
El palacio del sol, gemelo de la Alhambra
I - Cada tarde y casi a la misma hora, se le veía. Siempre solo y siempre con el zurrón en forma de alforja o saco, a sus espaldas. Y caminaba lento subiendo primero por la pequeña laderilla, luego por el mismo filo de una loma en forma de almohada y después, bajando para el barranco del lado del sol de la mañana. Por aquí, entre los árboles y algunas rocas, siempre se perdía y, al rato, se le volvía a ver por la senda un poco más arriba. Seguía con su alforjas acuestas hasta que de nuevo se perdía por el barranco de la izquierda, por donde el sol de la tarde y la colina de la Alhambra.
Y los que lo veían, los que ya lo conocían de tantas veces verlo un día y otro, aunque nunca lo habían saludado directamente, siempre se preguntaban:
- ¿Quién será y qué será lo que cada tarde y cada día trae por aquí en su saco?
- Nadie, ni en el barrio del Albaicín ni en toda Granada, lo sabemos.
- Pero ¿a que parece que viene por aquí con su saco lleno de cosas y las esconde en algún rincón oculto y secreto?
- Parece eso pero ¿qué será lo que esconde y en qué sitio de este cerro?
- Tampoco nadie lo sabe y por eso, nada más ver su figura, intriga y desprende tanto misterio.
- Un día de estos, vamos a esperarlo por la senda esa del barranco, lo paramos y le preguntamos. Así salimos de dudas y aclaramos los secretos.
La loma, el cerro, el barranco y la laderilla por donde cada tarde se le veía, era por donde se encuentra la zona montañosa del Cerro del Sol. Un poco a la derecha, lado de Sierra Nevada y por eso frente por completo al sol de la mañana. A la izquierda, según él iba caminando por la senda, siguiendo la cuerda de la loma, se veía la recia figura de un palacio. Dar al-Arusa era su nombre y a la izquierda pero a los pies de la loma, se abría el barranco lleno de cuevas, un camino, árboles y jardines y la gran acequia que llevaba agua a los jardines y palacio de los Alixares. Por el lado de la puesta del sol, quedaban los jardines que se extendían hacia la muralla que protege a todo el conjunto de la Alhambra. Y para el lado norte, se abría la ancha umbría del Generalife y el hondo valle del río Darro. Por todo esto, el fantástico escenario que él cada tarde recorría lo enmarcaba e incluía en un mundo realmente bello y misterioso.
Y una tarde de otoño, después de varios días de lluvia, lo vieron aparecer por la sendilla de siempre. De las altas sierras bajaba aquella tarde un rebaño de ovejas en busca de las tierras del valle del río Genil. Y al cruzar, este rebaño por la ladera que él recorría, las ovejas casi lo rodearon. Y se vio, en ese momento, que la tierra y muchas piedras, caían rodando ladera abajo movida por las patas de los animales. Salió el sol por entre las nubes que se abrieron en el cielo y un haz de rayos muy luminosos y color fuego, incidió con fuerza en una zona de la ladera. Se vio como si la tierra que rodaba, dejara a al descubierto una estrecha puerta. Salió un intenso brillo de esta puerta y el hombre del saco, caminó un poco más. Se situó por el lado de arriba, no muy lejos de las paredes del gran palacio en lo más elevado del cerro y aquí se paró. Miró de frente al sol que al fondo y muy lejos se ponía, descolgó su saco de las espaldas, lo puso en el suelo, lo abrió frente al haz de rayos luminosos, hizo una señal y, como por arte de magia, todos los rayos luminosos se metieron dentro del saco. Formando antes como una bola dorada, semejante a un sol pequeño. Cerró luego el saco, cargó con él, todo ahora convertido como en un gran trozo de sol, caminó un poco y por la pequeña puerta que las patas de las ovejas habían dejado al descubierto, entró. Se perdió al instante y también al instante desaparecieron los rayos luminosos y los colores de la puesta del sol.
