Dentro de mis libros de viajes voy derivando hacia pueblos de mediano tamaño, mucho más agradecidos de que alguien se ocupe de ellos que las grandes ciudades. No obstante, también hago un buen esfuerzo con estas últimas, en concreto describiendo Segovia o Burgos (aún no presente en Bubok).
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Te copio un pasaje de la novela La hermana San Sulpicio, de Armando Palacio Valdés. La monja en cuestión se pone a bailar unas seguidillas... " Pero nos faltaba lo más difícil: convencer a la hermana María de la Luz. Aquella tímida e insignificante criatura rehusaba con tenacidad levantarse de la silla. Fue preciso que su prima la cogiese enérgicamente por los brazos y la alzase casi a viva fuerza. —Beata, chinchosa, ¿crees que te vas a condenar? Pierde cuidado, que nadie té quita la sillita que tienes en el cielo. Pero se encontraron con que no había palillos. El sabio fondista dijo que él los traería; y en efecto, a los dos minutos se presentó con dos pares de castañuelas que entregó a las hermanas. Entonces éstas se despojaron de las papalinas y las tocas. Por primera vez vi los cabellos de la hermana San Sulpicio. Eran negros y lucientes hasta dar en azules, levemente ondeados, no muy largos porque al pronunciar los votos la tijera había hecho feroz estrago en ellos. Hecho otro viaje de exploración por las cercanías de la sala y cerradas herméticamente todas las puertas, Suárez comenzó a rasguear la guitarra. Hubo un momento de ansiedad. Las dos bailadoras se habían puesto una frente a otra y se miraban sonrientes; la hermana María de la Luz con la cabeza baja y ruborizada hasta las orejas; su prima con los brazos en jarras, un poco pálida, los labios secos, acentuaba el leve estrabismo de sus hermosos ojos negros aterciopelados. A mí me daba saltos el corazón de puro anhelo. El malagueño alzó un poco la voz cantando una seguidilla. De pronto los cuatro pares de palillos chasquearon con brío, las bailadoras abrieron los brazos y avanzaron una hacia otra y se alejaron inmediatamente, levantando primero una pierna, después otra a compás y con extremado donaire. Mis ojos de enamorado percibieron por encima de la tosca estameña el bulto adorable del muslo de la hermana San Sulpicio. Siguieron una serie de movimientos y pasos, ajustados todos al son de la guitarra y de las castañuelas, que no cesaban un instante de chasquear con redoble alegre y estrepitoso. El cuerpo de las dos primas tan pronto se erguía como se doblaba, inclinándose a un lado y a otro con movimientos contrarios de cabeza y de brazos. Éstos, sobre todo, jugaban un papel principalísimo, unas veces abiertos en cruz para presentar el pecho con aire de desafío, otras recogiendo del suelo algo invisible que debían de ser flores, otras levantados en arco sobre la cabeza, formando en tomo de ella como un hermoso marco de medallón. Yo no miraba más que a la hermana San Sulpicio, no sólo por la afición que la tenía, sino porque en realidad era la que mejor bailaba. Su prima, o por temor o vergüenza, o porque no la hubiese dotado la naturaleza con gran cantidad de sal, limitábase a señalar los movimientos y a guardar el compás. Ella los acentuaba en cambio briosamente, gozándose en las actitudes donde la esbeltez y la flexibilidad de su cuerpo se mostraban a cada instante de un modo hechicero. La hermosa cabeza inclinada a un lado, los ojos medio cerrados, la boca entreabierta, dilatada por una sonrisa feliz, donde todo su ser se anegaba, parecía la bayadera del Oriente ostentando con arrobo místico en la soledad y misterio del templo la suprema gracia de su carne dorada como las hojas del loto en el otoño, el brillo fascinador de sus ojos. En aquel momento podía jurarse que no nos veía, absorta enteramente en el placer de ir mostrando una a una las mil combinaciones elegantes a que su airosa figura se prestaba. La pasión del baile era la pasión de su cuerpo, era la adoración estática de su propia gracia. Cuando una mudanza terminaba parecía salir de su éxtasis, y nos miraba risueña con ojos vagos y húmedos. Yo estaba crispado de la cabeza a los pies. Hubiera deseado que el baile se prolongase indefinidamente, y formé propósito inmutable de escribir unas décimas describiéndolo, que por cierto se publicaron algunos meses después en La Moda Elegante: no sé si ustedes las habrán leído." |
| Esos narradores decimonónicos son buenos en lo suyo, sobre todo, a mi juicio, Juan Valera. Pero monjas atrevidas hay muchas, recuerdo un convento zamorano (Sta Mª la Real de las Dueñas, pag. 201 de mi libro, por si lo lees) del que leí los escándalos ocurridos entre monjas y curas vecinos, escenas de alto contenido erótico, te lo puedo asegurar. |