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lasacra1
lasacra1
Mensajes: 1.817
Fecha de ingreso: 24 de Febrero de 2010

LXXXII EDICIÓN CONCURSO DE RELATOS. TRAICIÓN

7 de Mayo de 2012 a las 11:47
La RAE dice esto:

traición.

(Del lat. traditĭo, -ōnis).

1. f. Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener.

2. f. Der. Delito cometido por civil o militar que atenta contra la seguridad de la patria.

alta ~.

1. f. traición cometida contra la soberanía o contra el honor, la seguridad y la independencia del Estado.

a ~.

1. loc. adv. Alevosamente, faltando a la lealtad o confianza.


Relatos en este hilo desde hoy hasta el 20 de mayo a las 22,00 h.

Los comentarios, en el hilo de comentarios, por favor.

Si sois nuevos, hay unas bases preciosas para leer antes de participar. Si aun leyendo os quedan dudas, preguntad en el hilo de los comentarios o a mí por privado.

Los de antiguo ya sabéis cómo va.

Pues todo eso. A escribir todo el mundo, que quieros muchos relatos.

Edito porque las prisas son muy malas.

El plazo para presentar relatos no acaba el 20 de mayo, sino el jueves 17 de mayo a las 22,00 h. Luego los votos, estos sí, hasta el 20 de mayo a las 22,00 h.


peludin1
peludin1
Mensajes: 47
Fecha de ingreso: 4 de Mayo de 2012
  • CITAR
  • 9 de Mayo de 2012 a las 20:07
cita de lasacra La RAE dice esto:

traición.

(Del lat. traditĭo, -ōnis).

1. f. Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener.

2. f. Der. Delito cometido por civil o militar que atenta contra la seguridad de la patria.

alta ~.

1. f. traición cometida contra la soberanía o contra el honor, la seguridad y la independencia del Estado.

a ~.

1. loc. adv. Alevosamente, faltando a la lealtad o confianza.


Relatos en este hilo desde hoy hasta el 20 de mayo a las 22,00 h.

Los comentarios, en el hilo de comentarios, por favor.

Si sois nuevos, hay unas bases preciosas para leer antes de participar. Si aun leyendo os quedan dudas, preguntad en el hilo de los comentarios o a mí por privado.

Los de antiguo ya sabéis cómo va.

Pues todo eso. A escribir todo el mundo, que quieros muchos relatos.

Edito porque las prisas son muy malas.

El plazo para presentar relatos no acaba el 20 de mayo, sino el jueves 17 de mayo a las 22,00 h. Luego los votos, estos sí, hasta el 20 de mayo a las 22,00 h.


¡Vaya! ... Una definición perfecta del significado de la palabra " traición". No conozco cuál es la política del concurso, pero... para los zoquetes como yo, no nos viene mal.
GRACIASSSS.......:)
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 14 de Mayo de 2012 a las 18:31


Campo de sangre

El amaba a aquel hombre. Era íntegro, sincero, bondadoso y sabía movilizar a los demás con sus palabras. Porque hablaba de justicia, de libertad y de otras cosas que a él le interesaban mucho. Por eso lo acompañaba a cada mitin, a cada asamblea y le ayudaba preparando los debates en la forma en que podía.

Pero es que llevaban ya demasiado tiempo juntos y lo único que hacía era hablar. Estaba impaciente por llevar a cabo alguna de aquellas hermosas ideas:  la igualdad, el respeto a nuestros semejantes, la honestidad en el trabajo y en las demás relaciones sociales.  Se lo había dicho ya bastantes veces:

—Es la hora jefe, tenemos que actuar ya. Todos esperan a que des la orden y saldremos a luchar por lo que es nuestro inmediatamente.
Pero él no tenía prisa, siempre encontraba la palabra justa para convencer a todos de que aún no era el momento y de que tal vez lo que soñaban no se conseguiría más que cambiando uno mismo, su forma de ver y tratar a los demás.

No conseguía entenderle bien ¿de qué hablaba? ¿por qué tenían que esperar más tiempo si las cosas estaban tan claras? Todos querían echar a los ocupantes de su país, ponerlos en las afueras y mandarlos al suyo; mejor antes que después. No querían pagar impuestos para que se los llevaran a otro lugar y que su gente siguiera viviendo como si estuvieran aún en el siglo pasado.

Aunque no le entendía, le amaba. A veces le entraban ganas de darle un golpe y hacerlo desaparecer, porque todos estaban preparados para seguirle hasta donde fuera necesario. Pero él no quería ir a ningún lado. Solo por allí, de una esquina a otra, lanzando discursos a diestro y siniestro y dejando sembrada la semilla de sus palabras en el corazón de todos los que tenían la fortuna de escucharle.

A lo mejor estaba esperando a que diera fruto en muchos, en cuantos más mejor y entonces actuarían.
Empezaba a cansarse, era demasiado tiempo para esperar. Un hombre de su temperamento necesitaba movimiento, acción. Quería reunir a la gente y salir a las calles con pancartas para decir a sus conquistadores que estaban cansados de su yugo y dispuestos a presentarles cara hasta conseguir que se fueran. Estaba seguro de que muchos le seguirían, de hecho ya empezaban a reunirse en grupos para comentarlo. Demasiadas palabras, todos querían pasar a los hechos y empezaban a preguntarse si aquel hombre era el líder que necesitaban.

El pueblo estaba revuelto y eso se notaba; cada día había más detenciones, incluso muertes. Cuando alguien se cruzaba con una patrulla por las estrechas calles, sabía que estaba a la disposición del buen o mal día que tuvieran entonces aquellos guardianes del orden. Una gran parte de los detenidos no volvían a aparecer nunca más y jamás nadie se hacía responsable de estas desapariciones. El también tenía mucho miedo. Lo mismo un día le detenían y pronto descubrirían que era uno de ellos, de los que le acompañaban.

Tenía que hablar con él, necesitaba confiarle sus dudas. Eran amigos desde la infancia y ambos se conocían muy bien. Desde entonces las cosas habían sido así: uno decía lo que había que hacer y el otro lo hacía. Confiaban el uno en el otro. Por eso se lo dijo:

—Ha llegado el momento, no esperes más. Estamos dispuestos. Llámanos una sola vez y verás cómo somos miles los que queremos seguirte.
—Tienes razón, amigo mío. El momento se acerca y te necesito
—Pídeme lo que quieras, porque ya sabes que haría cualquier cosa por ti.
—Lo que quiero que hagas es algo difícil de explicar y más difícil aún de hacer, pero sé que harás cualquier cosa que te pida; siempre lo he sabido y esperaba confiado tu ayuda, cuando llegara el momento. Ya falta poco y quiero que estés preparado. Necesito que dejes que te detengan, tienes que hacer algo para que tengan motivos para hacerlo y una vez que estés delante de sus jueces deberás traicionarme.
—¡Qué dices!. No me pidas eso, no puedo hacerlo...
—Me acabas de decir qué harías por mí lo que te pidiera y cuando te pido algo ¿te niegas a hacerlo?
—¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo? jamás podría perdonarme, aunque me lo hayas pedido tú.
—Lo necesito, mi trabajo está a punto de acabar y este sacrificio  estaba dentro de los planes que harían posible este fin. Tienes que ayudarme, por favor. Yo también tengo miedo, no sabes bien cuanto temor anida en mi corazón. Yo sabré por qué has hecho lo que vas a hacer y seguiré amándote como siempre. Cuando suceda lo que ha de suceder, tú sabrás que me has ayudado a cumplir mis órdenes, las que me han dado a mí y que, a la vez, yo también cumpliré.

