
Sueños de juventud
Con el nombre de Casa de la Parra, se le conocía en aquellos tiempos. Y aún hoy, algunas personas saben de este edificio y cuando se refieren a él, pronuncian el mismo nombre.
- ¡La Casa de la Parra! Qué bonito tuvo que ser aquello, por el sitio donde estaba levantada y la ubicación que tenía: no lejos del río Genil, entre las montañas y la Vega, frente a Sierra Nevada y desde donde mejor se ven todas las puestas de sol de Granada.
- Aunque de la existencia de esta casa ya hace tanto tiempo, que nadie vive ya para contarlo. ¿Tú sabes si por algún sitio hay documentos que hablen de ello?
- Yo solo sé cómo, en aquellos tiempos, la llamaban y que era el edificio predilecto de un grupo de príncipes y princesas de la Alhambra.
- ¿Y la leyenda que algunos todavía recuerdan?
La leyenda de la Casa de la Parra cuenta que:
La construyó una familia de reyes de aquellos tiempos para que en esta pequeña casa pasaran sus tardes y mañanas y fines de semanas, un grupo de príncipes y princesas. Y por eso precisamente la construyeron sobre un montículo. En las laderas donde hoy se extiende el barrio de realejo, dentro de las huertas reales. Por eso la casa era casi un pequeño palacio. Con sólo dos plantas, varias ventanas, de paredes blancas, con un par de salones en la entrada, también varias habitaciones y un pequeño pórtico en la entrada. Como un el mirador no muy elevado donde, a los lados, sembraron algunas parras. Cuando estas plantas crecieron las fueron sujetando con hierros y palos hasta formar como un techado. Un bonito emparrado en la misma puerta de la casa que en verano daba mucha sombra y era muy fresquito. Por eso a los príncipes y princesas de la Alhambra les gustaba tanto venirse a este recinto, en los calurosos días de los meses de julio y agosto. Para disfrutar de la sombra de la parra, mientras el día corría, acariciado por el fino vientecillo que a todas horas subía desde el río Genil y de la gran Vega de Granada. Y también a ellos le gustaba mucho venir a esta casa para disfrutar del agua en la alberca, a la derecha de la casa. Una alberca no en forma de piscina moderna de ahora sino algo rectangular y bastante profunda.
Y esta alberca, además de para refrescarse ellos cuando en verano se bañaban, servía para regar las tierras de las huertas reales. Desde la misma alberca, por el lado de debajo, salía una gran acequia. La principal era como la llamaban y como estaba construida a bastante altura en la latera, incluso unos metros más arriba de la casa, el agua de la acequia real, bajaba y corría con fuerza. Casi con la fuerza y el rumor de un riachuelo de montaña. Y más aún se asemejaba a un río, en el tramo de la cascada. Porque la acequia principal, a unos cincuentas metros más debajo de la alberca, se despeñaba por un inclinado talud. Al llegar aquí, las aguas se abrían en forma de un airoso abanico y por la pendiente de la torrentera, caían abiertas y dibujando una muy bella cascada. Y donde la cascada se derramaba, se formaba un bonito charco, azul transparente y profundo.
Por eso el grupo de príncipes y princesas, también muchas veces se venían al charco azul, que era como todos lo llamaban. Y en las aguas de este charco, en los calurosos días de verano, se bañaban, tomaban el sol, charlaban, contaban relatos, jugaban, reían y merendaban. Por la explanada cerca del charco, correteaban y en el césped de hierba verde, se recostaban mientras seguían disfrutando del sol, de silencio, del airecillo y de los inigualables olores de la huerta y jardines que por un lado y otro rodeaban.
