
Mientras llegan las lluvias de otoño
Cada momento tiene su historia y cada historia tiene su interés. Ya viste tú, Sinombre, lo que pasó ayer por la tarde en este Prado de Otoño. Esperamos la lluvia para que con propiedad podamos decir que es otoño en serio y las lluvias no llegan. Ni siquiera nubes aparecen en el cielo y esto ya no es normal. Tanto tiempo sin llover y tantos días de verano no es bueno ni tiene buena pinta.
Estábamos ayer en lo nuestro y nos fuimos a la alberca. Donde se remansa el agua que brota en el manantial para regar las tierras y abastecer al cortijo del Prado de la Viña. Al llegar a la alberca se nos llenó el corazón de luz. Estaban allí los patos dueños de toda el agua y disfrutando de la abundancia. Al vernos se echaron al estanque y con su alegría y elegancia se hacían dueños de la belleza. Como si temieran que tú fueras a beberte toda el agua que les pertenece. Son ellos muy suyos y como te ven tan grandote creen que te los puedes tragar hasta con plumas y todo. En seguida comprendieron que nada de esto ocurrió. Solo queríamos estar un rato junto a ellos viéndolos nadar y en su libertad. A veces no hace falta más en la vida.
La niña jugaba un poco más arriba de la alberca. Por entre los álamos y los cerezos y te miraba. ¿Qué quería ella? Quizá jugar contigo o quizá solo ver qué hacías. Y como vimos que era tan dulce, arropada por el silencio y decorada con su juego, nos apartamos de la alberca y nos íbamos a su lado. ¿No sentías tú como si desde el corazón nos estuviera llamando? El muchacho subía con sus cabras y al pasar por entre los álamos se paró. Para que los animales comieran un poco en ese pastizal tan grande que hay ahí. ¡Y con qué placer las cabras del muchacho comían el pasto y se llenaban la barriga! Con qué satisfacción el muchacho miraba a sus animales disfrutando de tan buen alimento.
Pero llegó el dueño de las tierras, el que dentro de unos meses levantará por ahí bloques de pisos, y con mal genio le dijo al muchacho:
- Te voy a denunciar ahora mismo.
Lo miró el chiquillo y quiso decirle que sus cabras no estaban haciendo ningún daño pero no pudo.
- No te cansas de traer a tus cabras a estas tierras y ya estoy harto. Mientras no te denuncie no escarmentarás.
El pobre muchacho siguió en silencio y se fue para el prado a llevarse sus cabras. ¡Qué mal se sentía él! Lo había humillado el hombre que dentro de unos meses construirá por aquí pisos. ¡Que corazón más malo tiene este hombre! Quisimos salir en defensa del muchacho pero hicimos bien en no hacerlo. Hay cosas en la vida que no tienen fácil arreglo. Nos fuimos con la niña y luego invitamos al muchacho para que se viniera a jugar con nosotros.
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