Tienes que hacer lo que voy a decirte y debes hacerlo exactamente como yo te diga. Será algo terrible para ti y jamás podrás olvidarlo, pero yo sabré compensar tu sacrificio. No lo olvidaré nunca. No lo pienses más. Haz lo que te pido. El tiempo se acaba.
Judas subió la cuesta completamente trastornado. Jamás podría hacer lo que acababa de pedirle. Era su amigo y jamás se perdonaría a sí mismo tal traición. ¿O sería traición no hacer lo que le pedía?
Nunca le había entendido, desde la infancia él había sido diferente a todos. Decía cosas que no podía comprender porque él era un chico de barrio que apenas había aprendido las letras y los números. Pero siempre había estado a su lado. Siempre le había protegido de sus enemigos, de los que tampoco le entendían y se burlaban de lo que decía. Él estaba preparado para tomar las armas e ir contra ellos,  pero no lo estaba para traicionarle.


Los soldados de la guardia miraban distraídos al frente, con cara inexpresiva, sin que un solo músculo se moviera. Se colocó frente a ellos y les tiró las piedras gritando:
—!Fuera de mi patria romanos¡
Se dejó atrapar sin apenas oponer resistencia. Lo llevaron al cuartel y allí le interrogaron. No podía hacerlo, las palabras no salían de su boca aunque los golpes eran fuertes y ya le dolía todo el cuerpo. Pero vio sus ojos suplicándole: ¡Hazlo!
—Esta noche estará orando con sus apóstoles en el monte de Los Olivos.
No cesaron de golpearle por eso. Lo hicieron hasta que estuvieron tan cansados que ya no podían más.
—¡Traidor! —le gritaron con desprecio.

Le obligaron a acompañarles, le obligaron a besarle, porque de esa manera su traición resultaría más clamorosa y después de detenerle, a él le dejaron en libertad.

Le pagaron. Le pagaron por traicionar a Jesús. Le dieron treinta monedas y lo echaron a la calle con su vergüenza a cuestas.
Jamás lo olvidaría. Y menos después de ver lo que le estaban haciendo a su amigo. Había sido su culpa, no debía haberle obedecido. Pero no había podido negarse. Jesús siempre había sabido convencerle de todo.

No sabía qué hacer. Sus compañeros no querían ni mirarle a la cara, le odiaban. ¡Por dinero! había vendido al Maestro por dinero. Desesperado volvió al tribunal y les dijo que se arrepentía, que todo lo que había dicho de su pastor era mentira, solo un plan orquestado para que le detuvieran. Les devolvió el dinero, pero nadie quiso recogerlo

Cuando ya hubo pasado todo, Judas compró un terreno cerca del huerto donde había traicionado a su amigo. Jamás saldría de allí. Jamás se perdonaría a sí mismo, por más que sabía que Jesús le había bendecido con su mirada cuando subía al Calvario. Aunque supiera que había sido él quien le había pedido que lo hiciera.
Aquella mañana miraba desde un alto de su terreno hacia el horizonte y sin saber cómo, tropezó y cayó al suelo golpeándose con una piedra de manera que su cuerpo se reventó y sus entrañas quedaron desperdigadas  llenándolo todo de sangre.
Por eso a partir de entonces, todo el mundo llamó a aquel lugar  "Campo de sangre".

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 16 de Mayo de 2012 a las 23:44
Inside it

