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romi
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Junto a las aguas del río ...

12 de Junio de 2011 a las 14:55

Bubok

Bubok

Junto al río azul, recordando a las princesas          

III - Algo más tarde, el joven hijo de la mujer del borriquillo, cruzó la llanura, dirección a la parte alta del río. Solo y cabizbajo caminó durante un rato, siguiendo las aguas del río, dirección a las cascadas. Unas pequeñas cascadas que él conocía muy bien y que era uno de los rincones que más le gustaban por estas montañas. Y le gustaba tanto este lugar porque, a lo largo del tiempo que ya había vivido por aquí, muchas veces se había venido a estas cascadas para sentarse en una piedra, por el lado de arriba y quedarse aquí mirando sin prisa mientras contemplaba las aguas saltar. Y soñaba, siempre él soñaba cosas parecidas a las que a las princesas les había empujado venir a este rincón del mundo. Pero él soñaba no en construirse una cabaña de monte junto a las aguas del río sino en bajar algún día a la ciudad de Granada y conocer la Alhambra. Porque a su edad, todavía los padres no les habían permitido salir de los paisajes del río y por donde la casa de piedra. Por eso ya había elegido él el rincón de las cascadas como un mundo suyo muy particular y especial, para recogerse en sí y meditar. Y esta tarde, sin saber por qué, cuando vio que las princesas se alejaban de estos lugares, algo se le rompió en el corazón y en el alma. Por eso, de pronto, todo se le oscureció, el corazón se le llenó de tristeza y hasta los paisajes y aguas del río se nublaron. Se sintió acongojado y solo, como nunca antes. De aquí que, como empujado por una fuerza interna, caminara buscando las cascadas que tanto le gustaban. Como si, de alguna manera, por este sitio buscara algo de consuelo o alivio a la desazón que de pronto le inundó.

            Vadeó las aguas del río, subió una pequeña cuestecilla, rozó las ramas de unos majuelos y, siguiendo la pequeña sendilla, se encajó por el lado de arriba de las cascadas. Buscó la roca que conocía y, acercándose a las aguas todo lo que pudo, en la piedra se sentó frente a la corriente. Justo donde las aguas se remansan para, unos metros más abajo, empezar a caer en amplio abanico blanco. Este era exactamente el sitio que él visitaba con frecuencia. Y lo mismo que otras veces, en cuanto estuvo sentado en la roca y arropado por la sombra de los árboles del rincón, alargó su mano para tocar las aguas. Como si, igual que otras veces, intentara jugar con la corriente al tiempo que meditaba y dejaba pasar las horas. Pero en esta ocasión, aunque las aguas seguían claras, frescas y misteriosas, algo en su interior le impedía gustarlas. Su corazón latía como ahogado en una fina tristeza, soledad y honda sensación de pérdida. Miró despacio la corriente despeñarse y luego alzó su cabeza y siguió mirando al camino que el río trazaba, alejándose desde las cascadas hacia la llanura y el rincón por donde las princesas habían soñado construir su cabaña. Y cuanto más observaba a los paisajes y descubría el montón de troncos y ramas en la llanura cerca del río y ahora en silencio y solitario, más se entristecía.   

            Se dijo, mientras las recordaba: “Ahora ya no volveré a verlas nunca más. Aquí se han quedado los troncos y ramas que, con tanta ilusión estábamos preparando para su cabaña. Y solo verlos en estos momentos hasta parece como si ya hubieran pasado más de mil años y ahí siguieran pudriéndose solitarios y en el más hondo silencio. Ningún sentido tienen ya por aquí estos palos sino más bien sirven solo para recordarlas y hacer que la tristeza sea más grande en el alma. Ya no volverán más y por eso también este río ha dejado de ser bello. ¿Qué haré yo y a dónde iré sabiendo que las he perdido para siempre? Creo que ni siquiera me va a gustar caminar por estos campos ni cuidar de los corderos del rebaño. Hacer las cosas por ellas y para complacerlas y darles lo mejor, era una ilusión muy bonita. Seguir ahora haciendo las cosas con la tristeza de su ausencia, ni me gusta ni le encuentro sentido”.

            Y mientras la tarde iba llegando a su final, junto a las cascadas permanecía sentado. Sin dejar de alargar su mano para meterla en las aguas y sin dejar de observar el movimiento de la corriente. Luego, un poco antes de que oscureciera, cogió un pequeño trozo de piedra de pizarra, buscó una astilla también de pizarra en forma de lápiz y en la superficie plana de la losa de pizarra, escribió:

                     “Como si mil años hubieran pasado ya

         desde que os marchasteis

         así parece que todo por aquí ahora

         estuviera:

         seco el aire,

         añosa y muda la tierra,

         teñida toda de gris la tarde

         y la frescura que ayer tenía la hierba,

         como si mil años hubieran pasado ya

         desde que os fuisteis de estas tierras”.

            Conforme la tarde iba apagándose y lo noche comenzaba a llegar, él se fue levantando de la piedra donde, frente al río, estaba sentado. Despacio descendió por la ladera, buscó la corriente del río por el lado de abajo de las cascadas, cruzó las aguas y, poco a poco, se fue acercando a la casa. Cuando llegó, los padres parecían esperarlo. Sentados frente a una pequeña lumbre charlaban y, al entrar a la estancia, lo miraron y fue la madre la que le preguntó:

- ¿Te pasa algo?

- Nada, solo que me encuentro un poco cansado.

Y la madre le ofreció algo de comer. Junto a ellos estuvo sentado un rato, mientras comía y en silencio, dejaban correr el tiempo. El padre le preguntó:

- ¿Quieres que mañana continuemos con la construcción de la cabaña que íbamos a levantar para las princesas?

