Apelo a vuestra valentía de escritores o a vuestra curiosidad de lector. Os advierto que aquí no valen frivolidades ni finales fáciles. Os invito a que vayamos a una estancia profunda y tenebrosa de la mente humana. Que nos sumerjamos en un comportamiento sexual tan increíblemente intenso como adictivo. Sólo el pudor o el miedo puede impediros hablar en serio de sadomasoquismo y ninguna de las dos cosas son dignas de un amante del arte de escribir. Hablemos de Sado amigos.
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"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan. Como era viernes y aquella era su última clase, Elena se fue con Virginia, pero no salieron directamente a la calle. La profesora condujo a la alumna a su despacho en la Facultad de Filología, y allí, ambas, dentro, se encerraron con llave.No había casi nadie por los pasillos y a esas horas ni siquiera ya en las aulas. Viernes terminando. El hecho tranquilizó a Elena por si las dos montaban un poco de ruido en el despacho. En realidad, no sabía muy bien lo que pasaría con Virginia. La situación la estaba provocando un calentón bastante considerable, además de por inusual y enrevesada, estaba el cuerpazo de su alumna, en el que no dejaba de fijarse. Virginia le había dicho que su ama quería verla bien en un lugar tranquilo, para decidir si iba o no a usarla; así. Al trapo directamente. Auténtico sadomaso. Y Elena, emborrachada por fin del ambiente que tantos meses llevaba buscando, se limitaba a hacer lo que la decían hipnotizada. Por eso la había llevado de la mano a su pequeña oficina y allí estaban las dos, de pie, de frente, mirándose, muy pegadas. -Ahora desnúdate; voy a hacerte fotos con el móvil.- -¿Qué?- -De las tetas, del culo, del coño y de la cara, sacando bien la lengua. También me ha enseñado a hacerlo; así podrá decidir mi ama.- Elena ya se estaba desabrochando el pantalón vaquero. -Te ha adiestrado muy bien.- -No le gusta que pierda el tiempo; cada vez que tenemos sesión, además de castigarme y de usarme, me instruye en como debo de comportarme en cualquier situación.- Por último la profesora se quitó el tanga y el sujetador. -¿Llevas mucho tiempo con ella?- -Como esclava, sólo un mes. Casi.- Virginia se agachaba y levantaba a su alrededor, dirigiendo el objetivo de su teléfono a las zonas más íntimas del cuerpo de la profesora. Pulsaba. Flash. Pulsaba. Sacó seis en total y después se sentó en el silloncito que había enfrente de la mesa, concentrándose en las teclas, para mandar de inmediato las imágenes recién tomadas. -¿Me puedo vestir ya?- -Espera. A ver que dice mi ama.- La profesora se sentó también, en una de las dos sillas que había enfrente de su mesa, desnuda como estaba, y como Virginia no la hacía ningún caso en ese instante, superconcentrada pulsando el móvil, se cogió con una mano una teta y con la otra, entre las piernas, se masturbaba. El calentón estaba en su punto álgido y, sonriendo, pensó, que estaba como una moto y eso que Virginia todavía, ni siquiera, la había tocado. -¿Te has encontrado a muchas personas con el Quagmyr?- -Tú eres la primera.- Contestaba sin mirar; no apartaba los ojos de la pantallita. -Me estoy pajeando. No te importa ¿verdad?- -No debo de hacer esperar a mi ama; ya casi he enviado la última; luego te ayudo.- -Vale.- Levantó las piernas y echó la cadera hacia delante; estaba totalmente abierta, y chorreando, y con todos los dedos de la mano dentro, menos el pulgar. Los ojos cerrados. -Ya está.- Virginia dejó el móvil sobre la mesa y levantó la vista. Soltó un oh de exclamación mudo al ver como estaba su profesora, y sonriendo, se acercó, poniéndose frente a ella de rodillas. Le sacó la mano del coño y le metió la suya; como aquello estaba tan húmedo y tan dilatado, se la metió toda entera hasta la muñeca, y dentro, cerró el puño, y comenzó a girarlo. Elena, en pelotas en la silla, y en posición de parturienta, la miraba agradecida, y con la expresión desencajada, como en trance. Virginia la aguantaba la mirada. Estaba preciosa, con su vestido estampado, agachada, toda ella curvas en pinza y transparencias, el pelo recogido y sonrisa de gata. Entonces sonó el móvil y la secretaria, como movida por un resorte, se levantó de inmediato secándola de golpe a Elena la mano. Contestó. -Dime mi ama.- Silencio aliñado con muchos gestos de afirmación con la cabeza. Virginia se despidió con otro "mi ama", colgó, se guardó el aparato en el bolso y miró a la profesora, que con expresión interrumpida y cortada, esperaba en la silla. -¿Qué pasa?- -Vístete.- -¿Ahora?- -Vamos. Le has gustado a mi ama y tenemos algunas cosas que hacer. Rápido.- Una tienda de gasolinera es uno de los sitios más abrumadoramente anónimos de la realidad actual; cuando se entra, la autoasignación de persona desconocida, incluso ante uno mismo, cobra una certeza en el ambiente casi tangible. Especial. Las dos caminaban entre los pasillos cogidas del brazo; Elena se dejaba llevar y Virginia miraba hacia todos los lados, y de vez en cuando, cogía algo y lo echaba a la cestita que llevaba. -¿También te introdujiste en el tema con dos alumnas?- -¿También?- -Yo soy alumna tuya.- -Se llaman Agustín y Vanesa. Seguimos siendo amigas.- -¿No has dicho dos tías?- -Agustín es una tía. Ahora está buenísima.- -¿Trans?- -Trans.- -Yo no sabía nada de sadomasoquismo; me lo ha enseñado todo Pilar. Me ha vuelto loca. Estoy enamorada hasta los huesos.- -Pero no por eso debes de dejar de estudiar; le voy a pedir a tu ama que te ordene sacar buenas notas.- -Guarra.- -¿Por qué?- -Eso no es pedirle nada, eso es que la profesora puntillosa se queja ante ella de la alumna descuidada.- -Guarra tú, gilipollas, que me vas a obligar a que te suspenda.- -Díselo, pero que sepas, que me va a castigar. No sé si me ordenará que estudies, como tú pretendes, pero lo que sí te puedo asegurar, porque la conozco, es que me va a castigar.- -Y cómo te va a castigar.- -Sobre todo azotes, es lo que más le gusta; con fusta, con látigo o con palmeta. Hasta hacerme llorar.- -¿Y en dónde te pega?- -En el culo siempre. Me lo deja morado, a veces, incluso, me hace sangre; tengo que espigarlo hacia fuera y contar los golpes, uno a uno, y dar las gracias. También me azota las tetas, pero menos y la mayoría de las veces con fusta, que no duele tanto como el látigo de una cola, que es el que ella utiliza. Y los muslos; caras delanteras y caras traseras. Y la barriga. Un poco la espalda y la zona entre el chochito y el ombligo; ahí también le gusta darme en serio.- -¿No te da bofetadas?- -Sí ¿cómo lo sabes?- -A mí y a las otras chicas que éramos sus esclavas nos las daba el amo Andrés.- -Es verdad, a mi también me abofetea de vez en cuando, siempre de improviso, luego me coge del pelo, me clava la mirada y me ordena que la de las gracias. Yo obedezco, claro está.- -¿Y por qué no lo habías dicho?- -Por nada.- -Te da vergüenza, dí la verdad.- -Está bien, guarra, me da un poco de vergüenza reconocer que me da bofetadas, pero ella puede hacer lo que quiera conmigo, lo que me da vergüenza reconocer es que me gusta. Al principio, me pilló tan de sorpresa, que me quedaba bloqueada, pero en seguida le cogí el gustillo. Ahora me encanta; cada vez que me da en la cara es cuando más me siento dominada ¿Te pasaba a ti lo mismo?- -Exactamente igual.- -¿Ves?- -Guarra.- La secretaria pagó con tarjeta todo lo que habían comprado; poco menos de media cesta pequeña, y salieron de la mano, muy acarameladas, como dos felices bolleras. Iban en el coche de Elena porque la secretaria utilizaba a diario el transporte público para ir a la Facultad, y antes de sentarse en el asiento del copiloto, Virginia abrió una pequeña caja de chinchetas, una de las cosas que había comprado, y las esparció sobre él. Luego se levantó la falda y se sentó hundiendo directamente las nalgas sobre las chinchetas. Gritó un poquito y se arrellanó más. El dolor inicial le hizo poner los ojos en blanco pero enseguida se recuperó y miró a su profesora, que ya había arrancado. -Mi ama me ordenó que hiciera esto cuando saliéramos de la tienda de la gasolinera, para que yo me vaya preparando.- -¿Para qué?- -Me va a castigar.- -Entonces no le diré que no me has entregado el trabajo de la Universidad del mes.- -!No! Díselo, por favor, yo no le oculto nada a Pilar, no te preocupes por los castigos a los que me someta, yo soy su esclava.- -¿Crees que a mí también me castigará?- -¿Por qué?- -Todo esto está yendo demasiado deprisa, la verdad, no sé si estoy preparada.- -Pues piénsatelo antes de llegar a su casa; yo la conozco bien; te va a usar como una perra, sin darte tiempo a reaccionar, te meterá el brazo por el coño y sus dildos por el culo, sin ninguna piedad, mientras te insulta y te azota y te azota y te abofetea la cara. Ella es una diosa; y si vas junto a ella, no puedes esperar otra cosa ¿Me he expresado con claridad, profesora?- -Guarra.- |
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cita de salazar
"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan.
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Como era viernes y aquella era su última clase, Elena se fue con Virginia, pero no salieron directamente a la calle. La profesora condujo a la alumna a su despacho en la Facultad de Filología, y allí, ambas, dentro, se encerraron con llave.No había casi nadie por los pasillos y a esas horas ni siquiera ya en las aulas. Viernes terminando. El hecho tranquilizó a Elena por si las dos montaban un poco de ruido en el despacho. En realidad, no sabía muy bien lo que pasaría con Virginia. La situación la estaba provocando un calentón bastante considerable, además de por inusual y enrevesada, estaba el cuerpazo de su alumna, en el que no dejaba de fijarse. Virginia le había dicho que su ama quería verla bien en un lugar tranquilo, para decidir si iba o no a usarla; así. Al trapo directamente. Auténtico sadomaso. Y Elena, emborrachada por fin del ambiente que tantos meses llevaba buscando, se limitaba a hacer lo que la decían hipnotizada. Por eso la había llevado de la mano a su pequeña oficina y allí estaban las dos, de pie, de frente, mirándose, muy pegadas. -Ahora desnúdate; voy a hacerte fotos con el móvil.- -¿Qué?- -De las tetas, del culo, del coño y de la cara, sacando bien la lengua. También me ha enseñado a hacerlo; así podrá decidir mi ama.- Elena ya se estaba desabrochando el pantalón vaquero. -Te ha adiestrado muy bien.- -No le gusta que pierda el tiempo; cada vez que tenemos sesión, además de castigarme y de usarme, me instruye en como debo de comportarme en cualquier situación.- Por último la profesora se quitó el tanga y el sujetador. -¿Llevas mucho tiempo con ella?- -Como esclava, sólo un mes. Casi.- Virginia se agachaba y levantaba a su alrededor, dirigiendo el objetivo de su teléfono a las zonas más íntimas del cuerpo de la profesora. Pulsaba. Flash. Pulsaba. Sacó seis en total y después se sentó en el silloncito que había enfrente de la mesa, concentrándose en las teclas, para mandar de inmediato las imágenes recién tomadas. -¿Me puedo vestir ya?- -Espera. A ver que dice mi ama.- La profesora se sentó también, en una de las dos sillas que había enfrente de su mesa, desnuda como estaba, y como Virginia no la hacía ningún caso en ese instante, superconcentrada pulsando el móvil, se cogió con una mano una teta y con la otra, entre las piernas, se masturbaba. El calentón estaba en su punto álgido y, sonriendo, pensó, que estaba como una moto y eso que Virginia todavía, ni siquiera, la había tocado. -¿Te has encontrado a muchas personas con el Quagmyr?- -Tú eres la primera.- Contestaba sin mirar; no apartaba los ojos de la pantallita. -Me estoy pajeando. No te importa ¿verdad?- -No debo de hacer esperar a mi ama; ya casi he enviado la última; luego te ayudo.- -Vale.- Levantó las piernas y echó la cadera hacia delante; estaba totalmente abierta, y chorreando, y con todos los dedos de la mano dentro, menos el pulgar. Los ojos cerrados. -Ya está.- Virginia dejó el móvil sobre la mesa y levantó la vista. Soltó un oh de exclamación mudo al ver como estaba su profesora, y sonriendo, se acercó, poniéndose frente a ella de rodillas. Le sacó la mano del coño y le metió la suya; como aquello estaba tan húmedo y tan dilatado, se la metió toda entera hasta la muñeca, y dentro, cerró el puño, y comenzó a girarlo. Elena, en pelotas en la silla, y en posición de parturienta, la miraba agradecida, y con la expresión desencajada, como en trance. Virginia la aguantaba la mirada. Estaba preciosa, con su vestido estampado, agachada, toda ella curvas en pinza y transparencias, el pelo recogido y sonrisa de gata. Entonces sonó el móvil y la secretaria, como movida por un resorte, se levantó de inmediato secándola de golpe a Elena la mano. Contestó. -Dime mi ama.- Silencio aliñado con muchos gestos de afirmación con la cabeza. Virginia se despidió con otro "mi ama", colgó, se guardó el aparato en el bolso y miró a la profesora, que con expresión interrumpida y cortada, esperaba en la silla. -¿Qué pasa?- -Vístete.- -¿Ahora?- -Vamos. Le has gustado a mi ama y tenemos algunas cosas que hacer. Rápido.- Una tienda de gasolinera es uno de los sitios más abrumadoramente anónimos de la realidad actual; cuando se entra, la autoasignación de persona desconocida, incluso ante uno mismo, cobra una certeza en el ambiente casi tangible. Especial. Las dos caminaban entre los pasillos cogidas del brazo; Elena se dejaba llevar y Virginia miraba hacia todos los lados, y de vez en cuando, cogía algo y lo echaba a la cestita que llevaba. -¿También te introdujiste en el tema con dos alumnas?