
La muchacha del río
A veces en los encajes del viento, muchas cosas pequeñas se quedan agazapadas y permanecen para siempre. Y, a veces, las soñamos, las recordamos, de alguna manera, las rescatamos de los más recónditos pliegues del tiempo. Pequeñas cosas llenas de gran belleza tal como fue el caso de “la muchacha del río Darro” y sus padres. Tenían ellos su pequeña vivienda muy cerca de la corriente de las aguas, en el tramo del río que hay entre la Fuente del Avellano y el Puente del Aljibillo. Y aquí vivían felices aunque pobremente y sin conocer más mundo que su recogido rincón, su humilde casa, los caminillos que les servían para ir de un lado a otro, las tierrecillas de su huerto, su puñado de plantas y algunos animalillos. Y ella, la muchacha del río, en muchas ocasiones le decía a su madre:
- No le pido otra cosa a la vida que poder disfrutar de este lugar hasta el fin de mis días.
Y la madre le preguntaba:
- ¿Por qué dices eso, hija mía?
- Porque pienso que como este rincón del río Darro, con la Alhambra sobre la colina, no hay nada en todo el mundo. Y como el rumor de las aguas de este río, como el airecillo fresco que por aquí siempre acaricia y como el silencio que de este paraíso mana, tampoco hay nada en el mundo entero. Solo le pido al cielo que nunca tenga que irme de Granada porque mi sueño, mi único sueño, es vivir aquí todos los días y morir en este rincón, cuando llegue el momento.
Pero con el paso del tiempo, todos los caminos se transforman, muchos se borran y otros tantos, desaparecen. También con el paso del tiempo, en los pueblos y ciudades, se construyen nuevas casas y otras se desmoronan para siempre. El tiempo borra millones de cosas, sobre todo en el mundo de los pequeños, que nunca volverán ni quedarán recogidas en la historia.
Con el paso del tiempo, en el río Darro y en el tramo que discurre a los pies de la Alhambra, han desaparecido y transformado muchas cosas. Se han borrado los caminillos, se han demolido casas y se han levantado otras y hasta los nombres se han perdido. El rincón que en otros tiempos era conocido con el topónimo de Valparaíso hoy se le distingue con los nombres de Paseo de los Tristes, Camino de la Fuente del Avellano, Puente del Aljibillo, Carmen de los Capiteles, rincón del Rey Chico… Y fue justo en este lugar donde hubo un puñado de casas que, con el paso del tiempo, todas han ido muriendo. Donde hubo caminos junto a las aguas del río, hoy ya no existen. Tampoco existen los huertos ni las acequias ni los manantiales ni rosales ni árboles frutales. Y mucho menos ya por el rincón se ven las humildes casas que sí hubo en aquellos primeros tiempos.
Pero aquella mañana de primavera, algún tiempo después de que ella hubiera comentado sus deseos con la madre, se le vio sentada en la piedra. Por donde iban los caminillos que llevaban al río y a las tierras de su huerto. Y estaba triste, mirando en silencio la figura de la Alhambra sobre su colina y dejándose abrazar por el hondo silencio. De fondo se oía el rumor de las aguas del río y, a lo lejos, se adivinaba la gran vega por donde se extiende Granada. Se acercó a ella la madre y le dijo:
- Vente conmigo, hija mía que ya tengo preparada la comida. Por última vez comeremos los tres juntos en este rincón que tanto amas.
- Y después ¿a dónde iremos?
- Solo el cielo lo sabe pero ya estás viendo.
Y lo que ella podía ver, por el lado de su derecha que era para donde señalaba la madre, eran las ruinas de su pequeña casa. Toda desmoronada y con los caminillos borrados y sin frutos ni flores en las plantas de su huerto. Como si el tiempo ya todo lo estuviera borrando del mapa.
- ¿Qué será de todo esto y de nosotros?
Preguntó otra vez la muchacha.
- Ya te lo he dicho, hija mía, solo el cielo lo sabe.
Y hoy, después de varios cientos de años, por el rincón sigue corriendo el río Darro. Pero ya muy pocas personas nombran a este sitio con el topónimo de Valparaíso ni tampoco nadie sabe de aquellos caminillos ni de su casa ni de las acequias ni de las tierrecillas de su huerto. Todo y mucho más, se lo ha comido el tiempo y, lo que no, se ha transformado. Sin embargo, cuando se camina por este rincón y se observa atentamente, entre los pliegues del tiempo, puede verse a la muchacha del río. Sentada en la roca donde ella soñaba, mirando a la Alhambra sobre su colina y besada por el hondo silencio y la música del río. Y si se presta atención hasta pueden oírse sus palabras: “Solo le pido al cielo poder vivir siempre en Granada y morir aquí, cuando llegue el momento”.