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romi
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Recordando a un hombre bueno

7 de Mayo de 2012 a las 9:17

Bubok

Recordando a un hombre bueno

               A lo largo de toda la noche, el padre había dormido plácidamente. Sumido en un sueño dulce y profundo donde hasta el corazón parecía latir sobre un mar de gozo. Y donde, a lo largo de toda la noche, todo su cuerpo había estado flotando en la luz más limpia y la paz más auténtica. Todo relajado, todo en armonía consigo mismo y cuanto existe, todo amigo y en dulzura con el aire y el silencio que le regalaba el universo y todo en paz con las personas que conocía y le rodeaban.

            Y al ir llegando el nuevo día, en su cama de madera y esparto, el padre se iba despertando. Del dulce sueño que a lo largo de la noche le había abrazado y se acomodaba a la dorada luz que el amanecer le regalaba. Y según se desperezaba, aun tumbado en su humilde cama de madera y esparto, meditaba algo y se decía: “Debo dar gracias al cielo por el abrazo tan amable con que en esta noche me ha premiado. Y debo agradecer también que me reconforte tan generosamente sin yo merecerlo, con esta paz y armonía tan real y buena. Cada día más, el cielo llena mi corazón de la sabiduría y riqueza que vale más que todo el oro del mundo. Porque ahora sé que no hay dicha como la mía ni paraíso más hermoso en este suelo”.

            Y, en cuanto terminó de levantarse, antes de que lo hicieran los tres hijos y la mujer, silencioso salió de la casa. Del pequeño y blanco cortijillo en las laderas de las montañas, no lejos de las nieves de Sierra Nevada y bastante cerca de las aguas del río. Salió a la puerta, respiró profundo el cálido vientecillo de la mañana, miró para las cumbres por donde ya el sol comenzaba a levantarse y al sentir la humedad y olores que de los campos manaba, el corazón se le ahogaba en gozo. El nuevo día, en su primer momento y con la luz aun todavía apareciendo, se presentaba sereno. Con una fina bruma alzándose desde el río, de las laderas de las montañas y de los prados tupidos de hierba. Y por entre este velo algo gris, azulado y blando como la seda, los primeros rayos del sol se desperezaban. Respiró aun más profundo, alzó sus brazos hacia el sol que iba apareciendo por encima de las cumbres de Sierra Nevada y otra vez se dijo: “Solo por el gozo de vivir un momento como éste, ya doy por bien empleados todos los días de mi vida. Un deleite como el que ahora mismo me regala el cielo, no tiene comparación con ninguna otra cosa en este suelo. Por eso debo agradecer a Dios que me regale y premie con estas tan dulces sensaciones y las maravillas que brotan de estos prados, ríos y montañas”.    

Y, en aquellas primeras horas de aquel hermoso día de primavera, estaba él abstraído en su mundo interno, cuando los tres hijos se le acercaron y le dijeron:

- Por fin ya hoy nos marchamos de estas montañas a la ciudad que tanto hemos soñado y echamos en falta.

Y el padre les dijo:

- Pues que tengáis suerte, hijos míos y no olvidéis nunca lo que ya tantas veces os he dicho: que tanto en los pueblos como en las ciudades, la vida no siempre es tan bonita como desde lejos se sueña.

- Lo tendremos en cuenta, padre y algún día volveremos por estas tierras y cortijillo. Pero ahora, a partir de hoy mismo, van a cambiar mucho nuestras vidas, seremos libres y tendremos las cosas que tantos por allí tienen.

            Los tres hermanos, se despidieron de los padres y justo cuando daban sus primeros pasos por la senda hacia el río, el padre les dio el último consejo:

- Y ya sabéis, en cuanto lleguéis a Granada, id primero a la Alhambra y preguntar por el amigo mío que os he dicho. Es el hombre más bueno que hasta hoy he conocido y, en la Alhambra, esto lo saben mucho y el rey, el primero. Estoy seguro que en cuanto os presentéis a él y le digáis que sois mis hijos, os ayudará en todo lo que pueda. A lo largo del tiempo que yo lo he conocido, mil veces vi que nunca dejó a nadie sin su ayuda, cuando la necesitaban o se lo pedían. Y con quien mejor siempre se ha comportado, ha sido con los más desfavorecidos.