Sara caminaba detrás de la doctora, observando los menudos pies que se agitaban al ritmo inquieto de sus tacones, con una cadencia hipnótica que reverberaba en el pasillo desierto. La luz blanca, inmaculada de los fluorescentes arrancaba destellos en el suelo pulido.
Sus pasos se detuvieron. Sara levantó los ojos justo para enfrentar los pequeños y vivarachos de la doctora, que la escudriñaban tras una gafas de montura dorada. Con una sonrisa a medias de prominentes incisivos, le indicó que pasara y cerró la puerta tras ella.
Las paredes acolchadas de la pequeña sala le produjeron un escalofrío. Todo era de un blanco mortecino, mate; un blanco que parecía tragarse la luz en vez de reflejarla. No había muebles ni adornos, tan sólo Hugo, que la miraba con atención.
Trató de sonreír pero unas lágrimas se lo impidieron.
- Hola, Sara.
Tardó unos amargos segundos en responder.
- Hola.
Hugo llevaba una camisa de fuerza que le obligaba a abrazarse a sí mismo. Sara sintió un lacerante deseo de quitársela, de mecerlo entre sus brazos y decirle que todo iría bien. Pero recordó las palabras de la doctora que lo atendía y permaneció en pie, a pocos pasos: no debía alterarlo en ningún sentido, debía mostrarse calmada y serena ya que todavía no sabían si sus delirios podían llegar a volverlo violento.
Sonaba sensato, aunque era fácil decirlo cuando no era tu marido el que estaba encerrado en un manicomio.
- ¿Te tratan bien? –logró preguntar.
Hugo se encogió de hombros, sonriendo con tristeza. Parecía haber menguado en aquel vacío blanco.
- Los médicos dicen que te podrás bien... –mintió.
- Sara...
- Puede que haya sido el estrés. Trabajas demasiado. Esto no es más que un desagradable episodio...
- Sara...
- Pronto volverás a casa y...
- Sara.
- ¿Qué?
Le sobresaltó el tono alto, casi histérico, de su propia voz que retumbó en las paredes con un eco amortiguado.
Su marido la miraba con atención. A pesar de todo lo que le habían explicado, parecía más lúcido que nunca.
- Sara, amor mío –continuó con voz calmada-, no voy a ir a ningún sitio.
Una protesta murió en sus labios. Había un brillo en aquellos ojos azules que ella nunca había visto. Parecían contemplar el mundo como si lo vieran realmente.
- He vuelto a recordar, cariño.
- No... entiendo.
- Esto no funciona. Y no es la primera vez. Ni será la última.
- ¿De... qué estás hablando?
- Tú no lo entiendes –prosiguió. Una sonrisa amarga torció sus labios-. No puedes entenderlo. Pero debo marcharme. ¡Quiero marcharme!
- Hugo...
Sara olvidó los consejos de la doctora y se arrodilló junto a su marido. Ya no intentó contener las lágrimas.
- Hugo, por favor, ¿qué está pasando?
Cogió el rostro sin afeitar y encaró aquellos ojos terribles y limpios.
- Te pondrás bien, saldrás de aquí y nos iremos a casa y esto no habrá pasado nunca.
- No, cariño, esta vez no.
- Hugo, no te entiendo. ¿Esta vez? ¿De qué hablas? Nunca habías estado en un sitio como este.
- Sí, lo que pasa es que no puedes recordarlo. Nadie puede hacerlo.
- Hugo...
- Siempre es lo mismo. Primero, los sueños; después, los delirios y, luego, los recuerdos acuden en tromba y entonces ellos tienen que reconfigurarlo todo y hacerme olvidar de nuevo. Pero algo falla, porque siempre vuelvo a recordar.
- ¿Ellos?
- Sí, ellos.
Sara sintió miedo. Un frío terrible cayó sobre ella como una maldición.
- Los que crearon todo esto, todo lo que ves, lo que hueles, lo que oyes, incluso lo que sientes. Ellos crearon esta... ¡farsa! Para nosotros. Como compensación.
- ¿Compensación?
- Sí. Somos más maleables si nuestro subconsciente es feliz.
- ¿Maleables? ¿Para… qué?
Hugo suspiró, recostándose contra la pared, la mirada perdida.
- Todo lo que nos rodea es una ilusión introducida en nuestras mentes para hacernos creer que seguimos existiendo, que somos individuos libres en un mundo vivo y no… ¡reses en un matadero! Somos animales, combustible, ganado; nos cultivan, nos ceban y nos exprimen hasta que dejamos de producir y, entonces, nos tiran. Y mientras tanto, nuestras mentes viven en esta recreación del mundo tal y como era antes del cataclismo, antes de que ellos tomaran el control, de que nos sometieran. Antes del final.
Sara estaba arrodillada ante él, muda. Nunca le había oído hablar así: sus palabras no tenían sentido pero su tono, su voz, sus ojos, no eran los de un demente; parecía lúcido, más de lo que nunca lo había visto. Un vacío se apoderó de ella. Quizás sí que era verdad que lo había perdido.
- Entonces… -se oyó decir-, ¿dónde estamos?
- No lo sé. Nunca he visto una plantación. O quizás sí, y pedí que borrasen eso de mi memoria –Hugo sonrió-. Quizás formó parte del trato.
- ¿Qué trato?
- El que hice con ellos.
- Pero… ¿quiénes son ellos?
- Las máquinas. Las que nosotros creamos. Las que escaparon a nuestro control y acabaron dominándonos. ¡Qué irónico! Les dimos la vida y ahora ellos nos cultivan como si fuésemos remolacha.
El semblante de Hugo se ensombreció.
- Y yo eliminé cualquier esperanza de liberación. Los vendí a todos por… esto –escupió, echando un vistazo a su alrededor-. Por esta farsa defectuosa, esta irrealidad imperfecta. ¡Esta mierda!
- Hugo…
- Quizás lo hubiésemos conseguido, ¿sabes? No era tan descabellado. Fue al principio, ellos no eran tan fuertes, conocíamos sus puntos débiles, sabíamos dónde atacarlos. Estábamos consiguiendo hacer despertar a muchos, mostrándoles el camino. No era tan descabellado. –Calló durante unos segundos, como si su mente hubiese volado muy lejos-. Pero ellos también conocían nuestras debilidades. Contactaron conmigo, me tentaron, me ofrecieron el olvido, el descanso. ¡Oh! Y yo estaba tan cansado. Cansado de luchar, de esconderme en los túneles como una rata, de la comida nauseabunda, el agua reciclada, el cielo negro y el hedor de todos nosotros; tan sucio, tan miserable, tan… humano. Así que hice un trato. Cumplí mi parte y todos cayeron: uno a uno. No quedó nadie. Eso sí que lo recuerdo perfectamente. Después, desperté, renací en un mundo nuevo, limpio, pulcro y sin rastro de mi vida anterior. Hasta que los recuerdos me asaltaron y destrozaron el muro de mi amnesia. Una vez, y otra, y otra. Pero estoy cansado, Sara. No quiero olvidar de nuevo para volver a recordar. Esto no funciona, Sara, diles que no funciona.
- ¿Yo? –dio un respingo. Hugo la miraba fijamente, expectante. Sara se retiró instintivamente, como si hubiese recibido una bofetada-. ¿Qué tengo yo que ver con todo esto?
- Tú eras parte del trato.
- ¿Qué?
- Eras mi recompensa, mi compañera, mi amor. Siempre has estado allí, en cada nueva vida, en cada nueva crisis, en cada nuevo reajuste, en cada nueva configuración. Porque ellos te crearon para que me amaras, para garantizar mi felicidad. Y, cariño, créeme, ningún ser humano lo hubiese hecho mejor.
- No… yo.
- Sara. Te quiero. Como no hubiese podido amar a ninguna otra criatura. Pero debo marcharme. No puedo más.
Hugo levantó la cara como si atendiese a palabras que sólo él podía escuchar.
- Ha llegado el momento –murmuró. Sus ojos volvieron a clavarse en los de ella, como si quisiera devorar su imagen.
Y sonrió.
Sara notó una sacudida, la habitación pareció desdibujarse una fracción de segundo. Sintió vértigo, como si el suelo bajo su cuerpo parpadease, perdiendo solidez. Un vacío aterrador engulló el aire a su alrededor y el silencio amenazó con hacer estallar el tiempo en mil pedazos.
Hugo seguía mirándola, su sonrisa era lo único imperturbable en aquel mundo que se desmoronaba.
Entonces lo sintió un nanosegundo antes de que se produjese, como una onda expansiva, un golpe casi físico. Sara supo, de la misma manera que una subrutina sabe que está a punto de completar su último bucle, que había llegado el final.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 17 de Mayo de 2012 a las 15:34
Fiesta en el ático

Un torbellino de voces y risas subieron como una exhalación por el interior del hueco del ascensor. La pesada máquina también subía, con pereza, harta de cargar con la vida de los demás. No obstante, en esta ocasión, otras tantas vidas estaban en juego.

Cuando la puerta se abrió emergieron de su interior cuatro jóvenes que no dejaban de reír. 

Cargados con todo tipo de bebidas alcohólicas y demás botellas de turbios contenidos atravesaron el hall hasta la puerta del séptimo ático. Detrás de ellos quedó aún un rumor de voces y lo que antes habían sido sus risas, ahora amortiguadas en el lejano interior de ese piso.

Las vistas eran pasmosas, de vértigo. La gran metrópoli se vislumbraba basta, llena de matices y de altos edificios que acariciaban el cielo, como miembros viriles totalmente erectos. 

Al fondo, un skyline de ensueño se recortaba en el cielo de medianoche con frenéticas subidas y bajadas, como en la más atrevida montaña rusa. Sus luces moteaban el ambiente y se difuminaban en el horizonte, como miríadas de luciérnagas pululantes. 

Y al igual que en la noche neptuniana del exterior, otras luces de carácter íntimo bañaban el interior del ático con cálidos colores que daban la agradable sensación de calor en medio de ese frío invierno que azotaba los paisajes mortecinos.

