volvía a quedarse en la cama, la mesa con alas pasaba al dormitorio, se desplegaba junto al lecho y la madre luchaba para que por lo menos los niños estuvieran felices.

Entonces no había alegría. Trataban de que las cosas fueran como siempre, pero, aunque Teresa era aún pequeña, no se le escapaba que ellos dos hacían un gran esfuerzo para que todo pareciera normal, cuando no lo era. No había villancicos, ni brindis, ni risas. Su padre no probaba nada, solo les observaba con aquellos enormes ojos y ellos le miraban a él asombrados de lo fácil que cambiaba de aspecto, con aquella cara demacrada y triste, con la cabeza apoyada en las blancas almohadas.

Después fue la tristeza de su pérdida, el agotamiento de su madre tras aquella enfermedad terrible. Más tarde volvió la alegría, que siempre se veía interrumpida por el recuerdo del ausente.

Todo se volvió diferente cuando Teresa se casó, tuvo hijos y crecieron. La casa se llenó de risas y la Navidad se transformó en lo que siempre había creído que debía ser. Algo así como lo que solía ver en las películas. El cine era solo cine, pero conseguían un poco de felicidad multiplicada por la de los niños. Salía con Rafael, su marido y los chicos a buscar el árbol, a añadir figuritas al nacimiento, a visitar a los familiares y amigos y traían a su madre a casa para que no estuviera sola en esas fechas señaladas. Sentados a la mesa, entre risas y comentarios, comiendo turrón y bebiendo cava, llegaba la media noche y hasta la una o las dos. La abuela les miraba con los ojos llorosos. Teresa pensaba qué rondaría por su cabeza en esos momentos.

Su madre murió un día sin apenas avisar, plácidamente. Los hijos crecieron tan rápido que apenas se dio cuenta y ya estaban casados.

Teresa consultó el reloj y pensó que ya no llamarían esa noche. «Mañana, será mañana», se dijo . Después de todo no tenía prisa. Quitó la televisión. Siempre estaba puesta sin saber por qué. Se sentó en su rincón, en su butaca y puso música: Concierto número uno, Chopin.

Rafael, su marido, también se había ido un día. Dijo que necesitaba cambiar de vida y se fue a vivir una nueva con una compañera de la Oficina. Trató de convencerse de que aquella etapa de su vida también era buena, que la soledad tenía sus ventajas. No tenía que preocuparse de nadie y podía hacer lo que deseara cuando y como lo quisiera. La música penetraba en sus oídos e iba directa a su corazón. Pensó que había alguien sentado a su lado que la tomaba de la mano y que sus ojos la miraban llenos de cariño, de vez en cuando. Era solo una ensoñación. Una de sus piezas preferidas, el concierto número dos para piano de Shostakovich, sonaba en ese momento. Notas que bailaban entre su pelo y acariciaban su cara llenando de belleza el silencio. No quería llorar. No tenía ninguna razón para hacerlo. Solo que, de vez en cuando, sobre todo cuando se acercaba la Navidad, aquel nudo se enroscaba en su corazón y lo apretaba tan fuerte que no podía controlarlo.

El teléfono llevaba ya un rato sonando. Estaba a gusto y no quería interrumpir aquel momento, pero alargó la mano y descolgó el auricular:
—Diga.
—Mamá, soy Tere. ¿Qué haces? No estarías ya en la cama, ¿o sí?
—No, hija, ya sabes que me acuesto tarde. Escucho música tranquilamente. ¿Y tú qué cuentas?
—He hablado con Carlos y con Gema —le respondió su hija con voz insegura.
—¿Y qué dicen?
—Carlos y su familia se van a esquiar, me ha dicho que no vuelven hasta Reyes. Ya lo dijo el día de tu cumpleaños que tenían intención de hacer eso. Gema tiene que ir este año a Salamanca, le toca ¿recuerdas? a casa de sus suegros. A Jaime no le pillo, no contesta. Pero creo que dijo que no iban a volver a España hasta las vacaciones de Agosto. Este verano utilizó todos los días cuando vino de Nueva York.
—Ya, estáis todos muy ocupados, que tiempos estos.
—Yo me quedo, mamá. Por lo menos el día veinticuatro. Cenamos contigo y el veinticinco nos vamos con los niños a Lanzarote a casa de mis cuñados. Los críos están muy ilusionados y les prometimos que este año iríamos aunque sea para Nochevieja. Volveremos para Reyes y comemos todos juntos entonces.
—Bueno, hija. Vale.
—¿No te importa ¿verdad? ¡Si vas a estar mucho más tranquila!. No tendrás que andar preparando comidas, ni haciendo compras. Anda, dime que no te importa que si no me iré preocupada.
—Claro que no me importa, hija. Dales un beso a los niños y dile a Juan que aún estoy esperando que me traiga el artículo del periódico que hablaba de tu padre. Que no lo pierda.

