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romi
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Los dos monederos

2 de Noviembre de 2011 a las 18:19

Bubok

Los dos monederos

            Los reyes de la Alhambra y también los generales y nobles, muchas veces le habían ofrecido una casa cerca de los palacios. Le decían:

- Para que vivas no lejos de nosotros al fin de que nuestros hijos puedan aprender de ti todo lo que sabes. Nos interesan muchos tus conocimientos de filosofía y música y nos agrada que enseñes con orgullo estas disciplinas.

Pero él siempre les respondía:

- Yo quiero tener una vivienda en un lugar abierto, cerca de las aguas del río Genil, con amplias vistas a Sierra Nevada, a las tierras llanas por donde se aleja el río y frente a la salida del sol cada mañana. Para mí no hay fortuna más grande que ser libre y estar rodeado del rumor de las aguas, del aire con olor a romero y de árboles que se mecen al viento.

- Pues como quieras. Pero tus conocimientos y persona queremos que lo pongas al servicio de nuestros hijos.

Le decían los reyes, generales y nobles.

            Por estas circunstancias el hombre se hizo una bonita casa cerca de las aguas del río Genil. A la derecha de lo que es hoy el Barranco del Abogado y no lejos de lo que fueron las Huertas Reales de la Alhambra. Aprovechando una pequeña acequia que por ahí mismo conducía el agua. Y, todas las tierras cercanas, las sembró de árboles, jardines, trazó pequeñas huertas y diseñó praderas. Le dijo a los reyes y nobles de la Alhambra:

- Vuestros hijos pueden venir a mi morada cuando quieran que yo les enseñaré la filosofía que necesiten y la música necesaria para la vida.

- Sobre todo, la música. Nos interesa mucho que nuestros hijos aprendan la música que tú, a tantos enseñas. Y sí que estamos contentos porque creemos que es una manera muy hermosa de transmitir a nuestros hijos tus conocimientos. La filosofía y la música por ningún sitio encontrarán nunca mejor escenario y compañía para ser difundida que la libertad y belleza de los paisajes que se ven y rodean tu casa.

            Y a partir de aquel momento, cada mañana y tarde, en los días de primavera, verano y otoño, los príncipes y princesas de la Alhambra, acudían al pequeño edén del profesor de la música. Los recibía siempre, los acomodaba entre los jardines, a orillas del río, sobre las alfombras de hierba, se sentaba y allí mismo impartía sus clases. Siempre al aire libre, siempre arropado por el rumor de las aguas y siempre con las mejores vistas de Sierra Nevada, al frente de ellos. Y su hijo, un joven de unos doce años, siempre se mezclaba con los demás alumnos y aprendía de su padre lo que él enseñaba. Por eso se hizo amigo de los demás jóvenes de la Alhambra y por eso compartía con ellos sus ilusiones y juegos. No tenía madre porque, al poco de nacer, la mujer se marchó nadie sabía a donde y por eso había crecido siempre bajo la tutela y cuidado del padre.

            Y ocurrió que un día, el padre impartió sus clases de música junto a las orillas de río, bajo unos árboles y donde la hierba tapizaba espesa y fresca. Asistieron los príncipes y princesas y el hijo del maestro. Y un príncipe, el más rico de todos los príncipes de la Alhambra y gran amigo del hijo, se sentó sobre la hierba, cerca de unas piedras. Llevaba en su bolsillo dos pequeños monederos de cuero donde guardaba, en uno, varias monedas de oro y, en el otro, joyas y piedras preciosas. Estaba juntando estos tesoros para regalárselos a su princesa y para que nadie se los quitara, los guardaba en los monederos que siempre llevaban consigo. Pero aquel día, al sentarse sobre la hierba, sin que él se diera cuenta, los monederos se la cayeron de los bolsillos. Los vio el hijo del maestro y no dijo nada. Esperó a que terminara la clase y cuando los príncipes se retiraron, el joven se acercó por el lugar, cogió los dos monederos y se los guardó.

            Pero tuvo la mala suerte que en ese momento, el príncipe echó de menos sus monederos. Miró para el sitio donde había estado sentado y descubrió que el hijo del maestro recogía los monederos del suelo y se los guardaba en los bolsillos. Enseguida el príncipe se acercó al joven y le dijo:

- Esos monederos son míos, dámelos.

- ¿Qué monederos?

Preguntó indiferente el joven. El príncipe le dijo:

- He visto como los has recogido del suelo y por eso sé que los tienes en tus bolsillos.

Se defendió el joven muy enfadado y la discusión llegó hasta los oídos del padre que, un poco más arriba entre las plantas del jardín, charlaba con otros príncipes. Dejó esta reunión, bajó aprisa por la ladera, se acercó al príncipe que discutía con su hijo y le preguntó:

- ¿Qué os está pasando?

Y el príncipe, muy alterado, explicó al padre lo ocurrido. Al final éste dijo:

- Su hijo, señor, quiere quedarse con los tesoros que no le pertenecen y eso no me gusta.

Se defendió el hijo diciendo:

- Yo no tengo tus monederos y por eso no te permito que me acuses de ladrón.

            Se acercó el padre al hijo, lo tomó por el brazo, lo llevó un poco a parte y amablemente le dijo:

- Apropiarse de lo ajeno o robar las cosas a los demás, no es bueno. El que roba podrá sentirse bien pero el que ha sido robado, quedará empobrecido, humillado y con heridas. Y el que roba, pierde su dignidad como persona, se le endurece el corazón y se convierte en carroñero que poco a poco vivirá a costa de quitarle la vida a las personas. Devuélvele a tu amigo los monederos, pídele perdón y ya verás como te sientes bien y eres libre antes los demás.

Se acercó el hijo al príncipe, sacó de su bolsillo los dos monederos y se los alargó en la mano diciendo:

- Te pido perdón y te ruego que aceptes lo que es tuyo.

Cogió el príncipe sus monederos, disculpó al joven, se reunió con sus amigos y, al llagar a los palacios de la Alhambra, contó a sus padres lo sucedido.

               Los reyes, al día siguiente, llamaron al padre y le dijeron:  

- Además de filósofo muy sabio y músico excelente, eres un hombre bueno y un gran padre. Y tu hijo, noble y cabal como tú. Estamos contentos de que eduques a nuestros hijos y por eso, a partir de ahora, todo lo que necesites, tanto para ti como para tu hijo, pídenoslo que te lo concederemos.

Agradeció el padre la generosidad y bondad de los reyes y luego, ya a solas en su edén junto al río, habló con su hijo y le dijo:

- ¿Ves, hijo mío? Ni con todas las riquezas del mundo podríamos comprar nosotros la dicha y felicidad que hoy el rey nos ha regalado con sus palabras. Porque nada se puede comparar al gozo de sentirnos limpios por dentro y nobles y justos antes los demás.  

   
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