La cueva de Zawi
II - La noticia de la muerte del joven pastor de la Dehesa del Generalife, se corrió por toda la ciudad de Granada. Y especialmente por los barrios del Sacromonte y el Albaicín, lugares próximos a la majada del pastor. Y muchas personas de estos lugares, acudieron al entierro para consolar a los padres. También porque a muchos, la muerte del pequeño pastor, les resultaba extraño. Preguntaban al padre:
- ¿Pero es que se ha caído por algún barranco?
Y el padre les respondía:
- Él tenía una bonita ilusión y la compartía con su mejor y casi único amigo y las dos cosas se la han tronchado.
- ¿Pero cómo es eso?
Y el padre, de la mejor manera que podía y frenado por el miedo, explicaba a los amigos y conocidos, lo de la cueva de su hijo.
Por eso, a partir de aquel momento, muchos subieron por las veredillas de la gran ladera del Generalife, en busca de la cueva. Solo por curiosidad, algunos y otros, como un pequeño homenaje al joven. Y por eso, poco a poco se fue extendiendo la noticia por todos los vecinos cercanos y por muchos rincones de Granada. Entre sí, unos a otros, se decían:
- Aquello es precioso, a la vez que solemne y misterioso. Todo rodeado de verde, envuelto en un gran silencio y como colgado de algún balcón del cielo.
- ¿Y qué se siente cuando se llega al lugar?
- Hay que ir y verlo y quedarse allí en silencio porque con palabras no se puede expresar.
Por todo esto y otras cosas que nadie ha sabido explicar nunca, las personas empezaron a ponerle nombre al lugar y cueva del joven pastor. Lo llamaban “La Cueva de Zawi”.
Y sucedió que poco después de la muerte del muchacho, vinieron unos días muy soleados. Plena primavera y por eso subieron las temperaturas y los campos se llenaron de flores y de muchas mariposas y pajarillos ya con sus polluelos y azules muy brillantes en el cielo. Y también ocurrió que, a los pocos días de la muerte del joven, en los palacios de la Alhambra, la hija del rey enfermó. Los padres llamaron enseguida a sus amigos y mejores médicos y unos y otros fueron diciendo al rey:
- No sabemos qué enfermedad es la que tiene la princesa.
Y el rey les decía:
- Pero tenéis que encontrar algún remedio porque nosotros queremos que la princesa cure y se ponga fuerte y otra vez juegue y ría por los salones de estos palacios.
Los médicos se reunieron, hablaron mucho entre ellos y como no acertaban con la enfermedad de la princesa, otra vez fueron al rey y les dijeron:
- Majestad ¿usted tiene algún amigo que viva en el campo?
Y el rey enseguida pensó en el pastor de la Dehesa del Generalife y por eso les respondió a los médicos:
- Lo tengo desde hace mucho tiempo y es muy buena persona.
Y los médicos aconsejaron al rey:
- Pues hable con él y dígale que le busque y traiga miel fresca de la montaña.
- ¿Miel fresca?
- Creemos que si la princesa se alimenta, durante un tiempo, con miel pura y fresca de la montaña, su enfermedad desaparecerá.
- ¿Pero cómo es eso?
- Majestad, a veces las cosas se soluciona de la manera más fácil. Lo que le estamos aconsejando es lo único que nosotros podemos hacer para que cure la princesa. No sabemos qué le pasa y por eso no tenemos ningún otro remedio.
Y aquel mismo día el rey en persona se presentó en la majada del pastor de la Dehesa y le dijo:
- Tienes que ayudarme.
- Siempre estuve a su servicio, majestad. ¿En qué puedo ayudarle?
Y el rey contó al pastor lo que le ocurría a su hija y lo que le habían aconsejado los médicos. Y al final le pidió:
- Tienes que hacer lo que puedas para traerme miel pura y fresca. La más buena de todas las mieles que haya en estas montañas.
- Pues no se preocupe, señor, que yo no le fallaré.
El padre decía esto al rey y con tanta seguridad por lo siguiente:
A los pocos días de morir su hijo, él mismo subió por la ladera de la umbría dando careo y al cuidado del rebaño de ovejas. Y una de las cosas que más le urgía era conocer el barranco y la cueva que su hijo había soñado construir por aquí y varias veces había comentado con ellos. Y una mañana, conforme se iba acercando al lugar donde el joven tallaba su cueva, descubrió que por el aire revoloteaban muchas abejas. Como en un remolino y a la vez formando un gran ovillo. Las fue siguiendo y vio como este denso y oscuro vellón de abejas se metió en el agujero de la cueva. Lo observó durante un rato y luego lo dejó y se fue. Y mientras se retiraba se decía: “Es un enjambre nuevo que ha salido de la colmena donde vivía y está buscando un lugar donde instalarse. Ahora que ya mi hijo no podrá seguir con la construcción de su cueva ¿qué mejores habitantes pueden ocuparla que este enjambre de abejas?
