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Las cosas de la guerra
2 de Febrero de 2010 a las 20:21
Hoy me han jodido bien jodido. Perdonadme por la expresión pero no encuentro otra forma de expresarlo. Os juro que estaba calladito, sin decir nada; os juro que no me moví más de lo estrictamente necesario. Solo estaba esperando el momento de pasar a la acción. Una invitación del jefe como mucho para atacar o para defenderme. Mi posición no era ni siquiera estratégica.
Supongo que estaba en el sitio equivocado en el momento equivocado cuando me atacaron. Fue un movimiento absurdo, una muestra innecesaria de poder, porque en ese momento, os aseguro que no representaba ninguna amenaza.
Cuando estuve en el campamento militar ya nos avisaron:
-Seréis los primeros en caer y no provocaréis ni lástima. Sois tontos y vuestra única misión es obedecer. ¡Cuando os digan que avancéis, avanzáis! ¡Cuando os digan que ataquéis, atacáis! Vuestro objetivo es servir a un bien mayor y jamás deberéis cuestionar vuestra posición. ¡No estáis aquí para tener aspiraciones!
Un discurso ensayado que a ninguno nos sorprendía. Sabíamos cuales eran nuestras posibilidades, sabíamos que sólo éramos la primera línea de defensa… pero seguíamos luchando porque eso es lo que hacen los soldados: obedecen órdenes sin cuestionarlas, asumen su responsabilidad sin quejas y miran adelante con valor.
Cuando llega la primera batalla sufres todo el miedo en tus carnes. Las trincheras suelen llenarse de vómitos y excrementos de los soldados que no consiguen calmar los nervios. Lo que eres cobra sentido en ese mismo instante y no todos pueden soportar la presión. A mí, hoy, en mi primera batalla, parecía que no me iban a vencer los nervios. Parecía que sería capaz de afrontar la muerte, pero no era valor, era inconsciencia.
La batalla empezó con calma. Los generales parecían estar pensando mucho en la estrategia pero solo era cuestión de tiempo. Vi como mandaban avanzar a mis compañeros y comprobé de cerca a qué huelen el miedo y la sangre. Vi a fornidos soldados temblar sólo por recibir una orden y comprobé que todos somos muy valientes hasta que la realidad llama a nuestra puerta.
-¡Avancen por el flanco izquierdo!- fue mi ración de realidad por hoy.
Me temblaban las piernas y a penas podía avanzar. Lo hice el doble de lo que estamos acostumbrados porque así me lo mandaron. Me quedé solo al frente, desprotegido, y sí, sentí más miedo del que he sentido en mi vida.
Bajé la vista y miré al suelo incapaz de enfrentarme al enemigo. “Yo no quería ser soldado” me decía para convencerme y no tener que asumir que nadie me obligó a aquello. Fui yo quien, de algún modo, aunque fuese por omisión, aceptó aquella vida.
La batalla siguió durante horas y yo creía controlados mis nervios. El enemigo parecía no percatarse de mi posición y yo seguía avanzando cuando me lo ordenaban. Llegué a olvidarme de la batalla cuando pude ver el objetivo a escasos pasos de mí. Me olvidé de la sangre, de los caídos y pensé en la gloria.
Ya nos habían avisado: “no estáis aquí para tener aspiraciones”. Se supone que lo tenemos claro al empezar, pero todo soldado aspira a la gloria en la batalla, todo soldado quiere la medalla, matar al general del enemigo y volver cubierto de gloria a casa. Ya sé que nos habían avisado, pero todos preferimos ignorar para justificar la batalla, la sangre y nuestras vidas.
La batalla cobra una nueva dimensión cuando ves el fin. Te engañas y ocultas el miedo hasta que ves al enemigo acercarse decidido y comprendes como va a terminar aquello. Me pareció enorme, fuerte y convencido de lo que hacía. No podía defenderme y no tenía escapatoria. Noté como las tripas se movían queriendo escapar quizá de un cuerpo que las condenaba a la muerte segura, noté como la espalda sufría justo cuando deja de serlo y noté un rastro cálido recorrer mi pierna hasta al suelo. Sí, a mi el miedo también me había vencido.
La torre llegó, recorriendo una perfecta línea recta desde el fondo del tablero y me echó de la partida. Estaba acabado, estaba muerto. La meta ya no tenía sentido… yo jamás sería reina. Nos dijeron que nos olvidáramos de ello, pero nunca dejó de ser el auténtico objetivo de cualquier soldado.
Ninguno se habría prestado a la batalla de no ser por esa remota posibilidad, ninguno habría puesto su vida en juego por un bien mayor. Mentimos como bellacos, dijimos que lo hacíamos por el placer de jugar… pero era falso, solo queríamos ser reinas. Por eso obedecemos órdenes sin cuestionarlas, asumimos nuestra responsabilidad sin quejas y miramos adelante con valor.
Nos avisan, sí, pero preferimos ignorar y vivir de la ilusión. Es una fantasía absurda y tú, amigo peón, jamás serás reina.
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bueno, supongo que la gracia está en el momento que encontramos la respuesta a esa pregunta. Creo que hay un diferencia muy importante entre una ilusión "buena" y una ilusión "dañina". Tu mismo lo comentabas en tu otro comentario.