De pronto llamaron a la puerta y uno de los chicos se fue corriendo a abrirla. Otro encendió el equipo de música, despertándolo de un prolongado letargo, mientras los otros dos corrían a refrescarse el aliento y a rociarse con perfumes dulces y cualidades afrodisíacas.

Al otro lado aparecieron cinco chicas con las manos vacías, pero el escote lleno y unos cuerpos de generosas curvaturas.

El chico de la entrada las invitó a pasar, y ellas así lo hicieron. Los demás se las miraron con hambre, con los ojos clavados en sus cuerpos.

-Precioso ático…- dijo una de ellas.
Otra liberó un gemido como degustando un plato exquisito, para preceder a otro cumplido: -Me encanta… qué lujo…
-¡Y qué vistas!- dijo otra, corriendo hacia la terraza y deleitando a los chicos con otras vistas de lo más excitantes.
La cuarta no dijo nada, simplemente paseó su cuerpo tórrido por la estancia, jugando con el movimiento de su corta falda.
-¿Y vuestro amigo?- preguntó la última, casi al oído del que había abierto la puerta.

Su aliento se coló en la boca del joven, inspirándole dulces sabores y despertando su apetito.

-Pronto llegará- dijo con tono vacilante -¿Por qué no os acomodáis mientras tanto?

La chica asintió con una sonrisa brillante y avanzó por su lado, dedicándole un guiño de ojos. Las otras chicas, que a su vez estaban conversando con los demás anfitriones, se sentaron con su amiga en un sofá aterciopelado que se ruborizó al sentir el contacto con sus pieles tórridas y sus suaves y esponjosos glúteos que esculpieron sus morbosas figuras sobre los cojines.

La mesa central de la estancia fue la que recibió la visita de los chicos, que se dispusieron a preparar la fiesta. Dispusieron encima de ella todo tipo de cócteles y manjares ligeros.

Mientras tanto, las chicas acompañaban la persistente melodía que musitaba el equipo de música con el sonido de su rítmico golpeteo de tacones.

Entonces, la misma que se había quedado en la puerta, deleitando con su dulce aliento a quién la había ido a recibir, se levantó con un movimiento grácil y sinuoso, y se acercó a los chicos que en ese momento estaban conversando animadamente, preparando el banquete.

-Chicos…- dijo con suavidad -¿la fiesta es sorpresa?
-No, tranquilas- afirmó el que había encendido el equipo de música -nuestro amigo ya lo sabe todo.
-Oh qué lástima…- dijo ella esbozando una expresión decepcionada -me encantan las sorpresas…

Las sonrisas de los chicos se alargaron de oreja a oreja y, mientras se miraban unos a los otros, la impúdica mujer se acercó a uno. Le acarició primero el pecho, luego bajó hacia el vientre, donde sus dedos corretearon haciendo eses, y terminó descendiendo hacia la pelvis, donde su manó se divirtió acariciando una caliente presencia que había crecido de pronto.

En el otro lado de la sala, donde olores afrutados viciaban el ambiente con lujuriosas inquietudes, las otras chicas se levantaron como lobas en celo y se abalanzaron sobre sus presas.

En el exterior el frío helaba los huesos. Las luces amarillentas a pie de calle descubrieron el paso ágil de un joven ansioso por llegar a casa. Subió los peldaños del recibidor con prisa, con el brazo estirado y la mano decidida hacia el botón del ascensor. Lo pulsó repetidas veces, impaciente, incluso cuando la máquina ya había descendido y se disponía a abrir sus puertas. Entró de un saltó e indicó subir al ático.

Mientras tanto, en el interior del apartamento la fiesta empezaba a cobrar tintes eróticos. La bebida no paraba de correr, las botellas ya estaban casi vacías y los cócteles mojaban incesantemente los caprichosos labios que se llevaban a la lengua, entre beso y beso, los exquisitos sabores en forma de chocolate, fresas, nata, mango, kiwis o manzanas.

Los olores fluctuaban alrededor de los cuerpos desnudos. Los colores tostados de las carnes de esas impúdicas mujeres se bañaban con los rojos y verdes de las frutas y los amarillos de un champagne que brollaba por sus pechos. En esas cumbres de aspecto comestible sus anfitriones bebían y comían mientras las mujeres acariciaban la piel de sus miembros erectos.

Entonces una llave emitió un abrupto sonido al introducirse en el cerrojo. La puerta se abrió con energía, dejando entrar un joven jadeante que penetró en la estancia con pasos largos y decididos.

-¡Mira quién ha llegado!- dijo uno de los chicos, tumbado en el sofá con una chica que movía su cabeza arriba y abajo a la altura de su pelvis.
-¡Por fin!- dijo otro -tardabas mucho y pensamos que ya no venías… así que hemos empezado la fiesta… espero que no te molestes…- dijo lanzando una larga risita.

Él se quedó con los ojos muy abiertos al presenciar ese espectáculo, con las bolsas de la compra colgando en sus manos y una expresión pasmada.

Una chica se levantó entonces y se acercó a él, contorneando las caderas de un lado a otro, describiendo un itinerario sinuoso mientras sus pechos danzaban al ritmo de sus pasos.

El chico no supo qué decir, todo eso le cogió desprevenido.

-Vaya…- dijo la chica -al final sí que ha tenido una sorpresa… pobrecito mío, ven…- le susurró al oído mientras le cogía por la cintura -ven conmigo a relajarte yo te calmaré…

El chico se dejó llevar, las bolsas de la compra cayeron al suelo. Sus ojos estaban poseídos por los movimientos seductores de esa mujer, sus oídos por lo que implicaban las palabras que salían de esos labios carnosos y mojados, su olfato por los olores que emanaban de todo su cuerpo y su aliento entrecortado por las emociones a flor de piel.

Lo llevó a una habitación de matrimonio, donde una cama ancha y acogedora los recibió con regocijo.

Ella se lanzó sobre el sorprendido chico, pero se dio cuenta que no era tan tímido como aparentaba, pues sus manos se fueron sigilosamente hacia los exuberantes glúteos de la lujuriosa amante. Ella sonrió y bajó decidida en busca de la blanca ambrosía que el chico guardaba para ella.

Al amanecer el sol subió por el este con luminosidad renovada. Ésta se vertió sobre los edificios que justo entonces despertaban y fue bañando, poco a poco, todo el paisaje blanco de un frío invierno.

En el interior de la habitación de un ático que había vivido una fiesta descontrolada, un chico yacía desnudo entre sábanas húmedas y champagne derramado.

Un móvil sonó de repente, arrancándole de sueños abstractos distorsionados por el alcohol y otras sustancias extasiantes.