- -¿También?- -Yo soy alumna tuya.- -Se llaman Agustín y Vanesa. Seguimos siendo amigas.- -¿No has dicho dos tías?- -Agustín es una tía. Ahora está buenísima.- -¿Trans?- -Trans.- -Yo no sabía nada de sadomasoquismo; me lo ha enseñado todo Pilar. Me ha vuelto loca. Estoy enamorada hasta los huesos.- -Pero no por eso debes de dejar de estudiar; le voy a pedir a tu ama que te ordene sacar buenas notas.- -Guarra.- -¿Por qué?- -Eso no es pedirle nada, eso es que la profesora puntillosa se queja ante ella de la alumna descuidada.- -Guarra tú, gilipollas, que me vas a obligar a que te suspenda.- -Díselo, pero que sepas, que me va a castigar. No sé si me ordenará que estudies, como tú pretendes, pero lo que sí te puedo asegurar, porque la conozco, es que me va a castigar.- -Y cómo te va a castigar.- -Sobre todo azotes, es lo que más le gusta; con fusta, con látigo o con palmeta. Hasta hacerme llorar.- -¿Y en dónde te pega?- -En el culo siempre. Me lo deja morado, a veces, incluso, me hace sangre; tengo que espigarlo hacia fuera y contar los golpes, uno a uno, y dar las gracias. También me azota las tetas, pero menos y la mayoría de las veces con fusta, que no duele tanto como el látigo de una cola, que es el que ella utiliza. Y los muslos; caras delanteras y caras traseras. Y la barriga. Un poco la espalda y la zona entre el chochito y el ombligo; ahí también le gusta darme en serio.- -¿No te da bofetadas?- -Sí ¿cómo lo sabes?- -A mí y a las otras chicas que éramos sus esclavas nos las daba el amo Andrés.- -Es verdad, a mi también me abofetea de vez en cuando, siempre de improviso, luego me coge del pelo, me clava la mirada y me ordena que la de las gracias. Yo obedezco, claro está.- -¿Y por qué no lo habías dicho?- -Por nada.- -Te da vergüenza, dí la verdad.- -Está bien, guarra, me da un poco de vergüenza reconocer que me da bofetadas, pero ella puede hacer lo que quiera conmigo, lo que me da vergüenza reconocer es que me gusta. Al principio, me pilló tan de sorpresa, que me quedaba bloqueada, pero en seguida le cogí el gustillo. Ahora me encanta; cada vez que me da en la cara es cuando más me siento dominada ¿Te pasaba a ti lo mismo?- -Exactamente igual.- -¿Ves?- -Guarra.- La secretaria pagó con tarjeta todo lo que habían comprado; poco menos de media cesta pequeña, y salieron de la mano, muy acarameladas, como dos felices bolleras. Iban en el coche de Elena porque la secretaria utilizaba a diario el transporte público para ir a la Facultad, y antes de sentarse en el asiento del copiloto, Virginia abrió una pequeña caja de chinchetas, una de las cosas que había comprado, y las esparció sobre él. Luego se levantó la falda y se sentó hundiendo directamente las nalgas sobre las chinchetas. Gritó un poquito y se arrellanó más. El dolor inicial le hizo poner los ojos en blanco pero enseguida se recuperó y miró a su profesora, que ya había arrancado. -Mi ama me ordenó que hiciera esto cuando saliéramos de la tienda de la gasolinera, para que yo me vaya preparando.- -¿Para qué?- -Me va a castigar.- -Entonces no le diré que no me has entregado el trabajo de la Universidad del mes.- -!No! Díselo, por favor, yo no le oculto nada a Pilar, no te preocupes por los castigos a los que me someta, yo soy su esclava.- -¿Crees que a mí también me castigará?- -¿Por qué?- -Todo esto está yendo demasiado deprisa, la verdad, no sé si estoy preparada.- -Pues piénsatelo antes de llegar a su casa; yo la conozco bien; te va a usar como una perra, sin darte tiempo a reaccionar, te meterá el brazo por el coño y sus dildos por el culo, sin ninguna piedad, mientras te insulta y te azota y te azota y te abofetea la cara. Ella es una diosa; y si vas junto a ella, no puedes esperar otra cosa ¿Me he expresado con claridad, profesora?- -Guarra.- |
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"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan. Fin de esta historia en "SM2". Aquella tarde, ya casi de noche, tocaba en la casa de Pilar, y no en el pisito, de un barrio obrero, de una localidad de las afueras, de Virginia. Pilar seguía viviendo en el centro de la capital, como siempre, pero ahora sola. Después de la separación su marido se había ido y de sus dos hijos, uno ya estaba casado y vivía con su esposa y la otra, la pequeña, estaba en un internado en los Estados Unidos. Pero a pesar de su nuevo estatus de absoluta libertad no le gustaba traer a casa a sus esclavos con frecuencia, aunque hoy, como había surgido la novedad de que Virginia encontrara casualmente a otra aficionada al Sadomaso, sumisa, en busca de ama, hizo una excepción. Tenía curiosidad, le gustaron las fotos que le envió su secretaria del desnudo improvisado que hizo la profesora en su despacho de la Facultad, y sobre todo, en cuestiones relacionadas con el Tema, odiaba esperar. Era mucho más rápido que desde donde estaban se dirigieran a su casa y en consecuencia, así se lo ordenó a su esclava. El salón de su vivienda era impresionante, mucho más amplio que el de Virginia, y decorado por auténticos profesionales; predominaba el negro brillante impoluto de los muebles y el rojo intenso de los sofás; todo era diseño, armonía, inteligencia formal, geometría interiorista y una sensación final de acogimiento perfecta, distante y cromáticamente fría. En el mismo centro de aquella estancia de enormes techos, acomodada como una reina, sobre la única butaca, granate intenso, estaba Pilar. Levaba un vestidito muy corto de cuero negro brilloso y altísimos tacones de charol, nada más. El pelo oscuro azabache recién lavado suelto y sobre el rostro, sólo, también, pintalabios rojos. Miraba como una loba medio sonriente a Elena, que sin saber muy bien cómo ponerse, se dejaba observar, sentada, en el medio del sofá. Y Virginia, completamente desnuda, incluso descalza, se mantenía arrodillada y con la mirada baja, muy pegadita a los pies de su ama. Elena estaba embelesada viendo aquella imagen. Tan sólo unos minutos antes, cuando entraron, Pilar se dirigió a ella llena de amabilidad y palabras tranquilizadoras, y reparó un segundo en su secretaria para insultarla, ordenarle que se quitara de inmediato toda la ropa que llevaba y que le trajera la fusta larga del dormitorio. Virginia respondió a todo con entregados "sí Ama" y obedientes reacciones inmediatas. Trajo la fusta entre los dientes y a gatas, ya en pelotas, y nada más cogerla, Pilar la ordenó que aunque iba a darle seis buenos fustazos en las tetas, no quería que gritara. Otra vez "sí Ama", se puso en posición y aguantó el castigo, sin quejarse, pero entre lágrimas. La profesora, que seguía boquiabierta, y emocionada, al sentirse por fin en el terreno donde deseaba estar desde hacía tantos meses, aceptó la invitación de Pilar para que se sentara en el sofá, y allí se quedó, con las rodillas muy juntas, las manos encima y sin saber qué decir. Virginia tenía razón, su ama era una mujer soberbia. Magnífica. Intimidaba. -Está muy buena ¿verdad?- Pilar dijo eso levantándola un poco la barbilla a su secretaria, como si estuviera exhibiendo un animal domesticado. -Gracias mi ama.- -De nada perrita.- -Sí, es preciosa; yo hasta ahora no la había visto desnuda.- -A tí no te dará las gracias por el cumplido, en realidad, en mi presencia, no te contestará ni te dirá nada mientras yo no se lo permita ¿No es así, puta?- -Así es mi ama, yo soy tu esclava, tu perra obediente y sólo deseo obedecerte en todo lo que me mandes, ama.- -Es adorable. Esos discursitos de sumisión y entrega se le ocurren a ella solita. Me encantan. Por eso le permito decirlos, y luego, para que no se envalentone, suelo azotarla un poco. Verás !Perra!- -¿Sí mi ama?- -Pon el culo en posición; voy a darte doce fustazos con el cuello de la fusta, para que duelan.- -Sí mi ama.- -Sin gritos, no quiero incomodar a nuestra invitada, pero los cuentas, y al llegar a doce, das las gracias, y directamente, me lames los pies.- -Sí mi ama.- Como Virginia se había dado la vuelta, se había agachado y había levantado el culito dejando las nalgas completamente expuestas, Pilar, sin levantarse de la butaca, comenzó a lanzar los fustazos, lentos, fuertes y consecutivos. Sonaban en el aire y luego, al explotar contra la piel, dibujaban una línea roja que hacía resoplar intensamente a la secretaria. Pero no gritaba. -Gracias mi ama.- Estaba llorando, y dándose la vuelta otra vez, se lanzó a lamerle los zapatos. -Está aprendiendo muy bien.- -Ya lo veo. Me dijo que sólo lleva un mes bajo tu dominio.- -Correcto.- -Extraordinario.- -Así es el Tema, créeme, o funciona o no funciona, en el acto. La intensidad depende de la persona dominada y también se manifiesta completamente desde el minuto cero. Casi todo en el Tema es así de natural y espontáneo.- -¿En el Tema?- -El Sadomaso.- -Comprendo. Perdona.- -¿Llevas poco tiempo con esto?- -Un año nada más.- -Suficiente. Al menos ya sabes lo que quieres; te aseguro que en el ámbito sexual es una ventaja que muchos ajenos al Tema no tienen. Por eso me resulta tan intolerable el ridículo aire de superioridad que se gastan algunos vainillas.- -¿Vainillas? No te entiendo.- -Ya lo entenderás profesora, ya lo entenderás. Ahora me gustaría pedirte un favor.- -Dime.- -¿Por qué no te descalzas? Mientras conversamos quiero ver como lame y como besa tus pies tu alumna. Me gusta ese tipo de metáforas performativas.- Elena se quitó los zapatos sin contestar y sonrió a su anfitriona; no llevaba ni calcetines ni medias, y al sacar los pies del calzado movió los dedos un poco traviesa. Pilar la devolvió la sonrisa y cogiendo del pelo a su secretaria, le levantó la cabeza y le calvó la mirada. -Lámeselos bien, sobre todo las comisuras entres los dedos.- -Sí mi ama.- Sin apenas terminar la frase y gateando muy deprisa, Virginia se lanzó entonces a los pies de su profesora, los abrazó con las manos y comenzó a meter la lengua, un poco frenéticamente, entre sus dedos, como se le había ordenado. -¿Estás bien?- -¿Por qué me lo preguntas?- -Se te ha puesto la cara muy roja, de repente.- -Es que estoy muy excitada, Pilar. Vamos, que tengo un calentón de tres pares de narices, y siempre me pasa lo mismo con las mejillas, se me ponen como tomates cuando ando salida.- -¿Te gusta que te lama mi perra?- -Sí, bueno, pero... - -¿Pero?- -Ella lo está haciendo muy bien, pero me gustas más tú.- -Dime ¿mi perrita es buena en clase?- -Sí. Es buena estudiante; teniendo en cuenta que trabaja, se lo toma bastante en serio y asimila bien mi asignatura.- -¿No ha cometido ninguna falta?- -Quizás, a veces, se retrasa un poco a la hora de entregar los trabajos mensuales, pero nada más.- -Puedes azotarla para que no vuelva a hacerlo. Si yo se lo ordeno,ella se dejará azotar por ti, y así aprenderá la lección ¿Quieres pegarla con la fusta?- -No Pilar, por favor, te ruego que no me lo ordenes. No me gusta pegar, prefiero que me peguen.- -¿Lo ves? O funciona o no funciona; a la primera. Acabamos de conocernos, llevamos menos de quince minutos hablando y ya me estás pidiendo que te acepte bajo mi dominio como esclava. Porque es éso lo que me estás pidiendo ¿no es así, Elena?- -Así es Pilar.- La profesora se quitó las gafas y alargó el cuello hacia delante, como para centrar la vista. Sentía como Virginia estaba aumentando la velocidad de los lameteos en sus pies consciente también de la intensidad y de la importancia de aquel momento. Pilar cruzó las piernas y apoyando los codos en los brazos de la butaca orejera se arrellanó cómoda, esperando a que completara mejor la respuesta. La mirada cruel, poderosa y escalofriantemente atractiva. Parecía una diosa. -Quiero ser tu esclava, Pilar, tu perra obediente y sumisa, tu puta, tu guarra, tu sirvienta. Quiero ser tu juguete. Quiero que me castigues y que me enseñes. Quiero que seas muy dura conmigo porque me merezco ser castigada y que no pares de castigarme hasta que yo te suplique piedad. Porque quiero que seas mi ama. Mi dueña. Mi señora. Te lo ruego Pilar, por favor, acéptame, te lo ruego, no te arrepentirás.- -Cuando acepté bajo mi dominio a la puta que te está besuqueando los pies la vertí en la cabeza un cubo lleno de meados, y luego, por supuesto, le di una buena con la fusta y con el látigo. Me gusta hacer empezar fuerte a mis esclavos. Para que sepan desde el principio en dónde se están metiendo ¿Comprendes Elenita?- -Comprendo perfectamente Pilar. Lo estoy deseando.- -Si lo de tus mejillas es cierto, no mientes. Pero... - -¿Pero?- -Todavía no te he visto desnuda de verdad.- -¿Desnuda de verdad?- -Sólo en fotos, y de móvil.- -Perdona.- La profesora se levantó y comenzó a quitárselo todo tan rápido como le era posible, y Virginia, en el suelo, hecha un ovillo, buscaba con la boca los pies que acababan de moverse de Elena para seguir lamiéndolos. -Menos mal.- -¿Qué?- Ya estaba sin nada. -Que ya has dejado de llamarme Pilar.- Ahora fue ella quien se levantó, sujetando amenazadoramente la fusta con ambas manos. -Por fin. Voy a empezar enseñándote cómo me tienes que tratar. Al suelo. Ya.- |
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cita de salazar
"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan. Fin de esta historia en "SM2".
