Incongruente, estoy de acuerdo contigo, me parece que los relatos que se suban al concurso deberían ser con las misma "maquetación" sobre todo para favorecer el anonimato y de si de paso te ayudamos, pues mejor.
Saludos.
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A ver si os puede orientar este ejemplo. He copiado el texto desde el foro en Word 2007, lo he marcado todo, le he puesto el tipo de letra, el tamaño, he ido a párrafo y he puesto espaciado cero y cero y el interlineado sencillo. Luego lo he copiado de Word y con IE8 lo he puesto aquí. ¿Puede orientar algo?
ARIADNA
Ariadna es una buena amiga. Al menos se comporta como tal desde que nos conocimos unos dos años atrás. Ariadna posee bonitas formas y es guapa, muy guapa, tremendamente guapa. Y claro, la amistad está bien, pero... A ver, voy a hablar claro: cuando en su habitación repleta de libros, música, fotos y recuerdos, en definitiva, cuando entre su intimidad bebemos vino tinto y nuestras bocas se cuentan chismes o proyectos no consigo dejar de imaginármela desnuda, o expresándolo mejor, no puedo evitar vislumbrar esa lejana esperanza: reunir el valor para abalanzarme sobre ella y comérmela entera. Pero nunca alcanzo ese estado de locura requerido para saltar al vacío de su cuerpo.
Me presento: Soy un intento de escritor. Escribo sin ninguna continuidad. Realmente escribo poco. Lo contrarresto soñando mucho. Ésta es mi táctica por ahora. Afortunadamente a Ariadna la encantan mis palabras. Esas pocas letras que salen de la punta de mi bolígrafo fuertemente asido por mi mano llena de heridas nerviosas siempre destapan el tarro turquesa de sus elogios. A veces incluso apunta párrafos completos en su libreta de notas.
En cambio, Ariadna es escritora, nada de intento como yo. Ya ha publicado dos novelas y un libro de poemas. Además ahora está acabando una nueva obra de la que no sé nada, pues lleva su elaboración con gran secreto, y ya tiene editor (además importante) la muy... Ariadna escribe mucho y sueña poco, táctica realmente bastante más eficaz que la mía. Y a pesar de tener todo lo que yo deseo, no se contenta. Sé que quiere la fama. A veces me pregunto por qué Ariadna mantiene amistad con un don nadie como yo. Con cuestiones como ésta no hago sino darme otra excusa para creer que hay algo entre nosotros, que sin saber cómo atraigo a esa morena infalible. ¿Por qué me cuenta sus últimos romances o sus escapadas de siete días (siempre siete) a lugares exóticos mientras nos observamos y tomamos café? ¿Por qué a mí? Sí, algo subyace en su mirada azabache.
Antes he dicho que escribo poco y es verdad; pero no son las palabras exactas. Me cuesta tanto escribir que no consigo hacer más de lo que hago; ahora se acercan bastante a la realidad. Debo ser muy torpe o muy inseguro o cualquier cualidad peyorativa que se os ocurra que viene a cuento, el caso es que me resulta complicadísimo crear personajes sólidos y sufro y me desgarro los padrastros y acabo con un proceso diarreico agudo cuando lo hago. De verdad. Todo esto ya se lo conté a Ariadna; recuerdo que me escrutó asombrada y luego, recobrando su habitual compostura, dijo que a ella escribir le relajaba, que conseguía con las letras, que llenaban y llenaban archivos de ordenador sin remedio de continuidad, alejar de sí toda clase de energías negativas. Sí, energías negativas, no os engaño, os aseguro que esos dos vocablos tremebundos salieron por su boca.
Una tarde de primavera quedamos para cenar en una pizzería al día siguiente.
El día siguiente llega y unos veinticinco minutos antes de la cita ya estoy yo en la puerta de aquel restaurante italiano. Lo curioso es que no entro en Il paradiso della pizza (nombre bastante cursi, ¿verdad?), en cambio me acomodo en la cafetería que hay enfrente. Pido un café, y luego otros dos. Así, desbordado de cafeína, la veo llegar; miro el reloj: veinte minutos tarde (en su línea). En su libretita anota algo antes de entrar en la pizzería. No puedo negar mi sorpresa. Y entonces todavía va a mayores mi asombro cuando sé que no me levantaré para ir hasta donde ella ahora me espera. Pido un whisky doble. Y apunto cuatro tonterías en mi libreta de bolsillo (yo también tengo una). Tarda casi una hora en salir lo que me produce un placer muy personal, de ese tipo de gozo que nadie, aunque se lo trocees y despieces minuciosamente al explicarlo, puede comprender en su totalidad. Brindo con mi sombra, por entonces ya llevo cuatro dobles entre pecho y espalda. Su cara se me antoja triste, aunque está demasiado lejos como para asegurarlo. En la calle escribe unas notas justo antes de llamar a un taxi levantando su brazo haciéndose su silueta más perfecta y alargada en mis ojos excitados. El quinto whisky desata mi mano y borrajeo un par de párrafos.