¿Y si pensando en ser astronauta el niño descubre que le gustan los telescopios? Si tiene la suerte y el valor de asumirlo, irá en el buen camino. Si no lo quiere asumir, si piensa que su vida solo tiene sentido como astronauta, la va a desperdiciar.
Las ilusiones son solo fuente para nuevas ilusiones. No tienen más valor que ese, el de empujarnos adelante. Ahora me vuelvo a autocitar de mi novela que nadie leyó:
-¿Sabes una cosa?- preguntó cambiando el tono a uno un poco más alegre.- Por mucho que nos digan que las personas somos animales racionales yo creo que somos algo más. Somos animales imaginativos. -¡Que tontería!- salió una sonrisa a trompicones. -No hombre- dijo sonriendo levemente.- Prénsalo bien. Hay animales bastante listos, pero ninguno tiene la capacidad de imaginar. De coger la realidad que vive y aplicarle un toque de imaginación. -¿Y eso es lo que nos hace diferentes?- contesté incrédulo. -Sí Arnau. Porque cuando imaginamos algo que queremos que pase se convierte en una ilusión y eso nos ayuda a empezar a andar. Nos anima. Cuando imaginamos algo que no queremos que pase se convierte en un miedo. Y eso nos frena, nos despista. Pero no dejamos de hacerlo, seguimos imaginando. Continuamente imaginamos, creamos otro mundo en base de a la realidad. Unas veces son ilusiones, otras veces son miedos. Hay que luchar contra unos pero aferrarse fuerte a los otros. Quizá es bueno mantener un ojo puesto en la realidad pero no podemos dejar escapar nuestras ilusiones. De eso es de lo que estamos hechos: de ilusiones y miedos. Puedes no querer a tus miedos pero no menosprecies tus ilusiones.
Al final de todo esto, creo que las ilusiones (sí, también llegar a dama) son buenas porque nos animan a seguir y a mejorar. Pero esas ilusiones se pueden truncar sin que nuestra vida pierda sentido (el pobre peon no tenía otra). Y es más, esas ilusiones se pueden caducar y eso no debería suponer ningún problema.
Un abrazo
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Pero más que ilusiones a mi me gusta llamarlo “fe” o “esperanza” cuando pertenecen a esa sensación benévola interior que nos guía hacia nuestro pleno desarrollo, hacia la realización de aquello que nos llena de vida. Y llamar ilusiones aquello que es falto de sentido e hipnotizante y que solo entorpece el desarrollo del aquí y el ahora y de la vida misma.
Entonces has respondido tu sólo a la pregunta ¿Deberíamos cambiar en función de los “darse cuentas” Cita de Carlos“Creo en una Verdad absoluta y eterna. Creo en un conocimiento caduco y limitado. Cambiar nuestra actitud y estado de ánimo en función del grado de conciencia de la Verdad debería ser absurdo ¿no? Ella sigue siendo la misma.” si, pero tu no, entonces invariablemente vamos cambiando en función de los “darse cuenta”, de los despertares continuos a los que nos va sometiendo el conocimiento.
Cita de Carlos “El "darse cuenta"... ese maravilloso concepto. ¿De verdad es tan importante? O mejor dicho, porque estoy convencido de que lo es. ¿Es bueno que lo sea? ¿O es un síntoma más de enajenación?
Yo creo que un síntoma de enajenación es justamente “no darse cuenta” no sentir ni reconocer la vacuidad de muchas de nuestras costumbres, entre ellas las ilusiones, y seguir tirando del carro que nos conduce bien lejos de nuestras propias necesidades. Cita de Carlos:“El pobre peón sabía que era casi imposible llegar a dama. Pero era ese "casi" lo que le hacía seguir en la partida.” Si llegar a dama era su virtud, entonces también lo era la batalla y avanzar a como de lugar. Entonces tuvo que haber disfrutado en la batalla, y no estar cagado de miedo digo yo. Tuvo que haber disfrutado el proceso aunque sea un poco, aunque no llegara al máximo de su esperanza en la lucha, que era tener el poder de una dama.
Bueno, me dejo de darle vueltas, que a mi lo de marear la perdiz se me da bien pero puede resultar un tanto desequilibrante, lo reconozco. Siento el poco poder de resumen. Sólo quería concluir con esta visión: una nueva partida de ajedrez donde el peón tuviera oportunidad de aplicar los conocimientos de las batallas anteriores y disfrutar así la lucha y el proceso de llegar cada vez un poquito más lejos y quizás, si su vida así lo necesitara, un jaque mate y descubrir el verdadero poder que reside en su esencia, aceptar su condición y darse por satisfecho.
Un abrazo.
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con eso se termina el debate Sarakey. Es lo más importante de todo. Solo se trata de disfrutar del proceso, de no condenarlo por una meta que igual no llega.
Directamente, si el peon no disfruta de la batalla (en un sentido muy amplio de la palabra) debería haber abandonado. Y si disfrutó, que no se queje coño. Estaba haciendo con su vida lo que quería hacer.
Ghandi dijo una vez algo parecido a que la felicidad se consigue cuando una persona consigue que lo que piensa, dice y hace vaya en la misma dirección. Y de eso sí estoy seguro.
Un abrazo
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La vida es aquello que te sucede mientras te empeñas en hacer realidad otros planes. (Lennon, creo)
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Sí, Lennon. Beatiful Boy. Dedicada a su hijo Sean.
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Tuvo que haber disfrutado el proceso aunque sea un poco