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Las ramas y las hierbas secas crujían bajo el cuerpo del pobre chico mutilado, que avanzaba con torpeza. La única pierna que le quedaba se agitaba frenéticamente tratando de impulsar su cuerpo hacia delante, huyendo de algo, o de alguien… Detrás de él unas pisadas más fuertes y persistentes se acercaban con espeluznante monotonía…
El chico miraba de un lado a otro, con el rostro desencajado por el terror, tratando de encontrar una salvación, o esperando despertar de esa pesadilla. Pero el terrible dolor que sentía en su pierna cortada, le aseguraba, lamentablemente, que eso no era ningún sueño.
Había perdido mucha sangre y el mundo estaba huyendo de él, escurridizo, como vagas sombras imposibles de atrapar, que persigues durante evos de ensueño... Pero entonces, de pronto, un ruido seco volvió a traerlo hacia la realidad. Giró la cabeza con lentitud, tratando de mirar hacia atrás, temiendo lo que podría ver… y ahí estaba él, sujetando dos cuchillos de cocina untados con sangre humana, el argentino mefistofélico…
-Les dije: “¡No me rompan los helados!” Les dije… se lo dije, sí, se lo dije: “¡No me rompan los helados!” ¡Se lo dije…! ¡Infiernos!- salían estas palabras de su boca que no dejaba de moverse, gesticulando con demencia -¡No me rompan los helados!- y gritando con cólera, él le rompió la cabeza por la mitad, al pobre muchacho mutilado…
¡Qué triste final para ese pobre chico! ¡Con una pierna menos, la cabeza abierta, muerto de sed y hambriento! Ahora os preguntaréis qué demonios tiene de importante que estuviera muerto de sed y tuviera hambre, cuando le habían cercenado una pierna y partido la cabeza. ¡Qué estúpida insignificancia! ¿No? ¡Pues no! Y para que lo comprendáis, ahora tengo que volver atrás, y contaros las circunstancias que llevaron a este pobre chico a su triste final.
Su nombre era Antonio, Antonio González. Muchos le llamaban Antoñete, pero bueno, no es muy importante. Prosigamos. El pobre infeliz se había quedado tirado en una carretera polvorienta en medio de la calurosa plana del Urgell, cuando la chatarra de su coche decidió que ya era momento de pasar a mejor vida.
Asqueado y muerto de calor, bajo unos crueles rayos de sol, anduvo durante horas en medio de la nada, tratando de llegar a algún pueblo, o zona habitada. Al rato, sus ojos contemplaron, aliviados y con esperanza, un bar restaurante que clavaba sus cimientos a un flanco de la carretera.
“La Dulcísima: endulza tu vida” rezaba el eslogan.
Entonces, Antoñete dudó unos instantes, pensando que si entraba en ese lugar le podrían confundir con algo que no es. Pero bueno, vayamos al grano. Antoñete tenía mucha hambre, y sed, tal y como os he contado en el último episodio de su vida. Así que decidido a medias, entró en el bar…
El lugar se veía bonito y limpio, eso no se podía poner bajo la sombra de la duda, pero la gente… mmmmmmm… la gente… era la clientela más rara que había visto nunca. Había caras de todo tipo, expresiones sardónicas y pretenciosas, voces lúgubres y otras tantas muy viriles… pero ninguna como la que de pronto empezó a brotar de las cuerdas vocales de alguien que estaba saciando su ludopatía en una máquina tragaperras:
-¡Eres más tonto! ¡Argentino tenías que ser! ¡Sudaca! ¡Ay…!- vomitó ese ser, con un gruñido de ultratumba. Un puñado de cacahuetes le rebotaron en la cabeza y por toda la cara, en respuesta a sus palabras. El camarero de la barra se los tiraba con una sonrisa en los labios, mientras decía:
-¡¿Qué dices, princeset?! ¡Hablá bien! ¡Hablá más fuerte! ¡Que no se te endiende! ¡Toma, come cacahuetes mono! ¡Pero qué tonto eres! ¡Pero qué tonto…!- y se ponía a reír con una postura de macho dominante que apabullaba a la pobre cocinera que en ese instante cruzaba la barra para entrar a su lugar de trabajo.
De mientras, otro camarero, muy diferente a este primero, no tan macho ni viril, corría de un lado a otro del bar atendiendo servilmente a la clientela. Se le veía cansado e irritado, y más aún cuando las viejecitas le hacían ese ruidito chispeante que se alarga entre dientes.
Sacando pecho y haciendo de tripas corazón, Antoñete se adentró en el bar, acercándose a la barra donde el primer camarero, el más machote y varonil, se pavoneaba hablando de mujeres, con un cliente de posturas fanfarronas.
-Por favor…- dijo, con un hilo de voz -¿Me pone una cerveza y uno de esos bocadillos?- pidió tímidamente, señalando la vitrina que tenía delante. Pero no obtuvo respuesta alguna. El camarero argentino siguió hablando de mujeres, sin prestarle atención. -¿Por favor?- insistió pasados unos minutos. -No me moleste- contestó el camarero -estoy ocupado trabajando, ¡¿no lo ve?!-. -Oh, vaya…- suspiró Antoñete -pues cuando pueda…-. -Sí, sí…- contestó el camarero viril.