Los que lo estaban observando con la intención de averiguar quién era y qué era lo que por aquí cada tarde hacía, se miraron entre sí y dijeron:
- Parece como si hubiera metido en su saco toda la luz de la puerta del sol y se la hubiera llevado con él.
- ¿Pero a dónde se la ha llevado?
- Subamos aprisa y averigüemos a dónde lleva la puerta por donde lo hemos visto desaparecer.
Corrieron ladera arriba. Ya el rebaño de ovejas había dejado la ladera y se desparramaba por la parte llana hacia Granada. Por eso ellos avanzaron rápido en busca del punto luminoso casi en lo alto de la loma. Pero cuando llegaron al lugar nada vieron. Solo unas veredillas con la tierra suelta por el paso de las ovejas y al fondo y muy lejos, la ancha Vega de Granada por donde el sol se ponía.
Confundidos se miraron entre sí y comentaron:
- ¡Qué extraño es todo esto! Se ha llevado la luz del sol con él y se ha perdido en las entrañas de este cerro.
- ¿No será que todo este cerro está hueco y en sus entrañas se encuentra un palacio más grande y bello que la Alhambra?
- Es lo que yo estoy pensando. Y la única manera de saberlo es ponerse y averiguarlo.
II - Cuando a mí me contaron esta historia, cierto que me quedé intrigado. Pregunté:
- ¿Y se sabe si aquellos hombres descubrieron lo que se habían propuesto?
- Nadie sabe si lo descubrieron o no. Pero sí es cierto que muchos, muchos años después, en las montañas del Cerro del Sol, hicieron excavaciones. Como en muchos otros sitios en la colina de la Alhambra y alrededores.
- ¿Y han encontrado algo relacionado con el Palacio del Sol?
- Que se sepa, hasta hoy, nadie ha encontrado nada. Sí desapareció el gran palacio de Dar Al-arusa, los jardines que lo rodeaban, las murallas y torres y las acequias. Y todos esos paisajes, hoy están sembrados de pinos, olivos y bosques por la larga umbría del Generalife. Puedes verlo, con solo darte una vuelta por ahí y recorrer las sendas.
Y claro que me di y sigo dando no una vuelta por esos sitos sino muchas y siempre por las tardes. Procurando encontrarme con las mejores puestas de sol y con el deseo de hallar alguna señal o indicio del hombre del saco. He recorrido despacio todo por donde la Silla del Moro, por donde los cimientos del palacio Dar Al-arusa, los llanos de los olivos, por donde las albercas y acequias y también el barranco de las cuevas y los sitios por donde iban y venían los rebaños de ovejas. También he hablado con muchos y he leído libros y documentos. Y por ningún lado, hasta hoy, nada he encontrado que haga referencia al hombre del saco y al Palacio del Sol.
Sin embargo, quizás de tanto pensar en esto y tanto y tanto buscarlo por un lado y otro, bastantes veces lo he soñado. Y entre esos sueños míos, siempre hermosos y por completo llenos de luz y dulcemente bellos, voy a escoger ahora uno que tuve no hace mucho tiempo. Fue una serena noche de otoño, después de dos o tres días de lluvia y ya con la hierbecilla brotada por los campos. Hacía frío porque en las cumbres de Sierra Nevada ya las nieves habían caído y por eso me acurruqué en las mantas. Y al poco de quedarme dormido, con mis pensamientos puestos en cerro y Palacio del Sol, vi un maravilloso paisaje. Por donde el Cerro del Sol pero en las entrañas de los montes. Y el paisaje era extenso, muy extenso, todo lleno de grandes rocas blancas y tupidos bosques. Iluminado intensamente desde el lado del sol de la mañana y surcado por cientos de arroyos y ríos de agua muy clara. Me sentí a mi mismo caminando por este paisaje, como guiado por alguien muy sabio y poderoso, bueno como el mejor y bello como una fantasía mágica. Y me fue llevando de arroyo en arroyo, por las mil cascadas, los charcos remansados y las transparentes del agua. Y cuando nos parábamos frente a los charcos azules profundos, en todo momento le preguntaba:
- ¿Hay otro charco o río más bello que éste?
