Acabo de terminar un libro que supone un giro considerable en mis temáticas (ficción y crónicas de viajes). Se trata de crónica periodística a través de libros y hemerotecas de un suceso acaecido en los años 20 del pasado siglo. Me ha permitido no sólo darle una estructura narrativa muy animada y que engancha (algo inusual en lo que escribo) sino también trazar un cuadro del Madrid de aquella época.
Estoy en fase de corrección al objeto, sin prisa, de enviarlo a alguna editorial madrileña que pueda estar interesada. Creo que el libro podría tener bastante atractivo en esa ciudad.
Pues bien, lo que ahora siento es satisfacción y un alivio considerable, como si me hubiera quitado una presión de encima. Realmente, terminar un libro debe ser como un parto con epidural, no es muy doloroso pero requiere considerable esfuerzo. Ahora, a leer cosas pendientes, distraerme, un viajecito y tal y luego, lo sé, me empezará a entrar el desasosiego, la inquietud, incluso algo de impaciencia y malhumor, hasta que me embarace de nuevo y llegue otra vez al estado de buena esperanza. Esto es un vicio, no tiene remedio.