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KENIA Me llamo Lucía y trabajo en una agencia de viajes…creo que ya lo he mencionado en alguna ocasión. Como casi todos los mortales de más de treinta años siento cada día un extraño retortijón en la boca del estómago; algo que me impulsa a tirar por la ventana un par de maletas, unos jeans desgastados, una camiseta –cuanto más ceñida mejor –y largarme con lo puesto, A veces sueño despierta; dicen que cuando lo hago me quedo con la boca abierta mirando por la ventana. No se lo he confesado a nadie, pero cuando dejo volar mi imaginación soy capaz de elevarme sobre las nubes y abandonar la mierda de mundo en la que tan sólo soy un engranaje más de la cadena de montaje. Una fábrica de gilipollas embelesados. Está circunstancia se vuelve particularmente angustiosa cuando, por motivos laborales, me veo obligada a ensalzar la belleza de lugares que tan sólo conozco por un par de folletos y quizás algún video promocional: Marruecos misterioso… Fiordos noruegos… Praga clásica con gira centroeuropea… y cómo no, la joya de nuestro catálogo; África negra. Lo reconozco, soy una adicta al continente africano. He visto más de mil veces “Memorias de África” y siempre se me queda la misma cara de estúpida romántica; además, estoy segura de que el principal motivo para que me dejara mi último novio, fue la máscara Batusi que adorna el cabecero de mi cama. En realidad fue su proverbial capacidad para el gatillazo, pero siempre es bueno tener alguna causa psicológica a la que echarle la culpa. ¿Cuándo decidí dejarlo todo atrás y seguir mi instinto? En realidad nunca, pero la idea de gastarme mis pocos ahorros en aquél viaje a Kenia tenía que adornarla con algo de aventura interior, de no mirar atrás, de lo contrario la visión de un cerote en la columna de saldo actual me hubiera trastornado hasta llevarme a la locura. Desde el momento en que salí de la agencia de viajes en la que trabajo, con el billete a la gran aventura de mi vida en la mochila, supe que todo iba a cambiar. Caí en la cuenta de que a pesar de mi particular adicción a “Memorias de África”, jamás se me había ocurrido el hecho de que el libro pudiera ser aún mejor que la película; así que ni corta ni perezosa me encaminé a unos grandes almacenes en busca del que debía ser mi libro de cabecera durante el viaje a Kenia que estaba a punto de emprender. Tuve que recorrer al menos dos centros comerciales, una librería de estilo moderno, con grandes estanterías de cristal que parecían a punto de romperse bajo el peso de los libros, y tres pequeños establecimientos de libro viejo; en el último de ellos encontré por fin mi pequeña joya; “Memorias de África” por Isak Dinesen. La primera sorpresa fue descubrir que la autora era una señora y que Robert Redford no aparecía por ninguna parte…la segunda fue dejarme envolver por sus primeras frases; yo tenía una granja en África, al pie de las colinas Ngong… Ante semejante incitación no pude más que continuar leyendo, actividad que durante los últimos años había limitado a informes, ofertas hoteleras y resúmenes mensuales de actividad turística. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas… Total, que estaba decidido; el libro se venía también conmigo; entre los tangas y los vaqueros más apretados que pude encontrar. Todo buen viaje tiene una componente sexual que no se puede despreciar de ningún modo, y yo no estaba dispuesta a renunciar a un buen polvo africano; a ser posible con un agradable diplomático inglés con aire cursi y envarado (una manía mía como otra cualquiera). Y llegó el día de la partida. Aeropuerto –obviaré decir el lugar, todavía hay gente a la que le debo dinero –nueve de la mañana, área de preembarque. Después de discutir amablemente con una imbécil integral de AENA, conseguí facturar mis dos maletas. Tras obtener mi tarjeta de embarque y despedirme con una mirada llena de ilusión de la sala de espera del aeropuerto, decidí mirar adelante y no pensar en el pasado. Era un intento por ponerme en situación, embaucada como estaba por la lectura del dichoso libro; África me esperaba, estaba deseando contemplar mi sombra en la hierba de la sabana, pasear bajo un mar de estrellas y oír el estremecedor rugido de los leones –éste último pensamiento me produjo una cierta desazón durante la primera parte del viaje, hasta que conseguí olvidarla, tres botellines de ginebra mediante –El aeropuerto internacional de Nairobi es un lugar pintoresco. Desde luego no se parece en nada a ninguno de los que había conocido hasta el momento; los turistas, la mayoría europeos, se mezclaban con los africanos con una sutileza que rallaba la normalidad. Mi primera decepción; el ansiado exotismo se fue al traste cuando Boni, nuestro guía, nos habló en perfecto español. El grupo de turistas al completo se movía como un animal despistado detrás de nuestro providencial guía. Siete días, seis noches. Parece el título de una película, pero no lo es. Se trataba de la oferta que había contratado en el hotel Luxury de Nairobi. Lujo había para repartir, la verdad, pero luxury…luxury… eso es otra cosa. Segunda decepción; la primera noche me encaminé, con mi mejor pantalón vaquero y mi blusa de satén más sofisticada a la discoteca del hotel. Allí sin duda me estaba esperando mi James Bond particular, el que sin duda iba a convertir mis vacaciones en un revoltijo de sexo y glamour. Nada de nada; americanos tostados por el sol, rojos como gambas a la plancha, algún alemán borracho y muchas parejas rozando la tercera edad que contemplaban atónitas el giro vertiginoso de las bolas de colores que colgaban del techo. Calor, alcohol, ventanas abiertas, brisa africana cálida y envolvente…en fin sexo en soledad. Triste, verdad. Renuncio a darles muchos más detalles, pero el resto de las noches transcurrió más o menos en la misma tónica. Tercera decepción. Yo tenía una granja en África…y un carajo. Ni rastro de la jodida granja, ni de los kikuyus ni de la visión romántica de la pánfila Isak Dinesen. Un jeep estrecho, que hervía como una olla de puchero y el olor a sobacos de un herr Müller y su amada esposa, los cuales ocupaban el sitio de cinco personas por lo menos. Ni rugidos de leones en la noche, ni paseos bajo un océano de constelaciones, que aguardaban impacientes a que descifrara el futuro oculto en ellas. Hasta el culo escurrido de Boni empezaba a parecerme atractivo. Cuarta decepción. Última noche, alcohol a raudales, discoteca solitaria. Último intento por encontrar el amor en África. Como ya he comentado, el perfil de Boni no era el más agraciado que mi imaginación había ideado, pero aún así sobresalía de la media habitual que yo solía frecuentar. Eso y un par de Dry Martini, agitados y no revueltos, contribuyeron a crear la atmósfera necesaria para que acabáramos en la cama. No fue gran cosa, de hecho he tenido que rebuscar en la memoria para poder hacerlo constar, pero en aquél momento fue el sucedáneo de aventura necesario para colorear mis particulares sombras en la hierba. De vuelta al punto de partida. Cero en la columna de saldo actual y un regusto amargo. Un rictus desapasionado me invadió durante días, hasta que decidí sentarme una tarde en el parque. Llevaba conmigo el ejemplar de Memorias de África; lo abrí por la primera página y leí en voz alta: Yo tenía una granja en África. |
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Imaginad una pequeña habitación, con un pequeño cuarto de baño que se come parte de su espacio y le da forma de L, en una casa de las afueras de una ciudad. Doce años después, una mujer de las que no cobran por su sabiduría, le diría que tenía demasiada facilidad para atraer cosas negativas pero también que algo muy fuerte la protegía, que bebiera agua siendo consciente del poder de dar vida de ésta. Al hombre que la acompañó a verla le dijo que necesitaba más verde, que paseara por la naturaleza o en los parques.