Colgó el teléfono muy despacio. La mano le temblaba un poco. Volvió a mirar por la ventana. Fuera caía una niebla fina que se deslizaba sigilosa sobre los tejados. La música seguía sonando, ahora era Gershwin, Summer time.

Por la mañana se preparó con cuidado y salió a la calle. Compró adornos nuevos para el árbol y alguna de las delicatesen que más le gustaban. Dio un paseo por la ciudad. Estaba bonita con todas aquellas guirnaldas atravesando las calles y con tanta gente caminando con bolsas y hablando entre sí. Ella también celebraría la Navidad, sola o acompañada. Pondría la televisión, brindaría con cava y comería turrón. Y si lo necesitaba lloraría. Si se le hinchaban los ojos no importaba, porque se iría a la cama después. Se sentó en un café. Tuvo suerte de encontrar una mesa libre. Miraba distraída cuando alguien le preguntó si podían compartirla. «Sí, claro».

Y así fue como conoció a Alfonso. No, no se enamoraron, no se casaron, no hicieron más que hablar. Una larga conversación.

concursoderelatos
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  • 4 de Septiembre de 2012 a las 14:56
La misiva

-Perdone… ¡perdone…!
Era un susurro lo que salía de su boca y, como es lógico, nadie se percataba de su presencia. Nadie…excepto yo.
Aquel día, un 14 de Diciembre de… ya no recuerdo qué año, la oficina de Correos estaba llena. Más que llena; no cabía un alfiler. Y los camiones de reparto no paraban de llegar; repletos, seguramente, de regalos y felicitaciones navideñas en su mayoría. Para colmo de males se estropeó la máquina indicadora de turnos. Un auténtico caos.
-Perdone… ¿pueden ayudarme?
La vocecilla se ahogaba en aquel mar de confusión y quejas: «¡Quiero mi paquete!»; «¡Yo he llegado primero, señora»; «¡Pónganse a la cola!»; «De uno en uno, por favor». La crispación iba en aumento y desistí en mi empeño de recoger la entrega del aviso que había recibido en casa hacía un par de días. Una notificación que me rescató de la habitual cotidianeidad de mis rutinas. De una insulsa vida con rumbo a ninguna parte.
Me quedé un rato más observando aquel niño, pues había algo en él que despertaba mi interés. Me pregunté por qué no estaba en el colegio. Me llamaba la atención su gesto calmado, que contrastaba tanto con la vorágine de impaciencia que asediaba a los pobres empleados de la oficina de Correos.
Aquel niño tendría… ¿cuántos años? 9 o 10, supongo. Flequillo hasta las cejas, nariz puntiaguda orientada al norte y un buen surtido de pecas adornando su cara. Parecía un chaval avispado. Pícaro, pero noble. No era un chico de la calle, pues vestía bien e iba limpio y aseado. ¿Qué hacía allí solo? ¿Y por qué diablos me resultaba tan familiar?
-¿Puedo ayudarte? –le dije.
Tras la sorpresa y el recelo inicial su rostro dibujó una contagiosa sonrisa de gratitud que imité al recibir lo que me ofrecía. Extendió su mano hacia mí y me entregó un sobre con mi nombre. Tardé unos segundos en salir de mi asombro. Y cuando busqué una respuesta a todo aquello, el muchacho se despedía ya desde la puerta regalándome una nueva mueca de agradecimiento; que lucía aún más cómica al mostrar entre la comisura de sus labios un incisivo mellado. Busqué algo más en aquel sobre, pero sólo tenía escrito mi nombre.
De repente, noté una convincente sensación de familiaridad en todo aquello, esa extraña impresión de haber estado allí, de haber vivido antes la escena. Decidí volver a casa, pues no me sentía con fuerzas de abrir allí mismo la carta. Y a cada minuto que pasaba, durante mi regreso, mi extrañeza y sobrecogimiento por lo vivido se acrecentaba. Sentía miedo. Deseaba abrir aquel sobre para descubrir su contenido, pero… ¡no podía! y lo abandoné sobre la mesa del salón nada más entrar en mi domicilio.