No lejos de las huertas reales de la Alhambra, Casa de la Parra, alberca y acequia, en aquellos tiempos, también se alzaba un cortijo. Una vivienda mucho más rústica que la Casa de la Parra y que era usada por otras personas muy distintas: Un hombre algo mayor y un joven que aún no había cumplido los quince años. La construcción del cortijo era rectangular, con una sola planta, una sala con chimenea y una habitación. Dos ventanas tenía en el lado de la entrada, una pequeña que servía para iluminar la estancia de la chimenea y otra, algo más grande, que iluminaba y permitía la entrada de aire en la estancia de la habitación. En la misma puerta, esta sencilla construcción llamada cortijo, tenía clavadas dos grandes encinas. Dos hermosísimos árboles casi centenarios, de troncos negruzcos y gruesas ramas retorcidas que en otoño daban riquísimas bellotas. El joven y el hombre mayor, padre e hijo, todos los años recogían las bellotas de estas encinas y, en las frías noches de invierno, se las comían asadas en las ascuas de la lumbre mientras se daban compañía y se calentaban.
Y era en estos momentos cuando el padre, en algunas ocasiones, entablaba un rato de conversación con el hijo. Casi siempre era en el momento en que el hijo comentaba:
- Algún día, me marcharé de este cortijo y de estas tierras.
Al principio el padre lo escuchaba y callaba. Luego le decía:
- Sé que cada vez más, sueñas esto.
- ¿Acaso es malo?
- Todos los jóvenes del mundo, en todos los tiempos y en los que quedan por venir, tienen el mismo sueño.
- Es que es triste, aburrido y sin futuro, vivir siempre en el mismo sitio, sin compañía de otras personas, como siempre estamos nosotros y desconectados por completo de las realidades del mundo.
- Tienes razón en lo que dices porque sé que ahora mismo y a tu edad, éste es el gran sentimiento que cobija tu corazón. Pero debo decirte, aunque ahora no lo entiendas, que procedas siempre con inteligencia.
- ¿Por qué me dices eso?
- Más allá de este cortijo y de estas tierras que tanto cada día te hastían, no todo es alegría. El mundo y las personas, en todos los rincones del planeta, sueñan y desean lo mismo que tú en esta etapa de tu juventud.
- ¿Quieres decir que nadie es feliz en esta vida ni está contento ahí donde nace y con las cosas que le rodean?
- Tú lo has dicho. Las cosas han sido, son y serán siempre así. Nadie es feliz nunca del todo, ahí donde viví y con lo que posee. Y por esto, todos los humanos siempre sueñan viajar, irse lejos para conocer a otros y tener más oportunidades. Esta realidad es intrínseca en la condición humana. Y la verdad es que, estos Sueños de Juventud, son puro espejismo.
- Espejismo ¿por qué?
- Porque la verdad y realidad auténtica, nunca es como de joven se sueña.
- ¿Entonces?
- Vas a ir viéndolo poco a poco, según vayas viviendo y pase el tiempo.
Y a estas últimas palabras del padre, el joven callaba, sin estar convencido del todo. Porque siempre pensaba que era único en este mundo por la gran inquietud que en su corazón hervía.
En sus momentos de ensoñación, cuando iba por las montañas dando careo a las cabras, se sentaba a contempla las aguas saltando por el río y se decía: “Necesito irme de estas tierras porque quiero conocer a otras personas y hacerme amigo de ellas. Necesito comprarme otra ropa, comer otros alimentos, vivir la vida que tantos y tantos disfrutan en las ciudades con muchachas jóvenes. Necesito…” Y sus fantasías, impulsadas por la fuerza de su joven corazón, le llevaban a los lugares más lejanos y a vivir las situaciones más hermosas y placenteras. Quizás por esto, en bastantes ocasiones y cada vez con más frecuencia, se revelaba con el padre. Con las cosas que le ordenaba y con lo que cada día hacía y razonaba. Y esto se daba cada vez con más frecuencia, cuando iba por las montañas cuidando del rebaño de cabras. Sí el padre le decía:
- Vete por aquélla ladera y vuelve para atrás aquella punta de cabras.
Él se hacía el remolón y se comportaba como sí lo que el padre le ordenaba no tuviera sentido o careciera de inteligencia. Se decía: “No le haré caso para demostrarle que lo que me ordena no me gustan y lo veo falto de talento”.