Amanezco temprano. Y con resaca. Hay tres mensajes suyos en el contestador, a diversas horas de la madrugada recién pasada. En los tres Ariadna pone voz preocupada. Pregunta si estoy bien, y exige una explicación por el plantón de ayer. En esas tres parrafadas grabadas para la posteridad existen algunas frases interesantes, por lo que tomo nota de ellas.
Tras ducharme, telefoneo a su casa: me invento una enfermedad gastrointestinal seria «… pero ya va mejorando, no te preocupes.» Dice que quiere verme, que necesita verme, y que estará en mi apartamento en cosa de una hora. Justo después me cuenta velozmente que por fin está finiquitando su novela, que tan sólo le queda hilvanar el final.
Cuando llega me trata con desdén, parece interesada en mi habitación, curiosea descaradamente. En el momento que encuentra en un estante sus tres libros junto con varios recortes de periódicos que hablaban sobre ella, me pregunta si le tengo envidia.
Me quedo callado. Vaya preguntita, pienso. Su mirada es apremiante pero enseguida se relaja y dice: “Bueno, realmente da igual.”
Tarda poco en marcharse, ni siquiera se despide. Cierro la puerta, y mecánicamente cojo del botiquín mis pastillas para dormir. Engullo tres. En pocos minutos los párpados me pesan tanto que los tengo que cerrar.
Los días siguientes nos evitamos, al menos yo la evito: desconecto el teléfono y no salgo de mi apartamento. Nuestra relación ha llegado a un punto en que necesito desprenderme de su carga. Y tanto espacio ha llegado a ocupar dentro de mí que Ariadna y sus peripecias llenan folios como nunca antes. Me encierro en el salón, duermo en el sofá. Escribo y escribo. Procuro novelar, fantasear, pero es imposible; sólo puedo narrar realidad. No necesito más que lo que hago. Si alguien entrase por la puerta lo echaría a patadas.
Calculo que han transcurrido unas dos semanas. Nos seguimos evitando: ella no me llama, yo tampoco. Las hojas escritas aumentan como el agua recogida por un cazo bajo una gotera. Lentamente. Constantemente. Ariadna ya es más el personaje principal de mi novela que la buena amiga que fue o quiso ser.
¿Cuántas semanas pasaron? Quizá eran ya meses. Para mí el tiempo había perdido su significado y sólo era una excusa para mirar el reloj. Lo poco que duermo lo hago soñando con las palabras. Estoy enjuto y verde. Mis ahorros han desaparecido; y mejor no hablar de mis tripas, mis manos o de mi cabello ralo, ¡pero a mí qué, yo tenía ya mi primera novela terminada!... Poner el punto final a una primera novela… La felicidad. De todas las editoriales a las que envié copia de mi novela, sólo Libros Z. respondió (la editorial más grande de esta ciudad, curiosamente). Me llamaron la semana pasada diciéndome que mi libro les había interesado y que se pondrían en contacto conmigo ayer con la respuesta definitiva. Mi teléfono no sonó ayer. Ni suena hoy. Como chocolatinas, una tras otra, aun a sabiendas de la diarrea posterior, para no desfigurar de manera irreversible mis dedos.
Tres días después, sin poder aguantar más, me encamino a las oficinas de Libros Z. Me zafo con habilidad de truhán de dos subordinados; y me planto en el despacho del jefe. «Hola, señor Editor, ¿ha leído usted mi libro Ariadna?» «Sí.», me responde muy serio. En su mesa veo mi copia. «¿Va usted a publicarlo?» «No.» «¡Joder!… Supongo que no sabe que su editorial me ha tenido en vela casi dos semanas esperando una contestación... » «Sí, lo sé, fui yo quien le llamó; la novela está bien pero han surgido una serie de problemas…» Excusas, no necesitaba excusas, me sobran las excusas así que señalando a mi libro, le dije: «Me devuelve la copia que les entregué. Gracias. Adiós.»