Por eso, a partir de aquel día, a todas las personas que llegan al lugar con la intención de ver la cueva, les decía:
- Se encuentra en aquel barranco pero tened cuidado de no dejar nada por allí ni de hacer daño al enjambre de abejas que en lo más profundo se han instalado.
Y los que tenían noticias de estos decían al padre:
- Tranquilo que respetaremos tanto el lugar como los caminos, las plantas y el enjambre de abejas.
- Es que parece como su fuera un regalo del cielo. Ya sabéis que él amaba y respetaba a todos los animales y a todas las cosas de la naturaleza. Y ya que las circunstancias han sido como han sido y hasta su amigo Zawi desapareció de aquí, me agrada ver que su cueva se llena de vida. Creo que es un regalo del cielo.
- Seguro que sí porque tu hijo, además de hermoso y fuerte, era un niño muy bueno e inteligente. Muchos sabemos y pensamos esto.
Y al oír estas alabanzas, el padre se sentía orgulloso.
Y más orgulloso se sintió cuando unos días después, el rey le pidió miel fresca para curar la enfermedad de la princesa. Enseguida pensó en el enjambre de la cueva de Zawi. Por eso, a partir de aquel momento, puso al principio de todos sus quehaceres, la vigilancia y cuidado de la cueva del barranco. Seguía aconsejando, a todos los que se acercaban por el lugar, que tuvieran cuidado y respetaran y siguió muy de cerca y con detalle, la evolución del enjambre y su trabajo. Y como fueron corriendo los días y en los palacios de la Alhambra la princesa no mejoraba, el rey mandó un mensajero a la casa del pastor. Al llegar éste lo saludó y le dijo:
- Me envía el rey para que te pregunte por lo que él te pidió.
Y dijo el pastor:
- Pues vuelve a presencia del rey y dile de mi parte que yo mismo iré un día de estos a llevarle lo que necesita.
- He visto al rey muy preocupado y parece que tiene urgencia. La princesa sigue enferma y parece que solo en ti tiene puestas sus esperanzas.
- Vuelve y dile que se tranquilice porque yo no le voy a fallar.
Volvió el mensajero a los palacios de la Alhambra y aquel mismo día el padre subió a la cueva del barranco. Volvía a ser un bonito día de primavera, con todo el campo lleno de verde y flores y con un sol muy hermoso. Por eso, mientras remontaba por la ladera dirección a la cueva, varias veces vino a su memoria la imagen de su hijo y su amigo Zawi. Recordó él lo mucho que al joven le gustaban los días soleados, en los momentos en que los campos estaban vestidos con los verdes más puros y decorados con florecillas y cantos de pájaros. Al llegar a la puerta de la cueva, se paró, miró despacio y descubrió que el enjambre de abejas ya había fabricado varios panales. No muy grandes pero sí los tenían repletos de miel. Bajó rápido a la casa, en las tierras llanas del río Darro y preguntó a su mujer:
- ¿Sabes algo de mi amigo el alfarero del Albaicín?
- Vino mientras tú estabas en la cueva y te ha traído lo que le encargaste. Aquí lo tienes.
Y la esposa le mostró una bonita ánfora de barro, con algunos tonos verdes vidriados y con dibujos de flores y pájaros. La vasija tenía como unos treinta centímetros de altura, doce centímetros de diámetro en la boca, veinte en el vientre, la parte más ancha y la base era como de unos diez centímetros. Unas medidas perfectas para lo que él la quería y, al estar vidriada en tonos verdes hierba, resultaba realmente bonita. Dijo el hombre, a ver la vasija:
- Justo lo que le había pedido. Y como le dije que era para un regalo al rey, se ha esmerado para darle la forma más bella y revestirla con el mejor traje.
Y la mujer le preguntó:
- Y el enjambre ¿cómo lo has encontrado?
- Creo que está en su mejor momento.
- ¿Cuándo vas a cogerle la miel que el rey te está pidiendo?
- Mañana mismo subiré otra vez al barranco y cogeré los dos o tres panales que le he visto repletos de miel.
