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- 3 votos La niña que casi conoció a Koji Kabuto (tierno, bien escrito, mezcla a la perfección el dolor y la inocencia, parece una experiencia personal y su estilo es claro y sencillo, suave y rotundo) - 2 votos Castigo (historia dura, realista, crítica, donde alegra ver a un cura justo, a pesar de las consecuencias. Recuerda en su estilo literario a R2) - 1 voto Modelo E-371/150 (bastante original pero poco convincente, confunde un poco. Mantiene el estilo de La Teniente) He dicho...;) |
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Creedme: si hay una forma tonta de romperse un dedo, ésa es la que yo voy a elegir... Un pequeño accidente... Perdón por la demora. Pues he elegido Castigo. Me gusta mucho la idea de los ISOs (Bizarro lo sabe) y creo que "La niña que casi conoció a Koji Kabuto" está (permítaseme la licencia) mejor escrito, pero a Castigo le tengo un cariño especial, probablemente porque lleva el lastre de haber quedado penúltimo (creo recordar) en un certamen... Además, es muy Teniente (que diría R2) y confío en que, en un futuro, sea la semilla de algo de más de 1700 palabras (el mismo universo en donde vive El Barbero de Mandaio...). Voy a postearlo aquí de nuevo; esta vez tiene 1700, más o menos. Entenderé perfectamente que no os lo traguéis otra vez, pero si alguien lo hace y ve algo que le chirría, aquí estoy para escucharlo... Y si no es tarde, el viernes lo posteo en el hilo principal. Gracias de nuevo a todos.
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Castigo Aún no había amanecido cuando le avisó uno de los muchachos que trabajaba las tierras lindantes con la casa, un chaval de unos diez años al que se le notaban los huesos y que llegó muerto de frío. - Don Julián -le dijo-, le necesitan en la casa. Es por el patrón… No dijo nada. Con un gesto, mandó de vuelta al muchacho. Después, buscó asiento y trató de recuperar el control de un organismo que se había encogido con la noticia, tensándole los músculos y fraguándole el estómago. El viejo se moría. Entró en la habitación con el cuerpo medio recuperado, obligándose a mantener el control y la apariencia de sentida severidad con la que estaba obligado a entrar en la casa del patrón. Se vistió despacio, con esmero, recreándose en cada prenda; en la mano que asoma por la bocana de la manga y en los botones que se resisten a entrar en los ojales, entreteniéndose en la idea de si debía parar a tomar un tazón de café con leche y un pedazo de pan antes de salir para la casa. Sabía que no era apropiado perder el tiempo en necesidades terrenales cuando lo celestial llamaba a la puerta, pero tenía hambre y no estaba muy seguro de querer comer cuando todo aquello terminase. Aún así, se calzó las botas pensando que no, que no haría otra cosa que no fuese salir de allí en cuanto estuviese listo. Vestido ya, sacó del armario el maletín, llenándose la nariz de olor a naftalina. Lo abrió sobre la cama y comprobó que todo estuviese allí -el óleo consagrado en Jueves Santo, la cruz de plata, el algodón en rama, un mantelillo blanco, el hisopo, el agua bendita, un cirio y los libros sagrados-. Se sorprendió cerrándolo con violencia y con prisa, como si allí dentro hubiese en realidad un dedo acusador que lo señalaba, que no necesitaba ni de la palabra, ni de la obra, ni de la omisión, para conocer el pecado de pensamiento. Incómodo, se echó la zamarra encima y salió. Caminaba con el cuerpo encogido, como si la niebla espesa tuviese forma de alicate y lo fuese doblando sobre sí mismo. Miraba al suelo para seguir el camino, incapaz de ver algo más allá de sus narices. Sin darse cuenta, se escuchó orando entre dientes, como si inconscientemente hubiese decidido emplear aquellos minutos en una especie de exorcismo que ahuyentara la inquina que le despertaba aquel moribundo, tan lejos de la misericordia que debería acompañarlo en una extremaunción. Reconociendo su culpa, pidió a Dios fuerzas para aquella empresa y se consagró a él con la misma devoción con la que lo había hecho por primera vez, hacía ya treinta y dos años. Cuando levantó la vista, la casa estaba allí. No la había visto dibujarse en el horizonte, sino que surgió como si alguien la hubiese puesto en ese preciso momento, como si aquel sendero fuese en realidad su vida y todos sus pasos hasta entonces hubiesen estado encaminados a aquel día, a aquella niebla, a aquella casa y a aquel patrón. Un camino que había recorrido tantas veces y que en ese momento, en el menos oportuno, le traía la sensación de recorrerlo por primera vez. Cuando