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EL ACCIDENTE -Oye...¿Qué te ha pasado? -Un accidente. -Sería un accidente gordo, digo yo. Porque un brazo en cabestrillo, la cabeza vendada y una pierna enyesada no son moco de pavo. -Ya lo creo. Solo recordarlo se me pone la piel de gallina. -¿Cómo fue eso del accidente? ¿Te saliste de la carretera por correr mucho? ¿Diste positivo de alcoholemia? -No digo que no hubiese dado positivo si me hacen soplar, pues llevaba ya mis buenos tragos encima. Pero no fue un accidente de esos que piensas. -¿No? -No. Verás.. iba subido en un elefante. -Joder, tío... yo no sé que le veis a eso de los safaris y el África negra y todo lo demás. Con lo bien que se está en la Costa del Sol o en Croacia, digo yo. O sin ir más lejos, aquí cerca en las rías. -No tuve que viajar tan lejos, no creas. Pero... ¿por donde iba? -Ibas en un elefante... -Cierto. Iba en un elefante. Y en plan chulo, sin agarrarme ni nada. Y me distraje un momento, ya sabes, un momento tonto de esos que se tienen a veces, y me caí. -¿Desde un elefante? Así no me extraña que te magullases tanto. -No creas, de entrada no parecía nada serio, ya que aunque caerse de lo alto de un elefante tiene su riesgo, yo caí bien y apenas me hice nada, ni un rasguño. -¿Entonces cómo...? -Fue cuando me iba a levantar. El elefante me golpeó con una de sus patas delanteras y salí disparado hacia un lado, como un par de metros. -Tío, ya es mala suerte... -Aun así no me habría pasado gran cosa, pero es que al caer de nuevo y tratar de levantarme otra vez, un caballo que se acercaba me golpeó de costado y muy fuerte, con sus patas delanteras alzadas. -¡Qué bestia! Eso ya es más que mala suerte, es ser gafe total. -Pues debo serlo, porque tambaleándome y medio atontado intenté escaparme del caballo, pero tuve la mala pata de perder el equilibrio y caer algo hacia la derecha, justo por donde otro elefante levantaba sus patazas y... zás, otro testarazo. Medio inconsciente, viendo que el mundo giraba a mi alrededor, oyendo algo como una música que entraba por mis oídos y se metía en mi cerebro, lo cual me desorientaba cada vez más, trate de escapar hacia un lado... -Sigue, sigue, puedo imaginarme la situación. ¿Lograste escapar? -Lo que logré fue recibir un tremendo golpe de algo confuso, borroso y voluminoso que se me tiraba encima. Me golpeó en la cabeza y un montón de estrellitas luminosas empezaron a volar a mi alrededor. Justo antes de perder el conocimiento vi, tendido ya en el suelo, un coche de bomberos que se abalanzaba sobre mí. -¿Un coche de bomberos? ¿estas seguro? -Ya lo creó, con la sirena a tope y todo de luces. -Caramba, tío. ¡Podías haber muerto en el intento! -Pues no digo que no. Si no llega a ser por que el encargado de la feria paró los caballitos, allí la palmo, seguro. |
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HUMIDE ET FRAÎCHE
Bicimundos rasca una mazorca de maíz con los dientes en el bufe. Laz no come nada y tampoco sonríe, pero sabe que no se puede evitar estar siempre en un lugar, así que se limita a estar y a joderse educadamente del frío que hace, el frío que nace en los huesos y sale hacia fuera como una centrifugadora o la mierda que choca con las aspas de un ventilador girando a potencia tres. Humide et fraîche, repite, en francés, humide et fraîche. -Un clima de mierda -dice Laz, en castellano y voz baja. De mierda, repite, en castellano. Por la mañana, antes incluso que eso, desayunan huevos duros con pimienta y sal y fuman cigarrillos de liar, invita Laz porque ya se sabe que los bicimundos viajan siempre sin blanca. Desayunados cogen el ferry al castillo que acecha la vulva del Mar Negro, donde se abre el charco de los esturiones. Las atalayas de Anadolu vigilan que el Gran Negro no de a luz a más submarinos soviéticos de la cuenta, supervisan desde bien alto, como picas o glandes custodios. El rezo viene después de que caiga el sol, anota en el papel, curiosos son los hombres, que nunca aprenden bien a prevenir los azares de la oscuridad. Y escribe en su cuaderno: flores cubiertas de ceniza, posos de café y una chusta, lo que queda del hogar que dejé atrás. Ahora mi casa será cualquier lugar donde mi culo tome asiento. |
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la araña “…llegados a este punto, cualquier decisión que pueda tomar el ejecutivo…” Dicen que hacer autostop es peligroso en esta autopista, pero nunca dejan claro para quién. Te metes un chicle que has cogido del bolsillo del gerente y levantas el dedo. Has buscado en todos los lugares en los que no ha buscado la policía; no se te ha ocurrido nada más inteligente. Cuando la moto americana se quedó sin gasolina seguiste a pie un par de jornadas. La gente ya no quiere llevar a la gente; se han dado cuenta de que una araña se parece mucho a un insecto. El chantajista no tiene por qué moverse haciendo autostop ni tiene por qué alojarse en moteles baratos. No tiene por qué tener una edad comprendida entre los veinticinco y los cincuenta años, ni ser fuerte. Podría ser paralítico, de hecho, si conserva la capacidad de pegar un sobre o levantar un teléfono. Podría ser una mujer embarazada. Pero hay algo mucho más lógico.
