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mireiavancells
Mensajes: 37
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009

Libro digital y derechos de autor

9 de Noviembre de 2009 a las 1:11

María José siempre había sentido en su interior la pasión por la bisutería. Ya de pequeña, mientras andaba descalza por la playa, recogía pequeñas conchas de esas a la que el mar, por algún misterioso motivo, les hace un agujerito y las arrastra con las olas a la arena.

Al llegar a casa, la niña María José disfrutaba ensartando las conchas y las coquinas con cordel, y fabricaba estrafalarios collares, pendientes impares y anillos extraños. Pero con el tiempo, esa niña artista fue perfeccionando su arte, hasta que un día, hacia los treinta, harta de trabajar de dependienta en unos grandes almacenes en los que después de años sólo había conseguido cobrar una nómina de mileurista, decidió que ya era hora de sacar algún provecho de su innato y artístico talento.

Sacó unos ahorrillos del banco e hizo acopio de perlas, cordel de silicona, cuentas de colores, hilo de plata, cierres antialérgicos y piedras semipreciosas, todo el material que le iba a hacer falta para fabricar una bonita colección, y se dispuso a pasar las noches y los fines de semana, todo el tiempo que hiciera falta, para completar ese muestrario de abalorios que, con un poco de suerte, podría acabar vendiendo en el mercado semanal de su pueblo, o incluso en la feria anual que se montaba en la capital con motivo de las fiestas patronales.

María José pasó un año y pico durmiendo poco o nada, combinando su horrible trabajo con noches de febril actividad creadora, en la que se dejaba las pestañas y las yemas de los dedos, ya se sabe lo que es trabajar con herramientas… hasta que por fin, un día de mayo, satisfecha, agotada pero feliz, sintió que había llegado la hora; sacó la caja donde tenía almacenadas todas sus joyas y decidió que por fin empezaría a vender.

Se informó en el ayuntamiento, y al llegar a casa, un poco desanimada, le comentó a su pareja que necesitaba tocar de nuevo los ahorros… que no se había dado cuenta que, al menos al principio, igual tendría que permitirse hacer algo más de inversión. Tenía que comprar expositores, un tablero, y paños de seda donde colgar sus creaciones. Y adquirir una silla para el mercado. Y que el día de mercado debería comprarse bocadillo y bebida. Y pagar la cuota municipal. Y desde luego, tendría que dejar su trabajo. Sus creaciones eran preciosas, y seguro que se venderían bien. Había que poner toda la carne en el asador y confiar en el criterio de la gente, y en que la calidad de sus creaciones tenía que comercializarse bien, por fuerza.

El primer jueves de mercado fue un día memorable. Ella lo recordaría por siempre jamás. A las diez de la mañana, nada más empezar, una chica muy guapa le compró un par de pendientes hechos con plata y con unos colgantes maravillosos hechos con lapislázuli. Le pagó los 30,00 Euros que sin duda valían y desapareció por una de las callejuelas que daban a la plaza.

María José fue feliz como nunca antes lo había sido en su vida.

A la artista le extrañó, sin embargo, que a partir de aquel momento la gente sí, pasaba por su puesto, miraba y remiraba, pero no compraba nada. Y por la tarde observó, con estupefacción, como muchas de las mujeres que transitaban por el mercado llevaban unos pendientes idénticos a los que ella había creado… sólo que no eran propiamente suyos, sino copias.

Pero caramba… ¡cómo daban el pego! ¡Parecía que las hubiese hecho ella misma!

Fueron pasando los días, y cada día que pasaba, más y más mujeres en su pueblo llevaban sus bonitos pendientes. Y no solo las del pueblo. Se acercó a la capital, y allí, una tras otra, fue divisando mujeres adornadas con los pendientes que ella había inventado y que había fabricado con tanto esfuerzo. Y todas la señalaban a ella, mida, mirad, ella los creó… que gran artista! Pero María José solo había vendido un par.

Mirad cómo cada jueves intenta vender más piezas de esas murmuraban todas… pero no venderá ni una más, la pobre… ¿es que no se ha enterado de que su primera clienta tiene una maquinita de ésas de replicar pendientes gratis? ¿Y de que la gente se los va regalando por la calle, como quien reparte efímeros prospectos de propaganda?

María José se pasó los siguientes jueves acudiendo a su puesto, habiendo pagado por adelantado al ayuntamiento los gastos, habiendo tenido que comprar todo el material, y habiendo no sólo trabajado sin descanso durante meses en tantas noches insomnes, sino depositado toda su ilusión en la posibilidad de poder vivir, ni que fuera precariamente, de aquello para lo que tenía talento.

Al cabo de las semanas juntó su preciosa bisutería y la guardó de nuevo en la caja, abandonó su puesto en el mercado y, arrastrando los pies, regresó a los grandes almacenes, donde, heridos en su orgullo por la reciente deserción de la antigua dependienta, sólo pudieron ofrecerle el puesto de limpiadora.

idelosan
Mensajes: 1.311
Fecha de ingreso: 6 de Noviembre de 2008
  • CITAR
  • 9 de Noviembre de 2009 a las 2:36
Para escribir una obra no necesitas gastar dinero en materiales de ningún tipo, ni dejar el trabajo, ni realizar esfuerzo físico... y eso de comparar obras culturales con objetos de bisutería me parece una tontería, además de la obvia distinción entre un libro digital (que no existe físicamente de forma propiamente dicha, son datos) con unos pendientes (que existen físicamente; ya tienen valor per se).

No me convence este texto. Ya me gustaría a mi que la gente se bajara mis obras y fuera repartiéndolas gratis por ahí... ¡Eso sí sería una buena ayuda! ¿Me ayudas?


idelosan
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Fecha de ingreso: 6 de Noviembre de 2008
  • CITAR
  • 9 de Noviembre de 2009 a las 2:36
Para escribir una obra no necesitas gastar dinero en materiales de ningún tipo, ni dejar el trabajo, ni realizar esfuerzo físico... y eso de comparar obras culturales con objetos de bisutería me parece una tontería, además de la obvia distinción entre un libro digital (que no existe físicamente de forma propiamente dicha, son datos) con unos pendientes (que existen físicamente; ya tienen valor per se).

No me convence este texto. Ya me gustaría a mi que la gente se bajara mis obras y fuera repartiéndolas gratis por ahí... ¡Eso sí sería una buena ayuda! ¿Me ayudas?


   
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