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En clase Mi profesor de ciencias se llamaba Mathew Stillson. Tenía dos hijos de tres y siete años y vivía en la misma urbanización que yo. Aquel día, cuando entré en clase, tardó un par de segundos en venir hacia mí. Le disparé cinco veces. Mientras caía, recordé cómo me aprobó el año pasado para que pudiera pasar de curso. Su sangre salpicó las paredes y la pizarra y todos los papeles que tenía en su mesa. Alguien gritó. Otros se le unieron. Hubo ruido de pupitres arrastrándose y sillas cayendo. Giré mi brazo y seguí disparando. Apenas conocía a la mitad.
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Ilusión - Mi profesor de ciencias dijo que yo servía para eso, que debería seguir estudiando. - Ay, hija, ya veremos qué dice tu padre. Tus hermanos van primero y, tal como estamos, no creo que haya dinero para pagarte una carrera. - Pero yo quiero... - Venga, que tu padre va a llegar cansado, ve poniendo la mesa. Después de comer, la chica se acostó a leer aquella biografía de Marie Curie que encontró en la biblioteca. Con ella en la mano se quedó dormida. Soñó entonces que construía un puente muy largo, tanto que le llevaría lejos del pueblo y de su casa.
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Clase práctica Mi profesor de ciencias naturales estaba frente a nosotros friéndonos a preguntas: “¿Por dónde empezaríais a comer?, ¿sabréis encontrar los ojos y la lengua?, ¿dónde encontraréis partes blandas?” y a su espalda, llenando el aire de un irresistible aroma, el cadáver. Afortunadamente no tardó en callarse y, contrayéndose y estirándose, se apartó a un lado.
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MI PROFE Mi profesor de Ciencias era el más popular del Instituto, sus clases siempre estaban concurridas. Mientras él seguía explicándonos con su voz profunda y seductora, nosotras le mirábamos arrobadas pensando más en lo bueno que estaba que en lo que pretendía enseñarnos. Aquel jueves me pidió que le esperara al acabar la clase, quería hablar conmigo. El lunes a la mañana, mientras nos planteaba una pregunta de examen, vino la policía y se lo llevó. Al parecer le acusaron de corrupción de menores.
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No despiertes tormentas. Mi profesor de ciencias cayó fulminado por el rayo. Oí como a mi compañera de pupitre se le paraba el corazón. Al chico sentado delante de mí se le pusieron los pelos de punta. Todo empezó a moverse alrededor del cuerpo del profesor, mi silla se levantó del suelo, y las de todos mis compañeros se unieron en aquel baile infernal. Sentía que el tornado me llevaba dentro de él. No debí permitir que se realizara aquel experimento llamándome Dorothy Gale. Ya me veía, arrastrada, a las entrañas del vehículo que me llevaba de nuevo al mundo de Oz.
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Hormonas adolescentes Mi profesor de ciencias no tenía vello, ni barba ni nuez. Siempre llevaba un traje demasiado holgado para su silueta y siempre pensé que ocultaba unos buenos pechos. Cuando se giraba para escribir en la pizarra le miraba fijamente el trasero y estaba seguro que tras aquellos pantalones de pana había un culo bien torneado. Sus pies más bien pequeños y sus manos poco rudas hacían volar mi imaginación. No pude evitar en más de una ocasión, después de una de sus clases magistrales, ir al baño y desahogarme pensando en mi profesor de ciencias.
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Anatomía Mi profesor de ciencias tiene el pelo escarolado, los ojos aceitunados y la nariz de plátano. Los dedos de sus manos son zanahorias arrugadas y su miembro un nabo. Además, sus piernas son, de rodillas para abajo, tan delgadas como el tronco de un árbol recién plantado.
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¿Hormonas? —Mi profesor de ciencias. —¿El señor López? —No, tía. Ese es el de naturales. Me refiero a Carlos, el encargado del módulo de sociales. —Ahora lo entiendo. Me extrañaba que el señor López te hubiese regalado ese colgante. ¿Sabes que te digo? Yo no me fiaría un pelo del profe de sociales... —No te preocupes. Supongo que el regalo es por habérmelo tirado ya un par de veces. —Joder, tía. ¡No tienes remedio! —¡Son mis hormonas, tía! Mientras me quede un profe joven por catar no pararé. —Ya. Y por un aprobado, aunque sea viejo. —Pues sí, tía.
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