-¿Sí…?- preguntó él, con voz ronca y lanzando un bostezo.
-Cariño, soy yo…- sonó en el auricular.
-¡Oh…!- exclamó él, dejando pasar unos segundos e incorporándose fatigosamente sobre sus rodillas -cariño… sí que me llamas pronto, ¿Cómo estás?
-¿Pronto? Sí ya son la una del mediodía cariño…
Él lanzó un resoplido y dijo -¡Vaya! ¡Me he quedado dormido!
-¿No os habréis pasado esta noche con la fiesta verdad? Ya sabes que no me gusta que bebas…
-No, no…- dijo él, con la expresión de quién ha robado una fruta y se ha llevado la mano a la espalda con su trofeo.
-Ah vale… ¿Había mujeres? No, no hace falta que me respondas- dijo ella sin darle tiempo a que dijera nada -confío en ti.
Él no dijo nada, solo se relamió los labios, recordando.
-Estás preparado para esta noche? No llegues tarde por favor… es muy importante para mí.
-Lo sé cariño…- logró decir al final -también lo es para mí, no te fallaré.
Desde el otro lado del auricular pareció llegar un suspiro o lo que parecía ser.
-Hasta luego mi amor…-
-Hasta luego…-

El chico colgó el teléfono y se incorporó. Se quedó un rato pensativo y miró su ropa. Debía de arreglarlo todo en ese momento y no dejarlo para más tarde, no se podía arriesgar a que nadie viese todo eso.

En algún rincón de la ciudad, muy lejos de ese ático, una chica colgaba el teléfono después de una llamada corta, casi de protocolo. Sonrió mientras miraba al frente donde la foto de una pareja que se observaba con ojos enamorados descansaba en el centro de una mesita.

Contenta, respirando con alivio, se levantó para empezar los preparativos del que sería el día más importante de su vida: la boda con el hombre que amaba.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 17 de Mayo de 2012 a las 19:08

Duelo de traiciones


En el pueblo se la conoce como la Sra. Ordóñez. Algunos la llaman así por razón de su hacienda, pues de todos es sabido que las tierras de su propiedad se pierden más allá del pinar que cruza el camino de Olmedo. Otros, sin embargo, lo hacen por respeto a su edad y a su condición de viuda. Pero los hay también, sobre todo entre los más viejos, que creen que la Filo perdió su derecho a ser llamada señora hace ya muchos años y se refieren a ella así, como la Filo, de Filomena; pero eso de puertas adentro, porque fuera, dependiendo de con quién topen, la Filo se convierte entonces en la viuda de Ordóñez.


Pero en esto de cómo referirse a la Sra. Ordoñez, o a la Filo, o como se la quiera llamar, merece una mención aparte el Alberto, apodado el flaco, a quién le gusta caldearse por las tardes a base de clarete y que una vez, hace ya bastantes años, la guardia civil le adornó la cara de morado por contar a viva voz en la barra del Aurelio lo que todo el mundo sabe y todo el mundo calla; la misma razón por la que no falta en el pueblo quien, al igual que el flaco aquella malograda tarde, desearía poder llamarle puta a la Filomena con todas las letras.


La historia arranca en el año 40 y, como cabe suponer, nada era fácil por entonces. La Filo, hija de un labriego de escasa suerte, era moza guapa y lozana, coquetona y de sonrisa alegre, que gustaba de cantar cuando iba camino de la feria o los domingos cuando volvía de misa. Entonces, la Filo lucía su garbo dejándose querer, entrando al quite de las adulaciones con aquel gracejo al hablar que vestía de elegancia su falso despecho. La Filo sabía de su arte y, con razón, pronto se convirtió en la mujer más pretendida de la comarca, tanto que hasta algún gallo de la capital se aventuró hasta el pueblo atraído por su fama de buena moza, si bien, todo hay que decirlo, así como entró de altanero salió del pueblo desplumado y con la cresta alicaída. Pero tan verdad es que a la Filo no le faltaban pretendientes como que ella sólo tenía ojos para uno de los pocos que ni caso le hacía: Julián, el estudiante. Julián era el hijo único de D. Arsenio, hombre acaudalado y propietario de grandes tierras, y si bien D. Arsenio no era hombre bien querido por su fama de cacique, cosa distinta era su hijo, quien a base de gestos y buenos favores se había ganado la querencia de una gran parte de las gentes del pueblo, si acaso también porque desde niño Julián siempre había sido bien tratado al quedar huérfano de madre recién cumplidos los siete. Pero ya de mozo era la Lola la que traía loquito a Julián, y a la Filo se la llevaban los demonios cada vez que veía a la Lola sonreír de soslayo las miradas del estudiante. Pero de aquellos flirteos poco más hubo, pues al poco Julián se marchó a la capital a prepararse para abogado, y sólo visitaba el pueblo en las fiestas de la patrona y en las vísperas del año nuevo.


Fue en una de esas fiestas, una noche de calor al final del estío, cuando la Filo le dijo que no al más enamorado de sus pretendientes: el Alfredo. Y ello a pesar de que el hombre llevaba largo tiempo suspirando sus favores sin atreverse hasta entonces a dar aquel paso. No en vano, el Alfredo, creído en que así vestiría mejor sus escasas opciones, quiso esperar a recibirse como cabo de la guardia civil antes de aventurar en serio sus intenciones. Pero a pesar de la noble voluntad del Alfredo, ni la Filo estaba por la labor, ni aquella era la noche. Ella apuntaba más alto. Ella quería convertirse en la mujer de D. Julián, y aunque la Filo parecía realmente mujer enamorada, lo cierto es que a nadie se le escapaba reconocer que entrar a formar parte de los Ordoñez libraba a la Filo y a su familia de la amenaza de pasar hambre. Y eso, en aquellos tiempos, tampoco era oportunidad baladí. Y así fue como aquella noche, aprovechando que la Lola guardaba casa al cuidado de su padre por razón de unas fiebres cuartanas, la Filo decidió apostar por Julián y jugarse todas sus bazas por entero.


Y ganó. Vaya si ganó.


Pocos meses después de las fiestas de la patrona, Julián regresó de Madrid ya licenciado y dispuesto a hacerse cargo de la hacienda de su padre, hombre enfermo y ya muy viejo para tales menesteres. Durante aquel tiempo, Julián, siempre dispuesto a echar una mano a sus vecinos en cuanto hiciera falta, siguió granjeándose las simpatías del pueblo y era frecuente también que se dejara ver en compañía de la Filo, discreto y comedido, paseando por el empedrado de la calle Real o merendando en el café Bilbao bajo los soportales de la plaza.


No tardó mucho tiempo en hacerse oficial lo que todos ya esperaban y al poco, Julián y la Filo se casaron en la iglesia del pueblo una soleada tarde de junio. Y así como la Filo entró por la puerta del caserón que gobernaba la finca de los Ordoñez, nunca más volvió la espalda a aquella vida acomodada que ella tanto había deseado.


Al principio todo parecía ir bien. La Filo, convertida ya en la Sra. Ordoñez, paseaba con orgullo su estrenada condición del brazo de su marido, y ambos reían y saludaban con muestras de agradecimiento a todos aquellos que se acercaban a felicitarles por su matrimonio. La Filo se mostraba radiante de felicidad y, engalanada como una dama, su natural belleza lucía aún con mayor brillo.