Pero pasaron los minutos, y el pobre Antoñete seguía sin ser atendido. Por su cabeza pasaban pensamientos críticos y de desprecio que no osaba decir en voz alta. “Seguro que si fuera una tía bien guapa como algunas de las que habla este tío, me prestaría más atención. ¡Ostras! ¡Pero cómo soy un tío!” pensó en ese momento.
Entonces buscó con la mirada al otro camarero, a ver si éste le prestaba más atención. ¡¿Pero cuál fue su sorpresa?! ¡El otro también estaba hablando! Unas señoras le habían preguntado cómo se llamaba, según lo que parecía, interesadas en un anuncio puesto por el camarero en el que promocionaba su tercer libro que iba a publicar en agosto.
-Me llamo Jaume- respondió el camarero, haciéndose el interesante. -¿Jaume qué más?- inquirió una señora de mediana edad que lo miraba con palpable interés. -Ahhh…- balbuceó -Moreso…- -Tendré que acordarme- dijo esta clienta, mirándolo de arriba abajo -así podré decir que te conozco cuando seas un escritor famoso…- y le guiñó un ojo con picardía. -Bueno… no sé si seré famoso…- respondió tímidamente el camarero aprendiz de escritor. -¡Ya verás que sí! ¡Con este estilo que tienes! ¡Mejor que un torero!- le volvió a guiñar el ojo. El camarero escritorzuelo no supo qué decir, estaba ruborizado y miraba hacia otros lados. -¿Y sobre qué es este libro que publicas?- se interesó la señora, que lo miraba hambrienta. -Ah… bueno… son relatos cortos de fantasía, terror y alguno de erótico…- -Oh, caramba, erótico… qué interesante…- El camarero tragó saliva. -Si bueno- se anticipó a decir -también tengo alguno de terror medio cómico… por ejemplo el que se titulará “El Argentino Mefistofélico”, y será algo como que… basado en algunas cosas reales…- -¿Y me lo dejarás leer no?- preguntó la señora, con picardía. -Sí, ¡claro! Cuando lo saque traeré algunos ejemplares aquí para vender…- terminó la frase débilmente, con un suspiro, cuando unos gritos le alertaron. -¡Rompan con cuidado! ¡Rompan con cuidado! ¡Infiernos!- llegaba volando, como una bofetada, una voz masculina, potente y armónica -si total… ¡lo paga el jefe!-. Otra voz, más debilucha, que no se llegaba a entender, respondía a esos comentarios mordaces. Pero la voz masculina era más potente, y llegaba con persistente intensidad, aplacando a la otra -¿Y el coso? ¡¿Que no lo sabes?! ¡¿Con qué sí?! ¡Ya te diré yo a dónde va el coso! ¡Mira!- de pronto se escuchó un golpe muy fuerte, precediendo a un crujido de huesos.
La mirada del camarero intento de escritor se tornó en sorpresa, y se acercó preocupado al lugar del misterioso ruido. Un hombre alto, con un suéter ridículo y un bigote de lo más curioso, salió de la cocina, con pasos anchos y decididos. Se cabeza no paraba de balancearse de un lado a otro, y su boca, debajo de ese mustacho rimbombante, se contorneaba frenéticamente de un lado a otro, abriéndose y cerrándose como si corriera una cremallera imaginaria.
-“¡Cuiden los vasos!” Les dije… ¡Sí! ¡Vaya si les dije! “Cuiden la vajilla, que es cara…” les dije… ¡Pero no! ¡Todo son pérdidas! ¡Todo son pérdidas!- balbuceaba con rabia, como un rinoceronte después de una colonoscopia -¡Ay…! ¡Pero ya verán cuando les descuente del sueldo…!-.
El otro camarero, el macho alfa, no se había inmutado demasiado. Ahora hablaba de sus músculos y de los ejercicios que hacía en el gimnasio, demostrando algunos movimientos mientras sacaba pecho. De pronto miró de reojo al señor mayor, cuando decía: “-¡Qué paciencia tengo que tener! ¡Me van a salir canas verdes! ¡Infiernos! ¡Canas verdes!-”. Y se desplazó discretamente en dirección a la puerta de salida, cruzándose un momento con dos viejetes que le pedían la cuenta al argentino bigotudo, que no paraba de renegar. -Señor, señor…- decía un viejete -¿Quién me cobra los dos chocolates con porras?- preguntaba, con un billete de cincuenta euros entre los dedos. El argentino del bigote le arrebató el billete con un zarpazo de sus fornidas manos, antes que ni siquiera el pobre viejete pudiera reaccionar.