Los primeros días después de aquella experiencia pasé las noches en vela. Sentado. Observando la carta. Necesitaba encontrar una razón para todo aquello, porque me convencí de que sólo entonces podría armarme del valor necesario para enfrentarme a mi destino. No podía pensar en otra cosa. Mi existencia ya sólo giraba alrededor de aquella mesa y de la misiva que reposaba sobre ella. Comencé a ausentarme del trabajo, apenas salía de casa y hasta dejé de comer y de asearme: me abandoné por completo durante los días posteriores al encuentro con el niño.
El tiempo transcurría lento, al ritmo de mis pensamientos. Me encontraba cansado. Desorientado. Necesitaba abrir aquella carta como fuera: la falta de sueño había hecho mella en mi cuerpo y en mi ánimo, como si hubiera envejecido un lustro por cada una de las noches sin descanso. Y exactamente al décimo día me levanté presto en busca del sobre para acabar finalmente con mi sufrimiento.
Y ocurrió que mis ojos se enfrentaron con mi reflejo en una de las cristaleras del mueble que tenía frente a mí y ¡no daban crédito a lo que veían! Debía rondar la treintena por aquel entonces, pero mi imagen no concordaba con la de un hombre de esa edad. Mi pelo había encanecido por completo y una frondosa barba poblaba mi cara. E, incomprensiblemente, a pesar de no haber probado bocado durante días, un incipiente sobrepeso contorneaba mi figura. Abrí el sobre y leí la carta. Y dejé escapar una sonora carcajada de alivio tras su lectura. Y de nuevo me miré en la cristalera para redescubrir un incisivo mellado en mi sonrisa. Para rememorar una alegre infancia olvidada y colmada de ilusiones.

Hace tiempo que dejé buscarle sentido a todo aquello. Simplemente, decidí que siempre habrá preguntas sin respuesta y momentos en los que la razón debe hacerse a un lado. Cada 14 de diciembre releo la carta que yo mismo me entregué y, exactamente diez días más tarde, como hice entonces, escojo uno de los deseos de la lista que contenía el sobre. Y lo hago realidad. Mi barba desaparece y mi cabello recupera su color, permaneciendo únicamente en él las canas que son fruto del natural transcurrir de mi vida. Una vida y un destino... de los que ahora soy por fin dueño.
concursoderelatos
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  • 4 de Septiembre de 2012 a las 15:32
[Editado por ineficacia del foro de Bubok. Aaaaaaarrrghhh!]
concursoderelatos
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  • 4 de Septiembre de 2012 a las 15:35
La Cesta de Navidad

Manuel estaba loco de contento ¡Le había tocado la Cesta de Navidad! Esa cesta de mimbre descomunal que durante unas semanas había ocupado un lugar privilegiado en la entrada del Mercado del barrio al que era fiel desde hacía varias décadas.

Durante años, Manuel contempló aquella maravilla sin osar imaginar que fuese a ser suya algún día; era como una de aquellas hermosas actrices de las películas en blanco y negro de su juventud, fascinante y seductora, pero inalcanzables. Cada vez que otro boleto que no era el suyo salía agraciado con aquel fabuloso lote de típicos y deliciosos productos, Manuel, con su corazón de oro, se consolaba pensando que le habría tocado a alguien que pasaba más necesidad que él. Que total, los mantecados del puesto de Luis, que los traía de Toledo, eran insuperables y el jamón se ponía duro sino se comía de golpe…

Todos en el mercado se pusieron la mar de contentos cuando se enteraron de que era Manuel el agraciado, qué suerte que hubiese sido él, que era de los de toda la vida; aunque es una pena que los jóvenes no vengan más al mercado, una lástima que se pierdan las costumbres de antes y acaben comprando comida precocinada, pero los jóvenes de hoy en día ya se sabe, no tienen tiempo de nada.