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LA HUIDA El ocaso del sol le presagiaba una noche oscura, gélida y desagradable. Carlos, ataviado con su equipo de viajero novato siguiendo los consejos de una revista de viajes, miraba a su alrededor deseando encontrar ese rastro de luz que le llevara a la casa de “El Ermitaño”. Los lugareños del pueblo anterior le hablaron de un hombre, un gallego, conocido por la zona por ser persona solitaria, autosuficiente, aunque con un espíritu solidario que le hacía acoger a todo aquel que, en ese rincón de Argentina, necesitara una cama donde posar sus cansados huesos, un plato caliente y una conversación en medio del ruidoso silencio del bosque andino. Siguió caminando Carlos, entre gritos de animales e insectos y la brisa del anochecer. Los chasquidos de las hojas secas que estrujaba a cada paso se unían a ese jolgorio sonoro que relajaba y atemorizaba por partes iguales. El movimiento de sus ojos de un lado a otro, unido al fruncimiento de su ceño, indicaban cierta desesperación que pronto se calmó al vislumbrar luz a menos de cien metros. Se fue acercando a aquella casa con la misma intensidad que una ola a la orilla de una playa, esperando que aquel fuese su refugio nocturno, y que al llamar a la puerta le abriese el famoso gallego que le iba a procurar reposo esa noche.
Antonio quiso darle unos segundos para que rumiara bien la respuesta, y se encendió con lentitud un cigarrillo usando un mechero casi gastado.
Y una gota de alegría humedeció su mirada. |
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JUGANDO A VIAJAR Un gran silencio reinaba en la casa, la cortina en la ventana se elevaba movida por la brisa de la mañana, la luz del baño estaba encendida, pero dentro no había nadie. Luis se puso la camisa de cuadros verdes, sus vaqueros más viejos y la chupa de cuero marrón, metió todo lo demás en su bolsa y echando una última ojeada a la casa, salió de ella cerrando la puerta con mucho cuidado. Nadie le oyó, ni tampoco nadie le vio. La calle estaba desierta, por eso aprovechaba el momento para irse, estaba ya preparado para dar el paso y lo hizo. Bajó a la plaza y cogió el autobús, tal como había previsto, que lo llevaría a la capital y una vez llegado decidiría qué iba a hacer, aunque ya había planeado algunas cosas. Volví a la hora de todos los días, había salido de la oficina, te había cogido en el Colegio, hicimos unas compras para la cena y llegué cansada y acalorada tirando de tu mano y cargada con las bolsas. Luis aún no había llegado. Normal, siempre entraba en casa cuando yo ya estaba preparando la cena y tú, después de ducharte, hacías los deberes y la lavadora daba vueltas y vueltas. Aquella noche Luis se retrasaba más de lo normal. Finalmente, muy nerviosa, lo llamé a su móvil; desconectado. Llamé a la oficina; saltó el contestador. Llamé a Pedro por si se habían encontrado y se alargaba la charla. No le había visto ese día. Cuando ya había transcurrido un tiempo prudente,empecé a hacer conjeturas y decidí que era hora de llamar al 112. Después de tres meses de búsqueda infructuosa llegaron a la conclusión de que Luis había desaparecido y además que lo había hecho sin dejar señales por ningún lado. La policía dejó el caso en suspenso a la espera de alguna pista que los pudiera ayudar a encontrarlo y yo, después de llorar y preguntarme qué había pasado y por qué, decidí que la vida seguía y que tenía que ocuparme de ti. De esto hace 20 años, tú tenías unos 8 y desde entonces no hemos sabido nada de él. Bueno, mucho tiempo después, alguien me dijo que le habían visto, recién que se marchó, en Barcelona. Tu y yo seguimos con nuestra vida, nos costó mucho hacerlo sin el, pero lo conseguimos finalmente. La rabia y la decepción, la pena y las preocupaciones fueron la mejor medicina para mí y tú eras aún pequeño para darte demasiada cuenta de nada. Cuando empezaste a preguntar por él yo te conté que se había ido de viaje, uno muy largo y sin destino y que puede que algún día volviera o puede que no lo hiciera nunca. Querías saber cómo era y yo te contaba cosas de él, las mejores. Llegó el momento en que no volviste a preguntar. Fue entonces cuando comenzamos aquel juego marcando en el mapamundi una ruta imaginaria por la que viajaríamos tu y yo, cuando fueras un poco mayor y yo pudiera hacer frente a los gastos; sería un viaje en busca del padre perdido, decías y me sorprendías con aquella especie de humor sarcástico, tan poco adecuado a tu edad. Tomaríamos un barco y navegaríamos por los mares del norte y también por los del sur, atravesaríamos las estepas nevadas o los desiertos abrasadores, escalaríamos montañas, circularíamos por valles fértiles, por islas y archipiélagos y finalmente lo encontraríamos y lo mirarías, me dijiste y sabrías muy pronto si ibas a quererle o no. Bueno, pues ha llegado el momento. Luis, como quieres que le llame, esta aquí y quiere verte. Me ha llamado a la Oficina y hemos tomado un café. Me ha contado algo sobre su viaje y sus experiencias lejos de aquí, ahora que ha vuelto, desea saber si querrías verle tú. Tomás mira a su madre con cara muy seria y emoción contenida. No sabe bien lo que desea, si seguir con su vida tranquila o darle una oportunidad al hombre que lo dejó cuando era un niño. No tenía curiosidad por saber por qué lo había hecho, sólo si le había echado en falta alguna vez y si no había sentido pena y remordimientos por su abandono. Decidió que quería escuchar su versión, pero sobre todo, deseaba mirarle a la cara y en cuanto le viera, sabría si podría quererle o no. |
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La canción de Solveig Pedro Giménez ha cobrado su última paga extra justo antes de la jubilación, y aunque escasa, será suficiente para darse el gusto de hacer, por fin, el viaje de su vida. Como el verano ya está aquí y siempre quiso ir a Noruega, considera que dejarse caer por aquellas latitudes sería fantástico. ¡Oslo, qué hermosura de ciudad, qué largo país Noruega! Decidido. Va ahora mismo a la agencia de viajes y dice adiós a la integridad de su última paga extra, a su primer sueldo de jubilado y, por supuesto, también a algún que otro ahorrillo que tenía de cuando las cosas no le fueron mal del todo. Siempre ha sido Munch uno de sus pintores favoritos, y desde que descubrió que los vikingos llegaron a Terranova en el siglo X, Colón bajó unos cuantos puestos en su ranking. De todas formas le han dicho los de la agencia que se lleve ropa de abrigo, que será verano pero no es precisamente el Caribe. Piensa darse un atracón de cascadas, fiordos y glaciares como no está escrito. Según los impresos que ha firmado Pedro Giménez contratando el viaje, el vuelo