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Aquella tarde, ya casi de noche, tocaba en la casa de Pilar, y no en el pisito, de un barrio obrero, de una localidad de las afueras, de Virginia. Pilar seguía viviendo en el centro de la capital, como siempre, pero ahora sola. Después de la separación su marido se había ido y de sus dos hijos, uno ya estaba casado y vivía con su esposa y la otra, la pequeña, estaba en un internado en los Estados Unidos. Pero a pesar de su nuevo estatus de absoluta libertad no le gustaba traer a casa a sus esclavos con frecuencia, aunque hoy, como había surgido la novedad de que Virginia encontrara casualmente a otra aficionada al Sadomaso, sumisa, en busca de ama, hizo una excepción. Tenía curiosidad, le gustaron las fotos que le envió su secretaria del desnudo improvisado que hizo la profesora en su despacho de la Facultad, y sobre todo, en cuestiones relacionadas con el Tema, odiaba esperar. Era mucho más rápido que desde donde estaban se dirigieran a su casa y en consecuencia, así se lo ordenó a su esclava. El salón de su vivienda era impresionante, mucho más amplio que el de Virginia, y decorado por auténticos profesionales; predominaba el negro brillante impoluto de los muebles y el rojo intenso de los sofás; todo era diseño, armonía, inteligencia formal, geometría interiorista y una sensación final de acogimiento perfecta, distante y cromáticamente fría. En el mismo centro de aquella estancia de enormes techos, acomodada como una reina, sobre la única butaca, granate intenso, estaba Pilar. Levaba un vestidito muy corto de cuero negro brilloso y altísimos tacones de charol, nada más. El pelo oscuro azabache recién lavado suelto y sobre el rostro, sólo, también, pintalabios rojos. Miraba como una loba medio sonriente a Elena, que sin saber muy bien cómo ponerse, se dejaba observar, sentada, en el medio del sofá. Y Virginia, completamente desnuda, incluso descalza, se mantenía arrodillada y con la mirada baja, muy pegadita a los pies de su ama. Elena estaba embelesada viendo aquella imagen. Tan sólo unos minutos antes, cuando entraron, Pilar se dirigió a ella llena de amabilidad y palabras tranquilizadoras, y reparó un segundo en su secretaria para insultarla, ordenarle que se quitara de inmediato toda la ropa que llevaba y que le trajera la fusta larga del dormitorio. Virginia respondió a todo con entregados "sí Ama" y obedientes reacciones inmediatas. Trajo la fusta entre los dientes y a gatas, ya en pelotas, y nada más cogerla, Pilar la ordenó que aunque iba a darle seis buenos fustazos en las tetas, no quería que gritara. Otra vez "sí Ama", se puso en posición y aguantó el castigo, sin quejarse, pero entre lágrimas. La profesora, que seguía boquiabierta, y emocionada, al sentirse por fin en el terreno donde deseaba estar desde hacía tantos meses, aceptó la invitación de Pilar para que se sentara en el sofá, y allí se quedó, con las rodillas muy juntas, las manos encima y sin saber qué decir. Virginia tenía razón, su ama era una mujer soberbia. Magnífica. Intimidaba. -Está muy buena ¿verdad?- Pilar dijo eso levantándola un poco la barbilla a su secretaria, como si estuviera exhibiendo un animal domesticado. -Gracias mi ama.- -De nada perrita.- -Sí, es preciosa; yo hasta ahora no la había visto desnuda.- -A tí no te dará las gracias por el cumplido, en realidad, en mi presencia, no te contestará ni te dirá nada mientras yo no se lo permita ¿No es así, puta?- -Así es mi ama, yo soy tu esclava, tu perra obediente y sólo deseo obedecerte en todo lo que me mandes, ama.- -Es adorable. Esos discursitos de sumisión y entrega se le ocurren a ella solita. Me encantan. Por eso le permito decirlos, y luego, para que no se envalentone, suelo azotarla un poco. Verás !Perra!- -¿Sí mi ama?- -Pon el culo en posición; voy a darte doce fustazos con el cuello de la fusta, para que duelan.- -Sí mi ama.- -Sin gritos, no quiero incomodar a nuestra invitada, pero los cuentas, y al llegar a doce, das las gracias, y directamente, me lames los pies.- -Sí mi ama.- Como Virginia se había dado la vuelta, se había agachado y había levantado el culito dejando las nalgas completamente expuestas, Pilar, sin levantarse de la butaca, comenzó a lanzar los fustazos, lentos, fuertes y consecutivos. Sonaban en el aire y luego, al explotar contra la piel, dibujaban una línea roja que hacía resoplar intensamente a la secretaria. Pero no gritaba. -Gracias mi ama.- Estaba llorando, y dándose la vuelta otra vez, se lanzó a lamerle los zapatos. -Está aprendiendo muy bien.- -Ya lo veo. Me dijo que sólo lleva un mes bajo tu dominio.- -Correcto.- -Extraordinario.- -Así es el Tema, créeme, o funciona o no funciona, en el acto. La intensidad depende de la persona dominada y también se manifiesta completamente desde el minuto cero. Casi todo en el Tema es así de natural y espontáneo.- -¿En el Tema?- -El Sadomaso.- -Comprendo. Perdona.- -¿Llevas poco tiempo con esto?- -Un año nada más.- -Suficiente. Al menos ya sabes lo que quieres; te aseguro que en el ámbito sexual es una ventaja que muchos ajenos al Tema no tienen. Por eso me resulta tan intolerable el ridículo aire de superioridad que se gastan algunos vainillas.- -¿Vainillas? No te entiendo.- -Ya lo entenderás profesora, ya lo entenderás. Ahora me gustaría pedirte un favor.- -Dime.- -¿Por qué no te descalzas? Mientras conversamos quiero ver como lame y como besa tus pies tu alumna. Me gusta ese tipo de metáforas performativas.- Elena se quitó los zapatos sin contestar y sonrió a su anfitriona; no llevaba ni calcetines ni medias, y al sacar los pies del calzado movió los dedos un poco traviesa. Pilar la devolvió la sonrisa y cogiendo del pelo a su secretaria, le levantó la cabeza y le calvó la mirada. -Lámeselos bien, sobre todo las comisuras entres los dedos.- -Sí mi ama.- Sin apenas terminar la frase y gateando muy deprisa, Virginia se lanzó entonces a los pies de su profesora, los abrazó con las manos y comenzó a meter la lengua, un poco frenéticamente, entre sus dedos, como se le había ordenado. -¿Estás bien?- -¿Por qué me lo preguntas?- -Se te ha puesto la cara muy roja, de repente.- -Es que estoy muy excitada, Pilar. Vamos, que tengo un calentón de tres pares de narices, y siempre me pasa lo mismo con las mejillas, se me ponen como tomates cuando ando salida.- -¿Te gusta que te lama mi perra?- -Sí, bueno, pero... - -¿Pero?- -Ella lo está haciendo muy bien, pero me gustas más tú.- -Dime ¿mi perrita es buena en clase?- -Sí. Es buena estudiante; teniendo en cuenta que trabaja, se lo toma bastante en serio y asimila bien mi asignatura.- -¿No ha cometido ninguna falta?- -Quizás, a veces, se retrasa un poco a la hora de entregar los trabajos mensuales, pero nada más.- -Puedes azotarla para que no vuelva a hacerlo. Si yo se lo ordeno,ella se dejará azotar por ti, y así aprenderá la lección ¿Quieres pegarla con la fusta?- -No Pilar, por favor, te ruego que no me lo ordenes. No me gusta pegar, prefiero que me peguen.- -¿Lo ves? O funciona o no funciona; a la primera. Acabamos de conocernos, llevamos menos de quince minutos hablando y ya me estás pidiendo que te acepte bajo mi dominio como esclava. Porque es éso lo que me estás pidiendo ¿no es así, Elena?- -Así es Pilar.- La profesora se quitó las gafas y alargó el cuello hacia delante, como para centrar la vista. Sentía como Virginia estaba aumentando la velocidad de los lameteos en sus pies consciente también de la intensidad y de la importancia de aquel momento. Pilar cruzó las piernas y apoyando los codos en los brazos de la butaca orejera se arrellanó cómoda, esperando a que completara mejor la respuesta. La mirada cruel, poderosa y escalofriantemente atractiva. Parecía una diosa. -Quiero ser tu esclava, Pilar, tu perra obediente y sumisa, tu puta, tu guarra, tu sirvienta. Quiero ser tu juguete. Quiero que me castigues y que me enseñes. Quiero que seas muy dura conmigo porque me merezco ser castigada y que no pares de castigarme hasta que yo te suplique piedad. Porque quiero que seas mi ama. Mi dueña. Mi señora. Te lo ruego Pilar, por favor, acéptame, te lo ruego, no te arrepentirás.- -Cuando acepté bajo mi dominio a la puta que te está besuqueando los pies la vertí en la cabeza un cubo lleno de meados, y luego, por supuesto, le di una buena con la fusta y con el látigo. Me gusta hacer empezar fuerte a mis esclavos. Para que sepan desde el principio en dónde se están metiendo ¿Comprendes Elenita?- -Comprendo perfectamente Pilar. Lo estoy deseando.- -Si lo de tus mejillas es cierto, no mientes. Pero... - -¿Pero?- -Todavía no te he visto desnuda de verdad.- -¿Desnuda de verdad?- -Sólo en fotos, y de móvil.- -Perdona.- La profesora se levantó y comenzó a quitárselo todo tan rápido como le era posible, y Virginia, en el suelo, hecha un ovillo, buscaba con la boca los pies que acababan de moverse de Elena para seguir lamiéndolos. -Menos mal.- -¿Qué?- Ya estaba sin nada. -Que ya has dejado de llamarme Pilar.- Ahora fue ella quien se levantó, sujetando amenazadoramente la fusta con ambas manos. -Por fin. Voy a empezar enseñándote cómo me tienes que tratar. Al suelo. Ya.- |
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"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de las cuatro historias que se entrelazan. Decía Lenin, con su apabullante claridad de visión política, que la fuerza más poderosa de la historia de la humanidad no era el proletariado revolucionario, ni las masas agitadas, ni los movimientos insurgentes, no, la fuerza más poderosa de la historia, es la inercia. Aunque se diera una situación de absoluto vacío de poder y de total ausencia de autoridad pública, muchísimas cosas se seguirían haciendo de la misma manera por el simple hecho de que así se habían estado haciendo. Inercia. Y pocas cosas, en el actual universo social, padecen más la inercia, como una lacra, que el fenómeno de la prostitución. En casi todo el mundo desarrollado los legisladores se sienten, y de hecho lo están, moralmente obligados a no penalizar ni el ejercicio de la prostitución ni la compra de sus servicios. La cuestión entra demasiado de lleno en el ámbito de la libertad individual y del respeto a los derechos del ciudadano, y sin embargo, la prostitución, como actividad económica, no se legaliza en ningún sitio. Y objetivamente no existe ninguna justificación para ese hecho más allá del que simplemente, aunque ahora no suene demasiado bien, así se ha venido haciendo, siempre. Lamentablemente "siempre" es el mayor exponente al que se puede elevar la ecuación de la inercia. Y funciona. Pero para las auténticas víctimas de esta historia, para las prostitutas, la cosa no se queda ahí. Es mucho peor. Las fuerzas más conservadoras siempre tienen a estas mujeres en su punto de mira y con sus habituales disfraces católico-cristianos claman constantemente por su eliminación social. Un imposible sociohistórico y una contradicción antropomórfica. Junto con el arte y la religión, las putas, son los únicos tres elementos comunes a todas las formas de agrupaciones humanas. Nadie, nunca, en los tres bien conocidos últimos milenios de la historia humana, ha conseguido erradicar la prostitución de sus sociedades. Pero ir en contra de algo, por absurdo que parezca, es también una vieja manifestación de la inercia. Tras la crisis, en España, además, se dio la paradoja de que la derecha se volvió un poco de izquierdas, y la izquierda un poco de derechas. Quedó tan desprestigiado el modelo económico neoliberal y antirregulador, que los conservadores, en franca retirada ideológica, asumieron apresuradamente como suyas las nuevas propuestas políticas intervencionistas y el papel de los estados como grandes hermanos auditores. La izquierda, después de casi diez años en el poder, fundió en un puritanismo un poco ridículo, el pragmatismo conservador de quien manda con el permanente miedo escénico de los socialdemócratas a parecer demasiado atrevidos. Y ya estaba servido el cóctel; otra purga repugnante e injusta para las que siempre pagan; las prostitutas. Pero el colmo de este tema era que como no existía ninguna razón que se sostuviera para detener y hacer pasar por comisaría a las putas, lo hicieron, otra vez también, con la gran mentira de la "explotación sexual". El bochornoso espectáculo de los telediarios de todas las cadenas diciendo, cada vez que informaban de una redada, que se estaba luchando contra la trata de mujeres, dejaba en un lugar muy penoso la capacidad del país para ver una realidad más allá de lo que por pura casualidad inercial estaba consagrado como políticamente correcto. Por supuesto no existían estadísticas serias al respecto, pero no hacía falta ser un genio para saber, que en España, de mil mujeres que ejercieran la prostitución, novecientas noventa y ocho al menos, lo hacían voluntariamente y por libre decisión. Un hecho que ante la inercia, sencillamente, valía una mierda. Con la tercera legislatura del PSOE comenzaron las redadas. Aparte de peinar zonas clásicas del centro de Madrid y la Casa de Campo, con regularidad, también se montaban operativos contra los pisos. Y en uno de esos pisos trabajaba Nelly la rumana. Tras pasar unos cuantos meses bajo el dominio de Pilar y que ésta la dejara finalmente tirada como una colilla, por puro aburrimiento, Nelly atravesó una época muy mala que le costó superar. Se había enamorado, o al menos, sentía hacia Pilar una atracción salvaje como nunca había sentido hacia otra persona en toda su vida. Quizás porque fue ella quien la introdujo de verdad en el mundo del sadomasoquismo, a pesar de los muchísimos años que lo venía deseando sin atreverse a dar el paso. Desempolvarse de su recuerdo fue una tarea ardua de la que incluso ahora, tanto tiempo después, no se sentía del todo curada. Al principio estaba tan herida que ejerció de ama cruel sobre jovencitas a las que seducía en bares lésbicos y esclavizaba unas semanas. Una especie de venganza. Luego aceptó esclavos, por dinero. Sus frecuentes salidas nocturnas hicieron que perdiera la habitación que alquilaba al matrimonio rumano y poco a poco fue perdiendo también, o quizás dejando, aunque sin reconocerlo abiertamente, sus trabajos como limpiadora. Enseguida se encontró sola, sin casa y con unos pocos ahorrillos. Con ellos se alquiló un pequeño apartamento y en él comenzó a recibir a sus esclavos para hacer allí las sesiones, por supuesto, cobrando. En su corta etapa noctámbula, aprendió todo lo que había que saber sobre las tarifas de las prostitutas que como ella , llevaban a cabo servicios especiales. Nelly era lista y se tomaba las cosas en serio. Después de descubrir el sadomaso de la mano de Pilar se sintió trasformada, mejor dicho, se reconoció de verdad a