Cuando se recuperó de la sorpresa, Manuel llamó a su hijo mayor, Manolo, para que le ayudase con la cesta, puesto que Manuel no tenía coche y no podía cargar con tanto peso. Manolo no podía ir a buscarle, tenía una comida muy importante de negocios, sus nietos tampoco, claro, estaban de celebración del último día de la facultad antes de las vacaciones navideñas; no, no era nada grave, no estaba en el hospital. No, hijo, no nos ha tocado nada en la lotería de Navidad, pero tenemos salud, que es lo importante. Este año Nochebuena la pasaremos con nuestros suegros, que tienen una casa grande y hay sitio para toda la familia. No, hijo, no queremos molestar, nosotros ya nos apañamos solos, tu madre está bien, también, ella el día que se pare ya será para siempre, ya lo sabes, besos para todos.

Tampoco Pedro podía ir, estaban preparando el viaje a la nieve y estaban buscando unos esquís; no, no ha pasado nada grave, una pena que no podamos vernos esta Nochebuena, pero tenemos todo el año para juntarnos; disfrutad mucho en la nieve, nosotros estamos ya mayores y eso del esquí no ha sido nunca para nosotros, ahora todo está mucho más barato, claro. Cuidado con el coche. Al fin Manuel podía colgar aquel dichoso trasto que sus hijos se habían empeñado que tuviera por si necesitaba cualquier cosa.

Finalmente Carlos, el hijo del carnicero, acompañó a un ahora más desanimado Manuel a casa. No se preocupe don Manuel que tengo que recoger unos cabritos de encargo, que hay crisis pero la gente en Navidad se anima un poco más, aunque se nota que la cosa está apretada. Carlos ayudaba a su padre en la carnicería cuando acababan las clases, no le importaba ser universitario de día y carnicero por las tardes, así se sacaba unos ahorrillos y ayudaba a su padre, que se hacía mayor.

Cuando Felisa, su mujer, abrió la puerta, casi tienen un disgusto del alegrón que se llevó ¡Vaya hermosura de cesta, Manuel! A nosotros que nunca nos ha tocado nada, hijo, siéntate, que tengo café, hijo, que esta mañana hace mucho frío. Muchas gracias por traer a Manuel, Dios te lo pague; dame un beso aunque ya seas mayor, hijo, qué guapo y qué alto te has puesto.

El muchacho no quiso aceptar propina aunque subió los tres tramos de escaleras cargado con la cesta de mimbre cual Atlas. Pero Manuel en eso no estaba dispuesto a ceder, ya había tenido que callar mucho aquella mañana. Toma, hijo, llévate esta botella de vino para tu padre, que nosotros estamos mayores y no disfrutamos esto tanto. Felices Pascuas.

Cuando el chico se marchó, Manuel y Felisa se cogieron de la mano y contemplaron anonadados, una vez más, aquella maravilla que no se creían aún que fuera suya, arreglaron el celofán que había abierto para darle la botella al hijo del carnicero. Qué alegría más grande, a nosotros que nunca nos había tocado nada.

No te molestes, Felisa, que ya he llamado a tus hijos y esta Nochebuena y Navidad están fuera. La cara arrugada y dulce de la mujer se contrajo en una mueca de pena, su mayor alegría habría sido compartir aquella cesta con sus hijos. Pero podemos enseñársela a tu hermana y a mi hermano, y a ver si se quieren pasar a tomar un café con unos mantecaos ¡Y ya verás qué sorpresa se llevan!

Y vaya sorpresa se llevaron, y se pusieron un poco verdes de envidia, claro, pero muy poco, porque aquella cesta para dos y para seis, aún era mucho; más con las estrecheces que recordaban de su infancia y acostumbrados a privarse de muchas cosas para que los hijos tuviesen de todo. Pocos niños con zapatos nuevos tenían tanta alegría como aquellos ancianos intercambiando anécdotas de su infancia, mirando casi con desconfianza la enorme cesta de mimbre con su paletilla y su queso, con las latas de frutas en almíbar… casi sintiéndose culpables por tanta dicha, puesto que su educación había sido para pasar penuria, no para estar felices. Aun con su achaques y cada uno sin probar lo que el médico había prohibido, cenaron como nunca aquella Nochebuena, y trasnocharon como no pudieron hacerlo en su juventud, cantando y riendo, libres ya del peso de las obligaciones que habían soportado durante años, pues ser viejo es lo que tiene, que como nadie te hace caso, puedes hacer lo que te dé la gana.
concursoderelatos
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  • 5 de Septiembre de 2012 a las 15:42
En Reyes