Y en cambio, cuando su rebaño de cabras se iba por las laderas del lado de arriba de las huertas reales de la Alhambra, el joven sí sentía una ilusión especial. Y esto era porque, en más de una ocasión, cuando su rebaño de cabras ramoneaba próximo a las huertas reales, había oído la algarabía del grupo de personas de la Casa de la Parra. Y al sentir, desde la distancia, sus risas y voces, cada vez más se despertaba en su corazón la curiosidad. Sobre todo, al sentir las risas y cantos de las jóvenes princesas. Por eso, lleno de inquietud e lesionado como el más ardiente enamorado, se decía: “¡Qué vida más bella y qué bien se lo pasan estos jóvenes y no como yo, todo el día sólo en las montañas y aburrido en la más absoluta monotonía!”
Y un día muy caluroso de verano, llevó a su rebaño de cabras a que ramonearan cerca de las huertas reales. En la ladera, por el lado de arriba de la Casa de la Parra y de la alberca donde las jóvenes princesas se bañaban. Los animales se extendieron llenando toda la ladera del barranco y él, ilusionado con el grupo de jóvenes que otros días había oído por donde la alberca de Casa de la Parra, se aproximó a este sitio. Por entre la vegetación de lentiscos y romeros, al lado de arriba de huerta grande. Y según se iba acercando, hasta sus oídos llegaban con mucha claridad las palabras, risas y cantos las princesas. Buscó un sitio desde donde ver lo que ocurría en la Casa de la Parra y en la alberca y lo encontró: por entre los granados, donde la huerta terminaba y la vegetación de la ladera comenzaba, encontró un hueco. Se paró, observó despacio y no tardó en ver a un grupo de cuatro o cinco jóvenes. Muchachos y muchachas, todos hijos de los reyes de la Alhambra que, como tantas otras veces, pasaban su tiempo en este rincón predilecto. Y al ver a las princesas, se quedó prendado, tanto de sus hermosos cuerpos, sus bellas matas de pelo negro, su dulce tono de voz y sus divertidas risas.
Se dijo: “Que jóvenes tan bellas y yo, por estos campos todo el día solo y con mi corazón reventando en vida. ¡Si yo pudiera hacerme amigo de ellas! Aunque ni tengo cultural ni poseo riquezas, sí puedo darle mucho cariño y respeto. ¿De qué modo podría acercarme y conocerlas?” Y soñando estos sueños y otros parecidos, entre los granados y lentiscos, estuvo mucho rato. Tanto que ni siquiera se dio cuenta de que su rebaño de cabras abandonó la ladera por encima de las huertas y se fueron hacia la umbría del cortijo de las encinas. Las vio el padre que se ocupaba en un pequeño huerto que tenía por detrás del cortijo y llamó al hijo. Al comprobar que éste no contestaba ni aparecía por ningún sitio, lo llamó más fuerte y tampoco obtuvo respuesta.
Era ya tarde caída cuando el joven apareció por las laderas del cortijo. Al verlo el padre enseguida le dijo:
- Las cabras solas y tú ¿dónde te has metido?
No quiso mentirle al padre pero tampoco quiso decirle la verdad. Y el padre si continuó mostrando su enfado:
- Seguro que, como otras veces, te has quedado dormido, soñando tus sueños de siempre.
Sin responder nada al padre, se fue el joven al cuidado del rebaño de cabras y, cuando la tarde llegó a su fin, las encerró en el corral que tenían por detrás del cortijo. En cuanto terminó y se hizo de noche, los dos se fueron al cortijo, comieron algunas cosas sin pronunciar palabra y cuando ya se iban a acostar, el padre sí comentó:
- Esto no puede seguir así. Cada día me haces menos casos y muestras menos interés por las cosas que tenemos entre manos. Yo me hago viejo y si tú no pones de tu parte y, poco a poco te vas haciendo cargo de todo cuanto por aquí tenemos, no sé qué va a ser de ti y de mí.