Y el hijo mayor dijo a su padre:

- Te haremos caso: en cuanto lleguemos a Granada, lo primero que haremos, será ir a la Alhambra para preguntar por tu amigo y pedirle que nos eche una mano en lo que necesitemos. Pero, y si tu amigo ya no vive en la Alhambra ¿Qué hacemos?

- Buscarlo en las tierras de las Huertas Reales que ya tantas veces os he dicho. Cuando yo trabajaba a sus órdenes, siempre estaba en estos sitios. Es el hombre que más disfruta en este mundo labrando las tierras y cultivando las plantas. Lo conozco desde hace mucho tiempo y por eso sé bien lo que es mi amigo.

            Los tres hijos despidieron al padre y a la madre y comenzaron a recorrer la senda dirección al río. Con la ilusión de encontrarse con la ciudad de Granada, con la Alhambra y sentir la libertad de su nuevo estado de vida. Y, durante un buen rato, mientras los padres desde la puerta del cortijillo lo observaban alejarse, caminaron en silencio. Uno detrás del otro, iluminados por los rayos del sol que se alzaba y fundiéndose poco a poco con el verde de los bosques y de la hierba. Y fue el mayor el que, al poco de comenzar su viaje, rompió el silencio y dijo:

- Desde luego que ese amigo del que tanto nuestro padre nos habla, tiene que ser una personas buena de verdad.

Y la hermana, la más pequeña de las tres, comentó:

- Estoy de acuerdo contigo. Ese hombre tan desconocido por nosotros, tiene que ser algo especial. Desde que tenemos conocimiento, nuestro padre siempre nos ha hablado de él y, en todo momento, solo cosas buenas.

- Por eso digo que ese hombre ha de ser valioso como pocas otras personas. La huella que su comportamiento y forma de ser, ha dejado en la vida de nuestro padre, es fuerte y auténtica como ninguna otra cosa.

Y ahora fue el hermano menor el que comentó:

- Nuestro padre recuerda continuamente a ese hombre amigo suyo y eso es señal de lo que vosotros estáis diciendo. Que ese hombre le enseñó y practicó con él y otras personas, algo que pertenece al cielo, a Dios, a lo eterno. De lo contrario ¿cómo podríamos explicar la admiración que nuestro padre siente por su amigo y lo bien que siempre habla de él?

            Y ahora, ninguno de los tres hermanos, dieron respuesta a esta pregunta. En silencio siguieron avanzando por la sendilla hacia las aguas del río. Sin dejar de pensar en sus padres que se quedaban solos en el cortijillo de las montañas, en el encuentro con la Alhambra y con Granada y en el buen amigo del padre.    

            El hombre bueno que el padre recomendaba a sus hijos, durante mucho tiempo estuvo en los palacios de la Alhambra. Al servicio del rey y como era cierto que su corazón estaba lleno de bondad, educación y respeto para con los más pobres, el rey un día lo llamó y le dijo:

- Necesito a una persona que se encargue y lleve a buen puerto las tierras de las Huertas Reales, cerca de las aguas del río Genil.

- ¿Y por qué su majestad me cuenta esto?

- Porque todos me hablan de ti. Y lo que todos me dicen es que eres muy trabajador, responsable y riguroso con las cosas que se te encargan, al mismo tiempo que bueno y generoso con los más pobres. Creo que tú eres la persona que estoy buscando.

- Yo siempre estuve a sus órdenes, majestad. Y todo lo que hago o diga, me sale del corazón. Y mi comportamiento con las personas pobres, también siempre procuro que sea respetuoso y educado. Porque desde que tengo uso de razón, veo claro que tratar a los demás con respeto y dignidad, es lo mejor que podamos hacer en esta vida. Y los pobres, todos los pobres de este mundo, son personas buenas, muy buenas. Si se les trata con respeto, ellos siempre lo agradecen con cualquier cosa que tengan en sus manos. Se sienten dignos, disfrutando de libertad y llenos de gozo y contentos con todos y todo lo que les rodea.

            Y el rey, muy satisfecho con las palabras del hombre bueno, después de un rato en silencio y meditar algo, volvió a decir:

- Pues desde ahora mismo, te nombro capataz mayor de las Huertas Reales. Ponte al frente de esas tierras y lábralas como quieras y con las personas que a ti te gusten. Solo te pido que saques muchos y abundantes frutos de ahí y que la paz y buenos modales, reine entre las personas que a tu lado tengas. Te doy libertad y mi permiso para hacer las cosas como crear mejor.