Ella sabe que está pronto el final. Siente el estremecer que le arquea la espalda y le hace apretar los muslos a las caderas de él. Se detiene un momento, espera que el estremecimiento se disuelva en su cuerpo y continúa dejándose empujar por las manos en su cintura. El próximo estremecer no lo podrá contener. Será el sacudir que le sincroniza los órganos: el latir con el respirar, el fluir de todo; sí, seguro el fluir. Sabe que está pronto el final. Su final y el de él, pues lo conoce. Ya lo sintió temblar en su interior. Ella lo mira desde su altura y no puede precisar si lo encuentra indefenso o poderoso. Las manos de ella ya no son sus manos desde que andan por el otro cuerpo.

Sabe que está pronto el final, pero ha decidido que luego tampoco le dirá nada. Solo dejará que la abrace y la despeine con su caricia hasta quedar dormida. En Reyes le dirá. Se disculpará por el inoportuno mensaje de texto. No pasaría lo de las Navidades anteriores. Ese día el sonar del móvil le daba pánico. Temía que llamara para decirle que no regresaba, que el trabajo se había complicado y que su jefe le pedía quedarse. Él tenía que estar en casa por ella y por su hija. Se lo había prometido. Armaban el Nacimiento y la niña le hizo besar al Niño Jesús y jurarlo: “No faltaré a la cena.” Esta Navidad tendría regalos para todos. Ella tenía el de él a buen recaudo, pero no lo podía colocar con el resto al pie del árbol. En Reyes le dirá, cuando se abran los regalos y la niña pregunte si la muñeca negra la envió la abuela y ellos vuelvan con la historia de los Reyes Magos. Él seguro estará buscando el paquete que parezca un libro. “El Amor en los Tiempos del Cólera” le pidió desde agosto.

Casi llega el final, su final y el de él, pero ahora, cuando el avizor estremecer se ha disuelto y permite una pausa previa, ella se pone la mano en el vientre y confirma que el regalo de él está a buen recaudo. En Reyes le dirá.

Él sabe que está pronto el final. Tiembla tanto que puede llorar y volverse todo líquido, todo mar. Quiere ir más profundo donde ella, pero hasta el Universo tiene sus límites. El próximo temblor no lo podrá contener, no quiere contenerlo. Siente los muslos apretando sus caderas. ¿Podrá ella descubrir el temblor? El próximo no lo podrá contener y entonces ella lo descubrirá porque será el fluir de todo; sí, seguro el fluir. Sabe que está pronto su final y el de ella, pues la conoce. Ya sus manos contuvieron la espalda que se arquea cuando se estremece. Él la mira a los ojos gozando el poder del que no se defiende.

Sabe que está pronto el final, pero ha decidido que luego tampoco le dirá nada. Solo la abrazará y enredará el pelo con sus dedos hasta que se duerma. En Reyes le dirá. Hizo bien en venir a cenar. Esta vez no pasaría lo de Navidades anteriores. Igual su jefe los había citado; la agenda anunciaba la larga sesión de trabajo. Los convocados sabían que los asuntos podían esperar una semana más; nada era urgente. Su jefe les exigía una prueba de lealtad. El móvil vibró en el bolsillo de su saco. «No tardes BB. T esperamos para cenar. Beso nuestro. TQM+++» Esa mañana le había costado llegar a la ciudad. La gente protestaba desde mayo. Él disfrutó el cuero de su auto, la piel lustradísima de sus zapatos, su exquisito perfume y hasta el futuro verano en Ibiza. No estaba mal su trabajo, su oficina; pero había tenido al Niño Jesús en los labios y la promesa en un beso. “¿Está Ud seguro?” le había preguntado el jefe. Él dejó que la puerta del salón se cerrara y se marchó.

Casi llega el final, su final y el de ella, pero ahora, cuando el avizor temblor se ha disuelto y permite una pausa previa, él piensa cuánto cuesta el alquiler del piso, pero confirma que hizo bien. En Reyes le dirá.

