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romi
Mensajes: 678
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008

LA CUAVA DE LOS DIAMANTES // III- La casa maldita del río Darro

25 de Agosto de 2011 a las 17:49

Bubok

La casa maldita del río Darro

Lo importante no es que pasado el tiempo

se mantenga viva nuestra memoria

sino que nos recuerde la historia y las personas

por nuestros nobles hechos.

            III - En tiempos lejanos, un hombre rico se construyó una casa junto a las aguas del río Darro. En las tierras llanas, a la altura de las laderas del Generalife, por encima del último puente de piedra, frente a las laderas por donde hoy se extiende el barrio del Sacromonte y cerca de donde manaba una copiosa fuente. Pasados los años este manantial fue bautizado con el nombre de Fuente del Avellano. Y como en aquellos tiempos y un hoy en día estas tierras llanas del río Darro eran muy fértiles, donde el hombre rico se construyó su casa, había muchos pequeños huertos. Casi todos de personas pobres que vivían por donde hoy se extiende el barrio del Albaicín y las cuevas de las laderas a un lado y otro. Por eso, cuando el hombre rico comenzó a programar la construcción de su casa, a todos los que tenían tierrecillas por ahí, les dijo:

- Ya podéis ir arrancando las hortalizas, flores y árboles de vuestras míseras huertas.

- ¿Y eso por qué?

Le preguntaron los pobres al hombre rico.

- Porque necesito estas tierras para la cimentación de mi casa y para los jardines y paseos con lo que voy a decorarla.

 - Pero señor ¿tan grande va a ser su mansión?

- Mi morada, el sueño de mi vida y donde voy a invertir gran parte de mi fortuna, será todo lo grande que yo quiera y no permitiré que ninguno de vosotros dificulte este proyecto. Y si tú, tus amigos y vecinos me empezáis a poner pegas, arrancaré yo mismo las hortalizas, flores y árboles que hay en vuestros huertos.

- ¿Usted sería capaz de hacer eso?

            Y el hombre rico, muy enfadado porque todos los que le conocían sabían que era soberbio, engreído y muy caprichoso, le seguía diciendo a los hombres pobres:

- Yo no, desde luego ni con mis propias manos sino los esclavos que tengo a mi servicio. A ellos les daré órdenes y, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecerán todos vuestros huertos.

Y las personas pobres se llenaron de miedo. Mucho sabían que el hombre rico era también muy violento y no mostraba compasión ningunas con las personas humildes. Todo lo que se le ocurría lo llevaba a cabo, costará lo que costará en dinero y sacrificio e incluso, vidas humanas. Para él las leyes no existían y el amor y respeto para con los demás, nunca había tenido raíces en su corazón. Por eso, las personas pobres dueños de los huertecillos de las tierras llanas del río Darro, se dijeron entre sí:

- Aunque no queramos tendremos que hacer caso a lo que nos está pidiendo.

- Pero ¿con lo que a mí me ha costado conseguir estas tierrecillas?

- Y las mías, que son herencia de mis antes pasados y ellos la recibieron de otros familiares aún más lejanos.

- Y fijaros en qué momento más crítico quiere destruir nuestros huertos. Yo ya tengo sembradas e incluso muy crecidas las matas de tomates, las lechugas, las berenjenas, los calabacines, los pimientos…

- Pues lo mismo que yo y todos los demás. Y hasta las higueras y los granados están ya repletos de frutos. Y en mi casa, estamos esperando que maduren algunas de estas hortalizas y frutos para comer algo bueno y fresco.

- Desde luego que es un crimen lo que este hombre quiere hacer con nosotros y, a esto, no hay derecho.

- Pero no tenemos otra salida digamos y hagamos lo que hagamos.

- ¿Y sí le enseñamos las escrituras de nuestras tierras?

- Podríamos reunirnos y hacer eso pero ¿creéis vosotros que servirá de algo?