Agradeció el hombre bueno la confianza que el rey depositaba en él y comprobando que ya era responsable de lo que su majestad le encargaba, solo dijo:

- De acuerdo, señor. Le seré fiel y también con lo mejor de mí, procuraré llevar a buen puerto, la empresa que me confía.

            No se habló más en aquellos momentos. El hombre bueno se retiró de la presencia del rey, salió de los aposentos de los palacios y aquel mismo día se puso mano a la obra. Bajó, desde la colina de la Alhambra, a lo que en aquellas fechas eran las Huertas Reales: se ubicaban no lejos del río Genil y más o menos por donde hoy se extiende gran parte del barrio del Realejo. Por eso las tierras eran muy fértiles, estaban regada con abundantes y buenas aguas de Sierra Nevada y no quedaban lejos de los recintos de la Alhambra.

            En la parte alta de estas tierras, tiempos atrás, habían construido un edificio muy bonito. Una especie de cortijo, llamado también almunia, con paredes blancas, varios estanques de agua muy clara, jardines en la puerta, varias acequias y un patio central. A los lados, este edificio, tenía viviendas, algunos corrales para animales, cuadras y un pilar para que bebieran las bestias. En este edificio se instaló el hombre bueno, con su familia y lo primero que les dijo, tanto a la mujer como a los hijos, fue:

- A partir de hoy y mientras el rey y el cielo nos lo permita, quiero que sintáis esta casa y tierras como vuestras. Id por donde os guste y queráis, coger de los árboles la fruta que os apetezca, caminad y sentaros donde se os antoje y disfrutar a tope todo lo que por aquí hay. Como si fuerais los dueños absolutos pero todo con una sola condición.

Y tantos los hijos como la mujer enseguida preguntaron:

- ¿Qué condición?

- Que cada vez que os encontréis con algunas de las personas que en estas tierras trabajan, lo saludéis y tratéis como si fuera de la familia. Con el mayor respeto, ofreciéndole todo lo que en vuestras manos tengáis y haciéndole caer en la cuenta que es importante como el más grande de los personajes.

Y la mujer y los hijos, estuvieron de acuerdo en lo que el hombre bueno les decía. Sobre todo, la mujer. Conocía ella a su marido desde hacía mucho tiempo y por eso sabía bien que era un hombre honesto, bondadoso para con los demás, trabajador como el mejor, sabio y de corazón sincero.

            Por eso, ni ella ni los hijos se extrañaron cuando a los pocos días, hablando con los obreros que trabajaban en las tierras de las huertas, les decía:

- Dinero o comida, nunca me pidáis. Pero si queréis trabajar para ganaros honestamente el salario con el que alimentaros y alimentar a los vuestros, venid a mí para que yo os contrate. Desde hoy mismo quiero sembrar estas tierras de todos los productos que los reyes necesitan en sus palacios. Y como también quiero que estas tierras produzcan las mejores cosechas y más abundantes de todo el reino de Granada, necesito hombre para trabajar en ellas. Así que el que esté buscando trabajo, que me lo diga. Ahora mismo lo contrato y le pagaré un sueldo digno y recibirá el mejor trato.

Casi atónitos, los hombres escucharon al nuevo capataz y solo algunos, entre sí, comentaron:

- Lo que nos ha dicho es algo que nunca antes habíamos oído ni tampoco nadie por aquí ha practicado. ¿Qué pensáis vosotros?  

- Que sus ideas son las mejores. Así que si hace realidad lo que nos ha dicho, para nosotros será una suerte grande. Hagámosle caso y trabajemos con honestidad y entusiasmo para demostrarle que estamos dispuestos a poner en práctica lo que nos pide.

            Y al partir de aquel momento, al día siguiente y al otro, los pobres labraron las tierras con ahínco y alegría. El capataz, se dio cuenta de ello y les correspondió, acercándose a cada uno de los obreros, los saludaba con respeto, les preguntaba por su salud y por la familia y luego les decía:

- Mientras tú quieras y respondas con honestidad, trabajo no te va a faltar conmigo. Te pagaré puntual cada día y si tienes algún amigo o familiar que necesite trabajar para comer, dile que venga a mí. Voy a procurar tener sitio para todos porque quiero que estas tierras produzcan abundantes y ricas cosechas.