Los cuerpos se doblan, el final llega y no lo pueden contener y es el fluir de todo que choca con la puerta y se queda haciendo espumas en la habitación, solo en la habitación, por suerte, pues del otro lado la niña aún no duerme, aunque sabe que está pronto el sueño. El próximo bostezo no lo podrá contener y se le cerrarán los ojos. Sabe que la madre abrirá la puerta y se quedará un momento, vigilante. Lo tiene decidido, en Reyes les dirá.

Pronto bostezará y se dormirá, pero si está despierta tampoco le dirá hoy a la madre. Le gustó que le permitiera dibujar en la página del libro que le regalarían a papá. Ella se esmeró porque no podía salir mal. En otras cartulinas si se equivocaba las estrujaba y tiraba. Esta página era especial. Mamá había escrito “Feliz Navidad. TQM+++” y ella no podía dibujar mal, ni estrujarla, ni tirarla. Ella tuvo miedo porque su papá tardaba, por eso lo abrazó tanto cuando llegó y no lo dejaba caminar y lo hizo tirar el portafolio y cargarla y hacerla volar y perseguirla alrededor del árbol alumbrado hasta que la mamá los regañó. No pasó lo de las Navidades anteriores. Fue una cena con los tres. Papá por ratos quedaba mirando el mantel y la preocupación se le notaba, pero ella no sabía de cosas de los grandes y por suerte pasaba rápido; él le tomaba la mano a mamá y a ella le pellizcaba la mejilla.

El próximo bostezo no lo podrá contener. Siente la puerta abrirse y la mamá se queda mirando, vigilante. Escucha los pasos del padre que tropieza en las escaleras. Los adultos ríen y ella finge dormir. Seguro le dirán que la muñeca negra no la mandó la abuela y le volverán con la historia de los Reyes Magos. Pero ella ya es grande y sabe. En Reyes les dirá… o mejor no. La próxima Navidad.

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  • 6 de Septiembre de 2012 a las 15:33

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  • 6 de Septiembre de 2012 a las 15:49

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  • 6 de Septiembre de 2012 a las 15:52

Por Navidad

Lunes, 20 de diciembre. Me he levantado temprano y, después de desayunar, he echado un vistazo a lo que había en la nevera antes de ir a la compra. De comer prepararé una sopa y una pechuga de pollo a la plancha. A mi edad ya se sabe, comida de régimen y pocos excesos. Antes, tal día como hoy, tocaba ir al Hogar del Jubilado a retirar la cesta navideña. Pero ahora para qué, si además de que no puedo cargar con tanto peso tampoco me dejan probar ni un pedazo de turrón: “Ya sabe usted, D. Avelino, que debe cuidar la dieta para controlar esa glucosa”.

Descuide, doctor.

Recuerdo que a Juana le gustaba abrir la cesta y revolver su contenido: una de sidra, otra de cava; dos de turrón blando, dos de duro; alguna conserva del Cantábrico, un Rioja Alavesa... Ella hacía cómo si se asombrara, aunque la verdad nunca había sorpresa porque cada año era siempre lo mismo. Después del recuento lo ordenaba todo en la cocina.

Pobre Juana.

A pesar de ser lunes, hoy hay partido de liga. Se juega el derbi. A Juana nunca le gustó el fútbol, pero ella siempre decía que era del Oviedo. Lo decía así, por lo bajito, fingiendo que hablaba en serio para hacerme rabiar un poco. Yo es que soy del Sporting. Y si a la tarde me encuentro con ganas, me acercaré al Mónico antes que de costumbre para coger un buen sitio. Allí siempre hay ambiente los días de fútbol. Si el Sporting gana me comeré un pan preñáu, beberé unasidrina pa celebraluy que le den por el saco al régimen. Ojalá.

Martes. De nuevo sopa y algo de arroz. Maldigo el invierno mientras camuflo mi soledad paseando la calle Corrida de arriba a abajo. La gente me arropa con su trasiego entre las tiendas y cafés que hay a un lado y otro del paseo. Yo me detengo en los comercios a ver los escaparates. Muchos decoran su interior con juegos de luces y nieve de corcho poliespán. ¡Qué bonitos los abetos con sus adornos de colores! Seguro que el nuestro está aún en el desván. Hace ya muchos años que no adorna el salón. La última vez que Lucía me ayudó a montarlo era ya una mujercita. Aquella fue una buena Navidad. Juana me había regalado un bonito reloj.