estuvo frente a la puerta, se abrió antes de que llamase. “Padre…“, le dijo alguien que no distinguió y que se quedó a su espalda para cerrar. Al entrar en aquella casa, le descompuso el silencio de tumba y el olor a alcanfor, invadiéndole la sensación de armario, de espacio cerrado. Un agujero oscuro en el que los quinqués paseaban luces de aquí para allá sin que diese tiempo a saber quién los llevaba. Muy pronto vino a recibirlo la señora, encorsetada en negro, con aquel cuerpo que no era más que un suspiro y que, Don Julián lo sabía, se guardaba para sí un alma doliente, resignada y ulcerosa. “No es verdad que te duela”, pensó, aunque la viese besarle las manos como si fuese un obispo y deshacerse en llantos. Don Julián la levantó con delicadeza y le pidió que lo llevase a la habitación del moribundo. El cuarto estaba a oscuras. Se oía el silbido de su respiración doliente. La mujer dejó la luz sobre la cómoda y se acercó a encender el quinqué de la mesita que, gradualmente, iluminó un manojo de estampas sobre un tapete de encaje y la cara demacrada del enfermo tendido sobre la cama. Al verlo de nuevo, la dueña se aferró al cabecero y se dejó caer sobre el cuerpo de su esposo, acompañando aquellos silbidos de fondo con un sollozo que arrancó con fuerza pero que pronto se convirtió en letanía, tan lejos ahora del señorío con el que se dejaba ver en el pueblo en la misa de domingo. A la llamada del patetismo acudieron pronto los criados que, obedeciendo un gesto del sacerdote, se llevaron a la mujer en volandas. Por fin estaban solos. Ellos y el Señor. Don Julián se quedó un largo rato junto a la puerta, sin ni siquiera quitarse la zamarra de encima. El cuerpo del patrón se desdibujaba en la penumbra y hablaba de gordura de ceba, de hartura; el rostro, en cambio, aparecía enmarcado, imposible de pasar por alto. Trató de ver al patrón de forma diferente, de dejarse influir por tenerlo allí, a las puertas del encuentro con el Altísimo, envuelto en un aura de luz de carburo capaz de evocar la luz de santidad; pero no pudo. Allí, de pie, con el maletín todavía en la mano y la zamarra puesta, se dio cuenta de que su fe y sus recuerdos se peleaban por hacerse sitio, dándole golpes, haciéndole pasar de una emoción a otra a coces, doliendo. Cuando el enfermo se revolvió en la cama, salió de su ensimismamiento y se dispuso a preparar la liturgia. Vació de adornos la cómoda y extendió el mantelillo blanco. Dispuso los instrumentos de la extremaunción, como un cirujano del alma, llenando el hisopo de agua bendita y desgranando el algodón en siete pequeñas bolitas con las que ungir al pecador. Al volverse, sus ojos se encontraron con los del patrón, abiertos de par en par. Lo estaba mirando con la misma angustia que llevaba viendo toda la vida: la del moribundo. No se sorprendió; no era el primer poderoso al que asistía en su lecho de muerte, así que el patrón no venía a descubrirle nada. Lo miraba con esa angustia tiznada de alivio, reconfortada ante la certeza de morir en gracia con el Altísimo. Con un hilo de voz, el enfermo le pidió que se acercara y, teniéndolo cerca, estiró el brazo tratando de alcanzar la estola para poder besarla. Don Julián dio un paso atrás, empujado por un asco que no estuvo seguro de que hubiese pasado desapercibido. Se inquietó, pero sólo el tiempo justo para acordarse de que a aquel patrón ya no le quedaba mucho tiempo. Así que respiró hondo, cogió el hisopo y salpicó al enfermo. - Asperges me, Domine, hyssopo, et mundabor; lavabis me, et super nivem dealbabor. Y continuó el rezo entre aquella respiración ruidosa, sintiéndose hervir la sangre con cada palabra, azuzado por el calor del brasero en la esquina de la habitación, como un infierno a la espera. Llegado el momento de la confesión, se acercó al moribundo. - ¿Don Manuel? El patrón abrió los ojos. El sacerdote le preguntó si tenía algo que confesar antes de recibir el santo Viático, si había algo por lo que quisiera pedir perdón a Dios y suplicar su absolución. Y no dijo nada. El patrón negó con la cabeza. Y Don Julián siguió con la liturgia y, ahora, con la imagen del patrón todos aquellos años atornillada en las sienes… Años llenos de soberbias, de abrir piernas a golpes y de cerrar bocas levantando la mano, de escamotear pagos y cobrar diezmos. El pulso se le desbocaba viendo a aquel hombre que, incluso convertido en un guiñapo por la tuberculosis, temeroso del juicio del Señor y sin fuerzas ya para retener sus propios orines, se reía de Dios pasando por alto pecados que no creía necesario reconocer. Don Julián siguió adelante