
Tarde frente a la Alhambra
La luz en Granada
es azul caramelo,
nieve inmaculada,
sangre y oro viejo
y rosa malva
terciopelo.
Quedaban todavía tres horas de sol. El cielo se había llenado de nubes gris plata y sereno viento. Al fondo y a lo lejos, resaltaban las cumbres de Sierra Nevada y más cerca y sobre su colina, las torres y palacios de la Alhambra. La quietud, en ríos invisibles, parecía chorrear desde el cielo para derramarse por todo el rincón. Por eso, el silencio era total y el aire regalaba denso aroma a humedad.
Hora y media antes de que se pusiera el sol la lluvia comenzó a caer. Primero en hilos de agua suaves y frágiles y luego, poco a poco, fue aumentando. Tanto que a los diez minutos de comenzar a llover, todo se quedó como apagado. Como si los mantos de lluvia tejieran una densa cortina desde las nubes hasta la tierra para tapar la luz del sol. Desaparecieron, entre el color gris plata de las nubes, la lluvia y las nieblas, las cumbres de Sierra Nevada, la colina de la Alhambra, las torres y las murallas.
Al otro lado de los cristales de la ventana, los tres y frente a la lumbre, observaban en silencio. Abstraídos por completo en la fina lluvia, en el color gris ceniza que cubría los paisajes y en el fino fluir de la música que desgranaban las gotas de agua. Uno de ellos dijo:
- Parece como si estuviéramos dentro de un sueño. Y la sensación que transmite es como si el fin del mundo hubiera llegado y aquí ya nos hubiéramos quedado para siempre.
- Sí que parece eso pero no hay dolor sino todo lo contrario: como si nos rodeara ahora mismo un mar de gozo inmenso.
Y el tercero comentó:
- Esperad un rato y ya veréis.
Y no esperaron mucho. Solo media hora antes de que el sol se pusiera, la lluvia dejó de caer. Se abrieron las nubes, se vio el azul del cielo y los colores blancos de las nubes altas. Al fondo apareció Sierra Nevada y más cerca, las laderas y la colina con su Alhambra. Salió el sol y en el horizonte de la Vega de Granada, se le vio caer tras las montañas. Y entonces y solo por espacio de unos minutos, aparecieron los colores. No los del arco iris sino los de las puestas de sol en Granada. Del cielo y por entre las nubes, se vio brotar como cascadas de flores y derramarse por las laderas, torres y jardines de la Alhambra. La luz se tornó suave, color azul violeta, malva sangre y nieve inmaculada. Y, sobre las cumbres de Sierra Nevada, la luz se vistió de oro y caramelo miel. Por donde la Alhambra, las nubes formaron como una corona de brillantes rosa y verde agua y el purísimo azul del cielo parecía besarla.
Desde la azotea de la casa, frente a la Alhambra, el primero de los tres volvió a comentar:
- Es como si el cielo y la tierra se estuvieran preparando para irse lejos y el sol los despidiera con un beso enamorado.
- Un beso de luz de colores que ya estáis viendo: hasta parece que tuviera sabor y regalara serenidad y gozo.
- También es así pero los tres ahora mismo estamos viendo que las nubes, después de la lluvia y ahora el sol que se va perdiendo, dibujan un universo de colores únicos. Por eso tiene sabor, se transforma en música y es silencio que gusta el corazón. Las luces y colores de Granada son, esto.