En la terraza del Mónico he encontrado una mesa abrigada bajo el toldo, y a pesar de que el médico me lo tenga prohibido, me fumo un habanito y me pido un café con leche. -Cargado, por favor. -En la portada del Marca un titular informa que el Sporting ha ganado al Oviedo por dos goles a uno. Seguramente Lucía se habrá enterado y me llame para gastar un chiste. A Lucía siempre le ha gustado contar chistes y gastar bromas a la gente. A lo mejor incluso me llama hoy en vez de esperar a Nochebuena. En Madrid se lee mucho el Marca. Sí. Seguro que ya lo sabe. Mi Lucía. La imagino a esta hora paseando por la Plaza Mayor. En Navidad la Plaza Mayor está muy bonita. Pero yo preferiría poder acabar aquí mis días, junto al mar y al Molinón.

22 de diciembre. Amanezco envuelto por el son que sube como un eco por el patio de luces. Las voces de los niños del coro de San Ildefonso se filtran desde alguna ventana repartiendo una suerte que siempre me fue esquiva. Me resisto a levantarme. Mi ánimo remolón se deja acunar por ese devenir monocorde de números y premios que dan su particular color a la Navidad. Para comer, de nuevo dieta blanda. Patata cocida y algo de pescado. A la tarde me siento en la terraza del Mónico a contemplar el mar. A ratos me entretengo viendo a la gente cruzar por el Paseo de San Lorenzo. Releo las páginas del Marca. Roberto, el camarero, es del Oviedo. Él dice que la jugada del segundo gol no fue penalti. Yo creo que tampoco, pero no le doy la razón. Entonces hace como que se enfada y a mí me da la risa. Me acuerdo de Lucía. En la tele el hombre del tiempo anuncia que nevará en el centro de Madrid. Hoy me duele más su ausencia.

23 de diciembre. Solo algo de sopa. No tengo ganas de más. La ciática aprieta hoy de lo lindo. ¡Maldita sea! ¡Qué jodido es hacerse viejo! Gran parte del Gordo ha caído en un pueblito de Zamora. La euforia de los premiados inunda los canales de la tele y las portadas de todos los periódicos. Una señora llevaba tres décimos y estaba loca de contenta. Qué suerte. A mí una vez me tocó una pedrea. Fue un décimo que compré en Salamanca cuando Lucía estudiaba Periodismo. Siento impaciencia por oír su voz al otro lado del teléfono. En el Mónico hoy casi no hay gente. Todo el mundo camina con prisa, como si la tarde no les diera suficiente tiempo para hacer sus cosas. Algunos llevan bolsas con paquetes envueltos en papel de regalo. En la calle Corrida todas las tardes suenan villancicos por unos altavoces. Pasadas las cinco ha empezado a orvallar y he tenido que guarecerme caminando bajo las cornisas ¡Qué pronto cae la tarde! En casa ha sonado el teléfono. Julia está bien a pesar de que en Madrid hace un frío tremendo. Hoy no han subido de dos grados. Ella es redactora en la sección local del diario El País. Se me nota el orgullo cada vez que lo cuento. Lo peor es que siempre tiene mucho trabajo. Si su madre pudiera verla… Luego me ha dicho que, como este año el Sporting va viento en popa, lo mismo me invita al Bernabeu a verlo jugar contra el Madrid, que igual hasta da la campanada. Al principio pensé que lo decía en broma, porque a Lucía siempre le ha gustado contar chistes y hacer bromas a la gente. A veces tengo que mirarle fijamente a los ojos para saber si habla en serio o me está gastando una de las suyas. Pero me lo ha dicho dos veces y ya no sé qué pensar. El partido es a mediados de enero. Hubiera necesitado mirarle a los ojos para saber si hablaba en serio. Pero claro, por teléfono…

Nochebuena. A la mañana he comprado un bonito mantel de color verde con un ribete rojo y motivos navideños. Alegraba bastante la mesa. La ciática me ha dado hoy un poco de tregua. Menos mal; han debido ser estas nuevas pastillas que, dicen, son milagrosas. En el Mónico han abierto una botella de cava a media tarde y me he tomado una copita. Bueno, a lo mejor han sido dos. ¡Qué demonios!