sale directamente a Oslo desde Manises, el próximo lunes 29 a las 7:42 de la mañana. ¿Y qué hacer en Oslo? Parece ser que muchas cosas. Le han dicho los de la agencia que hay programadas varias visitas, pero que si quiere puede irse por libre y hacer un plan alternativo. Lo de la Galería Nacional no entra en el trayecto guiado, pero él tiene claro que lo primero que va a hacer en Oslo es acercarse a ver a Munch. Con eso ya se le irá todo el resto del día. Y todavía le queda otra jornada completa en la capital para quizás cumplir con el itinerario programado, y así ahorrarse un dinerillo que no tiene. Puede ser interesante: Museo de barcos vikingos hundidos en el fiordo de Oslo, el parque Vigeland y sus esculturas de bronce y granito, el Museo Folclórico… Y si le queda tiempo, pasar por el Palacio Real, por el Parlamento Noruego y por el Ayuntamiento, aunque sea desde fuera: es lo más cerca que estará nunca de los premios Nobel. A partir del tercer día, según le han dicho los de la agencia, empieza el antes mentado atracón de naturaleza, en teoría salvaje y fría, que luego ya veremos. Uno piensa una cosa de los viajes y luego resultan ser otra. Lo peor de todo son los trayectos en autobús, primero al Lago de Mosa, a algún pueblo cercano a ver alguna Stavkirke, que no sabe exactamente qué es, pero que suena muy exótico. Más tarde a Lillehamer, que fue sede de los Juegos Olímpicos no preguntó en qué año. Se supone que al llegar a Geiranger se podrá contratar un viaje en helicóptero, indudable que a cambio de una fortuna. Lo llaman opcional. Claro, para el que tenga opciones. Espera que no les despierten demasiado pronto por las mañanas. Una cosa es viajar y otra matarse. Más pueblos perdidos en las montañas, más valles incomparables, cómo lo está deseando, toda esa paz y ese frío despejando su cabeza a través de las fosas nasales. Una de las excursiones que le hace más ilusión es el ascenso hasta la misma pared del glaciar Briksdal. Dicen que junto a un glaciar se da el frío más seco que existe, porque toda la humedad la absorbe ese río monstruoso como haría una esponja gigante y helada. Y bueno, otro tema que está por ver, acercarse al glaciar… Eso le han dicho los de la agencia: ya se verá si lo ven de bien lejos y va que se mata. Por último, ese mismo día, también hay un crucero por el Sognefjord, que vaya nombrecito ostentoso, el fiordo de los sueños, menuda cursilería. Después pone el contrato que les llevarán a Bergen, donde piensa pasar olímpicamente, como en Lillehamer, de todo el circuito y gastarse los pocos cuartos que le queden en visitar la casa de Grieg, que le han dicho los de la agencia que es como un museo o algo así, donde piensa encontrar tal vez a la anciana Solveig esperando y cantando su canción. Al día siguiente saldrán hacia Halhjem, usarán varios ferrys para cruzar otros tantos fiordos. También se supone que pasarán por túneles submarinos, pero él no puede ni imaginarse cómo serán. Y ya llegarán al final de su visita a Noruega, concretamente en la ciudad de Stavanger, donde está recomendado visitar su barrio de casas de madera y algo de un púlpito o no sabe qué, que en principio no le interesa. El día 29, a las 7:42 de la mañana, en el instante en que el avión directo a Oslo está despegando de Manises, Pedro Giménez está en el más profundo de los sueños. Le ha fallado el despertador por segunda o tercera vez en su vida. Pocas veces le falló para ir al trabajo. Cuando despertó y descubrió que eran las ocho y pico, se sintió presa de una de esas injusticias terribles que piensas jamás les ocurren a tus jefes o a tus enemigos. Desayunó ensimismado, se vistió mirándose absorto en el espejo y salió a la calle. Le han dicho los de la agencia que sólo le devuelven el 15% del montante total del producto. No leyó esa parte de la letra pequeña. El agujero en su bolsillo es tan terrible como la propia injusticia. Pero lo peor de haberse perdido el viaje de su vida no es dejar de ver los fiordos, los glaciares, las sedes olímpicas, los premios Nobel. Lo más jodido de perderse el viaje tampoco es siquiera no haber ido a ver a su amigo Munch o no poder conocer el Stavkirke ese, que no sabe lo que es. Lo que más le duele a Pedro Giménez, y todavía no comprende los motivos, es faltar a su cita con Solveig, tantos años postergada, y no poder escuchar su canción, la canción más dulce, esa que lleva ensayando tantos años, toda una vida, convencida de que su amado, el más apuesto de los jóvenes, volverá a la aldea que le vio nacer. |
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Viajar con el tiempo. La primera vez que pisé aquella calle estaba cubierta de hierba, no era ni una calle. Sus límites, salvajes, crecían de arbustos apenas tupidos y de cardos secos. Esqueletos de cardos de temporadas anteriores, entre los que a veces se oía algún ruido animal. Las acacias, con su escasa sombra, sus troncos ahuecados y sus espinas, se inclinaban hacia fuera aparentando caerse sobre las cunetas. Cada ciertos metros un poste, con unas rayas de pintura roja y blanca pintada a mano, indicaba la distancia entre quién sabe que dos lejanos puntos en ese momento completamente desconocidos para mi. Había una casa de indiano aproximadamente a la mitad de la calle. Junto a su puerta, unos cuantos adoquines delimitaban el camino de grava que llevaba hasta la escalera de entrada. Alta, de ventanas alargadas y puertas blancas, destacando con su color sobre los campos resecos que la rodeaban, dormía el sueño de las chicharras aquella tarde de verano. Al final de la calle, antes de la curva del convento de Santa Isabel, servía de asiento para el reposo de los caminantes una fuente sin agua. Tenía labrado por encima del caño un escudo casi borrado en el que apenas se distinguía la forma del pino que fue la riqueza y el alma de la comarca y que en ese momento, por el empuje del llamado progreso, casi había desaparecido. Me senté en sus piedras pulidas por el agua de tantos inviernos y levanté la vista hacia aquel penúltimo ejemplar de pino resinero que me regalaba su sombra. Un pájaro negro volaba sólo en el azul brillante. Sus graznidos callaban momentáneamente a los insectos que retomaban sus cantos en pocos segundos. Suspiré, no se veía un alma en el campo a esas horas. El camino aún era largo para mí. Miré mis alpargatas cubiertas de polvo y constaté que pronto tendría que cambiarlas por otras. Aún me quedaban dos pares. No era calle, sólo camino, carretera. A veces el grupo de casas se hacía más denso, se apiñaban unas junto a otras, flanqueando un taller o una casa de comidas, rodeadas por cuatro solitarios pinos de tronco estrecho con cicatrices de la recogida de resina, miera se llamaba.