            Y los hombres pobres, acorralados y sin encontrar ninguna salida a sus problemas, primero se reunieron entre sí para hablar de estos asuntos. Luego, intentaron organizarse para ir al rey a pedirle ayuda. Pero, como el hombre rico era amigo del rey y de otras personas poderosas, nada consiguieron. En poco tiempo, los esclavos que trabajaban a las órdenes del hombre rico, dieron comienzo a la destrucción de los huertos de las personas pobres. Empezaron por los que estaban más cerca de donde el hombre rico había decidido levantar su palacio, siguieron por los que estaban un poco más retirados y cuando llegaron a los huertos más lejanos, el hombre rico dijo a los dueños de estas tierras:

- Sí alguno de vosotros quiere conservar la posesión de su huerto, ha de ser con una condición.

Y los que tenían estos huertos un poco más lejos de la construcción de su fantástica casa, preguntaron:

- ¿Cuál es las condición para poder salvar nuestros huertos?

- Solo a los que tenéis las tierras más lejos de mi casa, os convoco a una reunión dentro de tres días.

- ¿Para qué esta reunión?

- Para explicaros la condición que os he dicho y para anunciaros las ventajas que tendréis si hacéis caso a lo que os estoy pidiendo.

Y los hombres pobres dijeron:

- Pues asistiremos a esa reunión porque, de todos modos, ninguna otra salida tenemos. Pero ¿dónde nos reuniremos?

- En la orilla del río, junto al gran charco azul.

            Estos hombres pobres estuvieron de acuerdo porque se dieron cuenta que podrían salir mejor parados que sus compañeros, los de los huertos más cercanos a donde se alzaba la fantástica morada. A todos los que tenían huertos por aquí, el hombre rico no solo se los había quitado sino que les arrancó sus hortalizas y árboles frutales y, para que escarmentaran y desistieran de su hostilidad, los tomó como esclavo para la construcción de la casa. Nada podían hacer porque a nadie conocían ellos ni tampoco esperaban nada del rey que era un buen amigo del hombre rico. Y, a los pocos días de la destrucción de los huertos, dieron comienzo las obras de la casa. Una mañana de primavera, con un grupo grande de esclavos traídos de lejos y también con bastantes de los hombres pobres que se habían quedado sin huertos. Y aquella mañana primaveral, el hombre rico estaba presente en el momento de comenzar las obras de los cimientos de su casa.

            Un poco retirado de los esclavos que ya cavaban abriendo zanjas y allanando el terreno y en compañía de varios de los arquitectos, el hombre rico miraba y a los que le acompañaba les decía:

- ¡Fijaros qué maravilla! Cientos de esclavos a mis órdenes y por fin, construyéndome lo que he soñado a largo de toda mi vida.

Y los arquitectos le contestaban:

- Sí que es una gran maravilla, señor.

- Así es como hay que tratar a los pobres, a los que no tienen cultura y solo portan miseria. No sirven para otra cosa y, además, para que no se crezcan y se enfrenten a los que tenemos las riquezas y el poder.

- Tiene usted razón, señor.

Seguían diciéndole los arquitectos. Y el hombre rico aclaró:

- Y vosotros, los encargados de los planos y de supervisar la buena marcha de esta obra, cumplid bien con vuestro trabajo. Que los esclavos suden la gota gorda y que la casa de mis sueños, se alce majestuosa, grande como ya os he dicho y, aunque no muy lujosa, sí bella y recia.

Y de nuevo los arquitectos respondieron:

- Esté usted tranquilo, señor, que haremos las cosas tal como nos ha pedido. Todo saldrá perfecto.

- Más vale que sea así para bien de unos y otros.