- ¡Feliz Navidad, D. Avelino!

- Gracias, Roberto. Gracias. –le contesto.- ¡Pero qué conste que fue penalti!

Roberto se ríe.

De vuelta a casa he encendido la tele. Yo no sé si será que cada año estoy más sordo, pero creo también que al Rey cada vez se le entiende peor. A Juana siempre le gustaba escuchar el discurso navideño de su Majestad. Yo nunca supe bien por qué. A la hora de la cena he preparado un muslo de pavo con una salsita suave de tomate. Y de postre, un poco de pan con quesoafuega’l pitu. Ha sido poco exceso.

Después de cenar me he sentado frente a la tele a ver el show enlatado de la Primera. Mientras, he esperado impaciente su llamada. Me ha gustado escuchar su voz con un tono más alegre que de costumbre. Mi Lucía. Seguramente debía estar cenando con alguien. Dice que en Madrid hace mucho frío. Me ha dicho también que igual sube a Gijón en fin de año. Dependerá del trabajo.

Luego me he quedado medio traspuesto en el sofá viendo la tele, pero al rato me he despertado al escuchar el timbre de la puerta sonar a deshora. Alguien había deslizado un sobre por debajo de la puerta. Lo he recogido y acto seguido me he asomado a la mirilla. Afuera no había nadie. Todo parecía muy extraño y me he asustado un poco. Pero al abrir el sobre no he podido más que sentir una inmensa alegría. Dos localidades de tribuna para el Madrid-Sporting en el Bernabeu. Entonces he abierto la puerta de golpe, y en un segundo he salido al rellano a abrazar su sonrisa.

Ella reía y reía.

Yo no sabía si llorar.

concursoderelatos
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  • 6 de Septiembre de 2012 a las 22:13
Estampa navideña

Esta mañana es la más fresca de las últimas semanas, el verano pronto dará sus últimos coletazos. El tiempo parece haberse detenido, se pudre en un mismo instante sin que nadie haga nada por empujarlo hacia delante. Podría taparse la nariz y el olor a putrefacción seguiría entrándole por los ojos y los oídos.
Sentado a la deriva sobre su tabla de surf, observa como la marea empuja y revuelve la basura que flota y se amontona en la orilla entre la espesa espuma contaminada. Un poco más allá, en el paseo, la escandalosa cabalgata se ha transformado en una procesión de tristes figuras que caminan sin orden ni destino cercadas por las verjas que impedían al público invadir el camino establecido para la caravana.
Durante el ataque, algunos de los infectados consiguieron traspasar la vaya de protección, y entre la confusión fueron pocos los vivos que lograron escapar de las atestadas calle.
Pueden distinguirse entre la gente vestida de gala a los duendes porteadores de regalos. Hombres y mujeres que han ido perdiendo el brillo del disfraz y la piel, encajando con el tono pálido al que han tornado los adornos y fantasías de las carrozas por la exposición al sol y la lluvia. Avanzan tambaleantes hasta chocar con algún obstáculo, y permanecen estáticos hasta que algún otro estímulo les lanza en cualquier dirección. Algunos caminan torpemente por la arena, uno de ellos tan cerca del mar que el golpe de una ola lo derriba y arrastra consigo hacia las profundidades. Eso le recuerda que ya están por todas partes, cruza las piernas sobre la tabla cuidadoso de no volcar. No sería agradable acabar sumergido por la mano de uno de esos seres.
Nadie parece haberse librado, incluso un demacrado Papa Noel sin barba ni brazos zigzaguea en dirección a la playa. Le sigue un batallón de niños muertos. Es el grupo más grande que haya visto desde que la Nochebuena se estancó. Es extraño, parecen acosarlo arremolinándose a su alrededor y tropiezan con él sin saber qué hacer a continuación. Puede reconocer a alguno de sus compañeros del colegio entre ellos.
El mundo hoy tampoco se mueve.
Ya sabe lo que le pedirá a los Reyes Magos, pero no queda nadie para explicarle que ese momento nunca va a llegar porque están todos muertos. Los tres.
ernie
ernie
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  • 6 de Septiembre de 2012 a las 22:15
¡Y nos dieron las doce!
Se acabó lo que se daba. Muchas gracias a todos.
   
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