con el ceremonial, paciente, lamentando con cada tos del enfermo que el Todopoderoso no se llevara a aquel mal bicho de una buena vez. Siguió adelante apretando los dientes mientras se recordaba de rodillas en el confesionario, escuchando los pecados y los secretos de una aldea ignorante que se culpaba de los pecados del terrateniente. Años de historias que hablaban de pajares convertidos en burdeles, de derechos de pernada, de palizas en los recodos de los caminos, de esquilmar cosechas ajenas… Pero Don Julián no se detuvo. Siguió con la perorata aunque recordara la cara deshecha a golpes de Evaristo, las lágrimas de Juan junto a un potrillo abierto en canal y con los ojos llenos de moscas, la vergüenza de Anita a punto de parir un bastardo de Don Manuel… Terminada la oración, fue hasta la cómoda y mojó los algodones con el óleo bendito. Y con el rezo que marca la liturgia, ungió al enfermo: en los ojos, en los oídos, en las narices, en la boca cerrada, en las manos, en los pies… Pero con el séptimo algodón en la mano, a punto de ungir los riñones, detuvo la letanía. El patrón, que por momentos parecía ya muerto, abrió los ojos buscando saber qué pasaba. Y cuando vio que el sacerdote encerraba el algodón en el puño y daba un paso atrás, su mirada se volvió suplicante, con una mezcla de pavor y desamparo. - No voy a absolverte, patrón. Y espero que Dios tampoco tenga la misericordia que a mí me falta. Fue suficiente un esfuerzo final para tratar de suplicar clemencia. El acceso de tos acabó con el patrón entre estertores, delante de un sacerdote complacido en aquella muerte. Cuando todo terminó, metió las cosas en el maletín y salió de la habitación. Dio el pésame a la viuda y le aseguró que su esposo había muerto en la paz del Señor. Salió de la casa con los gritos de la señora pegados a los talones y los ayes de los criados enganchados en la sotana. Y echó a andar embutido en la zamarra y cargando con aquel pecado sobre sus espaldas, seguro de que, de arrepentirse algún día, Dios sabría perdonarle lo que había hecho. |
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cita de Teniente_Tulip
Creedme: si hay una forma tonta de romperse un dedo, ésa es la que yo voy a elegir... Un pequeño accidente... Perdón por la demora.
Te veo en largo, te veo en largo.Pues he elegido Castigo. Me gusta mucho la idea de los ISOs (Bizarro lo sabe) y creo que "La niña que casi conoció a Koji Kabuto" está (permítaseme la licencia) mejor escrito, pero a Castigo le tengo un cariño especial, probablemente porque lleva el lastre de haber quedado penúltimo (creo recordar) en un certamen... Además, es muy Teniente (que diría R2) y confío en que, en un futuro, sea la semilla de algo de más de 1700 palabras (el mismo universo en donde vive El Barbero de Mandaio...). Voy a postearlo aquí de nuevo; esta vez tiene 1700, más o menos. Entenderé perfectamente que no os lo traguéis otra vez, pero si alguien lo hace y ve algo que le chirría, aquí estoy para escucharlo... Y si no es tarde, el viernes lo posteo en el hilo principal. Gracias de nuevo a todos.
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cita de Teniente_Tulip
Creedme: si hay una forma tonta de romperse un dedo, ésa es la que yo voy a elegir... Un pequeño accidente... Perdón por la demora.
Gracias, tulip. Pues he elegido Castigo. Me gusta mucho la idea de los ISOs (Bizarro lo sabe) y creo que "La niña que casi conoció a Koji Kabuto" está (permítaseme la licencia) mejor escrito, pero a Castigo le tengo un cariño especial, probablemente porque lleva el lastre de haber quedado penúltimo (creo recordar) en un certamen... Además, es muy Teniente (que diría R2) y confío en que, en un futuro, sea la semilla de algo de más de 1700 palabras (el mismo universo en donde vive El Barbero de Mandaio...). Voy a postearlo aquí de nuevo; esta vez tiene 1700, más o menos. Entenderé perfectamente que no os lo traguéis otra vez, pero si alguien lo hace y ve algo que le chirría, aquí estoy para escucharlo... Y si no es tarde, el viernes lo posteo en el hilo principal. Gracias de nuevo a todos.
En serio te has roto un dedo?
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jajajajaa Ya sabes que tú y yo nos veremos en el infierno... Pues sí. Parece que me he roto algo que se llama falange distal. Dedo pulgar de la mano izquierda, para más datos. Y de una forma estúpida, acorde a mi historial. En fin! A cambio, tengo 3 ranitas super-chulas para poner en el dedo (no se puede escayolar) y 6 semanas por delante para acostumbrarme. Ahora alcanzo a comprender la maravilla del pulgar oponible... |