            Y en poco tiempo los esclavos abrieron los cimientos de la gran casa, unos días después, ya levantaban las paredes y las columnas y, en menos de un mes, en la gran casa se veía la fachada, las ventanas, las puertas, las escaleras… Y según corrían los días de aquella primavera, a la casa se le fue observando alzarse hermosa y robusta, tanto que empezó a verse desde muchos sitios cercanos del barrio del Albaicín, laderas del Sacromonte, torres y murallas de la Alhambra y otros lugares cercanos. Y los que trabajaban en las obras, casi todos hombres pobres que habían sido despojados y arrancados de sus cosas y tierras, humillados, llenos de heridas las manos, bañados de sudor y sufrimientos, esclavizados por el hombre rico, decían:

- Nos ha dejado arruinados, nos ha quitado la libertad y a cambio de nuestro trabajo y sudor solo un trozo de pan, agua y desprecios, nos da.

- No tenemos otra alternativa.

- Pues yo creo que sí la tenemos.

- ¿En qué estás pensando?

- En unirnos todos y un día de los que venga por aquí, plantarle cara, pidiéndole que nos devuelva las tierras de nuestros huertos y nuestra libertad y dignidad.

- ¿Y si se toma la justicia por su cuenta y arremete contra nosotros?

- Eso puede suceder pero tendremos que arriesgarnos.

            Y mientras esto ocurría y se comentaba entre los hombres pobres que levantaban la casa, el hombre rico, organizó la reunión con los dueños de los huertos algo más lejos. Y una tarde de primavera, cerca de las aguas del río, a la derecha de las ya robustas paredes de su casa, se encontró con ellos. Y nada más estar en su presencia, les dijo:

- Conservaréis las tierras de vuestros huertos si cumplí lo que os voy a pedir.

- ¿Y qué nos va a pedir usted?

- Poca cosa para vosotros y para mí, algo muy importante.

- Pues hable que le escuchamos.

- Se trata de lo siguiente: como el cierto que ya tenéis sembrado muchas cosas y ahora estamos en un momento bueno para las hortalizas, os voy a pedir que no las arranquéis. Algunas de las plantas que tenéis en vuestros huertos podrán salvaros para siempre.

- Pues explíquenos como puede ser eso.

- Algunos quizás sepáis que a mí me gustan mucho los pepinos. Lo que más me gusta en este mundo aparte de esta casa que me estoy construyendo aquí mismo y las ricas chuletas de corderos criados en estas cercanas montañas.

- Sabemos algo de esto pero ¿a dónde nos llevan?

            Después de unos segundos en silencio el hombre rico aclaró:

- Os llevó a lo siguiente: aquel de vosotros que me presente en el pepino más hermoso, tierno y sabroso cultivado en vuestras huertas, será por mí indultado. No le quitaré las tierras de su huerto y lo dejaré libre y además le proporcionaré un cargo muy importante en el cuidado de mi casa.

- ¿Y para qué quiere usted tan hermoso, tierno y sabroso pepino?

- Para compartirlo con mis amigos el día de la inauguración de mi casa. Y también para obtener buenas semillas al fin de sembrar luego y cultivar los mejores pepinos en vuestros huertos que yo desguataré con fruición en mis comidas, en compañía de mis amigos y para acompañar la mejor carne de cordero. No hay nada en el mundo más sabroso que un plato como éste.

Y cuando oyeron esto todos los reunidos, murmuraron muchas cosas en voz baja. Al verlo y oírlos el hombre rico, enfadado les dijo:

- Las cosas en voz alta y cara a cara. Y el que no esté de acuerdo con mi ofrecimiento, que lo diga ahora mismo y ya sabe lo que le espera.

- Es que señor, tenemos una pregunta.

- ¿Qué pregunta es?

- De todos los pepinos que criemos nosotros ¿cuántos serán los elegidos por usted?

- Por supuesto que solo uno.

- Y con los demás ¿qué pasará?

- Eso ya entra dentro de mis planes que solo os revelaré, si acaso, en su momento pero ya sabéis: no tenéis alternativa.

            La reunión se terminó. El hombre rico se fue a donde levantaban su casa y se puso a conversar con los arquitectos. Los hombres pobres, después de un rato comentando cosas entre ellos, se fueron desperdigando por aquí y por allá. Cabizbajos ellos y todos meditando la proposición que le había hecho el hombre rico. Se decían:

- Es una trampa para tener contra nosotros una escusa.