Es verano, un brillante verano que hace buscar un lugar donde reposar en las horas de máximo sol. Él no reposa y continúa caminando por una zona que le parece demasiado verde para la región por la que recorre los caminos. Lleva una mochila pequeña con lo justo, apenas una muda, algo con lo que beber y un par de alpargatas nuevas. También lleva una manta enrollada cogida con unas tiras de cuero al tirante de la mochila, lo que hace que con el movimiento de las piernas le produzca una sensación de caminar junto a alguien que, de cuando en cuando, le roza la cadera. Caminar estos meses le ha dado la habilidad para determinar en cada momento qué es lo que necesita, o puede llegar a necesitar, y qué es lo que no. De un modo poco adecuado para alguien que tiene mucho camino por delante hunde sus alpargatas en el polvo con fuerza, con la vida recuperada, con las ganas de llegar que hasta ahora no sentía. El río es el mismo río pero ahora ya no es de piedra, el murmullo del agua le acompaña. A cada curva un contener la respiración y un suspiro hasta que se hace visible la torre del campanario de la Iglesia. Aún no es mediodía, si camina con alegría llegará antes de la noche. *** La siguiente vez que pasé por esa calle ya sí era una calle. Volvía a casa después de mucho tiempo. Los suburbios de la gran ciudad llegaban hasta allí con sus pequeñas industrias y sus farolas que apenas iluminaban la acera. Un semáforo me detuvo justo delante de la casa del indiano. Languidecía de abandono con la pintura saltada y la grava del camino desaparecida bajo los hierbajos de varias temporadas sin quitar. Un poco más allá, donde debería haber una fuente, una especie de parque infantil, para una zona sin niños, dejaba ver la tristeza de unos pocos pinos piñoneros de vivero recién plantados. Tras la curva del convento de Santa Isabel -erguido orgulloso en su soledad final-, iluminaban la lluviosa tarde de noviembre las bombillas de un restaurante de menús cerrado a cal y canto. |
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LA CAMA Alberto se tumbó en el lecho cansado y con ganas de desaparecer del mundo que le rodeaba. Miró a su izquierda con rabia contenida: su mujer, Maribel, dormía con la excusa que consistía en que a la mañana siguiente debía madrugar mucho para acudir a la churrería en la que trabajaba, la cual estaba abajo, junto al portal de casa. Hacía tiempo que no se abrazaban en la cama antes de conciliar el sueño. La última vez que habían hecho el amor había sido hacía más de dos meses. Últimamente ella le subía churros para desayunar, como para compensar, porque además a él le gustaban mucho. Pero Alberto no podía dejar de pensar en el amigo de toda la vida que Maribel tenía. Maribel era bajita y delgada. Era muy guapa: su pelo era castaño suave y tenía una tierna sonrisa que encandilaba como ninguna. Alberto, hastiado, se frotó los ojos. Suspirando se echó para atrás el moreno flequillo. Había pasado una mala jornada laboral. El trabajo le aburría a más no poder, casi tanto como sus compañeros y sus tonterías. Dio la espalda a Maribel y apagó la luz de la mesita. En la oscuridad estiró las piernas dentro de las sábanas blancas y notó con sus pies como éstas estaban frescas. Sus músculos se destensaron. Cerró los ojos y comenzó a respirar profundamente. Al poco, la cama se elevó. Ya no estaba Maribel en ella, sólo Alberto. La cama subió hacia el techo. Lo traspasó como si éste fuera invisible. Como vivían en un ático, enseguida se halló el lecho en el exterior. En éste, curiosamente, era de día. Había un sol radiante, aunque en el cielo azul también había muchas nubes blancas y esponjosas. Hacia ellas ascendía la cama, dando vueltas sobre sí misma, al tiempo que una música celestial llegaba a los oídos de Alberto. Unos seres que no sabía si eran hombres o mujeres daban vueltas alrededor de la cama. Aquellos seres tenían el pelo rizado. Algunos lo tenían rubio y otros castaño. La cama inició una marcha veloz con destino a algún lugar. Dejó atrás, a vista de pájaro, edificios, campiñas, ríos, colinas y sierras hasta llegar al pueblo en donde Alberto había nacido. La cama se detuvo en el patio de su antiguo colegio. Allí jugaban al pilla-pilla, con bata, sus amigos de la infancia: Juan, Pedro, María, Sandra, Estíbaliz, Perico… Se unió a ellos. Alegres lo pasaron muy bien hasta que sonó el timbre. Entonces Alberto se despidió de sus antiguos amigos y se subió a la cama. Ésta se elevó de nuevo hasta el cielo. Otra vez con una marcha veloz dejó atrás muchos elementos, hasta regresar a la población en la que ahora vivía Alberto. El lecho se detuvo en la puerta de su lugar de trabajo. Alberto entró en la oficina. Allí estaban sus compañeros, pero no eran como habían estado siendo últimamente, sino que eran simpáticos y amables como los primeros meses. En su mesa apenas había informes pendientes que revisar ni cartas de clientes para abrir. Luego Alberto salió a la calle y volvió a subir a la cama, la cual inició, una vez más, una veloz marcha, en esta ocasión hasta llegar al mar. Se posó en él y navegó muy rápido por las aguas saladas durante un rato, dejando tras de sí una estela espumosa y blanca. Unos