Y al oír estas palabras, uno de los obreros le preguntó un día:

- Yo tengo un amigo que vive solo, es muy tímido y siempre está buscando trabajo y nadie se lo da. ¿Puedo decirle que venga?

- Dile a tu amigo que venga mañana mismo.

            Y al día siguiente por la mañana, a la hora de comenzar la faenas en las tierras de las huertas, se presentó el amigo tímido. El hombre bueno lo saludó y sin más rodeos le dijo:

- Sed bienvenido a estas tierras y a este grupo de trabajadores. Desde ahora eres uno más y con los mismo derechos y privilegios. Coge las herramientas y ponte a trabajar. Si eres sincero y cumples honestamente, recibirás el sueldo que te corresponde y el trato que mereces.

Y el hombre tímido, enseguida dijo:

- Le agradezco yo a usted, señor, su buen trato conmigo. Y desde ahora mismo estoy a su disposición para todo lo que necesite y quiera de mí. Le prometo que voy a cumplir con el trabajo que me encargue para que usted se sienta satisfecho de mí y también como agradecimiento a la oportunidad que me da.

-Pues ya lo sabes: si por tu parte eres honesto y haces bien tu trabajo, yo me sentiré obligado a darte todo lo que te corresponda y con el mayor respeto.

            Desde aquel momento, el hombre humilde se aplicó a su trabajo. Labrando las tierras que le pedían, sembrando y recogiendo las plantas que en cada momento y época el capaz decía, escardando luego estas plantas y quitándoles las malas hierbas, llevando a la Alhambra, cuando el capataz se lo pedía, los productos que salían de las tierras, siempre a lomo de una borriquilla y hablando y colaborando con todos los que trabajaban en las huertas. Y a lo largo de todo este tiempo, el hombre humilde observó y fue notando que el capataz lo trataba cada día con más respeto. En ningún momento notó él ni malas palabras ni actitudes violentas ni comportamientos humillantes. Y esto precisamente fue lo que con mayor fuerza comenzó a grabarse en el corazón del hombre humilde.

            Le decía a los compañeros, cuando con ellos hablaba de este tema:

- Nunca en mi vida me he sentido yo tan valorado y digno como ahora con este buen hombre. Desde que vivo y a lo largo del tiempo, a mi alrededor y por todos lados, solo vi y recibí mal trato, palabras llenas de ira y desprecio y actitudes arrogantes y prepotencia. En cambio, desde que estoy aquí entre vosotros y a las órdenes de nuestro capataz, ya os digo que me siento cada día mejor y hasta experimento una gran admiración por este hombre. Es como un gran maestro que enseña con tanto amor y sinceridad, que solo despierta en el corazón deseos fuertes de ser como él.

Y los compañeros, al oír estas cosas del hombre humilde, a veces comentaban:

- Tus palabras expresan con mucha claridad lo que muchos también pensamos de nuestro capataz. Y fíjate que, además de todo lo que tú ya has dicho de él, también tiene detalles que dejan por completo desconcertado por lo buenos que son.

Hubo un gran momento de silencio y entre sí, unos y otros, se miraban adivinando en sus corazones a qué se refería el compañero que había hablado. Porque todos ellos, un día y otro, tenían la oportunidad de vivir los gestos que el hombre bueno practicaba con ellos.

            Y estos hechos eran los siguientes: a veces, cuando los hombres trabajaban las tierras y el sol y el esfuerzo los bañaba en sudor, el capataz y hombre bueno se acercaba a ellos con una vasija llena de agua fresca y les decía:

- Tomad y beber un trago mientras respiráis un poco para soportar algo mejor estos calores y el esfuerzo.

Y les alargaba la vasija de agua fresca. Los hombres, sedientos y cansados, cogían esta vajilla, bebían hasta saciarse, se limpiaban luego el sudor, miraban a su capataz y les decían:

- Gracias señor. Esta agua cada día está más fresca y buena. Y en momentos con estos, sabe a rocío del cielo.

