Humillados y Ofendidos (1861), Fiódor Mijáilovich Dostoievski (1821-1881)
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Eiji Yoshikawa Musashi LIBRO I TIERRA La campanilla.- Takezo yacía entre los cadáveres, que se contaban por millares. El mundo entero se ha vuelto loco -pensó nebulosamente- Un hombre podría compararse a una hoja muerta arrastrada por la brisa otoñal. El mismo parecía uno de aquellos cuerpos sin vida que le rodeaban. Trató de alzar una mano, pero sólo pudo levantarla unos pocos centímetros del suelo. No recordaba que jamás se hubiera sentido tan débil Se preguntó cuánto tiempo llevaría allí... |
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"ASÍ QUE SALIMOS de la rutina permutando uno con otro habilidades en el renglón porno y después de practicar un poco pudimos hacerlo sin el proyector y realizar los actos sexuales más espantosos en cualquier esquina detrás del vidrio azul agitando los rectos y pelos púbicos que pasaban como hojas secas que caen en el mingitorio: J'aime ces types vicieux qu'ici montrent la bite" William S. Burroughs La máquina blanda(1961)
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Los insultos los reforzabas con amenazas, y eso sí lo sufría yo en mis propias carnes. Por ejemplo, me aterrorizaba oírte decir: "Te voy a abrir en canal"; sabía muy bien que no iba a suceder nada grave (de pequeño no estaba tan seguro), pero, de acuerdo con la idea que tenía de tu poder, no dudaba que habrías sido capaz de hacerlo. También sufría terriblemente cuando echabas a correr gritando alrededor de la mesa en persecución de alguno de nosotros, y, aunque obviamente no tenías intención de capturarlo, fingías que sí, hasta que al final mamá, sumándose a la pantomima, nos salvaba la vida. El niño se figura que una vez más había conseguido sobrevivir gracias a tu clemencia, y a partir de entonces iba a seguir viviendo en la certeza de que la vida era un regalo tuyo, por supuesto inmerecido. Franz Kafka Carta al padre (1919)
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Su destierro no debía ser otra cosa que el desenlace lógico de un drama interior, y no un castigo impuesto por una voluntad extraña. Embriagado, sin duda, por su ensueño, no había podido soportar esas reglas de bronce que en el universo civilizado llevan encarrilado al hombre desde la cuna hasta la sepultura; y había llegado un momento en que el aire le había parecido irrespirable en medio de esa selva de innumerables leyes por las que, a costa de su independencia, compran los ciudadanos un poco de seguridad y de bienestar.
Jules Verne. "Los náufragos del Jonathan". |