sonrientes, simpáticos y saltarines delfines acompañaron a Alberto y su cama hasta una pequeña isla del Mediterráneo. Se trataba del lugar en el que él y Maribel habían pasado su luna de miel. En la orilla de una paradisiaca playa estaba ella, sentada junto a unas palmeras llenas de cocos. Alberto la besó y se abrazaron enamoradísimos. Estuvieron después bañándose en el agua largo rato. Allí el líquido elemento era limpio y cristalino. Salieron del agua. Aún mojados se desnudaron e hicieron el amor con tanta intensidad y placer que les llegaba hasta sus estómagos el conocimiento de todo esto. Alberto, sin comerlo ni beberlo, se hallaba solo sobre la cama, estando ésta en el mar, de regreso a casa. Pero antes se detuvo en la churrería de Maribel. No supo cómo había llegado ella primero, pero allí estaba, sentada en el regazo de su amigo íntimo de la infancia. Ambos sonreían, pero no se contaban vivencias del pasado. Ni Maribel ni su amigo repararon en la presencia de Alberto, quien les miraba estando junto a ellos, pese a todo. Cada poco se besaban y eso provocaba que sonrieran más. Alberto, sin saber qué hacer, volvió a la cama y se encontró con ella en la habitación de casa en menos que canta un gallo. Encendió la luz. Notó que se había ensuciado el pijama junto a su sexo. Maribel no estaba. Se levantó y se dirigió a la cocina. Allí su mujer preparaba el desayuno. Se dieron los buenos días y al poco comenzaron a ingerir. Ella acabó antes. Mientras recogía observó que Alberto no había probado los churros. - ¿Hoy no quieres? –preguntó señalándolos con la cabeza. Él la miró por encima del tazón de leche y dijo: - No, hoy no. Y cuando Maribel había regresado a la churrería, pensó que ese día no iría a trabajar. Se fue a la habitación, se metió en la cama y apagó la luz. |
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El paraguas rojo
- Mamá ¿El papá está enfadado?
Antonia llegó a la tienda, dentro había tres mujeres esperando. Saludó y se quedo cerca de la heladera, detrás de la cual atendía Nieves. Evaristo se acerca nervioso al mostrador y estira la maleta hasta la cinta, como ha visto hacer a los otros pasajeros. Luego extiende los papeles y se queda mirando tímidamente a la señorita que chequea los datos. -Papá, quiero hablar con usted.
Cuando se despierta están sirviendo el desayuno. Ponen una bandeja con comida delante suyo porque alguien ya ha abierto su mesa individual. Evaristo está confundido y por falta de opciones abre el envoltorio plástico. Come. El avión está muy cerca del destino. Las azafatas alcanzan a recoger los desperdicios y los impresos para inmigración, justo cuando dan la voz de aterrizaje. -Buenos días, pasaporte, por favor.- dice el oficial de forma impersonal. En la oficina las respuestas no son suficientes. Ni los papeles. Ni el dinero. Ni la reserva de hotel. Regresará a su país en el próximo vuelo con plazas libres, lo cual podrá tardar hasta cuatro o cinco días. No lo dejan pasar a España. A la espera de la repatriación, quedará privado de la libertad en el aeropuerto. Cuando lo dicen. Cuando Evaristo lo escucha. No puede retener más y el pis comienza a salir entre sus piernas a la vez que una vergüenza enorme se apodera de él. |
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EL VIAJE DEFINITIVO
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Lejos de casa. El monovolumen se desliza veloz por la autopista. Mariana observa distraída las fugaces sombras verdes de los árboles que se deslizan veloces ante su ventanilla. El sonido incesante de la pequeña consola de videojuegos de su nieto, sentado a su lado, se ha instalado entre ellos como un viajero charlatán que no deja hablar a nadie, acompañado por el golpeteo de sus dedos sobre los botones y de algunos comentarios esporádicos (“¡Mira, yaya, he matado al enemigo de la tercera fase!”). Mariana se gira para sonreírle y éste le brinda una fugaz mirada antes de concentrarse de nuevo en la conquista del espacio. La madre del niño, su hija, se gira y le dedica una sonrisa nerviosa al pequeño. Mariana vuelve a concentrarse en el paisaje que fluye ante sus ojos, perdida en pensamientos de otra vida.
El destartalado autobús traqueteaba por la vieja y gastada carretera mientras la huella del sol empezaba a romper el horizonte. Los pasajeros se bamboleaban en sus asientos, cabeceando, inclinados los unos en los otros, abrazando los bultos que no habían tenido cabida en el atestado maletero del vehículo. Un chasquido, el conductor redujo la marcha y el motor se quejó, rugió y encaró la cuesta con ruidoso esfuerzo. Una muchacha, apenas una mujer, observaba el paisaje que dejaban atrás perezosamente, sin ver los árboles, los campos ni las incipientes agrupaciones de casas dormidas que se arremolinaban desordenadas, de vez en cuando, a los lados de la nacional. Sobre su falda, una niña pequeña, de apenas dos años, dormitaba con la cabeza apoyada sobre su pecho. Se removió, la madre le acarició el cabello desordenado, le besó la frente y la abrazó un poco más. La niña suspiró y volvió a quedarse inmóvil. La mujer cayó de nuevo en la contemplación de la nada desconocida sabiendo que cada segundo la alejaba unos metros más de su hogar.