si misma y decidió reinventar completamente su vida. Lo de Pilar fue tan intenso y ella se sintió tan afectada que era consciente de que si al menos su ama no iba a estar con ella, porque la dejo, ella sí iba a estar siempre con el sadomasoquismo. Uno de esos vericuetos mentales compensatorios que a veces llegan a encauzar definitivamente la vida de una persona. Con Nelly pasó. Y tenía que ser ama, porque, por el momento, sólo por Pilar se sentía capaz de ser esclavizada. La actividad daba dinero y a Nelly, concienzuda y seria con sus clientes, no le faltaba trabajo. Pronto dejó de recibir a sus esclavos en casa para evitar problemas con los vecinos y buscó en los pisos de sadomasoquismo profesional. Encontró enseguida. Ganaba bastante menos dinero pero seguía siendo más que suficiente para sus necesidades y además tendría una vida privada de verdad, alejada por completo, si quería, del trabajo que realizaba ¿Por qué sólo pagaban los hombres por el sexo, ya fuese sado o cualquier otro servicio? Ella, que era mujer, habría pagado lo que se le hubiese pedido por seguir lamiéndola los tacones a Pilar, pero su caso era distinto, en el mundo real, en Matrix, sólo pagaban los hombres ¿Por qué? ¿Y qué más daba la respuesta? Pensó Nelly. El caso es que era así y ya está, además, ya se estaba acostumbrando a los hombres, a su olor, a los esclavos desnudos, y hasta le estaba comenzando a gustar alguno.Qué más da. La tarde estaba siendo un poco sosa, sólo había tenido un cliente y el pobre se corrió enseguida. Así que tan sólo diez minutos después él mismo dio por terminada la sesión pagando religiosamente hasta el último céntimo. Ella se quedó tumbada en la cama, sola, descansando un rato y pensando tonterías, como esa de que sólo pagan los hombres a las putas. Se levantó y en el lavabo del fondo se cepilló los dientes con parsimonia. Se peinó un poco y se retocó rímel y lápiz de labios. Seguía llevando el pelo rubio, liso y corto porque desde hacía ya muchos años sentía que así era como mejor combinaba con sus ojos de mar del norte. Ahora estaba más guapa que cuando fue dominada por primera vez; había adelgazado y se cuidaba bastante; buena alimentación, cremas caras y gimnasio. Otra especie de vericueto vengativo contra la que la había dejado, pero que a ella, a nivel personal, la venía muy bien. Estaba bonita de verdad a sus cuarenta y pocos años. Se ajustó las medias negras a medio muslo que llevaba sobre los tacones y se puso el sostén a juego con las copas abiertas. Dejaba los pezones al aire, se los pellizcó, para que se pusieran puntiagudos. Dentro de diez minutos entraría el próximo cliente y a ella le gustaba cuidar esos pequeños detalles. No es que le hiciera mucha falta llevar sujetador, porque sus pechos, con forma de limones, se mantenían todavía erguidos como los de una veinteañera, pero le gustaba que la primera visión que tuvieran de ella sus clientes fuera con un conjunto de lencería. Según la habían informado el que iba a entrar ahora era nuevo. Es decir, que no era uno de sus esclavos habituales y por lo tanto iba a estar por primera vez con ella. Motivo por el cual Nelly estaba cuidando aún más si cabe su presencia. Se lo pensó un par de segundos y al final decidió no ponerse el tanga; así, con todo al descubierto; en la rajita, muy bien depilada, llevaba ahora un piercing atravesándole el clítoris y de oro, como correspondía a una buena ama. Nada de marcas de bañador, solucionado con los rayos uva. Sus nalgas, exquisitamente redondas y generosas merecían de sobra ser bien exhibidas. Eran magníficas y genialmente coronadas por su cinturita de avispa, su barriguita árabe y su ombliguito atravesado por otra estaquita dorada. Al punto de acabar de mirarse en el espejo se abrió la puerta. Su nuevo cliente entró en la habitación y saludó con cierta vergüenza. La rumana lo miró un poco sorprendida y satisfecha; era muy guapo, y joven. Un bomboncito, como decía ella, que no pensaba saborear en lo que hasta entonces parecía una tarde tan sosa. Con pasitos exquisitamente medidos, se acercó a él como una diosa, le tomó de la mano y le llevó al centro de la habitación. Le sonreía y él la miraba embelesado, perdido en sus desnudeces. Con las manos en las caderas se dejó observar bastantes segundos. Luego se sentó en la cama, piernas cruzadas y pechos erguidos. -Desnúdate. Todo.- Dijo. Ahora era a ella a la que le tocaba mirar. Y él, muy sumiso, y sin embargo, manteniendo una mirada amable, comenzó a quitarse la ropa. Poco a poco. |
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"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de las cuatro historias que se entrelazan. Nelly, sentada a los pies de la cama, observaba el espectáculo. Como no llevaba bragas, sólo los tacones, las medias, el liguero y el sostén de copas abiertas, dejó de cruzar las piernas, las abrió y se llevó una mano a la raja. Sonreía. Efectivamente; aquel tipo estaba bastante bueno. Eduardo ya se había quedado completamente desnudo, como se le había ordenado. Después de todo acababa de pagar para ser utilizado por un ama cruel y dominante, y le había tocado la rumana, que según podía ver, no estaba nada mal. Se le estaba poniendo dura. Nelly se levantó y sin dejar de mojarse los dedos en su bolsillo de carne, se puso junto a él. -Manos a la nuca.- -Sí... - -!Silencio perro! No te he dado permiso para hablar.- -Perdón.- -Perdón "mi ama"- Y sin mediar más explicación le propinó un tremendo azote en la nalga, con la palma de la mano, para el que tomó impulso, y que hizo resonar toda la habitación.-Repite perro.- -¿El qué... ?- Recibió otra manotada en el culo, aún más fuerte. -"Perdón mi ama", repite.- -Perdón mi ama.- Entonces fueron tres azotes seguidos, siempre con la palma de la mano. Luego le agarró del pelo y le acercó la cara hasta que se tocaron las puntas de la nariz; Eduardo olió perfectamente el aliento de pasta dentífrica de su ama. -Aquí se habla solo cuando yo lo digo y tú terminas las frases siempre con lo mismo; sí mi ama. He dicho que esos brazos bien levantados, y abre del todo las piernas ¿Entiendes lo que te digo perro?- Nuevo manotazo. Eduardo tenía ya el culo rojo, y le escocía, pero se abrió de piernas todo lo que pudo y levantó aún más los codos. -Sí mi ama.- Nelly, detrás de él, le pasó las manos por la espalda y los hombros; estaba musculado, duro y fibroso. Bajó hasta las nalgas, que le encantaron; de auténtico potro y le metió la mano entre las piernas hasta agarrar los testículos por detrás; se los retorció un poco y los apretó, pero no se movió. Los soltó, subió un poco y le metió un dedo en el culo. -Ábrete bien, perro.- -Sí mi ama.- Era el dedo índice de la mano derecha, la mano con la que le había azotado, y estuvo metiendo y sacando el dedo un rato. Aunque no estaba muy abierto el agujero le dilataba bien. Cuando se cansó de pajearle el culo, volvió a agarrarle de los huevos y a estrujárselos. Cuando le soltó, finalmente, Eduardo lanzó un suspiro de alivio. Nelly le dio media vuelta, se puso de frente y le metió en la boca el dedo índice que le había estado metiendo en el culo. -Límpialo.- -Sí... mi ama... -Contestó como pudo. -Perro.- Mientras se dejaba rechupetear el dedo, con la mano izquierda, le cogió la polla que ya tenía muy dura. Le encantó; tenía el capullo muy gordo y brillante. Le dieron ganas de chuparla, pero se contuvo, no quería que se corriese pronto. Iba a disfrutar. Le sacó el dedo de la boca y Nelly lo secó restregándoselo en los pectorales, luego bajo la mano; no tenía los abdominales marcados, pero tampoco tenía barriga. Entonces le empujó la polla y los huevos hacia dentro, pegándosela a la piel entre las piernas. Tuvo que hacer fuerza por lo dura que estaba. -Cierra los muslos, con fuerza, que no se te salga.- -Sí mi ama.- -Ya sé que duele, perro.- -Sí mi ama.- -Así. Junta las rodillas y abre los tobillos. Las palmas en la nuca; no me hagas que te lo repita.- Nuevo manotazo en las nalgas; muy fuerte. -Sí mi ama. Perdón mi ama.- -¿Cómo te llamas, perro?- -Eduardo mi ama.- -Yo me llamo Nelly, pero sigue con lo de mi ama, o tendré que castigarte.- -Sí mi ama.- -Te han dado por el culo hace poco ¿verdad?- -Sí mi ama, tengo un amigo homosexual y nos vemos de vez en cuando.- -O sea, que eres un perro maricón.- -Sí mi ama.- -Te voy a castigar por descarado; tienes que aprender que ese culo sólo se va a follar cuando yo lo diga. Di que lo has entendido, perro maricón.- -Sí, lo he entendido mi ama.- -Sujeta bien la polla con las piernas, joder, he dicho que no quiero que se salga.- -No se ha salido mi ama... -No pudo continuar. Le lanzó una andanada de palmetazos en las nalgas hasta que a Nelly le empezó a doler la mano. Eduardo resoplaba de dolor, pero aguantó sin moverse un centímetro. -Da las gracias por todo lo que estás aprendiendo, perro maricón.- -Muchas gracias mi ama.- Entonces la rumana reparó en el tatuaje. Era magnífico. Lo tenía en el hombro izquierdo, situado estratégicamente para poder ser lucido con camisetas sin mangas. Del tamaño de una naranja y realizado por un buen maestro, por el roque realista y de volúmenes que se le había dado. Era un Quagmyr, de bordes de plata, igual que las zonas que separaban los tres yinyans perforados, y, por supuesto, negros. Cumplía a rajatabla la simbología del sumiso, y no parecía que fuese por casualidad. Nelly lo acarició un rato y se regodeó mirándolo, pero no dijo nada al respecto. Volvió a cogerle del pelo y a mirarle con crueldad. -Ahora estás obedeciendo bien pero voy a castigarte un poco porque me apetece y porque me sale del coño, perro mariconazo.- -Sí mi ama.- -Voy a utilizar la fusta.- -Sí mi ama.- -¿Dónde quieres que te de y cuántos fustazos quieres recibir?- -Los que tu quieras mi ama.- -Sabía que ibas a contestar eso. Suelta la polla.- -Ahh... gracias mi ama.- Nelly le agarró el pene con ambas manos. -Hum... esto está muy duro, vamos a tener que bajarlo.- -Sí mi ama.- -Mira, ya hemos encontrado el sitio dónde vas a recibir el castigo.- -Sí mi ama.- -Maricona asquerosa.- http://novelasadomasoquista.com/ |
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cita de DanielTurambar
Entiendo que el Quagmyr que describes es el de los sumisos ¿tienen uno los amos? o pasan que para algo mandan.
No. El símbolo es común para todas la personas que establezcan relaciones de Dominación/Sumisión en cualquiera de sus roles. Pero aunque el Quagmyr es siempre el mismo, el borde, y las separaciones entre los tres yinyans, en las amas y en los amos, es de oro, y en las esclavas y en los esclavos, es de plata, acero o simplemente de color metálico. Y permitirme una recomendación; si descubrís que una persona lleva este símbolo, lo hace para visibilizarse ante otros aficionados al Sadomasoquismo. Estrategias necesarias para vencer nuestro minoritarismo. Hacerle a una persona así un comentario frívolo, jocoso o simplemente intrascendente, sobre el Quagmyr que lleva, es considerado dentro de nuestra comunidad como una grave ofensa. Yo os recomiendo que no lo hagáis, porque os exponéis a una respuesta airada y grosera casi con total probabilidad. Si queréis decirle algo al respecto, hacerlo en cambio con seriedad, con naturalidad y con franca curiosidad. No dudo que entonces seréis respondidos con amabilidad. Un saludo Daniel. |
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cita de salazar
"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de las cuatro historias que se entrelazan.
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Nelly, sentada a los pies de la cama, observaba el espectáculo. Como no llevaba bragas, sólo los tacones, las medias, el liguero y el sostén de copas abiertas, dejó de cruzar las piernas, las abrió y se llevó una mano a la raja. Sonreía. Efectivamente; aquel tipo estaba bastante bueno. Eduardo ya se había quedado completamente desnudo, como se le había ordenado. Después de todo acababa de pagar para ser utilizado por un ama cruel y dominante, y le había tocado la rumana, que según podía ver, no estaba nada mal. Se le estaba poniendo dura. Nelly se levantó y sin dejar de mojarse los dedos en su bolsillo de carne, se puso junto a él. -Manos a la nuca.- -Sí... - -!Silencio perro! No te he dado permiso para hablar.- -Perdón.- -Perdón "mi ama"- Y sin mediar más explicación le propinó un tremendo azote en la nalga, con la palma de la mano, para el que tomó impulso, y que hizo resonar toda la habitación.-Repite perro.- -¿El qué... ?- Recibió otra manotada en el culo, aún más fuerte. -"Perdón mi ama", repite.- -Perdón mi ama.- Entonces fueron tres azotes seguidos, siempre con la palma de la mano. Luego le agarró del pelo y le acercó la cara hasta que se tocaron las puntas de la nariz; Eduardo olió perfectamente el aliento de pasta dentífrica de su ama. -Aquí se habla solo cuando yo lo digo y tú terminas las frases siempre con lo mismo; sí mi ama. He dicho que esos brazos bien levantados, y abre del todo las piernas ¿Entiendes lo que te digo perro?- Nuevo manotazo. Eduardo tenía ya el culo rojo, y le escocía, pero se abrió de piernas todo lo que pudo y levantó aún más los codos. -Sí mi ama.- Nelly, detrás de él, le pasó las manos por la espalda y los hombros; estaba musculado, duro y fibroso. Bajó hasta las nalgas, que le encantaron; de auténtico potro y le metió la mano entre las piernas hasta agarrar los testículos por detrás; se los retorció un poco y los apretó, pero no se movió. Los soltó, subió un poco y le metió un dedo en el culo. -Ábrete bien, perro.- -Sí mi ama.- Era el dedo índice de la mano derecha, la mano con la que le había azotado, y estuvo metiendo y sacando el dedo un rato. Aunque no estaba muy abierto el agujero le dilataba bien. Cuando se cansó de pajearle el culo, volvió a agarrarle de los huevos y a estrujárselos. Cuando le soltó, finalmente, Eduardo lanzó un suspiro de alivio. Nelly le dio media vuelta, se puso de frente y le metió en la boca el dedo índice que le había estado metiendo en el culo. -Límpialo.- -Sí... mi ama... -Contestó como pudo. -Perro.- Mientras se dejaba rechupetear el dedo, con la mano izquierda, le cogió la polla que ya tenía muy dura. Le encantó; tenía el capullo muy gordo y brillante. Le dieron ganas de chuparla, pero se contuvo, no quería que se corriese pronto. Iba a disfrutar. Le sacó el dedo de la boca y Nelly lo secó restregándoselo en los pectorales, luego bajo la mano; no tenía los abdominales marcados, pero tampoco tenía barriga. Entonces le empujó la polla y los huevos hacia dentro, pegándosela a la piel entre las piernas. Tuvo que hacer fuerza por lo dura que estaba. -Cierra los muslos, con fuerza, que no se te salga.- -Sí mi ama.- -Ya sé que duele, perro.- -Sí mi ama.