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romi
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La niña que soñaba con la Alhambra

23 de Octubre de 2010 a las 19:08

La niña que soñaba con la Alhambra

 

            La familia, desde hacía mucho tiempo, vivía en una casa muy pequeña. Junto a las aguas del río Genil y en lo que se conoce en Granada con el nombre de Barrio del Realejo. Eran pobres pero muy conocidos y queridos por muchas personas en toda la ciudad. Incluso, hasta los reyes de la Alhambra, supieron un día de la bondad y nobleza de esta familia. Por eso, el rey más importante y rico de cuantos por aquellos días vivían en la Alhambra, dijo un día a su gran mayordomo:

- Que se venga esa familia aquí con nosotros. Dale vivienda en una de las torres que miran al río Darro y al Albaicín, que trabaje en el cuidado y conservación de estos palacios y que su niña juegue con nuestras hijas las princesas.

 

         Una noche de otoño cálido, sentada la madre en el borde de la cama y para que la niña se durmiera, le decía:

- Viajar, cambiar de lugar, conocer sitios nuevos y personas, es una de las aventuras más interesantes y hermosas que puedan ocurrirnos en la vida.

Y la niña, ya un poco adormilada pero todavía muy atenta a lo que la madre le decía, preguntaba:

- Y en aquellos palacios ¿habrá hadas, princesas, duendes y fuentes donde por las noches se reflejen las estrellas?

- En los mágicos palacios de la Alhambra hay princesas muy guapas y buenas y también hadas vestidas con fabulosos trajes de seda y muchas fuentes con aguas claras. Ya verás tú qué bonito es todo aquello y la de aventuras que vas a vivir en cuanto lleguemos.

 

         Poco después la niña se durmió y la madre siguió un rato más ordenando la casa y perfilando los detalles finales. Ella también estaba cansada. Y más porque por fin al día siguiente se mudaba desde su casa a los recintos de la Alhambra. Por eso el padre le decía:

- Me han dicho que vendrán con un carro de madera y con dos burros para llevarnos todos los enseres en un solo viaje. En cuanto salga el sol tendremos que tenerlo todo preparado. Tardaremos dos horas en cargar las cosas y una hora, poco más o menos, en ir desde esta casa nuestra hasta los palacios de la Alhambra. Así que podremos estar allí al mediodía, hora muy buena porque nos quedará por delante toda la tarde para tomar posesión de la vivienda y ordenar algo las cosas.

 

         Ya de madrugada la madre se acostó un rato. En la misma cama de la niña y, aunque cansada, con la tranquilidad de tener ya todo bien preparado. Para, en cuanto llegara el nuevo día, ponerse mano a la obra y cargar todo en el carro y en los burros. Y la madre, mientras le llegaba el sueño, en su corazón saboreaba la alegría del cambio. Aunque también sentía cierta pena tener que dejar su pequeña y vieja casa, junto al borde del río Genil, en el mismo barrio del Realejo. Por esto, para sí y mientras cogía el sueño, se decía: “Pero todo aquello, las torres y palacios de la Alhambra, junto al río Darro y frente al barrio del Albaicín, es mucho más bello que esta pequeña y vieja casa mía. Mi niña allí va ser la más feliz del mundo”.

 

         Y todavía no había llegado el sol a lo más alto en el cielo cuando ya subían por la Cuesta del Realejo. Con todos los enseres de su casa cargados en el carro y en los burros camino de la Alhambra. Delante iba el padre acompañando a los que habían venido en su ayuda y detrás caminaba la madre, llevando de la mano a su niña. Ésta, todavía con cara de sueño pero de vez en cuando comentando:

- Estoy deseando llegar y ver todo aquello. No puedo creerme que vayamos a vivir en un palacio como los reyes.

Y cuando ya se iban acercando a los recintos amurallados la madre le repetía:

- Viajar, cambiar de lugar, conocer sitios nuevos y personas, es una de las aventuras más interesantes y hermosas que puedan ocurrirnos en la vida.   

Y la niña seguía diciendo:

- Quiero que todas las princesas de la Alhambra sean mis amigas y quiero que todos los duendes y hadas de aquellos palacios me lleven y enseñen los sitios más secretos para vivir las más emocionantes aventuras.

   
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