- Ya verás como te gusta –le dice, nerviosa, la hija de Mariana a su madre. Ésta le dirige una fija mirada que la otra no se ve capaz de sostener. Los enfermeros la sacan del coche con firmeza y sin vacilaciones y la depositan suavemente en una silla de ruedas. - Bienvenida, señora Mariana –le dice la mujer de la entrada, con ese amigable tono profesional que Mariana sabe que es parte de su uniforme de trabajo, mientras le tiende una mano que se queda colgada en el aire.
- ¿Así que vas a Barcelona? –musitó su acompañante. - Sí, señora –respondió la muchacha. - ¿Y cómo es que viajáis solas? - Mi marido lleva allí un mes, le salió un trabajo y tuvo que irse para no perderlo. - ¡Ay, el trabajo! En casa no lo tienes y fuera tienes que salir corriendo en cuanto te llamen. ¡"Cucha"! ¡Y encima, agradecida! - Es que allí, en el campo, no hay nada. - Dímelo a mí, que mis tres hijos los tengo todos en Cataluña desde hace más de un año. Desde entonces que no los veo. Pero mi marido no quiere irse, dice que dónde va él, a la ciudad. Y tiene razón, ellos tampoco su hubiesen ido, pero… ¡chica, no hay más remedio! La niña se desperezó y bostezó ostensiblemente. - ¿Ya te has despertado? –Dijo la mujer.- ¡Qué bonita que es! ¿Cómo te llamas? - Dile: "Maite" –dijo la madre, mientras la niña, frotándose los ojos, observaba a aquella extraña que le sonreía. - Y vas a ver al papa, ¿a que sí? La niña asintió, somnolienta, ante la arrobada mirada de su madre.
Un enfermero empuja la silla de ruedas por el silencioso pasillo, flanqueada por la hija de Mariana. Atrás, en la entrada, han quedado su yerno y su nieto: el primero apenas se ha despedido, esquivando la atenta mirada de su suegra; el segundo, le ha enseñado la puntuación de su partida y le ha dado un beso despistado (“por lo menos, éste ha venido”). El reducido grupo se ha detenido ante una puerta, habitación 102. Mariana contempla otra puerta similar, contigua a la suya, flanqueada por un marco de plástico pegado a la pared con una foto y un nombre debajo. Advierte que el de su puerta aún está vacío. “Por poco tiempo”, piensa. Entran. Hay una sencilla cama como las de los hospitales, un armario grande empotrado en la pared, una mesita de noche, algunas estanterías desnudas y un intenso olor dulzón, como a fruta pasada. El enfermero descorre las cortinas y la luz de media mañana entra por la ventana. Mariana observa, inmóvil, el jardín casi desierto. Oye a su hija detrás, abriendo la maleta y colocando la ropa. “Cogerá olor a viejo”, piensa.
Después de casi treinta horas de viaje, en lo que le pareció otra vida, la muchacha se bajó del autobús y, cargando con la voluminosa maleta y la niña en brazos, buscó a quien preguntar la dirección que llevaba escrita en un papel. Tras un largo y descorazonador paseo, la joven, arrastrando los pies por las áridas calles, llegó dónde las indicaciones que le habían dado la condujeron. Dejó caer la maleta al suelo y se abrazó instintivamente a su hija, deseando con todas sus fuerzas haberse equivocado. El sol de la mañana mostraba unos grises y bastos edificios de hormigón, que se desperezaban como gigantes torpes, esparcidos entre las enfangadas calles, cerca de una escarpada ladera, como si estuviesen a punto de echarse a rodar por ella. Unas estrechas aceras los rodeaban, apenas visibles bajo el barro acumulado. Aquí y allá, montones de basura abandonada salpicaban el paisaje. Algunas mujeres, trajinaban los cubos llenos del agua que brotaba de una gruesa tubería clavada en un muro. Sus miradas eran suspicaces, atentas, escrutadoras. La joven dudó un segundo, indecisa entre avanzar o salir corriendo. Finalmente, suspirando, cogió la maleta del suelo y buscó el edificio que habría de ser su casa.
Mariana nota la presencia inmóvil y dubitativa de su hija a sus espaldas. - Ya lo tienes todo preparado – se decide a decirle.- ¿Necesitas algo más? “Necesito que me saques de aquí, necesito irme a mi casa” piensa Mariana. Tras unos segundos de testarudo e incómodo silencio, la hija de Mariana, Maite, avanza y se pone al lado de su madre, agachada. - Mamá, ya lo hemos hablado… Yo… yo ya no puedo con todo –balbucea. Mariana la mira fijamente. Maite sostiene apenas un segundo aquellos ojos. En los suyos asoman lágrimas. La anciana desvía impertérrita su mirada hacia la ventana. Maite suspira. - Vendré a verte mañana. –Dice, con la voz rota. Deposita un beso en su mejilla y se marcha.
La pequeña Maite se había derrumbado en la cama, donde se quedó dormida. Mariana, sentada a su lado, estudió la pequeña habitación donde apenas cabía la estrecha cama y un destartalado armario. Dentro había un par de prendas limpias de su marido, al que no había visto todavía y que no llegaría de trabajar hasta la noche. La luz entraba miserablemente por un ventanuco abierto en la pared desnuda. Una bombilla colgaba de un cable retorcido. El deseo de salir corriendo era tan grande que Mariana se tumbó en la cama, al lado de su hija, aferrándose a ella. Una angustia asfixiante le robaba el aire, le oprimía el estómago. Evocó su casa, la que acababa de dejar, a sus padres, su familia, los campos, el aire limpio. Quiso culpar a su marido pero se lo imaginó solo durante un mes en aquella celda de lavabo compartido y cocina a medias y no pudo. Luchó por las lágrimas que pugnaban por salir y se tragó aquella inmensa y amarga bola que le ardía en la garganta. Se irguió, se frotó las mejillas mojadas y, tras una corta vacilación, se levantó de la cama y empezó a deshacer la maleta.