Me marcho con semblante altanero, mi novela bajo el brazo me susurra que no estoy solo.
En la calle compro el periódico, pan y queso, y echo una quiniela.
En mi apartamento me como el pan y el queso, sueño con millones y goles y ojeo el periódico. Es increíble la de cosas que cuentan los periódicos cada día. Me tomo con tranquilidad esta toma de contacto con la realidad, de hecho tampoco me parece que el mundo haya cambiado tanto aunque todos esos artículos se esfuercen en decir lo contrario. Deambulo por asesinatos, publicidad, reuniones, tanques, metralletas, entierros, futbolistas, índices económicos y más publicidad, hasta que una fotografía de Ariadna en la sección de cultura me hace saltar del sillón. Está guapísima, bastante más que mi personaje, se la ve desbordante de salud, muy morena, realmente seductora. El titular es claro: "Ariadna toca el cielo." Se trata de un reportaje sobre Ariadna, no sobre sus libros por lo que en los primeros párrafos sólo cazo esta referencia en boca de la periodista: “Su nueva novela está arrasando, un gran éxito en todos los aspectos, incluido el literario según los críticos.” Ariadna cuenta después que no es casualidad, que han sido dos años de un duro (y apasionante) trabajo. La entrevista es insulsa (hablan de su familia, de sus viajes, de sus escritores preferidos, de los aviones…) pero el objetivo Ensalzar a Ariadna lo cumple sobradamente. Terminando la entrevista, Ariadna habla de la trama de su última novela y entonces yo comienzo a notar que mi corazón se acelera de manera preocupante: “La envidia es el motor del personaje central, sin envidia no podría vivir, sin embargo él elige disfrazarla, transformarla en deseo, es decir, él prefiere mentirse y esto le acaba destruyendo interiormente.” Al final del reportaje leo (lo hago con los ojos como platos, mi taquicardia llega a darme miedo): "Quizá se lo han preguntado ya mil veces, Ariadna, pero ¿quién es Román?" "Román (sonríe)... Román no es nadie, tan sólo es el título y el protagonista de una novela." |
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Sí Romi, es de utilidad, ahora sólo queda pasarlo por el bloc de notas y queda así: ARIADNA Ariadna es una buena amiga. Al menos se comporta como tal desde que nos conocimos unos dos años atrás. Ariadna posee bonitas formas y es guapa, muy guapa, tremendamente guapa. Y claro, la amistad está bien, pero... A ver, voy a hablar claro: cuando en su habitación repleta de libros, música, fotos y recuerdos, en definitiva, cuando entre su intimidad bebemos vino tinto y nuestras bocas se cuentan chismes o proyectos no consigo dejar de imaginármela desnuda, o expresándolo mejor, no puedo evitar vislumbrar esa lejana esperanza: reunir el valor para abalanzarme sobre ella y comérmela entera. Pero nunca alcanzo ese estado de locura requerido para saltar al vacío de su cuerpo. Me presento: Soy un intento de escritor. Escribo sin ninguna continuidad. Realmente escribo poco. Lo contrarresto soñando mucho. Ésta es mi táctica por ahora. Afortunadamente a Ariadna la encantan mis palabras. Esas pocas letras que salen de la punta de mi bolígrafo fuertemente asido por mi mano llena de heridas nerviosas siempre destapan el tarro turquesa de sus elogios. A veces incluso apunta párrafos completos en su libreta de notas. En cambio, Ariadna es escritora, nada de intento como yo. Ya ha publicado dos novelas y un libro de poemas. Además ahora está acabando una nueva obra de la que no sé nada, pues lleva su elaboración con gran secreto, y ya tiene editor (además importante) la muy... Ariadna escribe mucho y sueña poco, táctica realmente bastante más eficaz que la mía. Y a pesar de tener todo lo que yo deseo, no se contenta. Sé que quiere la fama. A veces me pregunto por qué Ariadna mantiene amistad con un don nadie como yo. Con cuestiones como ésta no hago sino darme otra excusa para creer que hay algo entre nosotros, que sin saber cómo atraigo a esa morena infalible. ¿Por qué me cuenta sus últimos romances o sus escapadas de siete días (siempre siete) a lugares exóticos mientras nos observamos y tomamos café? ¿Por qué a mí? Sí, algo subyace