- Todavía no lo tengo claro. Pero si ya no está ellas ¿para qué vamos a levantar esta cabaña?

- Pienso que a lo mejor algún día a ti te gustaría irte a vivir a esta cabaña.

A estas palabras del padre el joven no contestó.

            Poco después los tres se acostaron y mientras intentaba coger el sueño, las recordaba y no paraba de imaginarlas allá en los palacios de la Alhambra. Y quizá por esto, en cuanto el sueño lo venció, comenzó a verlas. Por el caminillo que sube pegado al río, vio avanzar a la princesa más joven. Como si viniera huyendo de alguien que la persiguiera. Llegó al vado del río y sin pensarlo se metió en las aguas para cruzar la corriente. Bastante más abajo del puente de piedra y por donde la corriente, a pesar del amplio vado que formaba el río, era muy fuerte. Por eso, la joven princesa, según se adentraba en las aguas, se hundía y comenzaba a irse río abajo. Con su pequeño hatillo en las manos para que no se le mojara, comenzó a mover los brazos al tiempo que gritaba pidiendo socorro. Y como el joven se vio a sí mismo corriendo por la llanura a su encuentro para salvarla, le decía:

- No tengas miedo que voy a tu encuentro para salvarte.

            En poco tiempo estuvo en el lugar donde el río se llevaba a la princesa, saltó a las aguas, la cogió de la mano, tiró de ella, abrazó luego su cuerpo y como en un milagro, rápidamente la sacó fuera de las aguas. Y ya en la orilla del río, por el lado en que se veían los palos que habían amontonado para la cabaña, ella le dijo:

- Me he escapado de la Alhambra y me persiguen para encerrarme en una torre. Y como no tenía a donde ir para librarme de los que quieren cogerme prisionera, me he venido a este sitio. Lo único que se me ocurría es pensar en que tú sí puedes salvarme.

Y el joven le dijo:

- No tengas miedo. Nadie te viene siguiendo y ahora mismo ya está a mi lado. Te defenderé si vienen y quieren llevarte.

Y la princesa, en agradecimiento al cariño y confianza que el joven le prestaba, se abrazó a él, despacio pegó su cara con las mejillas del joven y sin pronunciar palabra, con su cara unida a la del joven estuvo mucho rato. En ese momento el joven se sintió tan lleno de amor que el corazón se le aceleró y el alma se le transformó. Por todo su cuerpo corrió como una muy agradable y dulce sensación y por eso dijo:

- Princesa, eres muy buena conmigo. Por primera vez en mi vida me siento enamorado. El calor de tu cara pegada a la mía llena de esperanza y dulzura mi corazón. Gracias por haber venido. Te ayudaré a terminar de construir tu cabaña de madera y me quedaré a tu lado para protegerte y darte todo lo que necesites hasta el final de los tiempos.

             Y en este momento, el sueño que el joven estaba viviendo mientras dormía, se transformó en otro nuevo. Siguió viendo a la princesa pero ahora caminando por los pasillos de jardines muy grandes y bellos y escoltada por un grupo de soldados. El primero de estos soldados llevaba en la mano una gran llave de hierro. Llegaron a la puerta de una gran torre de piedra, el soldado introdujo la llave en la cerradura, empujó y la puerta se abrió, invitó a la princesa para que pasara dentro al tiempo que le decía:

- Este será tu aposento y nueva casa a partir de ahora. Se te acabó soñar con cabañas de monte, junto al río de las aguas azules en las laderas de Sierra Nevada.

Entró la princesa en la torre de piedra, cerró el soldado la puerta con la gran llave de hierro y luego se retiró en compañía del grupo que había escoltado a la princesa.

            En su cama de madera y juncos secos en la casa de piedra junto al río de las aguas azules, el joven se despertó, asustado y tembloroso. Comenzaba a salir el sol por las altas cumbres de Sierra Nevada y por eso el padre dijo al joven:

- Prepárate que vamos a irnos con las ovejas por las laderas de las últimas nieves en esta primavera. Luego al caer la tarde, nos acercaremos a la llanura y seguiremos con la construcción de la cabaña.

Y el joven dijo al padre:

- Yo hoy tengo que hacer otras cosas.

- ¿Qué cosas son esas?

- Tengo que ponerme en camino e ir a la Alhambra. La princesa pequeña está en peligro y creo que me necesita.

Y el padre lo miró durante un buen rato, meditó despacio y luego le dijo:

- Te entiendo, hijo. Yo también cuando fue joven como tú ahora, tuve grandes y bellos sueños y por eso hoy sé que es bueno dejar a las personas que vayan tras sus sueños. También sé ahora que nada es fácil en esta vida pero si no intentamos llevar acabo lo que soñamos, nada, absolutamente nada, tiene sentido. Tú ahora crees como yo que lo que le ocurre a las princesas merece la pena y te dispones a luchar para ayudarles. Puede ser muy duro y creo que casi imposible que consigan lo que quieren y quieres pero solo si se lucha contra lo injusto y por salvar aquello que amamos, es posible personas más nobles y un mundo mejor. Te deseo mucha suerte, hijo mío y vuelve cuando puedas o lo necesites. Tu madre y yo desde ahora ya te estaremos esperando.

           Y poco después, cuando el sol brillaba en lo más alto de las cumbres de Sierra Nevada, se le vio salir de la casa de piedra dirección a la Alhambra. Las aguas del río bajaban serenas y teñidas de un azul purísimo. Y sobre la llanura, un poco más arriba del puente de piedra, se veían los troncos y ramas de la cabaña que con tanta fuerza e ilusión habían soñados las princesas.  

   
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