Mariana oye la puerta cerrarse quedamente y gira apenas la cabeza. Suspira y vuelve a contemplar la luz que entra por la ventana, el jardín, el cielo, tan diferente del suyo. Hace tiempo, cuando llegó a esta tierra que sigue siendo extraña, en una viaje que nunca ha podido olvidar donde una parte de ella se marchitó, se hizo la promesa de no volver a llorar. Ahora, encerrada de nuevo en una celda, no está segura de tener fuerzas suficientes para mantenerla. |
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Buenos días, estoy recopilando las autorías y supongo que se me ha olvidado una. No sé de quien es "La canción de Solveig" y seguro que es culpa mía, que no sé que he hecho con el mensaje. ¿Podría el autor confirmar por mensaje privado su autoría? Muchas gracias ps: por problemas con AENA, Iberia y mi empresa, me va a ser imposible estar ante un ordenador hasta pasada la media noche. ¿Os parece bien que habramos las votaciones mañana a primera hora de la mañana? ¿Alguien se ofrece voluntario para abrirlas esta noche? Yo lo siento, pero estaré sobrevolando la península a esas horas. |
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EL LOBO
Suspirando, regresó al salón de su casa, donde le esperaba una mochila cuidadosamente preparada para un viaje que llevaba ya demasiado tiempo posponiendo. Se acercó a una repisa y recogió con cuidado exquisito un pequeño marco. La imagen mostraba a una mujer sonriente y una niña, que no parecía muy cómoda frente a la cámara que la había inmortalizado. Lo levantó, como tantas otras veces había hecho, y lo besó con ternura susurrando, “Pronto”, mientras guardaba el cuadro en un bolsillo de la mochila. Miró por última vez a su alrededor, antes de que una fuerte tos sacudiese su pecho. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se tapó la boca, intentando contener su aliento desbocado. Cuando el ataque cesó, observó como la inmaculada tela blanca se había perlado de gotas bermellón. Al ver la sangre sobre el tejido, no pudo evitar que su mente volviese una vez más a aquella terrible noche. Hacía más de quince años, pero aún recordaba con una claridad la felicidad que en aquella época embargaba su vida. Había conocido a su mujer cuando ya pensaba que nunca tendría pareja. Siempre había sido serio y poco sociable, por eso, cuando aquella mujer, joven y risueña, empezó a coquetear con él, pensó que quizá intentaba tomarle el pelo. Pero resultó ser la mujer más encantadora del mundo y, a pesar de que siempre pensó que era demasiado joven para él, sólo unos meses después estaba casado con ella y disfrutaba de una vida que nunca creyó que le correspondiese. Pero el destino aún le guardaba una sorpresa mayor. Dos años después de la boda, su mujer se quedó embarazada y dio a luz a la criatura más maravillosa de la creación: una niña preciosa de ojos azules como el cielo. Para él fue como si el mismo Dios hubiese decidido bendecirle con unos dones y prebendas que nunca creyó merecer. Fueron años de gran felicidad, en los que, el duro trabajo en la granja, la siega o el cuidado del ganado, parecía sólo un frugal y llevadero esfuerzo para sacar adelante a su familia. Lamentablemente, se equivocaba. Tras pasar el día disfrutando de la naturaleza, al llegar la noche prepararon la tienda y se acostaron dejando al rebaño al cuidado de los perros. A las pocas horas, un extraño revuelo les despertó; una cacofonía de ladridos y balidos llenaba la noche componiendo una melodía de muerte y caos. Comprendió inmediatamente que algún animal estaba atacando el rebaño. Se levantó y corrió al exterior, encontrándose con la escena que marcó el resto de su vida. Un grupo de lobos había destrozado el rebaño. Animales muertos o agonizantes llenaban el campo que parecía empapado con su sangre. Pero lo peor no era eso, sino que, en un extremo del terreno, un enorme lobo negro sostenía el cuerpo inerte de su hija, atrapado entre sus fauces. Corrió hacia él animal, aunque ni siquiera llevaba su escopeta, dispuesto a enfrentarse a él con las manos desnudas. El lobo le miró un instante, con sus unos ojos rojos y penetrantes, que ya nunca se le olvidarían, para soltar a continuación el cuerpo sin vida de la niña y abandonar el lugar corriendo. No hubo nada que pudiera hacer, cuando alcanzó el lugar de la tragedia su hija había muerto desangrada. Aquella bestia la había sujetado por el cuello destrozando la yugular y provocando su muerte en segundos. Su esposa nunca se recuperó. La mujer joven que había ganado su corazón con su vitalidad y jovialidad, se fue apagando frente a él, poco a poco, como si las ganas de vivir hubiese dejado de animar su espíritu, hasta que una mañana de otoño su vida se fue arrastrada por la brisa como la hoja de un árbol. La pérdida de su familia podía haber supuesto que también él se dejase llevar por la desesperación y la soledad, pero, en lugar de eso, se volvió duro y solitario, volcándose en el trabajo de la granja con más fuerza e intensidad que nunca. Trabajó de sol a sol de forma incansable y desmesurada para alguien de su edad, buscando en el agotamiento y extenuación una vía de escape a sus sombríos pensamientos. Su cuerpo y mente se endurecieron como el cuero viejo, pero en su espíritu siempre quedó un pensamiento, una idea fija que ahora iba a llevar a cabo; volver, cuando sintiese que su vida llegaba a su fin, al lugar en el que perdió su familia y su verdadera muerte dio comienzo. Por eso, ni la tos persistente ni su debilitado corazón, que martilleaba en el pecho con insistencia, le hubiesen impedido emprender aquel viaje. Con decisión, levantó la mochila y cruzó al vano de la puerta dirigiéndose al Valle de la Hoz. Salió de la tienda, temiendo lo que iba a ver y allí estaba. A sólo unos metros de él, un enorme lobo negro le contemplaba con descaro. Su pelo era negro y brillante como una noche cerrada y sus ojos ardían con un fuego rojo y provocador. No podía creerlo, pero en cuanto le vio supo que aquel animal era el mismo que le había arrebatado lo que más quería. Miró entonces a su alrededor y lo comprendió todo. Frente a él tenía la oportunidad de arrebatar a aquella bestia lo mismo que a él le arrebatase tantos años atrás. Tras él, oculta entre las ramas había una pequeña oquedad y en ella se adivinaba la silueta de una loba que protegía con su cuerpo unos pequeños lobeznos. Sabía que le faltaba ya poco, pero también que aún tenía la fuerza y desesperación necesaria para conseguirlo. Miró de nuevo la camada del lobo. Eran sólo dos pequeños lobeznos temblorosos, de pocos días, y su pelo aún era poco más que una masa algodonosa grisácea con manchas negras. Entonces se fijó en sus ojos y vio que eran de un hermoso color azul cielo. |