Por encargo del ganador del XXXIII certamen, Carlos Aribau, abro este topic para el certamen de la quincena que entra.
El tema: Ilusiones y Fantasías.
Se pueden colgar relatos de hasta 1700 palabras, hasta el jueves 3 de junio a las 22:00.
A escribir.
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EL LIBRO DE MAGIA DEL MAGO RISUTTO Que empezase el calor, significaba que un día, al volver a casa del colegio, encontraría cerezas en el frutero que había encima de la mesa. Y cuando las cerezas eran muchas, era señal de que el tío Nicolás aparecería de un momento a otro. Solía hacerlo dos veces al año, se quedaba una semana y hacía que el mundo de Martín se volviese del revés; porque cuando tienes cinco años, tener un tío mago significa el pasaporte al asombro permanente. El tío Nicolás era hermano de su abuela. Se marchó a hacer las Américas en los años treinta y, sin que nadie entendiese muy bien ni cómo ni por qué, acabó siendo mago. Acabó siendo mago y la comidilla de los vecinos que, para escarnio de los bisabuelos de Martín, convirtieron en mofa un oficio que tampoco ellos acababan de entender. Y así fue hasta que llegaron las cartas selladas en las Américas que cambiaron pareceres en el vecindario como una epidemia. Los recortes de periódico y las fotografías que el tío envió, hicieron que todos, de cuajo, pasaran a ser los vecinos del gran Mago Risutto, que triunfaba al otro lado del mundo sacando conejos de una chistera. A punto de cumplir los tres años, Martín asistió a su primer gran truco: sentados a la mesa para comer, el tío, con las mangas de la camisa remangadas hasta el codo, se levantó, movió las manos en el aire -enseñando la palma y el revés-, entrelazó los dedos huesudos y elásticos, cerró las manos formando un hueco y, con cuidado, las acercó a la jarra del agua, en el centro de la mesa; después, separó las manos y dejó caer un pez de color naranja. Todos aplaudieron excepto Martín. Él miraba la jarra de cristal y al pez diminuto moverse en círculos, y al tío Nicolás que lo miraba sonriendo, y otra vez al pez, y otra vez al tío... incapaz de entender y rendido a la maravilla de no hacerlo. Después de aquel primer truco, vinieron muchos otros. El Gran Mago sacó palomas de la nada, cortó a la abuela en dos mitades -y volvió a unirla-, hizo moverse cosas en el aire... Martín fue siempre el más entusiasta del público. Su fascinación por el tío era absoluta. Mientras estaba en la casa, lo seguía a donde fuera; si alguien le renconvenía a no hacerlo, lo espiaba desde detrás de las puertas. Le fascinaba la idea de tener un mago, uno de los que salen en los cuentos, en su casa. Porque a esa edad en la que es fácil convencerte de que un ratón viene a llevarse el diente de debajo de la almohada o de que tres reyes magos se acercan a tu casa en camello, creer en los poderes mágicos del tío Nicolás fue poco menos que inevitable. Y nadie quiso romper el hechizo, nadie quiso perderse la boca abierta del niño ni sus ovaciones al final de cada actuación; así que nadie le explicó nunca que aquello no era más que un truco, que en realidad la magia se llamaba doble fondo y los poderes, habilidad. Martín fue creciendo y cumplió los tres, los cuatro y los cinco. Y cada año esperó con más ansia la llegada del tío, enfiebrado por las ganas, deseoso de verlo aparecer. Aquel mes de Junio, con el colegio terminado, el tío apareció por sorpresa -no había cerezas en el frutero-. Martín apartó a Juan, demasiado pequeño para frenar tanto entusiasmo, corrió a colgarse de su cuello y, cuando estuvo seguro de que el tío estaba allí, de que el mago había vuelto, le ayudó como pudo a llevar sus cosas a la habitación. Estuvo con él mientras deshacía la maleta y desenvolvía los paquetes, y lo esperó dentro cuando él le dijo: “Voy a asearme. Puedes quedarte aquí si me prometes que no vas a buscar tu regalo”. Y aunque se lo prometió, lo hizo con los dedos cruzados a la espalda; así que, en cuanto se fue, rebuscó entre la ropa con cuidado de no descolocar nada. Y entre camisetas interiores y calcetines, vio lo que estuvo seguro que era para él: un libro. Con cuidado, lo sacó de la maleta. Se asomó al pasillo, escuchó el agua correr en el cuarto de baño y volvió dentro. Lo abrió por la mitad, vio los dibujos y estuvo seguro de que aquél no era su regalo, de que se había equivocado, de que aquel libro no era para él. Y ya no le importó dejarlo encima de la maleta, ya le dio igual que el tío supiese que se había saltado la promesa. Ahora Martín también sabía cómo se sacaba un conejo de la chistera. Y cuando corrió a contárselo a su madre, cuando le dijo “¡mamá, el conejo que saca el mago Risutto de la chistera no está en el sombrero, está escondido debajo!” y ella le contestó “¡claro, cariño, es un