- -Así. Junta las rodillas y abre los tobillos. Las palmas en la nuca; no me hagas que te lo repita.- Nuevo manotazo en las nalgas; muy fuerte. -Sí mi ama. Perdón mi ama.- -¿Cómo te llamas, perro?- -Eduardo mi ama.- -Yo me llamo Nelly, pero sigue con lo de mi ama, o tendré que castigarte.- -Sí mi ama.- -Te han dado por el culo hace poco ¿verdad?- -Sí mi ama, tengo un amigo homosexual y nos vemos de vez en cuando.- -O sea, que eres un perro maricón.- -Sí mi ama.- -Te voy a castigar por descarado; tienes que aprender que ese culo sólo se va a follar cuando yo lo diga. Di que lo has entendido, perro maricón.- -Sí, lo he entendido mi ama.- -Sujeta bien la polla con las piernas, joder, he dicho que no quiero que se salga.- -No se ha salido mi ama... -No pudo continuar. Le lanzó una andanada de palmetazos en las nalgas hasta que a Nelly le empezó a doler la mano. Eduardo resoplaba de dolor, pero aguantó sin moverse un centímetro. -Da las gracias por todo lo que estás aprendiendo, perro maricón.- -Muchas gracias mi ama.- Entonces la rumana reparó en el tatuaje. Era magnífico. Lo tenía en el hombro izquierdo, situado estratégicamente para poder ser lucido con camisetas sin mangas. Del tamaño de una naranja y realizado por un buen maestro, por el roque realista y de volúmenes que se le había dado. Era un Quagmyr, de bordes de plata, igual que las zonas que separaban los tres yinyans perforados, y, por supuesto, negros. Cumplía a rajatabla la simbología del sumiso, y no parecía que fuese por casualidad. Nelly lo acarició un rato y se regodeó mirándolo, pero no dijo nada al respecto. Volvió a cogerle del pelo y a mirarle con crueldad. -Ahora estás obedeciendo bien pero voy a castigarte un poco porque me apetece y porque me sale del coño, perro mariconazo.- -Sí mi ama.- -Voy a utilizar la fusta.- -Sí mi ama.- -¿Dónde quieres que te de y cuántos fustazos quieres recibir?- -Los que tu quieras mi ama.- -Sabía que ibas a contestar eso. Suelta la polla.- -Ahh... gracias mi ama.- Nelly le agarró el pene con ambas manos. -Hum... esto está muy duro, vamos a tener que bajarlo.- -Sí mi ama.- -Mira, ya hemos encontrado el sitio dónde vas a recibir el castigo.- -Sí mi ama.- -Maricona asquerosa.- http://novelasadomasoquista.com/ |
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"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de las cuatro historias que se entrelazan. Pues no. No había manera de bajar aquella pedazo de polla a fustazos y Nelly estuvo diez minutos largos dándole. Pero nada.Se la dejó roja y un poco hinchada, como un pimiento, pero al contrario, había subido un poco más, hasta casi topar el capullo con el ombligo. -¿Has dicho que te llamas Eduardo, perro?- -Sí... mi ama... - -Tranquilo, que no te voy a dar más con la fusta, por el momento. Baja los brazos y ponte en posición de descanso, como los militares.- -Sí mi ama, gracias mi ama.- -Hum, lo haces muy bien ¿eres soldado?- -No mi ama.- -¿Sabes lo que es ésto?- Nelly le estaba enseñando ahora una cuerda larga, de tacto liso, como las que usan los alpinistas, y no muy gorda. El aludido se lo dijo, y mientras hablaba, se quedó fascinado viéndole los pezones a la rumana, continuaba con el sostén de copas abiertas, y se le habían puesto afilados y duros como espinas. Era evidente que había disfrutado sometiéndole al castigo. -¿Te gustan mis tetas, perro?- -Son preciosas mi ama.- -De rodillas.- -Sí mi ama.- Obedeció. Nelly se agachó frente a él y le metió uno de los pezones en la boca. -Chupa mariconazo, con mucha lengua.- -Sí... mi ama... -Respondió entre lametones como pudo. La rumana cerró los ojos y lanzó un suspiro. Sí. Lo estaba haciendo muy bien. Tras regodearse unos minutos le metió el otro pecho en la boca y siguió en esa posición el mismo tiempo. Luego se apartó medio paso y volvió a enseñarle la cuerda. -Cuando yo digo que hay que bajar algo, hay que bajarlo por cojones, por las malas o por las buenas ¿Has entendido, perro?- -Sí mi ama.- -Pues eso; voy a atarte la polla con esta cuerda y te voy a enseñar a mantenerla baja, como yo quiero, durante un rato. Ábrete de piernas.- -Sí mi ama.- Le pasó varias vueltas al tronco del pene y luego hizo un nudo, por el centro de la cuerda, que como debía de tener unos tres metros, dejaba a cada lado un cabo de metro y medio. -Otra vez las manos en la nuca, y ese culo de maricona, bien espigado hacia fuera. Vamos.- -Sí mi ama.- -!Más abierto!- Fustazo. -Sí mi ama.- Cogió Nelly los dos extremos de la cuerda que anudaba la polla y se los pasó por debajo, entre las piernas; luego los subió, apretándosela entre las nalgas, y pasándole un cabo por cada hombro, se los puso finalmente en la boca. Tiró, además, fuerte, con lo que le dejó el pene pegado a la entrepierna. -Muerde, perro, y sujeta bien las dos cuerdas con la boca, ya sé que duele, pero vas a tener la polla así un buen rato, hasta que a mí me salga del coño.- Como no podía hablar Eduardo agitaba la cabeza asintiendo y miraba a su ama con expresión obediente. -Mariconazo.- La rumana comenzó a pajearse mientras le observaba, dolorido y en tensión, como le había dejado.- Quiero pensar un poco en cómo voy a seguir castigándote ¿Por que no creerás que esto ha sido todo, verdad? Todavía ni siquiera hemos comenzado. Voy a enseñarte a respetar a tu ama, a obedecer y a dejarte follar por el culo las veces que a mi se me antoje.- El aludido volvía a asentir con la cabeza, sin dejar de apretar con los dientes las cuerdas con todas sus fuerzas, a pesar de que cada vez que decía que sí, tiraba más hacia dentro del pene y le hacía mucho daño. En una de las paredes de la habitación había un panel, sobre el que colgaban, cuidadosamente ordenados, fustas y látigos de diferentes formas y tamaños. Nelly se acercó a la colección y comenzó a buscar con la mirada, aunque todavía no lo tenía muy claro. A esa distancia, delante de él, Eduardo podía verla claramente de cuerpo entero y le pareció soberbia; sin bragas ni tanga, sólo con medias, tacones y liguero, su culo y sus caderas de fontana, lucían poderosos y atrayentes. Sí; el látigo de cedras. Tratamiento estrictamente clásico; un instrumento sonoro, hacía mucho ruido aunque no era de los que más dolían. Pero preparaba muy bien las nalgas, el abdomen y los muslos para pasar al látigo de un solo rabo o las cañas inglesas, que sí que escocían y dejaban marcas de verdad. Descolgó del panel el de cedras y lentamente, andando como una gata, mirándole con crueldad, sonriente, con todos sus labios empapados, arriba y abajo, se acercó a él. Eduardo, como hipnotizado, la veía avanzar, tembloroso, tragando saliva angustiado, y sin embargo, deseando con toda su alma que comenzase ya a hacer con él lo que le viniese en gana. La tenía tan dura que había dejado de sentir las cuerdas, aunque no dejaba de apretar con los dientes y tirar. Ya estaba a su lado. Le tonó de la barbilla con suavidad y se inclinó para darle un hermosísimo beso en la boca. -Primero te voy a pegar y luego te voy a follar. Por el culo. Mariconazo.- Y entonces sonó. Era un móvil, pero con un sonido agudo, penetrante y muy poco escandaloso. La rumana nunca había oído uno así y le extrañó un poco. El sonido venía de los vaqueros que su esclavo había dejado en el suelo al obedecer la orden de desnudarse. Cuando Nelly volvió la cabeza, Eduardo ya no estaba en la posición de las cuerdas; se había levantado y estaba muy pegado a ella, quitándose a toda prisa los nudos del pene e indicándola con un gesto que no dijese una palabra. Su expresión era completamente distinta; ya no era su esclavo. La sesión acababa de terminar. Y estaba hablando muy en serio, su repentina mirada dura, y profesional, no dejaba la menor duda al respecto; así que la rumana, sensatamente, decidió hacerle caso, no abrir la boca y quedarse muy quietecita. Libre por fin de la cuerda Eduardo sacó el móvil que sonaba del bolsillo de su pantalón. -Sí.- Le decían algo.- Joder, ya era hora, pensaba que no ibais a entrar nunca.- Volvía a escuchar.- Todo despejado y tranquilo; sólo hay chicas, calculo que unas seis u ocho, y la madame...¿Clientes?... pocos... tres o cuatro... vale, vale... diez minutos a partir de ahora... de acuerdo. Corto.- Guardó el móvil y comenzó a vestirse a toda velocidad; en unos segundos volvió a estar como había entrado. Nelly, boquiabierta se echó hacia atrás y miró la puerta. -No tengas miedo.- Le dijo Eduardo para tranquilizarla; sacó una cartera, la abrió y le enseñó una placa dorada. -Soy policía. Vamos a hacer una redada.- -¿Una redada?- -Me temo que sí.- -¿Y me van a meter en la cárcel?- -No creo, como mucho te pueden tener dos días en comisaría.- -!Dos días!- A Nelly se le llenaron los ojos de lágrimas y se tapó la boca con las manos. Estaba atacada de los nervios y sintió que se desvanecía; el policía reaccionó a tiempo para evitar que se cayese, la cogió por los brazos y la sujetó contra su pecho. Tras unos instantes la rumana se recuperó y volvió a sostenerse sobre sus piernas; clavó sus ojos de mar del Norte llenos de agua en los ojos de Eduardo. Tenían las caras pegadas. Uno a otro, se olían los alientos. -No dejes que me encierren.- Nelly estaba llorando. En serio. -Pero... yo soy sólo un policía... no puedo... - No le dejó terminar la frase. Con la mano izquierda le tapó la boca y con la derecha le levantó la manga de la camiseta dejando al descubierto el Quagmyr que Eduardo llevaba tatuado en el hombro. -Eres un verdadero aficionado al sadomasoquismo. Lo sé. Me he dado cuenta enseguida, nada más comenzar la sesión. Pero es que además, este tatuaje que llevas lo confirma.- -¿El triskel?- -Es más que un triskel tribal. Es un auténtico Quagmyr de plata, el signo de los esclavos. Cumple toda la simbología. Sólo se lo pondría un auténtico aficionado.- -Bueno. Quizás tengas razón ¿Y qué?- -Que yo soy una buena ama. Muy buena. En serio. Y si me sacas de ésta te tendré seis meses bajo mi dominio gratis. Durante medio año serás mi esclavo sin que te cueste un céntimo !Te lo juro!- -¿Tú mi ama?- -Te lo estabas pasando de muerte hasta que sonó el teléfono. Reconócelo.- -Sí, es verdad, estaba disfrutando... - -Y disfrutarás más de lo que ahora eres capaz de imaginar. Disfrutarás más de lo que nunca has disfrutado en toda tu vida. Sabes que puedo hacerlo, y lo haré, durante seis meses !Seis meses!- El policía no sabía qué responder, de repente se había quedado en blanco y lanzaba una mirada interrogante a la rumana, que ahora, le abrazaba al cuello y le besaba. -Tienes que ayudarme. Por favor. Por favor. Tienes que sacarme de ésta.- Volvía a llorar, desesperada. Entonces sonó el timbre de la calle, golpes en la puerta y las voces de la policía que desde fuera ordenaba que se les abriese de inmediato. Más voces, más jaleo, chicas gritando, carreras, pasos apresurados. Había comenzado la redada y ellos continuaban en la habitación abrazados, oyéndolo todo. Nelly miró a Eduardo, a través de una cortina de lágrimas. |
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cita de salazar
"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de las cuatro historias que se entrelazan.
http://novelasadomasoquista.es/ Pues no. No había manera de bajar aquella pedazo de polla a fustazos y Nelly estuvo diez minutos largos dándole. Pero nada.Se la dejó roja y un poco hinchada, como un pimiento, pero al contrario, había subido un poco más, hasta casi topar el capullo con el ombligo. -¿Has dicho que te llamas Eduardo, perro?- -Sí... mi ama... - -Tranquilo, que no te voy a dar más con la fusta, por el momento. Baja los brazos y ponte en posición de descanso, como los militares.- -Sí mi ama, gracias mi ama.- -Hum, lo haces muy bien ¿eres soldado?- -No mi ama.- -¿Sabes lo que es ésto?- Nelly le estaba enseñando ahora una cuerda larga, de tacto liso, como las que usan los alpinistas, y no muy gorda. El aludido se lo dijo, y mientras hablaba, se quedó fascinado viéndole los pezones a la rumana, continuaba con el sostén de copas abiertas, y se le habían puesto afilados y duros como espinas. Era evidente que había disfrutado sometiéndole al castigo. -¿Te gustan mis tetas, perro?- -Son preciosas mi ama.- -De rodillas.- -Sí mi ama.- Obedeció. Nelly se agachó frente a él y le metió uno de los pezones en la boca. -Chupa mariconazo, con mucha lengua.- -Sí... mi ama... -Respondió entre lametones como pudo. La rumana cerró los ojos y lanzó un suspiro. Sí. Lo estaba haciendo muy bien. Tras regodearse unos minutos le metió el otro pecho en la boca y siguió en esa posición el mismo tiempo. Luego se apartó medio paso y volvió a enseñarle la cuerda. -Cuando yo digo que hay que bajar algo, hay que bajarlo por cojones, por las malas o por las buenas ¿Has entendido, perro?- -Sí mi ama.- -Pues eso; voy a atarte la polla con esta cuerda y te voy a enseñar a mantenerla baja, como yo quiero, durante un rato. Ábrete de piernas.- -Sí mi ama.- Le pasó varias vueltas al tronco del pene y luego hizo un nudo, por el centro de la cuerda, que como debía de tener unos tres metros, dejaba a cada lado un cabo de metro y medio. -Otra vez las manos en la nuca, y ese culo de maricona, bien espigado hacia fuera. Vamos.- -Sí mi ama.- -!Más abierto!- Fustazo. -Sí mi ama.- Cogió Nelly los dos extremos de la cuerda que anudaba la polla y se los pasó por debajo, entre las piernas; luego los subió, apretándosela entre las nalgas, y pasándole un cabo por cada hombro, se los puso finalmente en la boca. Tiró, además, fuerte, con lo que le dejó el pene pegado a la entrepierna. -Muerde, perro, y sujeta bien las dos cuerdas con la boca, ya sé que duele, pero vas a tener la polla así un buen rato, hasta que a mí me salga del coño.- Como no podía hablar Eduardo agitaba la cabeza asintiendo y miraba a su ama con expresión obediente. -Mariconazo.- La rumana comenzó a pajearse mientras le observaba, dolorido y en tensión, como le había dejado.- Quiero pensar un poco en cómo voy a seguir castigándote ¿Por que no creerás que esto ha sido todo, verdad? Todavía ni siquiera hemos comenzado. Voy a enseñarte a respetar a tu ama, a obedecer y a dejarte follar por el culo las veces que a mi se me antoje.