- Pero ¿qué hacemos?

Y aquel mismo día, al otro y a los que siguieron, se dedicaron a labrar con más esmero sus huertos de pepinos. Porque en el fondo de sus corazones todos sabían que el hombre rico iba a ser implacable con ellos, lo mismo que lo estaba siendo con los compañeros que ya habían perdido sus tierras.

            Y cuando un mes y medio después el hombre rico volvió a convocar otra reunión con los pobres del río Darro, les dijo:

- Dentro de unos días inauguró mi casa, necesito que se me entreguen esos hermosos pepinos buenos y sabrosos que os dije.

Algunos pobres comentaron:

- Señor, mi huerto de pepino no han dado mucho fruto y los pocos que tengo aún están creciendo.

- Eso a mí no me interesa nada. Ya os dejé las cosas claras. Mañana mismo a primera hora voy a pasar a visitar cada uno de los huertos para ver quien de vosotros cultiva en el mejor pepino. La reunión se ha terminado.

Y los hombres pobres, como ya sucediera en la reunión de las semanas atrás, se fueron retirando, tristes y cabizbajos. Preocupados todos por lo que sucediera al día siguiente.

            Y al día siguiente, en cuanto salió el sol, el hombre rico apareció por el lugar acompañado de sus arquitectos y algunas personas más. Se fueron por los caminillos y se pusieron a visitar cada uno de los huertos de los hombres pobres. Éstos los estaban esperando y, conforme iban llegando, lo saludaban y le decían:

- Mi muestra de pepinos está aquí.

Se fue acercando el hombre rico y cuanto vio el primer pepino dijo:

- Esto es una porquería, ni por asomo se parece al pepino que yo quiero.

Y dirigiéndose al mayordomo mayor le dijo: 

- Toma nota de esta huerta y escribe el nombre de su dueño.

Y lo mismo hizo en el siguiente huerto y en el de más arriba, el de la derecha y que estaba más cerca del río. Al final, después de casi dos horas recorriendo huertos y viendo matas de pepinos, dijo a los hombres pobres que se acercaran a él. Y allí mismo, no lejos de de la ya muy flamante casa, les dijo:

- Ninguno de vuestros pepinos vale un centavo. Así que todos quedan descalificados y vosotros, hortelanos de pacotilla, también quedáis desposeídos y esclavizados. Y cumpliré lo que os dije: me quedaré con las tierras de todos vuestros huertos y vosotros, a partir de ahora, soy mis esclavos. Nada más tengo que deciros.

Uno de los del grupo de los hombres pobres pidió la palabra y preguntó:

- Si usted lo ordena, señor, nosotros no diremos ni haremos lo contrario. Pero ¿podemos hacerle unas preguntas?

- Preguntarme lo que queráis pero aprisa que no tengo todo el día. ¿Qué deseáis saber?

- Si a usted no le importa ¿podría decirnos qué día se inaugura su casa?

- Mañana mismo al mediodía pero ninguno de vosotros estáis invitados porque ya sois mis esclavos.

- Eso lo sabemos pero queremos pedirle un favor.

- ¿Qué favor?

- Que nos deje nuestros huertos y libres hasta después de la inauguración de su casa.

- ¿Y eso para qué?

- Es una sorpresa que queremos darle para que no se olvide nunca de nosotros ni se enfade tanto con las personas. En el fondo, usted tiene un buen corazón pero…

Indignado, miró el hombre rico a los pobres y a punto estuvo de arremeter contra ellos. Sin embargo, se contuvo y dijo:

- Pues os concedo lo que me está pidiendo pero tener cuidado con lo que hacéis y habláis que ahora soy vuestro dueño.