truco!”, supo también que sólo él había aplaudido la magia; los demás habían aplaudido otra cosa. Ni ese día ni al siguiente, probó bocado. Pasaba las horas caminando alrededor de la casa, excavando hoyos con una rama, sentado en unas piedras, fingiendo que leía en su habitación... Callado, en un mutismo impenitente que nadie sabía de dónde podía salir ni cómo hacer que se fuera. Una y otra vez le preguntaban qué tenía, qué le pasaba. Él siempre respondía un “nada” que era en realidad un no saber cómo contar qué le estaba pasando, no conocer aún las palabras que explicaban qué le dolía. No sabía qué era defraudar, pero se sentía defraudado; no sabía qué era estafar, pero se sentía estafado; no sabía qué era ser crédulo, pero se sentía así. Al tercer día sin palabras, el tío Nicolás se vio en la obligación de acabar con tanto mutismo; entre otras cosas porque la familia acabó exigiéndole una colaboración que había empezado pidiéndole de favor. El tío accedió, pero lo hizo a regañadientes. Y no porque no deseará escuchar de nuevo a Martín o verle los ojos de par en par cuando actuaba, sino porque, en realidad, no tenía ni la más remota idea de cómo tratar con alguien de aquella edad. Como mago, le bastaban sus trucos; como tío, aún no había descubierto ninguno. Lo intentó, claro. Por las buenas y también por las malas. Dijo en voz alta todas las posibilidades que se le habían ocurrido, todos los porqués que podían explicar qué estaba pasando, pero Martín no dijo “sí” a ninguna, no cambió el gesto con ninguna, no le hizo pensar que con ninguna estaba acertando. Hasta que de pronto se dio cuenta y se preguntó cómo no lo había visto hasta ese momento, cómo podía ser tan torpe como para no saber que lo que mantenía a su sobrino callado era haber descubierto que Risutto no era el mago que creía. - ¿Piensas que he hecho trampas, verdad? Hablaron durante mucho tiempo. Desde que el tío Nicolás pulsó el interruptor correcto, el niño no dejo de hablar. Se explicó como pudo, a trompicones, y escuchó a regañadientes las explicaciones de aquel adulto que había pasado de dios a diablo, arrastrando consigo a otros. No estaba dispuesto a perdonarlo ni quería volver a ver al mago Risutto, pero se peleaba con las ganas de que todo volviese a ser como antes, cuando el tío Nicolás aparecía con su baúl y su maleta y fabricaba en el aire peces de colores. Quería que alguien le dijera qué podía hacer con toda la rabia, qué podía hacer para dejar de sentirse pequeño y tonto, que podía hacer para volver a querer al tío Nicolás aún sabiendo que el pez no se fabricaba en el aire sino que se escondía donde nadie pudiese verlo. Y cuando escuchó - ¿Quieres que te enseñe trucos?¿Quieres ser mago? en boca de su tío, lo entendió como una agarradera. Y sin querer hacerlo en realidad, sonrió. Tres días después, Martín sabía hacer desaparecer una moneda, convertir la varita mágica en un ramo de flores de papel y convertir un pañuelo en cinco anudados en los extremos. Su primera actuación -el truco de la moneda delante de sus padres- arrancó una ovación sonora que no hizo sino espolearlo en aquellas ganas por ser mago que se le habían instalado dentro. Y no es que antes no lo hubiese deseado, sino que antes, seguro como estaba de no tener poderes, no creía posible serlo. Ahora, sí. Llegó el día en el que el tío Nicolás cerró las maletas y se volvió a las Américas. “Volveré en el tiempo de las cerezas”, dijo. A Martín le regaló un juego de magia y un libro de trucos lleno de dibujos. Le hizo prometer -esta vez le revisó los dedos- que, ahora que era aprendiz, practicaría todos los días. Una semana después, Martín practicaba trucos en su habitación. Entre mordisco y mordisco al bocadillo de la merienda, miraba los dibujos del libro, repetía los pasos y se moría de ganas por aprender a leer. Cuando se dio cuenta, tenía a su hermano Juan a su espalda, mirándolo con cara de aburrido. Quería jugar, quería que Martín jugase con él y quería que fuese ahora. Martín, que no podía perder el tiempo con criaturas de dos años ahora que estaba volcado en la tarea de ser mago, trató de apartarlo de allí; pero Juan insistía, una y otra vez, incordiando y tocando con las manos todo lo que había encima de la mesa. Martín sabía que si llamaba a su madre escucharía aquello de “anda, cariño, juega un poco con tu hermano...”, así que intentó otra cosa. - Juan -le dijo-, mira lo que puedo hacer... Cuando terminó el truco y vio la boca abierta de su hermano, aquellos ojos de par en par ante su primer truco de magia y aquella mirada de sorpresa y de admiración, supo realmente cómo se sentía el mago Risutto. Así que cuando Juan le preguntó - ¿Cómo lo has hecho...? él le contestó: - Magia...
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