Zaherido // Pequeño homenaje a Delibes
Desde pequeño se afanó en recorrer los campos. Al atardecer se sentaba en la roca de la ladera, frente al sol cayendo, y miraba embelesado. Y, al amanecer, desde la puerta del cortijo, oteaba el horizonte y otra vez se extasiaba ensimismado en la llegada de un nuevo día. Y en primavera, verano, otoño o invierno, siempre recorría los paisajes, con la ilusión del joven más enamorado. Libre como el viento y en todo momento disfrutando del verde en los bosques y del rumor de las aguas yéndose por los regatos.
Desde pequeño y, según fue creciendo, se despertaba en él la necesidad de recoger y guardar sus abrazos con estos campos. Por eso, a su modo y de la mejor manera que sabía, cada día escribía en su cuaderno. Dibujaba algunos planos, ponía nombre a los árboles, rocas, fuentes y ríos y daba colores a las nubes. Y su cuaderno se fue llenando. De sencillos versos, de relatos vírgenes, de caminos blancos, de flores, de vuelos de pájaros y, sobre todo, de muchos y precisos planos. Y cuando el padre le preguntaba:
- ¿Y para qué quieres todo esto?
Él siempre respondía:
- Para mí mismo. Para tener siempre conmigo las cosas que me gustan tanto.
- Pero todas estas cosas las tienes cada día y en vivo frente a ti.
- Es cierto pero no es lo mismo. Este cuaderno y los planos que en sus páginas estoy dibujando, es como un tesoro único y personal. Como mi mayor fortuna.
Y el padre callaba y dejaba que siguiera con su juego. Hasta que un día, cuando ya tenía bastante años, se presentó en el cortijo el dueño de aquellos campos. Saludó al padre y luego le preguntó:
- ¿Y tú hijo?
- Con su cuaderno y por los caminos recorriendo los campos.
- ¿Su cuaderno?
Sí, su tesoro más íntimo y preciado.
- Me gustaría verlo.
Y el padre se fue con el dueño en busca del hijo. Desde el cortijo en la ladera, bajaron hasta el valle del río y luego subieron al cerro de los robles. Llamándolo a cada instante y mirando por todos los caminos. Caía la tarde y era primavera. Por eso todos los paisajes olían a hierba fresca, a flores y polen nuevo y cantaban los pajarillos.
Se lo encontraron sentado en la roca alta, mirando al horizonte, con su cuaderno en las manos y esperando a que el sol se pusiera. Le dijo el padre:
- El señorito, dueño de todas estas tierras, quiere hablar contigo.
Miró él al señorito y le preguntó:
- Aquí me tiene. ¿Qué quiere usted de mí?
- Me han dicho que tienes un cuaderno donde escribes y dibujas cosas únicas bellas.
- En mis manos usted ahora mismo lo está viendo.
- Déjame verlo.
Y el dueño de las tierras arrebató el cuaderno. Lo abrió y lo ojeó y luego dijo:
- Lo que aquí tienes recogido son cosas que me interesan mucho. Desde hacía mucho tiempo, esto es lo que yo estaba buscando. Me quedo con tu cuaderno para siempre.
- Pero esta obra es mía, es mi sueño, mi tesoro, mi pequeña vida.
- Debes tener en cuenta que yo soy el dueño y estos campos son míos.
Se ponía el sol y por el camino del río el dueño se alejaba llevando con él el cuaderno. Sobre la roca sentado, frente a sol de la tarde, triste dijo al padre:
- No tiene derecho. Es mi tesoro, mi íntimo sueño.