Se sentía feliz el hombre bueno y para darles ánimo y hacer más llevadero el trabajo, de nuevo les decía:

- Hoy daremos de mano unas horas antes para que podáis ir al río y daros un buen baño y descansar a la sombra de los fresnos. Sé que es mucho el trabajo en estas tierras. Pero para llevarlo a cabo y que cada día las tierras produzcan más y de la mejor calidad, aun sois más necesarios vosotros y vuestro estado de ánimo y físico. Así que, cuando alguno de vosotros sienta que lo que hace es demasiado y duro, que me lo diga que todo tiene arreglo en esta vida.                            

            Un día, el hombre tímido, se enamoró de una mujer joven de su barrio. Poco tiempo después se casó con ella y, de este matrimonio, en unos años nacieron varios hijos. El hombre agradecía cada día al capataz el buen trato que le seguía dando. Porque, de vez en cuando y de los pequeños lotes de productos que salían de la huerta, le regalaba cosas. Y al dárselas siempre le decía:

- Por tu buen comportamiento y entrega sincera en el trabajo. No es mucho pero otra cosa no tengo. Con esto pongo mi granito de arena para que ni a tu mujer ni a tus hijos, le falten algo que llevarse a la boca.

- Ya somos cinco en mi casa y para alimentar a tantas bocas, todo es poco.

- Lo sé y por eso, en cuanto pueda, hablaré con el rey de la Alhambra a ver si él puede hacer algo más por ti y por tu familia.

            Y un día, el hombre bueno, habló con el rey y le contó la historia del hombre humilde, su mujer y tres hijos pequeños. Al saber el rey las cosas, sin pensarlo mucho, dijo a su capataz:

- Desde que tú estás al frente de las huertas, solo recibo de ahí buenas cosechas y mejores comentarios por la forma de hacer las cosas y tratar a las personas. Así que, como tampoco nunca me pediste ningún trato especial o favor para ti ni para tu familia y sí para las personas que tienes a tu cargo, te voy a conceder lo que me estás padeciendo ahora para este amigo tuyo. Regresa a tu trabajo y en unos días recibirás noticias mías para que a su vez tú se las transmita a ese buen hombre.

Obedeció el capataz al rey y tres días más tarde, recibió lo que el rey le había prometido. Enseguida el hombre bueno se acercó al hombre humilde y le dijo:

- El rey me ha dicho que en las montañas de la nieve, cerca del río y donde también hay muy buena tierra para labrar, te ofrece una bonita casa blanca y un rebaño de ovejas para cuidar. Puedes irte a ese sitio cuando quieras y con lo que saques de esas tierras y animales, seguro que tendrás más que suficiente para ti y toda tu familia.

Escuchó en silencio el hombre humilde la propuesta del capataz y pasado unos segundos dijo:

- Esta noche hablo con mi familia y si mi mujer e hijos están de acuerdo, mañana mismo me mudo a ese sitio que usted me dice. Por parte del rey, es un gran detalle para conmigo y mi familia. Pero en este momento, una cosa más quisiera pedirle yo.

- Habla y di que si está en mis manos, lo tienes concedido.

- Voy a necesita, para mudarme a esa casita blanca de la montaña, la borriquilla que tiene para las necesidades de estas tierras. ¿Me la puede prestar solo un día?

- Claro hombre. Precisamente ese animal, contigo es con quien mejor se entiende. Prepárala y carga en ella las cosas de tu casa y me la devuelves cuando ya no la necesites.

            Y al día siguiente, a primera hora de la mañana, con la borriquilla cargada, al hombre tímido y su familia se le vieron subir por las sendas. Desde Granada, río Genil arriba en busca del cortijillo y las tierras que el rey le había regalado. En cuanto llegaron, aquí se instalaron, acondicionaron la casa, devolvieron la borriquilla, prepararon las tierras, se hicieron cargo de la pequeña manada de ovejas y en pocos días, todo por este lugar de la montaña, cerca del río y frente a Sierra Nevada, estuvo lleno de vida. Los tres hijos, todavía pequeños, jugaban en la puerta del cortijo, jugaban por el río, se iban con el padre dando careo a las ovejas y de los montes cogían espárragos, bellotas, castañas, setas, collejas, flores y ramas secas para la lumbre en la chimenea del cortijo. Y toda la familia era libre y vivía feliz. Como pocas familias eran libres y felices en aquellos tiempos porque tenían casa donde refugiarse, tierras donde sembrar un huerto, mucha agua clara en el río que descendía de las montañas, carne de corderos, leche, lana y queso y aire puro y mucha paz en el corazón.

   
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