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romi
Mensajes: 678
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008

Recordando a Manon

3 de Octubre de 2009 a las 11:48

Bubok

Bubok

Recordando a Manon

            El canturreo del mirlo lo despertó. Se incorporó un poco en la cama, dobló la almohada y miró al frente. A través de la ventana, abierta de par en par, y vio que aun no había amanecido. Pero el vientecillo que por la ventana entraba, era frío, con olor a otoño y húmedo. Por la noche había llovido. Las primeras lluvias del otoño en los últimos días de septiembre.

         Tal como estaba, tumbado en la cama y con la cabeza alzada, mirando de frente al nuevo día, escuchando a intervalos los canturreos del mirlo y dejándose acariciar por el vientecillo con sabor a otoño, extendió su mano. De la pequeña repisa, en la pared a la izquierda de su cama, cogió el móvil. Apretó el botón y esperó a que la pantalla se iluminara. Lo soltó luego sobre las sábanas y esperó a ver si sonaba. Como todos los días, esperaba, soñaba recibir algún mensaje.

         Pasaron unos minutos y el teléfono no sonó. Lo volvió a coger, apretó el botón y lo apagó. Después, tal como estaba, meditando se quedó durante un rato. Mientras por la ventana ya veía llegar las primeras luces del día.

        Poco después se incorporó, encendió el ordenador y, mientras se vestía, de reojo miraba a la pantalla. Se acercó a la mesa, abrió el correo y descubrió que hoy tampoco le había escrito nadie. Dejó, junto al ratón, su reloj, entró al cuarto de baño y, durante unos minutos, estuvo aseándose. Luego, cuando de nuevo se acercó a la ventana, comprobó que ya el día se abría luminoso. Había dejado de llover y, en el cielo, las nubes mostraban grandes claros. En el acebo bajo la ventana, el mirlo seguía con sus canturreos y por el césped, bajo los cedros, revoloteaban los gorriones, la pareja de tórtolas y también dos palomas silvestres. 

         No tardó mucho en salir fuera, echó un buen puñado de migas de pan a los gorriones y palomas y luego se fue por entre lo naranjos. De la higuera del rincón y junto a la palmera, cogió tres o cuatro higos. Los últimos higos del año, ya maduros y con un sabor muy especial. Mientras se los fue comiendo, caminó por el jardín. Por donde la fuente de los jazmines, por el paseo de los álamos, por donde el banco verde frente al pinar…

         Y, era ya mediodía, cuando salió de la casa. Lento caminó calle abajo y, al poco, llegó a la parada del autobús. Aquí se paró y, durante unos minutos, meditó. Fue aquí mismo donde, aquella calurosa tarde de verano, se la encontró. Sentada en la acera esperando el autobús. Y, al verla con su pelo rubio recogido con un pañuelo, vestido rojo, estampado en azul y blanco y mochila color castaño, se dijo para sí que por primera vez en su vida se tropezaba con una criatura tan bella.  Le dijo:

- En estas fechas, como todavía las facultades están cerradas, los autobuses no pasan por aquí.

- Voy al centro de la ciudad, soy extrajera y hace solo dos días que vivo en Granada. En un hotel y estoy buscando piso.

- Yo bajo para el centro de la ciudad, si no te importa acompañarme, te guío.

         Ahora, él esta mañana, dejó atrás la parada del autobús y siguió bajando. Por la misma calle pero hoy sin su compañía. Llegó al arco de la antigua muralla, lo atravesó y recorrió la estrecha calle hasta el final. Y, mientras caminaba, iba recordándolo de paseo por aquí aquella tarde de verano y luego también por la orilla del río. Dejó atrás el museo donde estuvo aquella tarde, atravesó la plaza frente a la Alhambra, recorrió el último puente del río Darro y comenzó a subir por la Cuesta del Rey Chico. Siguiendo y recordando cada paso que ella, aquel día, trazó por este sitio.

         Cuando ya estuvo en lo más alto de la colina, giró para la izquierda. Por el camino que lleva a los olivares y al mirador sobre el cerro frente a Granada. Aquí se paró y, durante mucho rato, varias horas, estuvo contemplando la ciudad sobre la vega. Esperando a ver si el teléfono sonaba e imaginando lo bonito que sería recorrer las calles antiguas de esta ciudad, en su compañía. Para explicarle cada detalle y rincón y mostrarle hasta el más oculto misterio y secreto de Granada. Y le gustó tanto este sueño que pasaron las horas y ni siquiera se dio cuenta. Pero y, todavía antes de que el sol se pusiera, decidió volver. Siguiendo el mismo recorrido de aquella tarde calurosa de verano.

         Y, ya se ocultaba el sol al fondo de la gran Vega de Granada, cuando llegó al Puntal de los Almendros. Por debajo de las facultades, frente al viejo monasterio y la ciudad. Bajo el almendro más grande, se volvió a sentar. Para observar desde aquí, la puesta de sol mientras la seguía recordando. En su corazón se decía: “Haré fotos de la puesta de sol más bella del mundo y luego se las mandaré. Para que compruebe que la recuerdo y para que caiga en la cuenta que deseo ser su amigo. Y para que también descubra que nada me gustaría más en este mundo que compartir con ella la belleza y misterios que hay en cada uno de los rincones de esta ciudad mágica llamada Granada”.

         Preparó su cámara, sacó su teléfono del bolsillo, lo encendió y esperó unos segundos. Con la ilusión de que sonara avisando de la llegada de algún mensaje. Pero pasaron dos, tres y cuatro minutos y ninguna señal se oyó. Pulsó un par de teclas y buscó en la carpeta de “mensajes recibidos”. Abrió uno de estos mensajes. El único que había recibido unos días después de la tarde de la parada de autobús. Mientras seguía recordándola y esperaba la puesta del sol, leyó:  

         Lo siento pero no puedo utilizar mi teléfono. En este momento, hago muchas cosas para la facultad y la casa. Te contactaré más tarde.

Hasta luego: Manon

Bubok

claudiaynel
Mensajes: 99
Fecha de ingreso: 14 de Julio de 2009
  • CITAR
  • 3 de Octubre de 2009 a las 11:51
¡Qué romántico! ¡Y qué fotos tan bonitas!
romi
Mensajes: 678
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008
  • CITAR
  • 6 de Octubre de 2009 a las 13:45

claudiaynel, muchas gracias por tu comentario y me alegro que te hayan gustado las fotos.

   
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