El inadaptado
IV- El arroyo baja del lado norte y desde unas laderas muy tupidas de monte. Por donde los brezos, las madroñeras y los durillos, crecen altos y verdes. Se clavan en estas laderas grandes ejemplares de pinos, castaños centenarios, recias encinas y algunos arces y tejos. Por eso estas laderas y sus bosques son paisajes fantásticos que él conoce casi como la palma de la mano. De pequeño los había recorrido casi en todas las direcciones y, por las noches, muchas veces había dormido en las oscuras cuevas que se abren entre las rocas del monte.
Por esto y más cosas, sabe del gran venero de agua caliente que hay en el arroyo. Ya casi al final y un poco antes de que el cauce se junte con el río. Bajo unas rocas calizas y casi arropado por las ramas de algunos álamos, el venero brota del fondo de un redondo y profundo charco. Como si surgiera del centro mismo de la tierra, en borbotones temblorosos y cristalinos como el más puro viento. Y al salir a la superficie del agua clara y caliente, exhala vapor en forma de nubes pequeñas. Como si se tratara de un bellísimo y natural juego para entretener y decorar a los paisajes del arroyuelo.
La senda baja, surcando unas de las laderas tupidas de monte, derecha al gran charco del manantial. Por la senda, ya hoy casi borrada y comida por las jaras, aulagas y romeros, se le ve caminar. Despacio y con su saco acuestas y como metido en sí y meditando. Baja en busca del charco del agua caliente que bien conoce desde pequeño. Tiene vivos, muy vivos los recuerdos. Porque mil veces, en los días fríos del invierno y a las tardes cálidas del otoño, se ha bañado en este charco. Para limpiar su cuerpo y para disfrutar del agua caliente que tan generosamente ofrece el venero. Y siempre lo sentía como un generoso regalo de la naturaleza y, al mismo tiempo, como un juego repleto de sensaciones muy bellas.
Con estos recuerdos, con algo de frío, un poco de hambre y un pellizco de tristeza en su corazón, llega al charco. Por el lado de arriba que es por donde las rocas se clavan en la ladera y, en la misma base, brota el venero. En un pequeño escalón que conoce, se para, suelta su saco, se quita su ropa, sus zapatos y se aproxima a las aguas. Tocándolas con sus manos, antes de meterse en lo más hondo. Y comprueba que están calientes. Templadas como en aquellos años de su niñez por estas tierras. Avanza y se adentra hasta lo más hondo. Donde los borbotones del agua surgen con más fuerza por los agujeros de las rocas. Aquí mismo es donde el agua ofrece su mejor temperatura y la mejor caricia para el cuerpo.