- El aludido volvía a asentir con la cabeza, sin dejar de apretar con los dientes las cuerdas con todas sus fuerzas, a pesar de que cada vez que decía que sí, tiraba más hacia dentro del pene y le hacía mucho daño. En una de las paredes de la habitación había un panel, sobre el que colgaban, cuidadosamente ordenados, fustas y látigos de diferentes formas y tamaños. Nelly se acercó a la colección y comenzó a buscar con la mirada, aunque todavía no lo tenía muy claro. A esa distancia, delante de él, Eduardo podía verla claramente de cuerpo entero y le pareció soberbia; sin bragas ni tanga, sólo con medias, tacones y liguero, su culo y sus caderas de fontana, lucían poderosos y atrayentes. Sí; el látigo de cedras. Tratamiento estrictamente clásico; un instrumento sonoro, hacía mucho ruido aunque no era de los que más dolían. Pero preparaba muy bien las nalgas, el abdomen y los muslos para pasar al látigo de un solo rabo o las cañas inglesas, que sí que escocían y dejaban marcas de verdad. Descolgó del panel el de cedras y lentamente, andando como una gata, mirándole con crueldad, sonriente, con todos sus labios empapados, arriba y abajo, se acercó a él. Eduardo, como hipnotizado, la veía avanzar, tembloroso, tragando saliva angustiado, y sin embargo, deseando con toda su alma que comenzase ya a hacer con él lo que le viniese en gana. La tenía tan dura que había dejado de sentir las cuerdas, aunque no dejaba de apretar con los dientes y tirar. Ya estaba a su lado. Le tonó de la barbilla con suavidad y se inclinó para darle un hermosísimo beso en la boca. -Primero te voy a pegar y luego te voy a follar. Por el culo. Mariconazo.- Y entonces sonó. Era un móvil, pero con un sonido agudo, penetrante y muy poco escandaloso. La rumana nunca había oído uno así y le extrañó un poco. El sonido venía de los vaqueros que su esclavo había dejado en el suelo al obedecer la orden de desnudarse. Cuando Nelly volvió la cabeza, Eduardo ya no estaba en la posición de las cuerdas; se había levantado y estaba muy pegado a ella, quitándose a toda prisa los nudos del pene e indicándola con un gesto que no dijese una palabra. Su expresión era completamente distinta; ya no era su esclavo. La sesión acababa de terminar. Y estaba hablando muy en serio, su repentina mirada dura, y profesional, no dejaba la menor duda al respecto; así que la rumana, sensatamente, decidió hacerle caso, no abrir la boca y quedarse muy quietecita. Libre por fin de la cuerda Eduardo sacó el móvil que sonaba del bolsillo de su pantalón. -Sí.- Le decían algo.- Joder, ya era hora, pensaba que no ibais a entrar nunca.- Volvía a escuchar.- Todo despejado y tranquilo; sólo hay chicas, calculo que unas seis u ocho, y la madame...¿Clientes?... pocos... tres o cuatro... vale, vale... diez minutos a partir de ahora... de acuerdo. Corto.- Guardó el móvil y comenzó a vestirse a toda velocidad; en unos segundos volvió a estar como había entrado. Nelly, boquiabierta se echó hacia atrás y miró la puerta. -No tengas miedo.- Le dijo Eduardo para tranquilizarla; sacó una cartera, la abrió y le enseñó una placa dorada. -Soy policía. Vamos a hacer una redada.- -¿Una redada?- -Me temo que sí.- -¿Y me van a meter en la cárcel?- -No creo, como mucho te pueden tener dos días en comisaría.- -!Dos días!- A Nelly se le llenaron los ojos de lágrimas y se tapó la boca con las manos. Estaba atacada de los nervios y sintió que se desvanecía; el policía reaccionó a tiempo para evitar que se cayese, la cogió por los brazos y la sujetó contra su pecho. Tras unos instantes la rumana se recuperó y volvió a sostenerse sobre sus piernas; clavó sus ojos de mar del Norte llenos de agua en los ojos de Eduardo. Tenían las caras pegadas. Uno a otro, se olían los alientos. -No dejes que me encierren.- Nelly estaba llorando. En serio. -Pero... yo soy sólo un policía... no puedo... - No le dejó terminar la frase. Con la mano izquierda le tapó la boca y con la derecha le levantó la manga de la camiseta dejando al descubierto el Quagmyr que Eduardo llevaba tatuado en el hombro. -Eres un verdadero aficionado al sadomasoquismo. Lo sé. Me he dado cuenta enseguida, nada más comenzar la sesión. Pero es que además, este tatuaje que llevas lo confirma.- -¿El triskel?- -Es más que un triskel tribal. Es un auténtico Quagmyr de plata, el signo de los esclavos. Cumple toda la simbología. Sólo se lo pondría un auténtico aficionado.- -Bueno. Quizás tengas razón ¿Y qué?- -Que yo soy una buena ama. Muy buena. En serio. Y si me sacas de ésta te tendré seis meses bajo mi dominio gratis. Durante medio año serás mi esclavo sin que te cueste un céntimo !Te lo juro!- -¿Tú mi ama?- -Te lo estabas pasando de muerte hasta que sonó el teléfono. Reconócelo.- -Sí, es verdad, estaba disfrutando... - -Y disfrutarás más de lo que ahora eres capaz de imaginar. Disfrutarás más de lo que nunca has disfrutado en toda tu vida. Sabes que puedo hacerlo, y lo haré, durante seis meses !Seis meses!- El policía no sabía qué responder, de repente se había quedado en blanco y lanzaba una mirada interrogante a la rumana, que ahora, le abrazaba al cuello y le besaba. -Tienes que ayudarme. Por favor. Por favor. Tienes que sacarme de ésta.- Volvía a llorar, desesperada. Entonces sonó el timbre de la calle, golpes en la puerta y las voces de la policía que desde fuera ordenaba que se les abriese de inmediato. Más voces, más jaleo, chicas gritando, carreras, pasos apresurados. Había comenzado la redada y ellos continuaban en la habitación abrazados, oyéndolo todo. Nelly miró a Eduardo, a través de una cortina de lágrimas. |
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"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de las cuatro historias que se entrelazan. Aunque ya no recibía a los clientes en su casa, el pisito alquilado de Nelly, seguía teniendo algunas cosas que sólo una persona aficionada al sadomasoquismo habría podido comprender. En el salón, por ejemplo, había una pared panelada de suelo a techo de espejo, algo casi imprescindible para llevar a cabo una sesión de sado de verdad. Los participantes en las sesiones miran con mucha frecuencia la escena reflejada de ellos mismos cuando están interpretando sus roles; no sólo porque les excita; la escenografía y el autovouyerismo es una parte muy importante de los encuentros reales. Y en las paredes del salón había hasta cuatro argollas sólidamente fijadas a diferentes alturas. También las mandó poner Nelly a poco de mudarse y no eran un toque rústico en la decoración, obviamente, servían para inmovilizar, amarrándoles en ellas, a los esclavos. En el caso particular de Eduardo no la incomodaba en absoluto hacer con él una excepción y recibirlo en su casa; después de pensarlo durante unos días concluyó que era lo mejor. En primer lugar Eduardo cumplió con ella magníficamente su parte del trato y ahora le tocaba a Nelly pagar la deuda contraída con el policía. Cuando se llevó a cabo la redada en el piso-prostíbulo en el que ella estaba trabajando aquel día, y dio la afortunada casualidad de que Eduardo, haciéndose pasar por cliente, entró en su cuarto para iniciar una sesión como esclavo, ella le suplicó que evitara que la llevaran a la cárcel a cambio de tenerle seis meses gratis bajo su dominio. Tras la alucinación inicial que le produjo la propuesta, el policía reaccionó rápido y eficazmente. Mientras sus compañeros entraban a lo bestia en el piso, entre gritos y patadas a los muebles, como se hacía en todas las redadas, Eduardo, esgrimiendo su placa, cogió a una de las aturdidas chicas que había por ahí y la metió en la habitación con Nelly. Instantes después a sus superiores les dijo que la rumana no era una de las prostitutas que estaban allí trabajando, sino una clienta, una tortillera con dinero que había llegado al piso justo cuando él entró y que la muy guarra había pagado por estar con una chica. Fue la anécdota del día para todos los polis de la redada. Además de hacerles gracia, se estuvieron cachondeando de Nelly un buen rato, pero siguiendo las normas establecidas en ese tipo de actuación policial, el trato que se les daba a los clientes que se encontraban en el prostíbulo era completamente distinto al trato que se les daba a las prostitutas. A ellas se las llevaban a todas, con la madame incluida, a la comisaría, donde se las tendría dos días en los calabozos y a los clientes se les tomaban los datos, sin ninguna razón concreta, básicamente para intimidar, e inmediatamente después se les dejaba marchar libremente. Sin más. Por lo tanto, hora y media después de que comenzase la redada, Nelly pudo irse a casa tranquila, aliviada, y sinceramente agradecida a aquel joven y atractivo policía de paisano, al que antes de salir, discretamente, había pasado un papel con su número de teléfono fijo. Porque Nelly era una persona seria que cumplía escrupulosamente su palabra cuando la dejaba empeñada. Dentro de treinta minutos tendría con Eduardo la primera sesión. Iba a comenzar a cumplir su parte del trato. Durante seis meses sería su ama sin recibir por ello un céntimo. Pero algo en su interior la decía que a pesar de hacerlo gratis lo iba a pasar muy bien, y aquella tarde, se estaba preparando frente al espejo con gusto. Eduardo estaba muy bueno, y aunque sólo le dió tiempo a tratarlo como dominado unos minutos, justo antes de la redada, le dio la sensación de que, además, apuntaba maneras como esclavo sexual placentero. Tener las sesiones en casa era lo mejor porque si lo hiciera en alguno de los otros dos pisos-prostíbulos en los que Nelly seguía trabajando, ella tendría que pagar el cincuenta por ciento del servicio que se lleva la casa. Durante seis meses, una al menos, o dos sesiones a la semana, suponía mucho dinero. Además le vendría bien a nivel particular, porque al ver que la visitaba con frecuencia siempre el mismo hombre, eso induciría a sus vecinos a pensar que tenía novio, y reforzaría la apariencia de persona normal que a Nelly le gustaba cultivar en el barrio. No le agradaba para nada la idea de que las personas que la conocían superficialmente descubriesen que en realidad se dedicaba a la prostitución especializada en el Sado. Malva. El color del conjunto de lencería que iba a utilizar iba a ser definitivamente malva. Tenía además unos zapatos de tacón de aguja finísimos, de charol brillante, en ese color. Se los puso y volvió a mirarse en la pared de espejo; por el momento era lo único que llevaba puesto, pero era un avance. Sonrió. Quedaban veintisiete minutos para que Eduardo llegase. Tras el breve y movido encuentro que tuvieron, a ella le había quedado claro que él conocía suficientemente bien la simbología del Tema y los rituales básicos, así que había decidido prepararse con esmero. Abrió la cajita de los pendientes y sacó dos sobrios piercings iguales para ponérselos en sus pezoncitos perforados. Otro de cadenita minúscula para el ombligo, uno de aro para el clítoris y tres más, de aro también, pero más pequeños, para las orejas y la nariz. Todo de oro, como correspondía a su papel de ama; los esclavos tenían que conformarse con el color metal o plata para sus adornos. Era el código. Se examinó las piernas, poderosamente resaltadas por los taconazos; perfectamente depiladas, igual que su sexo. Se dio la vuelta; observó su culo rígido y redondeado con un discreto tribal tatuado al comienzo de las nalgas, se separó los glúteos y se bordeó de rojo el agujerito del ano con el mismo lápiz de labios intenso con el que acababa de pintarse los labios. Al terminar ahí se hizo lo mismo con los labios vaginales. Así se dejó todos sus orificios potencialmente sexuales del mismo color morado. Coño, culo y boca. Las medias de encaje le llegaban hasta sólo unos centímetros por encima de las rodillas y los elásticos las sujetaban bien sin apretar demasiado, así que no se puso liguero. Ahora sus hermosos muslos quedaban mucho más dibujados. Tampoco se pondría tanga pero sí cogió un cinturón ancho y se lo apretó fortísimo en la cintura, quería llevar la rajita al aire y por encima algo que la hiciese daño. Finalmente arriba un jersey ceñido de cuello vuelto y tan corto que solamente le tapaba, y apenas, los pechos. Y el pelo recogido en una moña con cinta, también malva, como todo el resto. Se miró por fin satisfecha en el espejo mientras daba pasitos coquetos a un lado y otro del salón. Sonó el timbre. Miró el reloj de la pared. Las seis de la tarde en punto. Pensó en lo rápido que se le había pasado el tiempo y en lo mucho que le gustaba que la gente fuese puntual. Estrictamente puntual. Como el Sado. Sonrió de nuevo y fue hacia la puerta. Sólo se oía el eco rebotado de sus tacones; deslizó el cerrojo y asomó la cabeza para que desde el pasillo de fuera nadie pudiera ver lo que vestía. Perfecto. Era él. Abrió un poco más ocultándose detrás de la puerta y le dijo que pasara. Luego cerró y se dio la vuelta. Quedaron ambos cara a cara. Eduardo, embelesado, la recorría el cuerpo, arriba y abajo, con la mirada. Nelly le puso las manos en los hombros y le acercó más el rostro. -Hola guapo.- -Hola.- -Vas a estar conmigo hasta las ocho. Dos horitas de sesión, sin gilipolleces, me gusta hacer las cosas bien ¿Puedes?- -Por supuesto, claro que puedo, es mucho mejor de lo que pensaba. Eres una tía legal... Nelly, y estás tremendamente guapa, te lo juro. Desde que te llamé y quedamos llevo toda la semana pensando en ti con un calentón de tres pares de narices.- La aludida bajo una mano y se la puso en el paquete. -Ya veo, pero eso vamos a tener que bajarlo un poco, no quiero que comiences tan empalmado. Quítatelo todo.- -¿Cómo?- -Que te pongas en pelotas completamente, que te desnudes, ahora, ya, vamos joder.- -Sí... sí... - Nelly le había dejado y cogía algo de la mesa de centro del salón. Volvió junto a él con el objeto en la mano. -Lo primero es lo primero; escucha.- -Sí.- Eduardo, desnudo ya, terminaba de quitarse el último calcetín y arrojarlo sobre el montoncito que formaba su ropa en el suelo. Lo que había cogido Nelly era una correa de perro negra, bastante grande, y comenzó a ponérsela a Eduardo en el cuello. Se la apretó mucho. -Con esto ya queda claro que eres mi perro, así que se acabó todo eso de Nelly y de qué guapa estás ¿entendido? A partir de este preciso momento me vas a llamar ama ¿queda claro perro?- -Sí mi ama.- -Bien. Entonces creo que ya podemos empezar.- Efectivamente; tenía la polla dura y súper levantada. Se la cogió por el centro, como quien coge una porra de policía, y tirando de ella, le llevó a rastras hasta el centro del salón, frente a la gran pared del espejo.- Y sí, definitivamente, esto hay que bajarlo.- Allí los dos se observaron reflejados a si mismos; Nelly exquisita y soberbia, desnuda entre sus malvas, de pechos a rodillas, y cogiéndole con fuerza del pene, y Eduardo sin nada, en tensión, fibroso y musculado, echando hacia delante la cadera, hacia atrás los hombros, y mirando dolorido las manos de su ama. -Quieto ahí. No se te ocurra moverte ni un centímetro, cabrón. Sacando bien la polla y manteniéndola muy ofrecida.- -Sí mi ama.- Nelly entonces le soltó y se agachó para coger una fusta. -Perro mariconazo, voy a azotarte con esto hasta bajártela.- |
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cita de salazar
"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de las cuatro historias que se entrelazan.
