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romi
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El jardín de las violetas

7 de Marzo de 2011 a las 15:21

Bubok

El jardín de las violetas

            Cuando ella estaba, una de las cosas que más le gustaban a los dos, era pasear por los caminos y veredas cerca de la Alhambra. Por entre los olivos, umbrías y solanas y por las montañas próximas a Sierra Nevada. Y a ella, una de las cosas que más le agradaba, cuando daban estos paseos, era cortar florecillas de los campos: amapolas, lirios, narcisos, margaritas y también ramitas de romero, de almendros y de cerezos, cuando estos estaban florecidos. Por eso, un día él le dijo:

- Cuando el año próximo el invierno llegue a su fin, te llevaré al valle de las violetas para que las veas y disfrutes de ellas.

- ¿Dónde está eso?

- Te llevaré a ese lugar cuando florezcan las violetas.

Y ella estuvo de acuerdo.

            Siguió corriendo el tiempo y, cuando después del otoño llegó el invierno, ella preguntó:

- ¿Ya están florecidas las violetas?

- Todavía no pero falta poco.

Y unos meses más tarde, cuando ya el invierno terminaba y los paisajes comenzaban a prepararse para la llegada de la primavera, él le dijo:

- Es el momento.

Y aquella tarde de cielo azul y sol espléndido, salieron de su casa, pequeño carme en el barrio del Albaicín y se fueron por los caminos en busca de las violetas. Dos horas antes de que el sol se ocultara llegaron al valle. Y al ver ella todo tapizado de multitud de hierbas frescas y, entre las verdes hojas, florecidas las violetas, exclamó:

- Esto es lo más bello que he visto en mi vida. ¿Cómo es posible que en estas montañas tan recias y no lejos de la Alhambra, crezcan tantas violetas?

- No lo sé pero ya lo estás viendo.

- Es que parece un regalo del mismo cielo.       

            Y aquella noche, en un extremo del valle y donde más violetas crecían, encendieron un fuego. Junto a la lumbre montaron la tienda y aquí se quedaron. Contemplaros las estrellas durante varias horas y luego gozaron del brillo de la luna, del canto de los grillos y de los mochuelos y del rumor de las aguas del riachuelo. Y un poco antes de quedarse dormidos, ella dijo:

- Me marcho dentro de unos días y es una pena. Echaré de menos Granada, tu bonito carme frente a la Alhambra, nuestros paseos por estos campos y este valle de violetas.

- ¿Pero volverás?

- No sé cómo ni cuando pero volveré, te lo prometo.

            Se marchó ella al poco tiempo y, desde ese mismo instante, él ya comenzó a esperarla. Recordándola en cada momento y cuando surcaba los caminos de las montañas que tiempos atrás habían compartido. Pasó el tiempo y ella no solo no volvía sino que ni siquiera daba señales de vida. En el jardín de su pequeño carme cada día la soñaba y cada día compartía con ella, en sueños, algo nuevo: algún lirio al florecer, una azucena meciéndose al viento, ramitas de cerezos cuajadas de blancas flores, puñados de jazmines abiertos al sol de la mañana y las flores de azahar. Porque no olvidaba que a ella, una de las cosas que más le gustaban, eran las flores y las violetas de las montañas.  

            Y él, amante de la lluvia, nieblas y puestas de sol al fondo de la Vega de Granada, sabía no solo de las violetas del valle sino también las de las montañas de Sierra Nevada, únicas en el mundo. Le seguía gustando trazar rutas, en silencio siempre y meditando, por las orillas del río Darro, por el gran valle del río Genil, por las laderas y cumbres de Sierra Nevada y por el Cerro del Sol, al levante de las torres y palacios de la Alhambra. Y cuando ahora surcaba estos caminos, no solo la recordaba sino que se entretenía y fijaba en muchas cosas. En las corrientes de los arroyuelos, en los animalillos que siempre pueblan los bosques, en los pajarillos que por aquí y allá revoloteaban y en las mil florecillas silvestres que en los bosques se encontraban.

            Un día, cuando la primavera estaba a punto de llegar y ya hacía casi dos años que ella faltaba, caminó y llegó hasta el valle de las violetas. Se las encontró todas abiertas, tapizando como en forma de alfombra mágica y llenando el aire con su perfume. La recordó y recordó la noche que los dos habían vivido juntos, al calor del fuego y frente a las estrellas. Se preguntó: “¿Y si arranco unas matas de estas violetas y me las llevo y las planto en el jardín de mi casa? Sería fantástico tener mi jardín tapizado con las violetas que a ella tanto le gustaron, en el corazón del barrio del Albaicín y frente a la Alhambra”. Y no lo pensó más. Se puso, arrancó unas cuantas matas de violetas, las guardó en su zurrón, con un poco de tierra en las raíces para que no se secaran y luego regresó a su casa. Y nada más llegar, cogió el amocafre, cavó la tierra bajo los tres cerezos y sembró las matas de violetas. Procurando que cubrieran todo el rodal de tierra que ocupaban los cerezos y dejando en un extremo, el naranjo ya muy grande que daba ricas naranjas y, el otro extremo, el limonero. También sembró algunas matas de violetas junto al tronco de la palmera y por debajo de las ramas del pinsapo.