en su mirada azabache. Antes he dicho que escribo poco y es verdad; pero no son las palabras exactas. Me cuesta tanto escribir que no consigo hacer más de lo que hago; ahora se acercan bastante a la realidad. Debo ser muy torpe o muy inseguro o cualquier cualidad peyorativa que se os ocurra que viene a cuento, el caso es que me resulta complicadísimo crear personajes sólidos y sufro y me desgarro los padrastros y acabo con un proceso diarreico agudo cuando lo hago. De verdad. Todo esto ya se lo conté a Ariadna; recuerdo que me escrutó asombrada y luego, recobrando su habitual compostura, dijo que a ella escribir le relajaba, que conseguía con las letras, que llenaban y llenaban archivos de ordenador sin remedio de continuidad, alejar de sí toda clase de energías negativas. Sí, energías negativas, no os engaño, os aseguro que esos dos vocablos tremebundos salieron por su boca. Una tarde de primavera quedamos para cenar en una pizzería al día siguiente. El día siguiente llega y unos veinticinco minutos antes de la cita ya estoy yo en la puerta de aquel restaurante italiano. Lo curioso es que no entro en Il paradiso della pizza (nombre bastante cursi, ¿verdad?), en cambio me acomodo en la cafetería que hay enfrente. Pido un café, y luego otros dos. Así, desbordado de cafeína, la veo llegar; miro el reloj: veinte minutos tarde (en su línea). En su libretita anota algo antes de entrar en la pizzería. No puedo negar mi sorpresa. Y entonces todavía va a mayores mi asombro cuando sé que no me levantaré para ir hasta donde ella ahora me espera. Pido un whisky doble. Y apunto cuatro tonterías en mi libreta de bolsillo (yo también tengo una). Tarda casi una hora en salir lo que me produce un placer muy personal, de ese tipo de gozo que nadie, aunque se lo trocees y despieces minuciosamente al explicarlo, puede comprender en su totalidad. Brindo con mi sombra, por entonces ya llevo cuatro dobles entre pecho y espalda. Su cara se me antoja triste, aunque está demasiado lejos como para asegurarlo. En la calle escribe unas notas justo antes de llamar a un taxi levantando su brazo haciéndose su silueta más perfecta y alargada en mis ojos excitados. El quinto whisky desata mi mano y borrajeo un par de párrafos. Amanezco temprano. Y con resaca. Hay tres mensajes suyos en el contestador, a diversas horas de la madrugada recién pasada. En los tres Ariadna pone voz preocupada. Pregunta si estoy bien, y exige una explicación por el plantón de ayer. En esas tres parrafadas grabadas para la posteridad existen algunas frases interesantes, por lo que tomo nota de ellas. Tras ducharme, telefoneo a su casa: me invento una enfermedad gastrointestinal seria «… pero ya va mejorando, no te preocupes.» Dice que quiere verme, que necesita verme, y que estará en mi apartamento en cosa de una hora. Justo después me cuenta velozmente que por fin está finiquitando su novela, que tan sólo le queda hilvanar el final. Cuando llega me trata con desdén, parece interesada en mi habitación, curiosea descaradamente. En el momento que encuentra en un estante sus tres libros junto con varios recortes de periódicos que hablaban sobre ella, me pregunta si le tengo envidia. Me quedo callado. Vaya preguntita, pienso. Su mirada es apremiante pero enseguida se relaja y dice: “Bueno, realmente da igual.” Tarda poco en marcharse, ni siquiera se despide. Cierro la puerta, y mecánicamente cojo del botiquín mis pastillas para dormir. Engullo tres. En pocos minutos los párpados me pesan tanto que los tengo que cerrar. Los días siguientes nos evitamos, al menos yo la evito: desconecto el teléfono y no salgo de mi apartamento. Nuestra relación ha llegado a un punto en que necesito desprenderme de su carga. Y tanto espacio ha llegado a ocupar dentro de mí que Ariadna y sus peripecias llenan folios como nunca antes. Me encierro en el salón, duermo en el sofá. Escribo y escribo. Procuro novelar, fantasear, pero es imposible; sólo puedo narrar realidad. No necesito más que lo que hago. Si alguien entrase por la puerta lo echaría a patadas. Calculo que han transcurrido unas dos semanas. Nos seguimos evitando: ella no me llama, yo