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Aunque ya no recibía a los clientes en su casa, el pisito alquilado de Nelly, seguía teniendo algunas cosas que sólo una persona aficionada al sadomasoquismo habría podido comprender. En el salón, por ejemplo, había una pared panelada de suelo a techo de espejo, algo casi imprescindible para llevar a cabo una sesión de sado de verdad. Los participantes en las sesiones miran con mucha frecuencia la escena reflejada de ellos mismos cuando están interpretando sus roles; no sólo porque les excita; la escenografía y el autovouyerismo es una parte muy importante de los encuentros reales. Y en las paredes del salón había hasta cuatro argollas sólidamente fijadas a diferentes alturas. También las mandó poner Nelly a poco de mudarse y no eran un toque rústico en la decoración, obviamente, servían para inmovilizar, amarrándoles en ellas, a los esclavos. En el caso particular de Eduardo no la incomodaba en absoluto hacer con él una excepción y recibirlo en su casa; después de pensarlo durante unos días concluyó que era lo mejor. En primer lugar Eduardo cumplió con ella magníficamente su parte del trato y ahora le tocaba a Nelly pagar la deuda contraída con el policía. Cuando se llevó a cabo la redada en el piso-prostíbulo en el que ella estaba trabajando aquel día, y dio la afortunada casualidad de que Eduardo, haciéndose pasar por cliente, entró en su cuarto para iniciar una sesión como esclavo, ella le suplicó que evitara que la llevaran a la cárcel a cambio de tenerle seis meses gratis bajo su dominio. Tras la alucinación inicial que le produjo la propuesta, el policía reaccionó rápido y eficazmente. Mientras sus compañeros entraban a lo bestia en el piso, entre gritos y patadas a los muebles, como se hacía en todas las redadas, Eduardo, esgrimiendo su placa, cogió a una de las aturdidas chicas que había por ahí y la metió en la habitación con Nelly. Instantes después a sus superiores les dijo que la rumana no era una de las prostitutas que estaban allí trabajando, sino una clienta, una tortillera con dinero que había llegado al piso justo cuando él entró y que la muy guarra había pagado por estar con una chica. Fue la anécdota del día para todos los polis de la redada. Además de hacerles gracia, se estuvieron cachondeando de Nelly un buen rato, pero siguiendo las normas establecidas en ese tipo de actuación policial, el trato que se les daba a los clientes que se encontraban en el prostíbulo era completamente distinto al trato que se les daba a las prostitutas. A ellas se las llevaban a todas, con la madame incluida, a la comisaría, donde se las tendría dos días en los calabozos y a los clientes se les tomaban los datos, sin ninguna razón concreta, básicamente para intimidar, e inmediatamente después se les dejaba marchar libremente. Sin más. Por lo tanto, hora y media después de que comenzase la redada, Nelly pudo irse a casa tranquila, aliviada, y sinceramente agradecida a aquel joven y atractivo policía de paisano, al que antes de salir, discretamente, había pasado un papel con su número de teléfono fijo. Porque Nelly era una persona seria que cumplía escrupulosamente su palabra cuando la dejaba empeñada. Dentro de treinta minutos tendría con Eduardo la primera sesión. Iba a comenzar a cumplir su parte del trato. Durante seis meses sería su ama sin recibir por ello un céntimo. Pero algo en su interior la decía que a pesar de hacerlo gratis lo iba a pasar muy bien, y aquella tarde, se estaba preparando frente al espejo con gusto. Eduardo estaba muy bueno, y aunque sólo le dió tiempo a tratarlo como dominado unos minutos, justo antes de la redada, le dio la sensación de que, además, apuntaba maneras como esclavo sexual placentero. Tener las sesiones en casa era lo mejor porque si lo hiciera en alguno de los otros dos pisos-prostíbulos en los que Nelly seguía trabajando, ella tendría que pagar el cincuenta por ciento del servicio que se lleva la casa. Durante seis meses, una al menos, o dos sesiones a la semana, suponía mucho dinero. Además le vendría bien a nivel particular, porque al ver que la visitaba con frecuencia siempre el mismo hombre, eso induciría a sus vecinos a pensar que tenía novio, y reforzaría la apariencia de persona normal que a Nelly le gustaba cultivar en el barrio. No le agradaba para nada la idea de que las personas que la conocían superficialmente descubriesen que en realidad se dedicaba a la prostitución especializada en el Sado. Malva. El color del conjunto de lencería que iba a utilizar iba a ser definitivamente malva. Tenía además unos zapatos de tacón de aguja finísimos, de charol brillante, en ese color. Se los puso y volvió a mirarse en la pared de espejo; por el momento era lo único que llevaba puesto, pero era un avance. Sonrió. Quedaban veintisiete minutos para que Eduardo llegase. Tras el breve y movido encuentro que tuvieron, a ella le había quedado claro que él conocía suficientemente bien la simbología del Tema y los rituales básicos, así que había decidido prepararse con esmero. Abrió la cajita de los pendientes y sacó dos sobrios piercings iguales para ponérselos en sus pezoncitos perforados. Otro de cadenita minúscula para el ombligo, uno de aro para el clítoris y tres más, de aro también, pero más pequeños, para las orejas y la nariz. Todo de oro, como correspondía a su papel de ama; los esclavos tenían que conformarse con el color metal o plata para sus adornos. Era el código. Se examinó las piernas, poderosamente resaltadas por los taconazos; perfectamente depiladas, igual que su sexo. Se dio la vuelta; observó su culo rígido y redondeado con un discreto tribal tatuado al comienzo de las nalgas, se separó los glúteos y se bordeó de rojo el agujerito del ano con el mismo lápiz de labios intenso con el que acababa de pintarse los labios. Al terminar ahí se hizo lo mismo con los labios vaginales. Así se dejó todos sus orificios potencialmente sexuales del mismo color morado. Coño, culo y boca. Las medias de encaje le llegaban hasta sólo unos centímetros por encima de las rodillas y los elásticos las sujetaban bien sin apretar demasiado, así que no se puso liguero. Ahora sus hermosos muslos quedaban mucho más dibujados. Tampoco se pondría tanga pero sí cogió un cinturón ancho y se lo apretó fortísimo en la cintura, quería llevar la rajita al aire y por encima algo que la hiciese daño. Finalmente arriba un jersey ceñido de cuello vuelto y tan corto que solamente le tapaba, y apenas, los pechos. Y el pelo recogido en una moña con cinta, también malva, como todo el resto. Se miró por fin satisfecha en el espejo mientras daba pasitos coquetos a un lado y otro del salón. Sonó el timbre. Miró el reloj de la pared. Las seis de la tarde en punto. Pensó en lo rápido que se le había pasado el tiempo y en lo mucho que le gustaba que la gente fuese puntual. Estrictamente puntual. Como el Sado. Sonrió de nuevo y fue hacia la puerta. Sólo se oía el eco rebotado de sus tacones; deslizó el cerrojo y asomó la cabeza para que desde el pasillo de fuera nadie pudiera ver lo que vestía. Perfecto. Era él. Abrió un poco más ocultándose detrás de la puerta y le dijo que pasara. Luego cerró y se dio la vuelta. Quedaron ambos cara a cara. Eduardo, embelesado, la recorría el cuerpo, arriba y abajo, con la mirada. Nelly le puso las manos en los hombros y le acercó más el rostro. -Hola guapo.- -Hola.- -Vas a estar conmigo hasta las ocho. Dos horitas de sesión, sin gilipolleces, me gusta hacer las cosas bien ¿Puedes?- -Por supuesto, claro que puedo, es mucho mejor de lo que pensaba. Eres una tía legal... Nelly, y estás tremendamente guapa, te lo juro. Desde que te llamé y quedamos llevo toda la semana pensando en ti con un calentón de tres pares de narices.- La aludida bajo una mano y se la puso en el paquete. -Ya veo, pero eso vamos a tener que bajarlo un poco, no quiero que comiences tan empalmado. Quítatelo todo.- -¿Cómo?- -Que te pongas en pelotas completamente, que te desnudes, ahora, ya, vamos joder.- -Sí... sí... - Nelly le había dejado y cogía algo de la mesa de centro del salón. Volvió junto a él con el objeto en la mano. -Lo primero es lo primero; escucha.- -Sí.- Eduardo, desnudo ya, terminaba de quitarse el último calcetín y arrojarlo sobre el montoncito que formaba su ropa en el suelo. Lo que había cogido Nelly era una correa de perro negra, bastante grande, y comenzó a ponérsela a Eduardo en el cuello. Se la apretó mucho. -Con esto ya queda claro que eres mi perro, así que se acabó todo eso de Nelly y de qué guapa estás ¿entendido? A partir de este preciso momento me vas a llamar ama ¿queda claro perro?- -Sí mi ama.- -Bien. Entonces creo que ya podemos empezar.- Efectivamente; tenía la polla dura y súper levantada. Se la cogió por el centro, como quien coge una porra de policía, y tirando de ella, le llevó a rastras hasta el centro del salón, frente a la gran pared del espejo.- Y sí, definitivamente, esto hay que bajarlo.- Allí los dos se observaron reflejados a si mismos; Nelly exquisita y soberbia, desnuda entre sus malvas, de pechos a rodillas, y cogiéndole con fuerza del pene, y Eduardo sin nada, en tensión, fibroso y musculado, echando hacia delante la cadera, hacia atrás los hombros, y mirando dolorido las manos de su ama. -Quieto ahí. No se te ocurra moverte ni un centímetro, cabrón. Sacando bien la polla y manteniéndola muy ofrecida.- -Sí mi ama.- Nelly entonces le soltó y se agachó para coger una fusta. -Perro mariconazo, voy a azotarte con esto hasta bajártela.- |
| ¿Ilusión y fantasía? Los temas tendrán que ser, forzosamente, morbosos, eróticos y más o menos sexuales. De lo contrario, si se ciñen a la casta literalidad de las palabras, ésto puede convertirse en una ridícula exposición de resúmenes de series televisivas para el Disney Channel. Ilusión y fantasía. Sí. No os va a quedar más remedio que venir a gusto, o a regañadientes, a mi terreno. Ilusiones de deseo carnal y fantasías sexuales. Bienvenidos al infierno chicos. Voy a disfrutar de esta edición. Aquí os espero. Ya sabéis. Yo siempre estuve aquí . Antes de ésto. |
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Martes. 25/5/2010. (21:47) Está anocheciendo en Madrid y te acercas desde el final que puedo ver de la Gran Vía. Llegarás a mi mesa puntual; unos minutos antes de las diez. Y cuando te sientes yo te enseñaré en la pantalla de mi portátil este post para probarte que estoy complacido, que has obedecido bien y que no voy a castigarte. Estás soberbia; vestido ajustado por encima de las rodillas, estampado sobre beige y ligeramente enrajado. Tus muslos levitan gloriosos sobre taconazos y tu cintura,avispada, reina, con el mismo color de cinturón que la cinta con la que ensortijas, en moño, tu melena. Ya has llegado a mi mesa. Me levanto y saco una de las sillas ofreciéndotela. -No puedo sentarme.- -Quiero que veas algo en mi ordenador y ya te he pedido un vino blanco. Frío y de Rueda.- -La falda es de seda y las chinchetas que me ordenaste que me metiera en las bragas, al sentarme, la rasgarán.- -Alza un poco la falda y siéntate apoyando en el siento directamente las nalgas.- Ella miró a su alrededor y contempló el inabarcable bullicio de gente de mismísimo centro de la capital, en donde estábamos, los dos. Bajó la mirada y se le ruborizaron las mejillas. -Tienes razón.- Lo hizo. Se sentó. Contuvo un grito de dolor cuando se le clavaron las chinchetas. Se arrellanó en el asiento, empujando con más fuerza y saña las nalgas hacia abajo. Le dolió más. Mucho más. Pero no gritó. Siempre he admirado de ella lo en serio que se toma los castigos. Un encanto. -Y ahora mira. Este post. En el Foro de Bubok.- -Sí. lo estoy mirando.- Sonrió. Lo dicho. Un encanto. |
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"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de las cuatro historias que se entrelazan. Eduardo estaba en el suelo, de rodillas, pero con las piernas muy abiertas, totalmente separadas, las manos en los riñones y los codos muy elevados, casi juntándolos, aunque resultaba difícil y un poco doloroso, la barriga muy baja, y la cara erguida y levantada. Por supuesto, desnudo. Era la posición que le había ordenado Nelly, que estaba de pie, justamente delante de él y con unos cosméticos en la mano. Le estaba maquillando el rostro. Ella continuaba soberbia y relajada; con su top de lana ajustado y rojo que apenas le tapaba sólo las tetas, sus medias de encaje a medio muslo del mismo color, sus taconazos de charol y nada más. Toda ella era una sinfonía de curvas y oquedades depiladas. Se había quitado la cinta del pelo y se la había puesto a Eduardo; efectivamente, la cinta en lo alto de la frente, apretada, le feminizaba bastante. A pesar de los fibroso, musculado y viril de su anatomía, el policía tenía una cara aniñada, un poco femenina, y cuando eso sucedía, a Nelly le gustaba destacar aquella faceta del esclavo y transvertirlo. Una manera más de humillarlo que la divertía. Ya le había puesto sombra en los ojos y le había pintado el contorno con lápiz. También le había puesto color en las mejillas; rosado. Todo muy repollo y exagerado. Como de puta barata. Y en los labios, obviamente, carmín intenso tono sangre toro. Ya había terminado. Tenía una mano en jarra sobre su cadera y con la otra le sostenía la barbilla al esclavo. Adorable. Así, un poco agachadita, le acercaba la cara para contemplar mejor su obra y sonreía. -Voy a ver si tengo unos tacones abiertos por detrás, para que te quepan.- -Sí mi ama.- -Levanta.- -Sí mi ama.- -Pégate con fuerza la polla y los huevos a la piel que tienes justamente debajo entre las piernas.- -Sí mi ama.- -He dicho con fuerza, mariconaza.- -Sí mi ama.- -Ahora cierra los muslos y mantenla ahí oculta, no quiero que vuelva a levantarse o tendré que bajártela otra vez a fustazos.- -Duele mi ama.- -Lo sé, y no quiero que se salga.- -Sí mi ama.- -¿Pero qué clase de postura es esa? Parece que estés estreñido. Ponte guapa joder, te acabo de maquillar de zorra y por lo tanto tienes que actuar como una zorra ¿Es que no entiendes las cosas, perro mariconazo?- Nelly acabó su regañina lanzándole tres salvajes fustazos a las nalgas, rápidos, secos y brutales. De inmediato aparecieron dibujadas tres líneas rojas en el culo del policía. -Perdón mi ama.- -Frente y tetas erguidas, mete barriga. Trasero espigado hacia fuera, más.- Plaf. Nuevo fustazo. -Y las piernas modelando, junta rodillas y tobillos separados.- Plaf y plaf. -Vamos, joder, pon una posturita sexy, así, de guarra, de putoncillo barato. Así, muy bien, así, mariconaza.- -Gracias mi ama.