La Filo sorprendió incluso en Madrid, cuando Julián la llevó por primera vez y la dio a conocer entre algunas de sus amistades. Aquellas visitas a la capital de dos o tres días se hicieron relativamente frecuentes, y mientras Julián trabajaba resolviendo sus asuntos, la Filo paseaba las calles del centro convertida en la dama que siempre había querido ser. Pero con el tiempo, Julián empezó a mostrar cierto recelo a que ella le acompañara siempre a Madrid, y la Filo, recurriendo al vestigio de su afamada lucidez, sospechó que Julián le ocultaba algo. De esta manera, sin que Julián lo advirtiera, ella consiguió convencerle para acompañarle de nuevo a Madrid en una de aquellas visitas.  


Nada volvió a ser como antes después de aquel día. La Filo descubrió que Julián se reunía en secreto en un piso de la calle Huertas junto a varios activistas contrarios al régimen, y bajo su condición de hombre acaudalado y amparado en la tradición conservadora de los Ordoñez, escondía un ánimo contestatario, poniendo con ello en riesgo su vida y todo cuanto poseía. La Filo se sintió entonces frágil e insegura y percibió con miedo el abismo que se abría ante ella y al cual podía precipitarse en cualquier momento. No obstante, decidió guardar silencio a la espera de que su marido se atreviera a revelarle su secreto. Pero en esa convivencia de desconfianzas no hay relación que resista, y la Filo veía con impotencia como su patrimonio y capital mermaba en favor de una causa que ella entendía perdida. Y a la par de aquello, no quedaba más remedio que su amor se fuera también desintegrando.


Los hechos que acontecieron después se precipitaron a velocidad de vértigo. Un buen día, la Filo recibió en el correo una carta dirigida a su atención, una carta sin remite donde le advertía que algunas veces, D. Julián, cuando regresaba de aquellos desplazamientos a Madrid, guardaba cobijo en casa de la Lola antes de dejarse ver por el caserón. La Filo lanzó un grito mezcla de dolor y rabia al leer aquellas letras, pero taimada como era, decidió comprobar por sus propios medios la certeza de aquella acusación. Sin duda, alguien sabía más de la cuenta, y por lo visto, no todo el mundo quería bien a Julián. Y así, una noche que su marido regresaba de Madrid, la Filo se apostó bajo la penumbra de una vetusta farola, desde donde acertó a descubrir a Julián saliendo de casa de la Lola, con tiempo también para ver cómo compartían labio con pasión en el umbral de la puerta antes de despedirse.


La Filo era mujer de temer, y más en aquellas circunstancias en las que su orgullo se sintió tan herido. Ya no era sólo que corriera el riesgo de perder toda su hacienda por razón de las actividades secretas de su marido; ahora cabía la posibilidad de ser víctima de las habladurías. Y eso nunca.


Sin duda, Alfredo, aquel pretendiente convertido ya en un teniente de la guardia civil, fue el instrumento perfecto de su pérfido plan. Como antaño, la Filo, aprovechando las ausencias de Julián, volvió a hacer gala de sus encantos a los ojos del Alfredo, quien no tardó en caer víctima de sus lances, hasta el punto de convertirse en un invitado frecuente al caserón de los Ordoñez los días que D. Julián se ocupaba de sus asuntos allá en la capital.


Y así fue que una noche, en la que Alfredo se lamentaba por aquel amor imposible, la Filo, al abrigo del calor de su cama, le puso en bandeja la cabeza de su marido. Y junto aquella sentencia de muerte, la Filo prometió al Alfredo que todo cuanto ella heredara lo compartiría con él hasta el final de sus días. Cegado por su amor, y quizá también por su ambición, el Alfredo no fue siquiera capaz de sospechar las verdaderas razones que movían a la Filo a cometer aquella traición.


D. Julián Ordoñez fue fusilado el 16 de abril de 1945 junto a la tapia del cementerio por adhesión a la rebelión.


A día de hoy, sólo el flaco y su madre, la Lola, llevan flores a su tumba de vez en cuando.


Y ni que decir tiene que la Filo, jamás cumplió al Alfredo su promesa.

concursoderelatos
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  • 17 de Mayo de 2012 a las 19:55
El hombre que puso de acuerdo a todos los españoles

La lista de traidores que a lo largo de la historia ha vendido a esta, nuestra España, es larga. Algunos por ignorancia, otros por codicia, otros por creer que hacían lo correcto. Da igual. Todos traidores. O héroes, según a quién se pregunte. Que si algo gusta en este país es no estar de acuerdo. Piense en uno de ésos fementidos, cualquiera. Seguro que conoce a quien podrá velas, como si de un altar se tratara, donde usted a gusto bailaría con sorna.
Somos así.
Mejor dicho: así éramos.
Porque llegó el día en que un hombre (si es que tan bajo ha caído alguna vez tal apelativo) consiguió atraer hacia sí el odio patrio: Salvador Gáez.

Así se llamaba el maldito por cualquier español bien nacido. Y años han pasado ya desde que le llegó la muerte, que a tanto tirano hizo bueno, y aún hoy nadie discute acerca de la vileza de sus actos, por escaso bien colateral que pudiera haber causado, si es verdad que alguno hizo, que tampoco.

Natural de una de tantas Villanuevas que pueblan nuestra geografía (no haremos escarnio del lugar) el tal Salvador era un completo desconocido hasta el día en que decidió presentarse ante la Fiscalía General de Estado, con una serie de denuncias por delitos contra el Tesoro Público, acusando a los equipos de fútbol de la primera división de la liga española.
Con un par.
 Entre risas y mofas del funcionariado patrio (a ventanilla bajada, se entiende) quienes suponiendo que aquello no había dónde cogerlo le iban mareando (pero también guiando) por el procedimiento administrativo, dando paso a través de diversas ordalías burocráticas a la denuncia, hasta terminar por encauzarla de modo que terminara sobre la mesa de un fiscal el cual (atado por el deber) no tuvo por menos que atender a las razones (y sobre todo a los números) que evidenciaban lo que era vox populi. Podrá pensar que estos funcionarios y hasta el mismo fiscal, o los jueces que luego se encargaron del caso cayeron en conminencia con el villano, pero recuérdese que apenas son meros ejecutores de los dictados de las leyes y reglamentos, que en esas fechas eran las que eran.