Y tal como había planeado, hizo. Al amanecer, se levantó, le pidió a su mujer que al salir el sol, diera suelta al rebaño de ovejas y que se encargara de vigilarlas por las tierras del valle. Él cargó con el ánfora de barro y un pequeño cuchillo. Subió por las veredillas de la ladera, llegó a la cueva, se acercó al enjambre con mucho cuidado y sin hacer movimientos bruscos, sujetó bien la vasija, con el cuchillo cortó lentamente los mejores trozos de panales y con las celdillas más llenas de miel, los fue colocando dentro del ánfora y, a media mañana, bajaba otra vez por la ladera ahora cargado con el precioso tarro casi lleno de miel pura y fresca. Y al llegar a la orilla del río, se encontró con la mujer que cuidaba el rebaño de ovejas. Enseguida ella le preguntó:
- ¿Has conseguido lo que necesitabas?
- Claro que sí. Y además, en mayor abundancia de lo que había imaginado. Y vengo contento porque me parece que el cielo nos está ayudando. Como si nos estuviera bendiciendo con el mejor regalo.
Y mostró él los bonitos panales de cera repletos de miel dentro del ánfora de barro al tiempo que exclamaba exultante:
- ¡Fíjate qué delicia de almíbar y el color tan oro líquido que tiene! Como si nuestro hijo nos lo estuviera regalando desde su paraíso en el cielo.
Y le ofreció a su mujer un pequeño trozo de panal con todas las celdillas rebosantes de miel. Se fue luego para la higuera que tenía cerca, cortó de ella la hoja más ancha y grande, la puso en la boca del ánfora, la dobló un poco y luego la sujetó con unas hebras de esparto, arrancadas de la manta en aquel mismo momento. Y de nuevo dijo a su mujer:
- Voy ahora mismo a los palacios de la Alhambra. Sigue tú cuidando del rebaño y, si al caer la tarde no he vuelto, mete las ovejas en el corral y les cierras la puerta.
- Ve tranquilo y llévale al rey lo que está esperando que yo me encargo del cuidado del rebaño.
Amarró a las asas del ánfora una cuerda también de esparto y cogiendo esta cuerda con mucho cuidado, partió por el camino que, desde su majada, llevaba a los palacios de la Alhambra. Llegó a las puertas de la muralla cuando la tarde caía pero todavía con dos horas de sol. Dijo a los guardias que el rey lo estaba esperando y cuando éste supo de su presencia, dio órdenes para que lo condujera a los salones reales. Entró el pastor por los jardines, pasillos y palacios, conducido por uno de los guardias y cuando llegó a donde el rey lo esperaba, lo saludó y enseguida le dijo:
- Majestad, aquí le traigo la mejor, más pura y fresca miel que nunca se haya cosechado en las tierras que rodean a la Alhambra.
Y el rey le preguntó:
- ¿De verdad es buena?
- Tan buena que, en cuanto la prueba la princesa, recuperará la saludo, la alegría y las fuerzas.
- Pues si tú lo dices, confía en que las cosas sean así pero ¿de dónde la has cogido?
- Del palacio de mi hijo y que ya muchos por aquí conocen como la Cueva de Zawi.
Le dio el pastor el ánfora al rey y éste la cogió diciendo:
- Yo mismo y ahora voy a llevársela a la princesa. Y tú, no te marches. En agradecimiento al presente que me acaba de entregar, quiero invitarte a comer. Esta noche quiero que pruebes unas muy ricas chuletas de cordero. Te van a gustar mucho.
Y el pastor, de la mejor manera que pudo, se excusó aclarando que tenía que volver a la majada porque el rebaño de oveja lo necesitaban. Otra vez el rey agradeció al hombre su regalo y cuando ya lo despedía, le dijo:
- Si la princesa recupera la salud con esta miel que me has traído, yo mismo iré a la majada para que me digas dónde se encuentra la Cueva de Zawi. Quiero ver y conocer el palacio de tu hijo y voy a dar órdenes para que cojan el enjambre que me has dicho.
Regresó el hombre a su casa y cuando llegó, ya de noche, contó todo a la mujer. Ésta lo escuchó muy interesada y luego preguntó:
- Y si la princesa sana y el rey viene y se apodera de la cueva de nuestro hijo ¿qué haremos?
- Yo quiero que la princesa sane pero no quiero que el rey se apodere de lo que fue el sueño de nuestro hijo.
- Pero y si la princesa no sana ¿qué hará el rey con la cueva de nuestro hijo y con nosotros?