tampoco. Las hojas escritas aumentan como el agua recogida por un cazo bajo una gotera. Lentamente. Constantemente. Ariadna ya es más el personaje principal de mi novela que la buena amiga que fue o quiso ser. ¿Cuántas semanas pasaron? Quizá eran ya meses. Para mí el tiempo había perdido su significado y sólo era una excusa para mirar el reloj. Lo poco que duermo lo hago soñando con las palabras. Estoy enjuto y verde. Mis ahorros han desaparecido; y mejor no hablar de mis tripas, mis manos o de mi cabello ralo, ¡pero a mí qué, yo tenía ya mi primera novela terminada!... Poner el punto final a una primera novela… La felicidad. De todas las editoriales a las que envié copia de mi novela, sólo Libros Z. respondió (la editorial más grande de esta ciudad, curiosamente). Me llamaron la semana pasada diciéndome que mi libro les había interesado y que se pondrían en contacto conmigo ayer con la respuesta definitiva. Mi teléfono no sonó ayer. Ni suena hoy. Como chocolatinas, una tras otra, aun a sabiendas de la diarrea posterior, para no desfigurar de manera irreversible mis dedos. Tres días después, sin poder aguantar más, me encamino a las oficinas de Libros Z. Me zafo con habilidad de truhán de dos subordinados; y me planto en el despacho del jefe. «Hola, señor Editor, ¿ha leído usted mi libro Ariadna?» «Sí.», me responde muy serio. En su mesa veo mi copia. «¿Va usted a publicarlo?» «No.» «¡Joder!… Supongo que no sabe que su editorial me ha tenido en vela casi dos semanas esperando una contestación... » «Sí, lo sé, fui yo quien le llamó; la novela está bien pero han surgido una serie de problemas…» Excusas, no necesitaba excusas, me sobran las excusas así que señalando a mi libro, le dije: «Me devuelve la copia que les entregué. Gracias. Adiós.» Me marcho con semblante altanero, mi novela bajo el brazo me susurra que no estoy solo. En la calle compro el periódico, pan y queso, y echo una quiniela. En mi apartamento me como el pan y el queso, sueño con millones y goles y ojeo el periódico. Es increíble la de cosas que cuentan los periódicos cada día. Me tomo con tranquilidad esta toma de contacto con la realidad, de hecho tampoco me parece que el mundo haya cambiado tanto aunque todos esos artículos se esfuercen en decir lo contrario. Deambulo por asesinatos, publicidad, reuniones, tanques, metralletas, entierros, futbolistas, índices económicos y más publicidad, hasta que una fotografía de Ariadna en la sección de cultura me hace saltar del sillón. Está guapísima, bastante más que mi personaje, se la ve desbordante de salud, muy morena, realmente seductora. El titular es claro: "Ariadna toca el cielo." Se trata de un reportaje sobre Ariadna, no sobre sus libros por lo que en los primeros párrafos sólo cazo esta referencia en boca de la periodista: “Su nueva novela está arrasando, un gran éxito en todos los aspectos, incluido el literario según los críticos.” Ariadna cuenta después que no es casualidad, que han sido dos años de un duro (y apasionante) trabajo. La entrevista es insulsa (hablan de su familia, de sus viajes, de sus escritores preferidos, de los aviones…) pero el objetivo Ensalzar a Ariadna lo cumple sobradamente. Terminando la entrevista, Ariadna habla de la trama de su última novela y entonces yo comienzo a notar que mi corazón se acelera de manera preocupante: “La envidia es el motor del personaje central, sin envidia no podría vivir, sin embargo él elige disfrazarla, transformarla en deseo, es decir, él prefiere mentirse y esto le acaba destruyendo interiormente.” Al final del reportaje leo (lo hago con los ojos como platos, mi taquicardia llega a darme miedo): "Quizá se lo han preguntado ya mil veces, Ariadna, pero ¿quién es Román?" "Román (sonríe)... Román no es nadie, tan sólo es el título y el protagonista de una novela." |