            Sabía él que a estas flores, les gusta mucho la sombra, los sitios frescos y húmedos y la buena tierra. Uno de los vecinos, no amigo suyo pero sí conocido, en cuanto supo lo de sus violetas en el jardín, apareció por la casa y le dijo:

- ¿Y por qué has sembrado violetas y no otras plantas?

- Porque son bonitas y florecen en una de las épocas del año que más me gustan.

- ¿Y tú crees que estas violetas van a florecer?

- Por eso las he sembrado. Y además, también creo que no solo florecerán sino que lo harán como en un campo fantástico.    

- ¿Y eso va a darte de comer?

- Un poco sí aunque no sea como tú piensas.

- Pues yo pienso que es una tontería y pérdida de tiempo y gasto de agua. Con la cantidad de personas que hay en la vida sin casa, sin alimentos, sin ropa, sin dinero… y que te dediques a esto. ¿Qué quieres que te diga, no lo entiendo?

            Y él, aunque le dolió lo que el vecino le decía y su comportamiento, intentó olvidarlo. Se dedicó, desde aquel primer día, a regar y cuidar las matas de violetas y esperó paciente a que llegara la primavera. Las plantas enraizaron y por eso, a lo largo de todo el verano y otoño, se veían muy verdes y frescas. Y cuando el invierno llegó a su fin y dio paso a la primavera,  las plantas no dieron flores. Y esto fue la escusa para que su amigo otra vez le dijera:

- Después de un año cuidando a estas violetas, ya ves como te lo agradecen. ¿Estás satisfecho?

- Sí que lo estoy porque hago lo que me gusta a la vez que mantengo vivo mi sueño.

- ¿Qué sueño?

Y en este momento estuvo apunto de hablarle de ella pero no lo hizo. Sí respondió a su pregunta argumentando:

- Entre otras cosas, sueño tener un día en esta pequeña casa mía, el jardín más bello que nunca se haya dado en Granada.

- ¿El jardín más bello con cuatro matas de violetas traídas de de las montañas, sembradas en un puñado de tierra?

- Aunque sea así, este es mi sueño.

No dijo nada más el amigo aquel día.

            Pasó el tiempo y las plantas siguieron creciendo porque él no dejó de regarlas ni de quitarles las malas hierba. Al año siguiente tampoco dieron flores pero al tercer año, cuando el invierno se iba y solo faltaban unos días para que la primavera llegara, un día tuvo una gran sorpresa. Al amanecer, sintió el mirlo cantar por entre las ramas de los cerezos, ya florecidos. Se despertó y, en su cama se quedó un rato dando gracias al cielo por el nuevo día y por mantenerla viva en su corazón. A pesar del tiempo transcurrido y a pesar de su silencio y lejanía, no la olvidaba. Tampoco olvidaba la última noche junto a ella, frente a las estrellas en el valle de las violetas. Se levantó nada más salir el sol y, lo primero que hizo, fue asomarse a su pequeño jardín. Sabía que ya los cerezos estaban repletos de flores y que los almendros comenzaban a mostrar los nuevos brotes. Mientras se disponía para asomarse al jardín, se decía: “El limonero también tiene sus frutos colgando de las ramas y el naranjo que conoces, parece como si conservara sus frutos para algún acontecimiento importante”.

            Y al abrir la puerta que desde su casa daba al jardín, la luz del sol le dejó deslumbrado. Se alzaba en ese momento por las altas cumbres de Sierra Nevada, limpio y brillante y sus rayos caían sobre el conjunto de la Alhambra y las blancas casas de la ladera sur del barrio del Albaicín. Miró despacio y lo que descubrió en su jardín le dejó desconcertado. Todas las violetas estaban florecidas. Dos o tres pequeñas florecillas en cada mata que, limpias y frescas, se dejaban acariciar por el sol del nuevo día. Frente a la tupida alfombra de florecillas moradas y casi ocultas entre las matas, se quedó parado durante un rato. Como si le costara creer lo que estaba viendo. Y a su mente acudió, una vez más, su recuerdo. Por eso, como en forma de oración, mirando a la Alhambra bañada por el sol y mirando a las cumbres de Sierra Nevada, muy suave susurró:

                                              “Ahora entiendo

lo que es vivir en Granada,

inundando a cada momento

por ríos de belleza clara

mientras en el pecho,

el corazón y el alma

viven como en secreto

su nostalgia.           

La Viola crassiuscula, es un endemismo nevadense que florece en pedregales y roquedos de las cumbres y formando pequeños céspedes. La violeta común, Viola odorata, es una especie del género viola nativa de Europa y de Asia, e introducida en toda América. También se le conoce con el nombre de violeta de jardín.

   
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