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Sin morada La barca se acercaba a la costa y pude ver al hombre oscuro erguirse y levantar los brazos. Enseguida, miles de pies descalzos levantaron la arena a mi alrededor, mientras yo me metía atemorizado, en mi guarida de ermitaño. De la barca descendió el hombre con un humano más pequeño ensangrentado entre sus brazos y varios ayudaron a una mujer salir casi a rastras. Me alegré de ser tan pequeño y con tanta fortuna de tener mi casa a cuestas. Así que me adentré en la arena y dejé de mirar. |
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Desaparecidos La barca se acercaba a la costa, vacía, cuando el guardacostas la localizó. No había rastro del hombre ni de la niña. ¿Ella cayó al agua? ¿El padre se lanzó a rescatarla? Sabíamos que él era muy corto de vista pero un gran nadador. ¿Perdió las gafas, se desorientó? Yo era demasiado pequeño para ir con ellos. Desde hace cincuenta años me hago las mismas preguntas sabiendo que nunca encontraré las respuestas. Para mi madre siempre fue peor. |
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Matiné en la playa La barca se acercaba a la costa, el pensamiento era general. —Se va a llevar a alguien por delante. Mirábamos sorprendidos, escandalizados, cómo la barca estaba cada vez más cerca de la playa y de los bañistas. Esperábamos mudos lo inevitable y sucedió. El griterío fue ensordecedor. Todo el mundo empezó a moverse. Nada grave, sólo un golpe de remo en una cabeza que pronto recuperaría la normalidad. —No sabía que estaba tan cerca, como se rema de espaldas… —intentaba justificarse el imprudente ante las increpaciones de todos. Volví a tumbarme. “Podíamos haber gritado para avisarle”, pensé cerrando los ojos. |
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Mis amantes de ojos tristes La barca se acercaba a la costa. Frente a mí, la ciudad se deslizaba por la pendiente. Distinguí los barrios y en ellos ubiqué a mis amantes. Las de antes probablemente ya no se acordaban de mí, y respecto a las de ahora me atormentaba pensar que alguien pudiera estar encima de sus cuerpos. Mi mayor temor, después de tanto tiempo ausente, era que al hacer contacto la proa con la arena, me topara con una ciudad y con unas amantes de ojos tristes que ya no quisieran nada de mí. |
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En tiempos de escasez La barca se acercaba a la costa mecida por el suave oleaje y arrastrada por la brisa. Todos la mirábamos impacientes. Pero llegó un momento en que pudimos llegarnos caminando por la arena hasta ella. Como suponíamos, un par de náufragos moribundos se hallaban en el fondo del bote. Otzeit, el jefe de la tribu, levantó el brazo blandiendo su cetro, hecho con el fémur de una morsa, y dio un grito de júbilo. ¡Ya teníamos almuerzo! |
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Al azar La barca se acercaba a la costa, ¡por fin! después de muchos días a la deriva divisaban tierra. - Lo hemos conseguido, ¡estamos salvados! Gritos de júbilo, abrazos pero también lágrimas al recordar a los que quedaron atrapados y no pudieron salvarse.Un viaje de placer que se convirtió en una trampa mortal. La embarcación no pudo resistir los azotes del temporal y quedó destrozada.- Rápido debemos tomar una decisión.Todos se querían como hermanos por lo que buscaron una cuerda y la fueron cortando en diferentes tamaños... |
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Enemigo natural La barca se acercaba a la costa, dejando el enorme galeón en alta mar. Ellas permanecieron impasibles contemplando el desembarco de aquellos hombres que llevaban la cabeza embutida en un casco hecho con pieles del que solo asomaban sus ojos. Lejos de sentirse amenazadas al ver las redes y los largos bastones terminados en pico o garfio que portaban, se arrastraron curiosas sobre sus aletas al encuentro de sus presas. Solo enmudecieron cuando uno de los humanos, tras dar algunas órdenes mediante gestos, aplastó el cráneo de la primera, salpicando la arena de sangre, coral, y jirones de rojos cabellos. |