Tampoco el joven hizo ningún comentario a estas reflexiones del padre. Se fue a la cama y, mientras se dormía, reflexionó en todo lo ocurrido a lo largo del día. Concretamente, en el enfado de padre y en el grupo de jóvenes de la Casa de la Parra. Para sí, otra vez se dijo: “Desde luego que esto no puede seguir así. Ahora más que nunca siento envidia de la libertad y alegría que he visto en los jóvenes de la Casa de la Parra”. Y con este pensamiento y disgusto, se quedó dormido. Y en cuanto, al llegar en nuevo día se despertó, se quedó quieto en la cama y cuando comprobó que el padre salía de la habitación para irse al corral de las cabras, él también se levantó. Con precaución para que el padre no se percatara, cogió el zurrón de piel, metió dentro algunas cosas, salió del cortijo tapándose con los troncos de las encinas para que el padre no lo viera y, en cuanto se alejó un poco más hacia el barranco y perdió de vista al cortijo, camino rápido. Con la emoción latiéndole en el pecho y con un solo pensamiento en su mente: marcharse lejos en busca de amigos, fortuna y otra vida mejor. Por eso se encaminó a la ciudad de Granada, también con su pensamiento puesto en el grupo de las jóvenes princesas de la Casa de la Parra.
Pasó el tiempo, muchos años. Ni el padre tuvo noticias del hijo ni él del padre. Siguieron corriendo los años y una calurosa tarde de verano, se le vio subir por la misma vereda que recorrió aquella última mañana por estas tierras. Caminaba despacio, con una mochila en las espadas, con el pelo blanquecino, barbas largas y encorvado. Pero a pesar de su vejez y cansancio, según se acercaba al cortijo, el corazón le latía emocionado. Y cuanto más acercaba al cortijo también más el corazón se le llenaba de tristeza. Y en cuanto estuvo en la puerta, donde todavía crecían las encinas, la tristeza se le acumuló en la garganta y en el pecho. Despacio fue mirando y claramente comenzó a descubrir que lo que en otros tiempos había sido un precioso cortijo ahora ante sus ojos se presentaba como un destartalado esqueleto. Paredes rotas, techo si tejas, zarzas y lentiscos donde estuvo la habitación y algunos nidos de avispas y mucha hierba seca. Lo mismo fue descubriendo por donde estuvo el corral de las cabras y el pequeño huerto que el padre cultivaba. Aquí, en una gran piedra cerca del manantial que todavía brotaba, se sentó y durante mucho rato, lloró.
Luego, cuando la tarde caía, recorrió otra vez la senda, cruzó el río y se fue acercando despacio a las tierras de las huerta reales y Casa de la Parra, rincón predilecto de la princesa de sus sueños. Pero cuando llegó, todo lo encontró silencioso, seca las plantas, los granados y la parra de la puerta de la casa y el edificio que en otros tiempos había parecido un palacio de ensueño, todo convertido en ruinas. Rotas las ventanas, desconchadas las paredes, sin agua y rota la alberca y ni rastro ni señales de la princesa de sus sueños. Se paró en la misma explanada de la puerta y escuchó como si pretendiera percibir algo a través del hondo silencio. No oyó ni las sonrisas de las princesas ni el valido de las cabras ni la voz del padre llamándolo.
Nuevamente lloró sintiéndose desgraciado, roto y ahora mucho más solo que cuando en su juventud, por estos mismos lugares, soñaba con un mundo maravilloso. Y a su mente acudieron las palabras que el padre había compartido con él por las noches sentados junto al fuego de la chimenea: “Casi todos los sueños de juventud, son pura fantasía porque muy pocas veces se convierten en realidad. Sin embargo, hay que vivir intensamente estos sueños para, al correr del tiempo, comprobarlo y darnos cuenta de lo poco que somos en esta vida. El único gran tesoro del mundo, todas las maravillas del Universo y la verdadera felicidad que de jóvenes soñamos, siempre lo tenemos junto a nosotros: en nuestro corazón y en el pequeño rincón donde cada día nos movemos y respiramos”.