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jpiqueras
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Religión y ateismo

17 de Febrero de 2010 a las 11:37
Permitidme que reabra momentáneamente este tema que en su día nos ofreció, a partir de un hilo de Raulcamposval, un terreno para interesantes debates y discusiones. Y lo hago porque en su momento, mientras discutíamos y exponíamos nuestras opiniones, tuve la sensación de moverme en un punto intermedio entre la línea más agnóstica y la, digamos, más creyente. Pero no sabía ni a que atribuir con exactitud mi postura, ni como expresarla plenamente en palabras. Intuía que como genuino representante de una sociedad democrática, laica y tolerante, tenía mucho ganado para llegar a esa situación que me permitía empatizar con unos y con otros.

Pues bien, hoy me han obsequiado un libro, escrito por dos compañeros del hospital, miembros ambos del Comité de Ética Asistencial. El libro, “Para deliberar en los comités de ética”, editado por la Fundación Doctor Robert, de la Universidad Autónoma de Barcelona, aparte de su contenido que presumo muy bueno, tiene un interesante prólogo, que ya he leído, del Dr. Francesc Abel, Presidente del Institut Borja de Bioética, de la Universidad Ramon Llull. Y en ese prólogo he encontrado párrafos que me gustaría compartir aquí con vosotros:

“Creemos un acierto – nos dice Francesc Abel – por parte de los autores y muy oportuna la publicación de los conceptos que actualmente constituyen el meollo de los debates éticos, religiosos y políticos. Estos conceptos son los del laicismo, aconfesionalidad y secularización. Nos permitimos, con la benevolencia de los autores, entresacar algunas definiciones e ideas que ponemos en cursiva.

“Entendemos por laicismo el modelo político-social que defiende la independencia de los ciudadanos y de la sociedad y más precisamente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa. Así mismo definimos como aconfesional, por negación de lo que es confesional, aquello que no pertenece a un credo o confesión religiosa. Por último, podríamos definir la secularización como aquel fenómeno cultural y social caracterizado básicamente por la escasa influencia social de los paradigmas mítico-religiosos

La sociedad democrática contemporánea se caracteriza, paradójicamente, por un proceso de secularización y, al mismo tiempo, por el desarrollo de una pluralidad religiosa creciente... El fenómeno de la inmigración conlleva la aparición de un mayor y más amplio abanico de religiones, todas ellas potencialmente legítimas, que persiguen un reconocimiento en el espacio de tolerancia y respeto que permite la democracia. El futuro multiétnico y plurireligioso de nuestra sociedad constituye un fenómeno imparable, y la convivencia pacífica demanda un árbitro garante neutral que es el Estado laico.”

La laicidad es un lugar de encuentro, una idea más para la convivencia, un espacio común de respeto y tolerancia en el cual pueden participar incrédulos, ateos, agnósticos, creyentes musulmanes, cristianos o taoístas, librepensadores etc. La laicidad es sencillamente un marco donde se señalan los límites de la convivencia.

Los autores recogen las tres características de la moral laica:

1)    proclama el valor de la autonomía de la conciencia o de la libertad individual, como única instancia para contestar a la pregunta “¿qué debo hacer?” frente a una situación difícil. Es una moral no doctrinaria, responsable, que obliga a la persona a correr riesgos y a razonar la decisiones que toma.

2)    La moral laica no acepta la perspectiva del “todo vale igual”, porque esta perspectiva no nos permite construir ningún tipo de ética. Contra Dostoyevsky, y más cerca de Camus, la moral laica proclama que, “a pesar de que Dios haya muerto, no todo está permitido”. Y se esfuerza en discernir lo bueno de lo malo, lo que debería estar permitido y aquello que no debería de permitirse en ningún lugar.

3)    La moral laica es la única que puede servir de base a la bioética. A pesar de que ha de respetar unos principios básicos y universales, también ha de ser capaz de relativizarlos de cara a las situaciones concretas, que en muchas ocasiones no permiten soluciones óptimas, sino que hace falta optar por el mal menor.

Leyendo todo esto he sentido que mi postura, mi actitud frente al tema debatido en su día, encontraba palabras para expresarse, y en las que apoyarse. Sigo creyendo, en fin, que la democracia y la laicidad son fundamentales para la convivencia, e imprescindibles para movernos en ese futuro multicultural, multiétnico y plurireligioso que se avecina.

Josep

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