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Décimo asalto Aprieta los dientes. Un croché de izquierda castiga su hígado. Su guardia, al encuentro de su ánimo, es una invitación irrechazable y él lo sabe: 220 libras aguardan el beso de mis puños. Mi hombro se eleva hacia la gloria y desato mi golpe. Mi mano cruje al impactar con su rostro y un temblor recorre mi brazo mientras exhalo la rabia contenida. Sus ojos miran sin ver; sus piernas bailan fatigosamente... -5 minutos y salimos -grita la voz que emerge en el vestuario-. Y recuerda, en el noveno te tiras. Bajo el albornoz, asiento sin mirar y sonrío. |
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Diez segundos -¡Aprieta los dientes, Paco! ¡Te va a doler! -¡Joder, cabrón, corta el puto dedo ya! -¿Pero seguro que era venenosa? -¡Que sí, coño, corta de una puta vez! -Paco, a ver si te vas a quedar sin dedo sin razón alguna. -¡Cojones, dame el cuchillo que me lo corto yo! -Vale, Paco, vale, allá tú. Es tu dedo… -¡Aggggghhhhh! *Si una cobra te muerde en un dedo… tienes 10 segundos para cortarte el dedo y evitar que el veneno llegue a tu organismo y te mate. A Paco se lo cortaron en 12. |
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Sin sustancias - Aprieta los dientes, muerdete la lengua si es preciso, no le grites y no digas ni hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte. - ¿Pero has oído sus palabras hirientes? Yo solo pretendía hacerle entender que la vida hay que afrontarla de otra manera. - Si, las he escuchado, pero una persona que se encuentra en ese estado, a veces no razona. - Siento que le estoy perdiendo y no se cómo ayudarle. |
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Guardando las distancias Aprieta los dientes alrededor de la palma de su mano sin clavarlos. Espera que eso baste para disuadir al cachorro humano de su idea de tocarlo. El pequeño echa a correr, asustado, mientras él se estira en su rincón. Sabe que no tardarán en venir a darle su ración de golpes. No importa; ya está acostumbrado. Y, de todas formas, ha esquivado esa caricia que habría dolido mucho más. |
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No te muevas, por favor - Aprieta los dientes y procura no moverte. Ya sé que es incómodo, pero no te preocupes porque aunque te lo parezca, no vas a ahogarte. Esta vez todo saldrá bien. No te muevas por favor, respira por la nariz y aprieta porque es la única manera de que queden bien marcados en el molde, si no volverá a pasarnos lo mismo de la otra vez y tendremos una prótesis que no encaje en tu boca. Venga, ya falta poco, deja que la pasta se endurezca y ya está. |
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El susto Aprieta los dientes contra el pecho tratando de que el corazón no se le escape por la boca. Cuando se calma echa un vistazo; ha dado esquinazo a la bestia. Entonces abre el puño. Dos pájaros de un tiro, se dice. Guarda el incisivo y el colmillo en la bolsita que cuelga de su cinturón. Una gran noche se mire por donde se mire. ¡Mierda! Con el susto olvidó dejar las monedas. Tiene que volver. No queda otra. Al menos está prevenido, pero vamos: ¿desde cuándo se deja dormir a los niños con gatos? Nuevos tiempos, piensa. Habrá que espabilar. |
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Aprieta los dientes Aprieta los dientes… ¿que más te queda?... Se apaga el fuego y no hay fuerzas para buscar leña, solo temblor, miedo y la incapacidad de una vida gastada... Aprieta los dientes y deja salir, si te queda, alguna lágrima. Quizá te recuerde tu parte humana, alivie esta solitaria angustia y algo el dolor de huesos. Aprieta los dientes y adivina ese narcotizante olvido, invadiendo tu mente, devorando los recuerdos tras su oscura estela. Aprieta… aprieta los dientes, toma a golpes ese aire que ya es de prestado, siente la impotencia de la derrota… mientras abrazas su fotografía... |
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Realidad o ficción -¡Aprieta! Los dientes de la víctima habían empezado a castañetear, tenía frío. -¡Una manta! -No la encuentro. Se levantó con su mejor cara de enfado. ¿Cómo pretendían rodar una escena sin haberla preparado? Buscó con la mirada, no encontró a nadie. -Déjalo, nos están tomando el pelo otra vez. No les veo. -Así es imposible trabajar –dijo el otro dejando de apretar la herida de la que volvió a manar sangre. -Y que lo digas. Los actores se alejaron de lo que, para ellos, era un rodaje y, para el herido en el accidente de coche, la última oportunidad. |
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La Llegada Aprieta los dientes y tiembla sin control. Empezó teniendo frío en la patera pero ahora no siente nada. Tan solo el cuerpo se agita como una hoja. Cierra los ojos y piensa en el campo de su familia que dejó atrás, en su hermano menor. “¿Dónde estás, Ahmid?”. Pero calla atemorizado mientras una muchacha blanca viene hasta él y le ofrece un vaso de algo caliente. Mira hacia todas partes como un pájaro asustado. “Mi hermano Ahmid venía en la patera, mi hermano…” balbucea. La chica sonríe pero no parece entenderle. |
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Rabia Aprieta los dientes cada vez que alguien le dice algo que no le gusta. Rechinan y los músculos de su cara se contraen. Nota el dolor de su disgusto. La rabia contenida le da palpitaciones. Antonio está ahí, de espaldas. Esta cocina tan vieja es el lugar ideal para hacerlo. Coge un cuchillo y se lo clava en el corazón. Siempre le prometió un entierro por todo lo alto. Sale de casa y se va a la droguería. |
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El precio de una sonrisa Aprieta los dientes. Después, los premolares del maxilar superior. Lo hace con una pequeña herramienta. Me dice que en unos días revisaremos como van y tal vez me los apriete más. Me enjuago, me levanto, me despido de mi dentista y me voy andando a casa. Sí, ya sé que debería tomar un taxi. Con la boca así y después de una sedación sería lo más sensato. Pero con lo que me han costado estos implantes dudo que vuelva a coger un taxi en mi vida... |
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Comprensión oral Aprieta los dientes sin conseguir contener la arcada. Primero escupe, después vomita. Contempla cómo se retuerce de dolor. —¡Hija de puta! —Te había dicho que no. Le da una patada al pingajo ensangrentado que está en el suelo. —Toma. Si quieres, te la comes tú. |
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Sabor a tequila -¡Aprieta los dientes; güey! ¡Aguanta un poco más! ¡Vamos, güey! El brazo del gordo empujaba con fuerza. El muy cabrón casi me destroza la muñeca. En la cantina el calor era insoportable; hasta el aire quemaba. El gordo empezó a bufar; sus carrillos se hincharon tanto que parecía que la cabeza le iba a explotar. Aguanté. El tuerto seguía gritándome al oído: -¡Dale, güey! ¡Mándalo ya a la chingada! Entonces, en un segundo de furia, acabe batiendo contra la mesa el dorso de la mano de aquel ladrón hijo de puta. Yo recogí la pasta. Sólo el tuerto reía. |