Obviamente, el caso se filtró a la prensa. Pero el traidor, sabedor de las implicaciones que tendría lo que estaba haciendo, la eludía con la habilidad de un mustélido o la manejaba viperinamente.
Sea como sea nadie se tomó en serio (ay, incautos) la denuncia. Al fin y al cabo estábamos hablando de la liga profesional de fútbol, señores.
Sólo con el Real Madrid o el Barça bastaba para acabar con cualquier mindundi pueblerino a golpe de presión mediática y social, y éste se estaba metiendo con 19 equipos de los que, por entonces, jugaban en primera (tres estaban excluidos de la denuncia, por estar al día en sus pagos al fisco, pero no dijeron esta boca es mía manteniéndose al margen). Por no hablar de lo que podía haber, que lo había, debajo del césped, cosa que terminó descubriéndose con el curso de las investigaciones y que tal vez si el impío hubiera sólo atisbado en parte le habría hecho desistir. O no, porque me consta (aunque no pueda revelar mis fuentes)  que fue invitado de forma más o menos amable (progresivamente mucho menos amable, las cosas como son) a retirar la denuncia, a reconocer que los datos eran falsos, a detener el apocalipsis.
Pero los sellos ya habían sido rotos y las trompetas del juicio comenzaron a sonar. Aunque hubiera querido, la fiscalía ya no podía dar marcha atrás; las pruebas saltaban hirviendo a poco se meneara la sartén, repleta de jugosos delitos contra Hacienda, contra todos.

Si es que era normal, si es que todos lo sabíamos. Pero no nos importaba. Coño, que se trataba del fútbol. Pero a Salvador Gáez sí le importó, vaya usted a saber por qué. Los medios no dejaban hilo del que pudieran tirar para desacreditarlo, apenas se hablaba de la investigación. Lluvia sobre mojado. Porque el público no necesitaba especular. Sabía que ese desgraciado había abierto la desgastada caja de Pandora y que si no se hacía algo nuestra sociedad se iba al abismo.
Tanto era así que algunos instaban al gobierno, incluso al Rey (quien obviamente tampoco dijo esta boca es mía, que bastante tenía con lo suyo), a que hicieran algo. Pero, por más que a algún ministro se le había pillado comentando que si por él fuera pararía el asunto por decreto, no pudieron hacer mucho.
Y mira que lo intentaron. En reuniones secretas a caballo entre la Moncloa y el Bernabeu, un equipo formado por lo mejorcito que la liga pudo fichar, un par de ministros y directores generales, barajaron ideas para salir del paso. Se pensó que los jueces podrían parar el asunto, archivarlo sin más, pero sería muy descarado y siempre podría apelar en cortes internacionales. No, no era una buena idea, menos con unas pruebas tan evidentes… Una nueva amnistía fiscal, como las de 2012, fue la siguiente idea, pero estando ya el caso en marcha no podría aplicarse y, además, la experiencia de aquellos años no fue muy positiva. Cualquier reforma legal, concluyeron, sería inútil. Habían llegado tarde, la bomba les estallaría en la cara. ¿Y un indulto? No había precedentes, ¿o tal vez  sí? ¿No se perdonó ya una gran deuda a la familia Botín…? Era arriesgado, vale que la gente no quisiera ver el fin del fútbol tal y como lo conocían, pero esto sería chulear demás al populacho. Aún así lo anotaron como plan B. Al final fue el único que parecía poder solucionar el problema en el supuesto de que, tras agotar recursos, Salvador Gáez arruinara a los equipos de fútbol del país de un modo, sí, irreversible.

Y ganó. Claro que ganó. El caso no era tan evidente como el propio Gáez pensó al principio, pero ganó. Y se recurrió. Aparte estaba el gran número de corruptelas que fueron surgiendo y que empapaban todos los estratos económicos y políticos del país. Un chocho de tres pares de cojones, hablando en plata. Y día tras día, salían nuevos casos que ya la prensa a sueldo ni se preocupaba por tapar. Ni podía.
Varios traidorcillos anónimos surgieron en la red comentando y dando alas al Salvador. El proceso se había convertido en el fuego purificador, según decían los herejes, del que renacería pura una nueva España. Pero no sé si esta gente sabía que el fuego quema.
Y éste arrasó. Se llevó por delante hasta a varios gobiernos regionales. Inaudito. Y eso que aún no se había resuelto la causa principal, que tras años de litigio y apelaciones, estaba en el Tribunal Supremo. Pero no hubo manera. Los jueces tuvieron que dar la razón al que tiró la piedra y se quedó a ver cómo se desmoronaba la montaña. Montaña que, terminaría arrastrándolo, con medio país por delante.

Definitivamente, habría que tirar de plan B. Además, no parecía haber problema al respecto. La opinión pública, hasta el grupúsculo que inicialmente había apoyado al destructor de la patria, estaba a favor de perdonar y olvidar.
La bola de nieve había crecido demasiado y aún así, los clubes se las apañaron para hacer creer a la masa que aquello era sólo la punta del iceberg. Que si tenían que pagar lo harían pero sacando el dinero de allí de donde sabían que lo encontrarían: cobrándose favores. Sí más favores, unos favores que dejarían en pañales toda la mierda que ya había aflorado. Vamos, que no pensaban ponerse a tocar mientras se hundían.
En definitiva: nos acojonaron. Y mucho. Y con razón. O eso pensamos todos, según las encuestas, que dejaban claro que el país quería mirar para otro lado. Indulto, sí o sí. Y luego ya nos las arreglaríamos para salir de la escombrera.
Porque, claro, desde principios de la década de 2010 la economía de España no levantaba cabeza, aún quedaban secuelas de los terribles 2013 y 2015, no estábamos muy boyantes. Toda esta orgía judicial saldría por un pico a la timorata economía que gastábamos. Vamos, que si entonces se retrocedió 30 años, ahora parecía que se podría retroceder aún más. De ésta, decían algunos, nos echaban de euro, y esta vez definitivamente.
Nadie les hacía caso. La gente barruntaba que lo peor podría venir si seguían acosando al jabalí herido. El indulto era su única vía de escape.
Entonces, el presidente de turno (algunos dicen que embrujado por el propio Salvador Gáez en una entrevista de la que no se tiene constancia, pero que puede que se llevara a cabo) en un discurso histórico anunció que no habría indulto; que ésta era la última burbuja que quedaba por hacer explotar y que Salvador había sido la aguja que el país necesitaba; que sería duro, pero con el dinero y bienes de los clubes y demás empresas aportarían al Estado para pagar su deuda el país saldría adelante; que seríamos por fin libres de bla bla bla.

Dantescos disturbios se generalizaron por el país. Duraron semanas en las que se lincharon a decenas Salvadores Gáez y varios presidentes del gobierno incluyendo al verdadero Salvador Gáez, pero no al verdadero presidente que siguió en sus trece, y consiguió poner orden, ayudado por cascos azules alemanes.