Siempre me respondía:
- Camina un poco y mira despacio verás como encuentras otro charco o río aun mucho más bello.
Le hacía caso y al instante quedaba convencido. Porque el manantial que antes mí aparecía triplicaba en belleza al último que había visto. Por eso le volvía a preguntar:
- Pero esta belleza, luz y transparencia, en algún punto debe tener límite.
- No lo tiene. Todo cuanto por aquí vayas descubriendo, siempre es más, millones de veces más que lo último que acabas de ver.
- No lo entiendo.
- Y es natural. Todo lo que por aquí existe pertenece al mundo de las sensaciones, de los sueños, de los sentimientos. Nada puede ser explicado con la razón.
Y siguió llevándome como de la mano hacia el lado del sol de la mañana hasta situarnos por completo frente a una gigantesca cascada. Pregunté:
- ¿De dónde viene y a dónde va toda esta agua?
- No viene ni va. Siempre está aquí presente para dar la vida y decorar a los paisajes que a un lado y otro tenemos.
- ¿Pero ningún río de estos riega con sus aguas a ningún palacio?
- Si y no.
- ¿Y eso?
- Ven por aquí y lo ves.
De nuevo me dejo guiar y, como si camináramos sobre el viento, rodeamos la gran cascada, siempre dirección a Sierra Nevada. Nos paramos por el lado de arriba y al instante vi al frente un enorme edificio de belleza fantástica. De piedra todo y en mármol de mil colores. Y en la puerta, sobre unas anchas escalinatas, vi a una mujer sentada y a su lado, una bellísima niña. Pregunto:
- ¿Qué palacio es éste y quien es ella?
- Es parte del Palacio del Sol y ella es la reina con su hija la princesa.
- ¿Cómo que parte del Palacio del Sol?
- Tienes que verlo para entenderlo. Ven por aquí y te lo enseño.
Me condujo por el lado de arriba, siempre dirección al sol de la mañana y al coronar una loma, vi las ruinas y, entre ellas, algunos hombres excavando. Comenté:
- Es como si lo más grandioso de este palacio alguien o algo lo hubiera roto y esos hombres que veo por aquí, parece como si lo estuvieran reconstruyendo.
- Es así.
- ¿Pero por qué y qué es lo que buscan tan concentrados?
- Buscan las joyas y la historia del pasado pero ni una cosa ni otra, encontrarán.
- ¿Y eso?
- El Palacio del Sol y el mundo donde se alzó y estuvo eternamente, pertenece a la región de los sueños. Es cierto que existe y casi a los pies de la Alhambra pero nunca nadie podrá encontrarlo.
- ¿Por qué no?
- Porque todos lo buscan en forma de materia, semejante a lo que conocen y ven en la Alhambra.
- ¿Y no es así?
- Ni mucho menos.
- Explícame para que entienda.
Y frente a las ruinas de una de las puertas del gran palacio, no muy lejos de la bellísima cascada, a los pies de los mil ríos, con la luz desde el lado de la mañana y el espectáculo de la nieve sobre Sierra Nevada, habló una vez más y me dijo:
- Es cierto que el Palacio del Sol es el gemelo de la Alhambra. Pero aquello son piedras, tierra y murallas de tierra roja y rocas y esto, el fantástico Palacio del Sol, es el alma. Pertenece al mundo de los sueños, sensaciones, sentimientos. Y por eso nunca nadie podrá entenderlo. Solo alguien como tú, puede en algún momento, verlos en sus sueños.
Y justo el momento me desperté en mi cama. Abrí mis ojos, miré por la ventana y vi que ya salía el sol. Estaba el cielo limpio de nubes y el amanecer era bello, muy bello. Durante unos minutos, medité tal como estaba en acostado y luego me dije: “Será sueño todo lo que acabo de ver y oír pero yo creo que, de alguna forma y en algún lugar, todo esto tiene que existir. Estoy seguro de ello”.