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Bien, como parece que ya han entrado en liza dos (Vixa y Romi) que parece que entienden algo del tema, que se pongan de acuerdo y que uno de ellos exponga con toda claridad, paso a paso: 1º Escribo... 2º Lo copio a... o lo que sea (lo digo por mí, que me conozco y soy bastante animal con esto de internet. Cuando todos hayamos comprobado el sistema y veamos que funciona en cada ordenador, que alguien lo pase a las normas y todo perfecto. Al final, tendremos el mejor concurso de relatos de toda la red, ya lo veréis y os recuerdo que en el concurso XXIV ya alcanzamos el relato 300. Ya solo nos faltan 9.437 para superar el record de internet, que también lo tengo yo en otro histórico (je, je, humildad al garete). Os leo Por culpa de bizarro: |
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En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, dijo Sancho a Don Quijote: -¿Cómo llamáis, mi señor, a aquél enorme molino, que a base de remolinos, muele el aire y, si os acercáis, también os molerá a vos? -¡Qué ha de moler, mi buen Sancho, a palos os moleré yo si seguís con esa historia! Con gigantes, que no molinos, tuve a bien cruzar mi adarga y si la suerte me alarga dos palmos mi espada fiel, ni gigantes, ni molinos. ¡Cadáveres esparcidos por esta tierra tendrías, vasallo fiel! Pruebo la propuesta de Vixa: 1º: Escribo en word2007, normal y cursiva, interlineado a 1,5, time new roman, tamaño 12. 2º: Lo copio y pego en bloc de notas 3º: Una vez pegado, lo copio de nuevo y lo escribo en bubok. Veamos que sale |
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Como ves, Vixa, se ha perdido la cursiva, aunque el resto parece que queda bien. Ahora, pregunto: 1º: ¿Como resolvemos lo de la cursiva que reclama bizarro y yo también? 2º: Una vez resuelto ese problema, ¿qué hago yo para recuperar todos los textos en el mismo formato y llevarlos al histórico? Gracias |
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¡¡¡¡¡¡¡¡Quieto, bizarro!!!!!! Que tú eres muy joven y vas a distinta velocidad. Entendido lo de la letra cursiva para que se vea en el foro. Pero me sigo preguntando: ¿Y que hago yo para que en el histórico se vea todo igual de bien y homogéneo? ¿Es que, quizás, tal ve, a lo peor, por un casual, NO OS INTERESA EL HISTÓRICO UN PIMIENTO????? |
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A MAMERI: ¿Donde se encuentra el bloc de notas? Mira tu pantalla de inicio, abajo, en la esquina izquierda tienes que tener un rectángulito con el símbolo de windows y la palabreja :INICIO. Picas en ella y se abre un cuadro de diálogo. Buscas "Programas" te pones encima y se abre un subcuadro. Buscas "accesorios" y pones la flechita encima y aparece otro subcuadro. En él buscas bloc de notas, picas en él y ya lo tienes abierto. De nada, de nada, de nada. A mandar |
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Mirar, todo esto que se habla aquí en este hilo es un embrollo. Un rollo patatero que hace que concursar sea algo enrevesado. ¡Qué esto no es el Premio Planeta! (y eso que no me parecía mal la idea, pero es que si hay que hacer todo eso antes de postear un relato, con lo huidizos de estas cosas de la informática que somos algunos...) |
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Vamos a ver, señores, que leemos más de tres palabras seguidas y ya estamo pegándonos cabezazos contra las peredes. RESUMEN DE LO PROPUESTO: 1º: Se abre el procesador de textos que cada cual tenga. 2º: Se seleccionan el tipo de letra: ARIAL, tamaño: 12, interlineado: SENCILLO y sin usar para nada ni tabulaciónes ni espaciadores ni otras zarandajas, se empieza a escribir el relato. Cuando se llega a un punto y aparte, se da UNA SOLA VEZ al intro. Una vez corregido y preparado el relato 3º: Se copia 4º: Se abre el bloc de notas 4.1: pinchar en INICIO, en la parte inferior izquierda de la pantalla (para windows). 4.2: En el cuadro de diálogo se pincha en PROGRAMAS. 4.3: en el nuevo cuadro de diálogos, se pincha en ACCESORIOS 4.4: en el nuevo cuadro, se pincha en BLOC DE NOTAS. 5º: Se pega el relato en el bloc. 6º: Se copia el relato del bloc 7º: Se pega el relato en bubok 8º: Aquellos que tengan escritas frases en letra cursiva, aquí en el cuadro de escritura de bubok deben seleccionar ese texto y pasarlo a cursiva. ¡¡¡CHAN TA TA CHAN!!! Y YA ESTÁ EL MILAGRO Espero que algún alma caritativa compruebe que lo que he escrito es correcto. Saludos |