No acostumbro a prestar demasiada atención a los temas de promoción o propaganda de mis libros y por ello, pocas veces he posteado en este foro. Pero en atención a las fechas en que estamos he pensado que podría estar bien recordar un pequeño y peculiar cuento con el que participé en el concurso quincenal de relatos hacia el mes de mayo de 2010, en certamen sobre ilusión y fantasia. Los que estabais por aquí en aquellos tiempos lo recordaréis. Los que no, podéis, si os place, leerlo. Junto a otros veinte relatos forma parte de mi primer libro de cuentos.
¡Que fuerte, tío!
—Psssttt...
—¿Qué pasa, tronco?
—Perdonen, caballeros.
—Tío, ¿te has pasao con el uva o vienes del Senegal? Porque ese careto que traes...
—Es el color natural de mi piel, caballero. Negra fue en oscuros y antiguos tiempos, y negra sigue siendo en estos días que corren.
—¿M’estás vacilando? ¡Cagüenlaleche! ¡Mira qué...!
—Para, tronco. Un poco de educación. Deja que el señor diga lo que tenga que decir.
—Gracias, caballero. ¿Llevan ustedes mucho rato por aquí?
—¡No te jode el moreno este! ¡Estamos en nuestro barrio, en nuestro territorio! Yo llevo aquí toa la noche, y no me voy a mover hasta que el Lolo abra su taberna.
—En ese caso tal vez puedan ayudarme. ¿No habrán visto pasar por aquí a dos caballeros, uno alto y rubio y el otro más bien robusto y castaño?
—Por aquí han pasao bastantes guiris, tío. ¿Cómo van vestíos?
—¿Cómo les diría? Más o menos como yo.
—Pues irán hechos unos fachendas. Porque esas ropas que lleva usted... Entre nosotros, amigo, para andar por estos andurriales debería vestir algo más informal. Míreme a mí. Esta chupa negra, la shirt molona con sus calaveritas, mis pantalones pitillo y estas botas. Eso es lo que mola. Y vea, vea a mi colegui...
—Tienes razón, tío. El moreno este canta como una almeja. ¿Dónde te vistes, tío? Lo digo pa no dejarme caer por allí.
—Pero...¿no les han visto?
—¿Estás seguro de que han pasao por aquí esos amigos tuyos?
—Más o menos. Me dijeron que conocían una o dos tascas muy buenas por este barrio, y que iban a tomarse un par de chupitos nada más. Y aunque les recordé que tenemos mucho que hacer esta noche, insistieron en darse una vuelta por estas calles. Pero son casi las dos de la madrugada y tenemos todo el trabajo por delante. De modo que me puse a buscarles. Llevamos ya mucho retraso.
—Oye, tío, estás de suerte. A esta hora quedan muy pocos baretos abiertos. Fuese cualquier otro día lo tendríamos crudo, pero hoy no. No es una noche cualquiera. La mayoría de los pringaos prefieren estar en casa con sus familias.
—¡Cagüendiez! ¡Tienes razón, tronco! ¡Pan comido!
—Mira, moreno, vamos a ayudarte. Vente con nosotros y en menos de media hora nos habremos pasao por todos los chiringos que todavía no han cerrao. Aunque te advierto que no se pueen comparar con la taberna del Lolo.
—¡Quita! ¡Ni de lejos!
—Se lo agradeceré mucho, caballeros. No se imaginan ustedes la de disgustos y llantos que podrían llegar a producirse si no acabamos nuestro trabajo. Sería un auténtico desastre. No quiero ni pensarlo.
—Disculpa, tío. Si no es indiscreción, ¿se pue saber en que curráis vosotros a altas horas de la noche?
—Somos... podríamos decir que somos transportistas. Y hemos de hacer unas entregas.
—¡Oye, tío! ¿no será cosa de caballo o tripis, supongo? No nos gustaría na, pero na de na, que la pasma supiese que hemos andao conversando con gente de ese rollo... ni que les hemos ayudao.
—No se preocupen por ello, caballeros. Nuestra mercancía es totalmente legal. ¿Nos vamos?
—Venga ya. Comenzaremos por el Jhelum.
—Es un paqui de esos que no cierran nunca, ni el domingo, ni de noche, ni de madrugá ni la ostia. ¡La madre que los parió!
—Sirven bebidas muy fuertes, tronco. Paquis y también de la India. Y he oído decir que si les caes bien, tienen cierta mercancía secreta que traen desde Afganistán.
—¡No me digan! El Jhelum... Vamos allí inmediatamente. No me extrañaría que esa fuese una de las tascas preferidas por mis colegas.
—Mire, ahí lo tiene, tronco. El Jhelum. Entremos...
—¡Caramba! Esos dos grandotes que duermen la mona en aquel sofá... ¿no serán tus amigos?
—Lo son. ¡Dios mío! Vean la cantidad de vasos que hay en su mesa... y noto, por el olor, que le han dado a algo más que a los licores de la India y a las bebidas del Pakistán.
—Tiene razón el moreno. Aquí huele cosa fina... a hierba de la buena. Oye, tus amigos se lo han pasao pipa... ja,ja,ja... nunca mejor dicho. Disculpa la broma, tío. Aquí, en el suelo. Aquí están las boquillas.
—Supongo que el narguilé se lo han llevado dentro los paquis estos, al vernos llegar.
—Caballeros, escuchen, por favor. Es muy importante que mis colegas y yo hagamos nuestro trabajo esta noche. ¿Podría abusar de su amabilidad y pedirles que me ayuden a llevármelos de aquí?
—Joder con el negro... ¿cómo vamos a llevárnoslos, si no se aguantan de pie?
—Les voy a despertar. No es la primera vez que me toca sacarles de una como esta y sé que son incapaces de ir por sí solos a ninguna parte. Pero apoyándose en otras personas caminan lo suficiente para poder llevarles a donde queramos.
—Si usted lo dice... le ayudaremos. Despiérteles.
—Oye, tío, ¿no habrá que ir muy lejos?
—No. Al final de la calle por la que veníamos.
—Perdona, perdona, pero el final de esa calle no es un lugar muy recomendable. Está lleno de viejos hangares y fábricas abandonadas. Mal fario, tío. Dicen que de noche se ven luces por allí.
—Estos últimos días hemos estado de preparativos. Alguien nos habrá visto. Bien... ¡Arriba, arriba! ¡Vamos, en pie! Venga, ayúdenme. Así. Vamos. Por aquí, por aquí.
—¡Qué fuerte, tío! ¡Que ffffuerte!
—Tronco... ¿Tú has visto lo que yo he visto? ¡La madre que los parió! ¡Que cantidad de paquetes, de cajas, de bultos!
—¡Joder! ¿Y sus ayudantes, los operarios? ¿Los viste?
—Claro que los vi. Como te veo a ti ahora, tronco.
—¿Sabes que te digo?
—¿Qué?
—Esto ha de quedar aquí, entre nosotros. No se lo podemos contar a nadie.
—¡Pensarían que estamos locos! O que nos hemos hinchado a hierba barata.
—Pero... el caso es que ellos existen, tío. ¡No son un cuento!
—No, tronco. Al principio tuve mis dudas. Porque, ¡caramba! ¡es algo muy gordo!
—Muy gordo y muy ffffuerte, tío. ¿Sabes cuándo estuve yo seguro?
—¿Cuándo?
—Cuando vi los camellos, tío.