Un desastre. Los clubes se hundieron y arrastraron tras de sí a más de medio país (a mucho más). Un auténtico borrón y cuenta nueva. Pero qué cuenta. Casi todas las empresas implicadas pasaron a pertenecer al Estado. Finalmente, con lo obtenido, no llegó para pagar los platos rotos de los años venideros. Obviamente nos echaron del euro. Ni qué decir tiene que el fútbol, cualquier deporte, dejó de ser, por decreto, profesional. Y así, nuestra gran liga se quedó en un pachangueo de patio de colegio. De lo otro nos terminamos de recuperar, algunos hasta se alegraron de volver a la peseta…

No, nada bueno salió realmente de aquello, por mucho que alguno lo intente buscar. Tal vez, si acaso, que todos los españoles por primera vez estamos de acuerdo en señalar a Salvador Gáez como el mayor hijo de puta de la Historia... Algo es algo.

concursoderelatos
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  • 17 de Mayo de 2012 a las 20:27
Editado.
concursoderelatos
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  • 17 de Mayo de 2012 a las 20:30
Ojos negros

«Pequeños, tristes y vidriosos. Y negros, siempre negros. Tan oscuros como el final de aquel túnel del tiempo en que se convirtió la visita al hospital el día que murió papá», pensé. No pude evitar mi reflejo en las gafas que colgaban del bolsillo de la camisa de aquel funcionario de prisiones. 
-Han venido a verte, Manuel.
Es curioso, el metal no suena tan frío cuando no es el aire el que lo atraviesa. La enrejada puerta se abrió con estruendo y salí de mi celda. Habían pasado ya dos años desde que entré en la cárcel y aquella era la primera vez que alguien venía a visitarme, aún así, había aprendido a reconocer el camino a la sala de visitas siguiendo el rastro de sonrisas de mis compañeros cuando regresaban. Y allí estaba ella. Vistiendo su eterno traje chaqueta de los «días importantes»; con el prendedor que le regaló padre cuando eran novios en la solapa; con el pelo recogido, como siempre la vi y recordaré; con esa discreta belleza que se afanaba en ocultar… Pero el tiempo se había detenido en su rostro: estaba distinta. Era distinta. La imité. Yo también, por primera vez desde largo tiempo, sonreí.
-Bonita mañana, hijo. ¿No crees? –me preguntó, como si tal cosa, cuando me senté frente a ella. Le contesté admirando el nuevo brillo de sus ojos.
-Hoy sí, madre. ¿Qué tal están mis hermanos?
-Bien, hijo. Ellos… querían venir a verte, pero… Seguro que lo harán dentro de poco. A mí los médicos no me dejaron venir antes –asentí disculpándola. Me había enterado de su internamiento por una carta que recibí de mi hermana poco tiempo después de que terminara el juicio. 
Su mirada me llenaba de paz, pues desprendía una tranquilidad con la que nunca antes hubiera soñado. Me sentí complacido al verla. No pudimos dejar de mirarnos hasta que el azul de sus ojos huyó un instante para rescatar un hilo de su falda que dibujaba un fugaz recuerdo en forma de lágrima. Un recuerdo que adiviné por el repentino cambio de su semblante…

Reconozco que estaba nervioso cuando llamé a la puerta, pues no le había vuelto a ver desde que escapara de casa cuando era un niño. Pero ya era un hombre: «18, recién cumplidos», me dije para animarme mientras aguardaba una respuesta que me permitiera acceder a aquella desangelada habitación de hospital. Madre no estaba y él ni siquiera me miró. Sus pensamientos volaban a través del cristal de la ventana, pero, aún ante su desidia, aquella inquietud de antaño comenzó a crecer en mi interior. Como antes de que marchara al pueblo con la abuela. Como en aquellas angustiosas noches cuando permanecía escondido bajo la cama con las manos tapándome los oídos; conteniendo el llanto para no revelar mi presencia.
La operación había salido bien. Demasiado bien. De hecho, tenía el mejor aspecto que le recordara en años, pues resultaba tan extraño verlo sobrio como no hallar a mi madre morando en aquella cama.
-¿A qué has venido? –me dijo arrojando desprecio con cada una sus palabras.
-Madre me dijo que debía venir. Ella pensó que… –me miró y no pude evitar retroceder un paso alejándome hacia la puerta.
-¿Tanto miedo te doy? –una gárgola se dibujó en su rostro y, haciendo un escorzo, se incorporó y se levantó de la cama-. Ven. Deja que te vea…
Un paso al frente y la habitación encogió al enfrentarme a mi fantasma.
-Por lo que veo, sigues siendo la viva imagen de tu madre –dijo con una mezcla de repudio y añoranza-. Dime a qué has venido, niño, o márchate. Los dos sabemos que tu madre nunca te pediría que me visitaras.
-Quiero… respuestas.
-¿Respuestas?
-Quiero saber… por qué yo era distinto. Distinto a mis hermanos. Quiero saber por qué, cuando usted volvía a casa cada noche…
-¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! –mi insolencia atronó en las paredes del cuartucho cuando él repitió mis palabras.- ¿Con qué derecho vienes a reclamarme nada? Te di cama y comida. Mucho más de lo que merecías. Mucho más de lo que hubiera hecho otro.
Arrugo su frente y sus cejas se alzaron hacia un cielo que el nunca visitaría. Frente a mí se erigía el mismo gigante de todas mis pesadillas. Un río de miedo se liberó sobre mis pies y el monstruo no pudo contener la carcajada: amplia, gozosa, apenas humana.
-Le odio padre. ¡Le odio! –el mar de sus ojos bramó como en la peor de las tormentas y sólo así me percaté que mis pensamientos se habían transformado en palabras. Era demasiado tarde para arrepentirme…, si ese hubiera sido mi deseo-. ¡¡Te odio, cabrón!! -le grité con todo el alma.
-¡Pequeño bastardo…! –dijo abalanzándose sobre mí. Un puñetazo en el rostro dio con mis huesos en el suelo. Los puños cerrados y en su gesto aquel irracional fuego que temí durante años.
Hasta entonces no me había percatado de su presencia: mi ángel, mi salvación…, mi todo. Llegando de la nada se interpuso en su camino. Apenas movió un músculo, tan sólo un fugaz parpadeo como reflejo por las salpicaduras en su rostro. Y todo acabó. El prendedor de su blusa, ensangrentado, reposaba en su diestra después de haberle asestado a mi padre un mortal pinchazo en la yugular. Desde el suelo, la miré con una mezcla de orgullo y pesadumbre.
Sabía que debía saldar el pago de tantos años de cobardía, de esconderme bajo su ala y utilizarla como escudo; sabía que debía hacerlo si quería poder seguir mirándome a la cara el resto de mi vida.
-No te preocupes, madre –le dije mientras terminaba de limpiar el prendedor con el bajo de mi camisa. Seguidamente lo coloqué de nuevo en su blusa como si nunca  se hubiera desprendido y, mirando hacia otro lado, horadé la mortal herida del cuello con un bolígrafo que encontré en uno de los cajones de la mesita.
Ella permanecía ausente, apenas una lágrima rodó por su mejilla; abrumada por los acontecimientos. Con aquella mirada diáfana, tan limpia a pesar de su pecado, que sólo invitaba a reverencia. Con ese azul tan especial de sus ojos; tan intenso como el amor que nos profesábamos. Unos ojos tan parecidos a los de mi padre y, a la vez, tan distintos… Azules los de ambos, como el océano que les separó desde mi nacimiento. Azules, sí, como siempre deseé que fueran los míos.
lasacra1
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  • 17 de Mayo de 2012 a las 22:04


¡Esto es to... esto es to... esto es todo amigos!

Se acabó el plazo. A leer y votar.
   
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