
Un paraíso en Granada
“Cultivar en el alma y corazón, la paz y respeto para con los demás, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y suelo”. Este era su lema y lo que en todo momento practicaba. Principalmente, con los más pobres, los que no sabían leer y escribir y, de alguna manera, la sociedad despreciaba.
El hombre era rico. Decían que el más rico de todo el reino de Granada en aquellos tiempos. Y tenía muchos, muchos amigos. En el barrio del Albaicín, en la ciudad de Granada, en toda la Vega y, especialmente, en la Alhambra. Los reyes de estos palacios, lo admiraban mucho y por eso, siempre que tenían oportunidad, le preguntaban:
- No sabemos cómo lo consigues pero nosotros, los que tenemos el poder y las riquezas, siempre estamos metidos en guerras, matando gente por doquier, haciendo esclavos, peleándonos unos con los otros, imponiendo cargas a los demás… Y en cambio tú, a todas horas estás rodeado de amigos, de personas que te quieren y tratan con respeto y te dan lo mejor de sí mismos. ¿Cómo lo consigues?
Y el hombre les contestaba:
- Nada especial hago yo para conseguir tantos amigos.
- ¿Entonces?
- Solo me limito a ver en cada persona un ser digno de respeto y cariño y esto, ellos me lo agradecen y devuelven también en forma de respeto.
- Pero ¿cómo lo consigues?
- Teniendo siempre presente que lo principal, para ti, para mí y para todos, es solo eso: cultivar en el corazón y alma, la paz y respeto para con todos.
- Pero entre nosotros ¿por qué practicamos lo contrario?
- Porque tenéis miedo a perder el poder y las riquezas. Queréis ser ricos y poderosos a toda costa y eso os lleva someter a los demás, organizando guerras, imponiendo injustos impuestos, haciendo esclavos y tratando a las personas como si no tuvieran derechos ni dignidad.
Y al oír estas palabras, algunos de los reyes de la Alhambra, se iban con su amigo el hombre rico. A las tierras que este hombre tenía en el corazón mismo de la Vega de Granada. Y allí, en su cortijo llamado en aquellos tiempos alquería, se quedaban durante algunos días. Disfrutando especialmente de los hermosos jardines, estanques de aguas claras, fuentes cristalinas, acequias y ríos y también del perfume de las plantas y cantos de los pajarillos. También disfrutaban ellos mucho de la paz y silencio que toda la alquería rezumaba y del trato sincero que recibían de las personas que por allí había. Y lo que más les gustaba a estos reyes de la Alhambra, era ver lo que hacía y cómo se comportaba su amigo rico, con las personas que en sus propiedades trabajaban.
Cada mañana, al salir el sol él siempre era el primero en levantarse. Vivía con su familia en unos de los pabellones del cortijo. Por eso, en cada momento, estaba en contacto y charlaba con las personas que a sus órdenes tenía. Y lo primero que hacía cada mañana al salir el sol, era ponerse frente a las cumbres de Sierra Nevada, respirar el aire puro que de esas cumbres venía y luego rezaba, dando gracias a Dios y pidiéndole fuerzas y luz para hacer las cosas bien en el nuevo día. Luego, se iba al lado de cada uno de sus trabajadores, los saludaba, comía con ellos y charlaban de mil cosas y, cuando llegaba el momento del trabajo, el primero en ponerse mano a la obra, era él.
Azada en mano, labraba la tierra, la regaba, quitaba las malas hierbas y escardaba las plantas, siempre a la par de los que a sus órdenes tenía. Cuando llegaba la hora del descanso, un tiempo más o menos largo después de unas horas de trabajo, él mismo decía:
- Vamos a respirar un poco mientras saboreamos un té.
Siempre había alguno encargado de tener a punto esta bebida y allí mismo, entre las plantas, cerca de las acequia o de las aguas del río, se concentraban y durante un rato charlaban y compartían las cosas sencillas de sus vidas. Al caer las tardes, dos horas antes de que se pusiera el sol, siempre les decía a todos lo que trabajaban en su alquería a cambio de un sueldo:
- Ha llegado otra vez la hora del descanso. Venid todos conmigo al cortijo que quiero compartir con vosotros algo que os interesa mucho.
Todos le seguían, con sus manos llenas de barro y sus caras impregnadas de sudor, lo mismo que el dueño, el hombre rico. En una de las salas del cortijo, preparada para el encuentro, se reunían y entonces el hombre rico les decía:
- Gracias a todos por esta nueva jornada de trabajo. Estoy contento con cada uno de vosotros y más contento estoy por el cuidado que ponéis en cultivar y labrar estas tierras mías. Este año vamos a tener le mejor cosecha y eso será bueno tanto para mí como para vosotros. Entre todos nos repartiremos los frutos que de aquí saquemos. Y ya sabéis: quiero que aprendáis a leer y escribir para que cada vez seáis más libres. Cuanto más cultura tiene una persona más preparada está para ser libre y practicar el respeto con los demás. Y quiero que transmitáis a vuestros hijos lo bueno que es el disfrute y amor por todas las personas, con la naturaleza y con Dios. Solo de este modo es posible construir aquí en la tierra, el paraíso que todos siempre soñamos.
Y los que trabajaban con el hombre rico, siempre decían:
- Pues nosotros estamos más contento con usted cada día. Nos paga bien, nos trata mejor, nos enseña la bondad y el respeto y por eso, también cada día vamos a trabajar más, procurando hacer todo lo mejor posible. Usted y su forma de comportarse con nosotros y también su familia, se lo merecen.
Y los reyes de la Alhambra, al ver y oír estas cosas, en un ambiente de tanta armonía y en tan hermoso lugar, decían:
- Parece un sueño pero desde luego que el paraíso tiene que ser algo muy similar a esto.
Y el hombre rico les argumentaba:
- Tenéis razón: ya estáis viendo que el paraíso es posible en este suelo con solo cultivar en el alma y corazón, la paz y el respeto para con los demás. El odio, la envidia y la opresión, destruyen mientras que el amor por lo bello, las personas, Dios y la naturaleza, engrandece y lleva al gozo del paraíso más hermoso.