            Y la improvisada reunión se terminó. Aquella misma noche, todos los hombres pobres de los huertos, se reunieron, llamaron también a sus amigos, ya esclavos del hombre rico y pusieron el marcha el plan que habían ideado. Todo transcurrió tranquilo a lo largo de la noche y al amanecer y durante la mañana. Sin embargo, muchas personas empezaron a llegar un poco antes del mediodía porque habían sido invitados para la fiesta de la inauguración. Los esclavos y hombres pobres de los huertos, trabajaban sin descanso en la preparación de la fiesta, hostigados por los mayordomos. Y comenzó la fiesta, en todos los salones de la casa, con la comida del mediodía. Al hombre rico se le veía pavoneándose de acá para allá y por entre sus amigos presumiendo de su casa, de sus muchos esclavos y de las tierras de los huertos arrebatados a los pobres. Y estaba la fiesta de la inauguración en todo su apogeo, cuando se empezaron a oír voces que decían:

- ¡Fuego, fuego, fuego!

            Los mayordomos empezaron a dar órdenes, los esclavos corrían, gritaban y los invitados pedían auxilio. Pero las llamas del fuego, como por arte de magia, en un abrir y cerrar de ojos, rodearon toda la gran casa. En poco tiempo, las puertas, ventanas, muebles y cortinas con paredes y tejado, se vinieron abajo. Y una hora después, toda la casa estaba convertida en un montón de escombros. Entre estos escombros ahora gritaban sepultados, algunos de los arquitectos, mayordomos, esclavos, los que habían sido invitados y también el hombre rico. Y la noticia del suceso fue tan impactante que ni siquiera los pocos amigos que, del hombre rico se habían salvado, se atrevieron ir al lugar de las ruinas de la casa.              

            Tampoco se atrevieron a aparecer por el sitio los amigos de los pobres ni los vecinos. Porque, a unos y a otros, el corazón se le encogió y el alma se les llenaba de miedo cada vez que pensaban en las ruinas de la casa del hombre rico y tantas personas entre los escombros muertos y sepultados. Sin embargo, uno de los hombres pobres de los huertos de los pepinos y su hijo, se quedaron vivos. Pocos meses después, se construyeron una cueva, cerca del río, en las laderas de la Alhambra. Y aunque, pasado el tiempo, este hombre y su hijo murieron, todavía muchas personas decían que lo veían, en las mañanas de primavera, sentados en la puerta de su cueva mirando para las tierras donde estuvo la casa y los huertos.

            Y con el correr del tiempo, el hombre rico y la Casa Maldita del río Darro, que es como empezaron a llamarle, sí que se ha borrado de la memoria de muchos. Solo algunos recuerdan todavía estos hechos pero como si no los recordaran. Porque los más sabios dijeron y aun siguen diciendo: “Lo importante no es que, cuando pase el tiempo los demás y la historia te recuerden. De nada sirve esto si tu comportamiento en vida no ha sido bueno. Lo importante es que, cuando pase el tiempo, los amigos y la historia siempre te recuerden por la bondad de tu corazón y los nobles comportamientos para con los demás y contigo mismo. Por eso al hombre rico de la Casa Maldita del río Darro, nadie quiere recordarlo y sin embargo, no pasa lo mismo con los hombres pobres de los huertos”.

Este relato continúa con el capítulo “IV- El Caballo blanco”

mameri
Mensajes: 1.462
Fecha de ingreso: 30 de Octubre de 2009
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  • 25 de Agosto de 2011 a las 18:24
Cuando no se deja una válvula de escape, la olla a presión termina estallando. Me ha gustado el relato; aunque se refiera a épocas pasadas, conserva toda su actualidad; o si no que les pregunten a los de Somalia. Los ricos les han robado las tierras y ahora se mueren de hambre.
romi
Mensajes: 678
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008
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  • 26 de Agosto de 2011 a las 22:29

Mameri, gracias por tu comentario y por leer este sencillo relato. Y claro que tienes razón: hay muchas cosas en esta vida que, aunque pase el tiempo, siempre están vigentes. Los humanos, aunque pasen los siglos, repetimos y repetimos siempre lo mismo. Así somos.

   
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