-¡Cincuenta dólares! ¡Ya está bien! Ahora les cobro yo y luego les vuelve a cobrar mi hijo. Así les cobro doble, y hacemos ganancia. ¡Qué les parece!-. Los viejetes se intercambiaron miradas de incredulidad, pero no llegaron a pronunciar fonema alguno ya que de pronto llegó el otro camarero, el que soñaba con ser escritor, ¡qué iluso! -Pero pibe… ¡Pero pibe!- tartamudeó el camarero rabino -¡¿Qué le has hecho a la cocinera?!-. -¡Tú calla!- escupió el bigotudo -¡Que siempre estás hablando!-. -¿Yo? ¿Yo?- balbuceaba -yo… yo no hablo… es el otro… todos hablan y yo soy el que trabajo…- -¡Sí, claro! ¡Tú siempre diferente! ¡Estos catalanes! ¡Siempre quieren ser diferentes a los demás! ¿Pues sí? ¡Ahora te haré diferente!- y no terminó de pronunciar la última sílaba cuando atravesó el pecho del pobre iluso quijotesco con un imponente cuchillo de carnicero. -¡Toma! ¡Ahora sí que eres diferente! ¿Qué te parece?-. -Oh… oh… vaya…- balbuceaba el catalufo, entre gorgoteos sanguinolientos -no lo he visto venir, me has pillado desprevenido…- -¡Infierno! ¡Porque no prestas atención a las cosas!- respondió entre carcajadas de enajenación acumulada -¡Poder de observasión…! ¡Poder de observasión!-. -Pe… pero… pero… si aquí… sólo, sólo… trabajo yo…- balbuceaba el camarero catalán, mientras todas sus energías le abandonaban y caía lánguidamente al suelo, cogiéndose patéticamente al ridículo suéter del argentino bigotudo -¡Joder!- gritó, terminando al fin con su vergonzoso drama, y su vida llena de ilusiones y pajaritos se desvaneció.
Toda la clientela gritó. Se levantaron precipitadamente de sus sillas, tirando platos y tazas en su patoso intento por huir.
-¡Eso! ¡Eso! ¡Eso!- gritaba el argentino, mefistofélicamente, alargando las “es” con un acento cantarín -¡Rómpanlo todo! ¡Rompan con cuidado! Total… ¡No lo pagan ellos!-.
Los rostros de pavor y de inquietud se mezclaban con aborrecible fealdad, gritando y suplicando que no les hicieran daño. Se empujaban unos a otros, como las viejecitas en las colas de los supermercados, cuando tratan de llegar primeras a la caja. Se abalanzaron todos en procesión hacia la salida, pero ahí estaba el otro camarero, el “macho man”, que con una sonrisa maliciosa de oreja a oreja, cerró a cal y canto la puerta de salida.
La gente fue presa de la ansiedad. Algunos desfallecieron al instante, otros vomitaron y algunos se mearon encima, patidifusos y perdidos en ataques de pánico. Entonces, el argentino mefistofélico saltó por encima de la barra, empuñando dos profusos cuchillos de carnicero que inspiraron horror a la clientela, encogiéndoles el corazón con agobio, y con la pesadilla de la carnicería que estaba por venir.
“¡¿Pero qué fue de Antoñete?!” Muchos os preguntaréis.
De pronto parecía que hubiese desaparecido, ¡pero no! El pobre Antoñete seguía en la barra, ¡sin ser atendido! Y en medio de cabezas volando, y rodando por el suelo, miembros descuartizados, sangre brotando por doquier y salpicando toda la estancia, el pobre Antoñete, muerto de hambre y sediento, se arrastraba a gatas por el suelo, esquivando los cuerpos despellejados, que le caían encima; las cabezas rebanadas, que le rebotaban como pelotas de fútbol; los brazos cortados y arrancados, que se le pegaban como si quisieran agarrarlo; y las tazas y vasos que seguían rompiéndose.
-¡Eso! ¡Eso!- continuaba gritando, mefistofélicamente, ese argentino bigotudo, de ridículo suéter encima de una feliz barriguita.
Antoñete aprovechó la confusión para escabullirse hacia atrás, pensando que en el almacén habría una ventana por donde pudiera escapar. Pero repentinamente una garra se le clavó en el tobillo.
-¡Tú! ¡Ven aquí, pendejo boludo! ¡Que eres un lerdo, un lerdo!- y escupiendo estas palabras sarcásticamente, clavó su temible cuchillo en la rodilla de Antoñete, que gritó como un friki dopado al conseguir la última edición de su serie Manga favorita. Volvió a levantarlo en el aire, desgarrando la pierna del pobre infeliz, y salpicando el techo con un chorro rojizo. Y entonces, con una expresión de divertimiento, volvió a golpear la pierna, con una arremetida contundente, que seccionó el miembro en dos. Antoñete gritó desesperado, y se impulsó atormentado hacia delante, tratando de huir. El argentino sanguinario, divertido con su entretenimiento, se descuidó por un instante y no se percató de la huida de nuestro triste protagonista.
Antoñete subió como pudo hacia la ventana, que efectivamente, se abría en el almacén hacia el exterior. Se despeñó por ella, y huyó arrastrándose tan lejos como las fuerzas le permitieron, sin haber sido atendido, sediento y muerto de hambre, para terminar, ay sí… terminar, como ya sabemos…
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