- Nelly se fue a su habitación y dejó al policía frente a la pared de espejo, mirándose, fijándose en si mismo, en cuál era la posición que había adoptado y que su ama le dijo que estaba bien, para repetirla. Era doblando un poco la cadera, sacando el culo hacia fuera, tapándose los pechos con las manos y poniendo la boca tirando un beso, todo ello, por supuesto, manteniendo el pene y los genitales escondidos y firmemente apretados entre los muslos, como se le había ordenado. Así, como además no tenía vello en el cuerpo, parecía tener vagina; una madonna kish, inquietantemente andrógina y por su musculatura y por el exceso de maquillaje, una auténtica reinona porno. Eduardo comenzó a excitarse al verse así, pero enseguida miró para otro lado, recordando las órdenes, no tenía que volver a ponérsele muy dura y ya sentía que la piel de la polla autoapretada le estaba tirando. Además de con unas zapatillas de andar por casa con tacón, Nelly regresó con dos medias negras a medio muslo. Tiró las medias y el calzado a los pies del policía, luego, centró una butaca frente a Eduardo y se sentó en ella cómodamente, como quien se dispone a disfrutar de un espectáculo. Ahora ella también estaba frente al espejo, y le veía a él, y se veía a sí misma, en la butaca, con las piernas cruzadas y la fusta en la mano, auténtica espectadora del escenario de la sesión que ella misma estaba protagonizando. -Ponte las medias, y después las zapatillas, y con muchísimo cuidado de que no se te salga la polla de su sitio ¿Has entendido mariconazo?- -Sí mi ama.- -Esas zapatillas están abiertas por detrás y son un poco holgadas, y lo que a mí me importa, tienen tacón. Yo creo que te caben y quiero que andes sobre tacones como una guarra, además, cada vez que tropieces o que se te salga una zapatilla, por torpe, te daré veinte fustazos en el culo, bien dados. Cuando eso ocurra me lo dirás enseguida y yo te castigaré.- -Sí mi ama.- -¿A qué esperas maricón? Comienza a ponerte lo que te he dicho. Y recuerda; si se te escapa la polla no serán veinte, serán cuarenta fustazos. Vamos.- -Sí mi ama.- Fue toda una odisea ponerse las medias sin dejar de apretar los muslos para que no se le saliera el pene, pero lo hizo, aunque ayudándose un par de veces un par de veces con las manos para volverlo a colocar bien en el sitio que se le había ordenado. Nelly respondió a esas ayuditas lanzándole varios fustazos por debajo del ombligo, que sonaron a hueco y le dejaron marcas moradas. Le dijo que tuviese más cuidado, le insultó y volvió a sentarse en la butaca. Sólo se levantaba para castigarle de vez en cuando. Esta vez se sentó con las piernas completamente abiertas, poniendo cada una de ellas por encima de los brazos del asiento, con lo que dejaba su sexo provocadoramente expuesto. Un halo de humedad brillante le rodeaban los labios vaginales. Entonces, cogió la fusta al revés, agarrándola por la palmeta, y como un samurai suicidándose, se metió de golpe por el coño el mango. Cerró los ojos, apretó la frente, y los dientes, luego, lanzó un suspiro que acabó en el nacimiento de un grito. -Ponte los tacones de una puta vez.- -Sí mi ama.- Eduardo lo hizo, también con mucho esfuerzo, por tener que mantener las piernas tan pegadas, pero al intentar dar el primer pasito una de las zapatillas se le salió por completo. De inmediato, miró a la rumana, pero ahora estaba con los ojos cerrados, jadeante, metiéndose y sacándose el mango de la fusta, y no había visto cómo acababa de perder uno de los tacones. -Mi ama, se me ha salido un zapato.- -¿Qué?- -Me ordenaste que si esto sucedía te lo dijese de inmediato. Ha sido sin querer mi ama.- -Cabronazo de mierda. Precisamente cuando me estaba empezando a pajear un poco.- -Lo siento mi ama.- -Más lo vas a sentir ahora; date la vuelta, apoya las manos en el espejo y pon el culo en pompa.- -Sí mi ama.- Nelly se levantó y ya sujetaba la fusta firmemente otra vez con la mano derecha. -Más en pompa mariconaza.- -Sí mi ama.- Le empezó a sobar las nalgas, como preparándole para lo que le iba a caer enseguida, y como continuaba con los muslos apretados, polla le sobresalía por debajo del culo. Bajo un poco la mano y se la cogió, estrujándosela con fuerza. -Y encima esto se está empezando a poner otra vez duro, a pesar de lo que te he dicho ¿Tan difícil te resulta obedecer, perro asqueroso? ¿Es que hablo en chino?- -Lo siento mi ama.- -Pon el culo !Ostias! Me cuentas los fustazos uno a uno; hemos dicho veinte ¿no es así?- -Sí mi ama.- Nelly levantó el brazo y lanzó el primer azote de la tanda; Eduardo soltó un chasquido y un ay patético, pero de inmediato, se recompuso la voz y dijo "uno, mi ama". La rumana, satisfecha, contestó que muy bien, que así había que contar los fustazos, y le siguió dando, lentamente y sin pausa, hasta veinte, y el policía los contó todos, aunque los seis últimos entre lágrimas. -Al suelo puta, a lamerme los pies.- Acababa de dejar la fusta sobre la butaca y con la mano izquierda se masajeaba los dedos de la derecha, como hacen los pianistas cuando terminan de tocar después de un buen rato. El policía ya estaba agachado, de rodillas, lamiéndole su piel y el cuero rojo brillante de los zapatos. -¿Te has vuelto a poner la zapatilla?- -Sí mi ama.- -Pues cuidadito con volverla a perder porque ya sabes lo que te espera.- -Sí mi ama.- -Mariconaza de mierda.- -¿Te gusta que te lama los pies así, mi ama?- -No mucho. Los zapatos que llevo son muy cerrados y a mi me gusta que me metan la lengua entre los dedos.- -Si te descalzas te limpiaré bien las comisuras a lametazos, mi ama.- -No me apetece, quiero seguir con los tacones, pero tú vas a seguir con la lengua aunque vamos a cambiar de sitio.- -Sí mi ama.- Ahora fue ella quien se dio la vuelta, apoyó las manos sobre el gran espejo y echó las nalgas hacia fuera. -Me abres bien y me chupas el culo. Quiero sentir esa lengua de guarra metida muy adentro ¿Entendido?- -Sí mi ama.- Eduardo la separó las nalgas con las manos, y, ansioso, metió entre ellas la cara. Sacaba la lengua con tanta fuerza y empujaba la cabeza tan adentro, que le costaba respirar, pero no bajaba ni el frenético ritmo de los lameteos ni su intensidad. -Así, muy bien mariconaza, continúa.- Nelly, con expresión extasiada, apoyó la mejilla sobre el cristal, y doblando las piernas, echaba todo lo que podía el culito hacia atrás, hundiéndoselo aún más a Eduardo en la cara. Estuvieron los dos así, en esa posición, un buen rato, más de diez minutos. -¿Y ahora qué coño haces mariconaza? ¿Por qué te paras?- -Perdón mi ama, pero tengo que decirte algo.- -¿Qué pasa?- -Que se me ha soltado la polla mi ama, se me ha salido de entre los muslos.- -¿Qué?- -Ha sido sin querer mi ama, lo siento mucho. Me ordenaste que te lo dijera si pasaba. Son cuarenta fustazos.- |
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cita de salazar
"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de las cuatro historias que se entrelazan.
http://novelasadomasoquista.com/
Eduardo estaba en el suelo, de rodillas, pero con las piernas muy abiertas, totalmente separadas, las manos en los riñones y los codos muy elevados, casi juntándolos, aunque resultaba difícil y un poco doloroso, la barriga muy baja, y la cara erguida y levantada. Por supuesto, desnudo. Era la posición que le había ordenado Nelly, que estaba de pie, justamente delante de él y con unos cosméticos en la mano. Le estaba maquillando el rostro. Ella continuaba soberbia y relajada; con su top de lana ajustado y rojo que apenas le tapaba sólo las tetas, sus medias de encaje a medio muslo del mismo color, sus taconazos de charol y nada más. Toda ella era una sinfonía de curvas y oquedades depiladas. Se había quitado la cinta del pelo y se la había puesto a Eduardo; efectivamente, la cinta en lo alto de la frente, apretada, le feminizaba bastante. A pesar de los fibroso, musculado y viril de su anatomía, el policía tenía una cara aniñada, un poco femenina, y cuando eso sucedía, a Nelly le gustaba destacar aquella faceta del esclavo y transvertirlo. Una manera más de humillarlo que la divertía. Ya le había puesto sombra en los ojos y le había pintado el contorno con lápiz. También le había puesto color en las mejillas; rosado. Todo muy repollo y exagerado. Como de puta barata. Y en los labios, obviamente, carmín intenso tono sangre toro. Ya había terminado. Tenía una mano en jarra sobre su cadera y con la otra le sostenía la barbilla al esclavo. Adorable. Así, un poco agachadita, le acercaba la cara para contemplar mejor su obra y sonreía. -Voy a ver si tengo unos tacones abiertos por detrás, para que te quepan.- -Sí mi ama.- -Levanta.- -Sí mi ama.- -Pégate con fuerza la polla y los huevos a la piel que tienes justamente debajo entre las piernas.- -Sí mi ama.- -He dicho con fuerza, mariconaza.- -Sí mi ama.- -Ahora cierra los muslos y mantenla ahí oculta, no quiero que vuelva a levantarse o tendré que bajártela otra vez a fustazos.- -Duele mi ama.- -Lo sé, y no quiero que se salga.- -Sí mi ama.- -¿Pero qué clase de postura es esa? Parece que estés estreñido. Ponte guapa joder, te acabo de maquillar de zorra y por lo tanto tienes que actuar como una zorra ¿Es que no entiendes las cosas, perro mariconazo?- Nelly acabó su regañina lanzándole tres salvajes fustazos a las nalgas, rápidos, secos y brutales. De inmediato aparecieron dibujadas tres líneas rojas en el culo del policía. -Perdón mi ama.- -Frente y tetas erguidas, mete barriga. Trasero espigado hacia fuera, más.- Plaf. Nuevo fustazo. -Y las piernas modelando, junta rodillas y tobillos separados.- Plaf y plaf. -Vamos, joder, pon una posturita sexy, así, de guarra, de putoncillo barato. Así, muy bien, así, mariconaza.- -Gracias mi ama.- Nelly se fue a su habitación y dejó al policía frente a la pared de espejo, mirándose, fijándose en si mismo, en cuál era la posición que había adoptado y que su ama le dijo que estaba bien, para repetirla. Era doblando un poco la cadera, sacando el culo hacia fuera, tapándose los pechos con las manos y poniendo la boca tirando un beso, todo ello, por supuesto, manteniendo el pene y los genitales escondidos y firmemente apretados entre los muslos, como se le había ordenado. Así, como además no tenía vello en el cuerpo, parecía tener vagina; una madonna kish, inquietantemente andrógina y por su musculatura y por el exceso de maquillaje, una auténtica reinona porno. Eduardo comenzó a excitarse al verse así, pero enseguida miró para otro lado, recordando las órdenes, no tenía que volver a ponérsele muy dura y ya sentía que la piel de la polla autoapretada le estaba tirando. Además de con unas zapatillas de andar por casa con tacón, Nelly regresó con dos medias negras a medio muslo. Tiró las medias y el calzado a los pies del policía, luego, centró una butaca frente a Eduardo y se sentó en ella cómodamente, como quien se dispone a disfrutar de un espectáculo. Ahora ella también estaba frente al espejo, y le veía a él, y se veía a sí misma, en la butaca, con las piernas cruzadas y la fusta en la mano, auténtica espectadora del escenario de la sesión que ella misma estaba protagonizando. -Ponte las medias, y después las zapatillas, y con muchísimo cuidado de que no se te salga la polla de su sitio ¿Has entendido mariconazo?- -Sí mi ama.- -Esas zapatillas están abiertas por detrás y son un poco holgadas, y lo que a mí me importa, tienen tacón. Yo creo que te caben y quiero que andes sobre tacones como una guarra, además, cada vez que tropieces o que se te salga una zapatilla, por torpe, te daré veinte fustazos en el culo, bien dados. Cuando eso ocurra me lo dirás enseguida y yo te castigaré.- -Sí mi ama.- -¿A qué esperas maricón? Comienza a ponerte lo que te he dicho. Y recuerda; si se te escapa la polla no serán veinte, serán cuarenta fustazos. Vamos.- -Sí mi ama.- Fue toda una odisea ponerse las medias sin dejar de apretar los muslos para que no se le saliera el pene, pero lo hizo, aunque ayudándose un par de veces un par de veces con las manos para volverlo a colocar bien en el sitio que se le había ordenado. Nelly respondió a esas ayuditas lanzándole varios fustazos por debajo del ombligo, que sonaron a hueco y le dejaron marcas moradas. Le dijo que tuviese más cuidado, le insultó y volvió a sentarse en la butaca. Sólo se levantaba para castigarle de vez en cuando. Esta vez se sentó con las piernas completamente abiertas, poniendo cada una de ellas por encima de los brazos del asiento, con lo que dejaba su sexo provocadoramente expuesto. Un halo de humedad brillante le rodeaban los labios vaginales. Entonces, cogió la fusta al revés, agarrándola por la palmeta, y como un samurai suicidándose, se metió de golpe por el coño el mango. Cerró los ojos, apretó la frente, y los dientes, luego, lanzó un suspiro que acabó en el nacimiento de un grito. -Ponte los tacones de una puta vez.- -Sí mi ama.- Eduardo lo hizo, también con mucho esfuerzo, por tener que mantener las piernas tan pegadas, pero al intentar dar el primer pasito una de las zapatillas se le salió por completo. De inmediato, miró a la rumana, pero ahora estaba con los ojos cerrados, jadeante, metiéndose y sacándose el mango de la fusta, y no había visto cómo acababa de perder uno de los tacones. -Mi ama, se me ha salido un zapato.- -¿Qué?- -Me ordenaste que si esto sucedía te lo dijese de inmediato. Ha sido sin querer mi ama.- -Cabronazo de mierda. Precisamente cuando me estaba empezando a pajear un poco.- -Lo siento mi ama.- -Más lo vas a sentir ahora; date la vuelta, apoya las manos en el espejo y pon el culo en pompa.- -Sí mi ama.- Nelly se levantó y ya sujetaba la fusta firmemente otra vez con la mano derecha. -Más en pompa mariconaza.- -Sí mi ama.- Le empezó a sobar las nalgas, como preparándole para lo que le iba a caer enseguida, y como continuaba con los muslos apretados, polla le sobresalía por debajo del culo. Bajo un poco la mano y se la cogió, estrujándosela con fuerza. -Y encima esto se está empezando a poner otra vez duro, a pesar de lo que te he dicho ¿Tan difícil te resulta obedecer, perro asqueroso? ¿Es que hablo en chino?- -Lo siento mi ama.- -Pon el culo !Ostias! Me cuentas los fustazos uno a uno; hemos dicho veinte ¿no es así?- -Sí mi ama.- Nelly levantó el brazo y lanzó el primer azote de la tanda; Eduardo soltó un chasquido y un ay patético, pero de inmediato, se recompuso la voz y dijo "uno, mi ama". La rumana, satisfecha, contestó que muy bien, que así había que contar los fustazos, y le siguió dando, lentamente y sin pausa, hasta veinte, y el policía los contó todos, aunque los seis últimos entre lágrimas. -Al suelo puta, a lamerme los pies.- Acababa de dejar la fusta sobre la butaca y con la mano izquierda se masajeaba los dedos de la derecha, como hacen los pianistas cuando terminan de tocar después de un buen rato. El policía ya estaba agachado, de rodillas, lamiéndole su piel y el cuero rojo brillante de los zapatos. -¿Te has vuelto a poner la zapatilla?- -Sí mi ama.- -Pues cuidadito con volverla a perder porque ya sabes lo que te espera.- -Sí mi ama.- -Mariconaza de mierda.- -¿Te gusta que te lama los pies así, mi ama?- -No mucho. Los zapatos que llevo son muy cerrados y a mi me gusta que me metan la lengua entre los dedos.- -Si te descalzas te limpiaré bien las comisuras a lametazos, mi ama.- -No me apetece, quiero seguir con los tacones, pero tú vas a seguir con la lengua aunque vamos a cambiar de sitio.- -Sí mi ama.- Ahora fue ella quien se dio la vuelta, apoyó las manos sobre el gran espejo y echó las nalgas hacia fuera. -Me abres bien y me chupas el culo. Quiero sentir esa lengua de guarra metida muy adentro ¿Entendido?- -Sí mi ama.- Eduardo la separó las nalgas con las manos, y, ansioso, metió entre ellas la cara. Sacaba la lengua con tanta fuerza y empujaba la cabeza tan adentro, que le costaba respirar, pero no bajaba ni el frenético ritmo de los lameteos ni su intensidad. -Así, muy bien mariconaza, continúa.- Nelly, con expresión extasiada, apoyó la mejilla sobre el cristal, y doblando las piernas, echaba todo lo que podía el culito hacia atrás, hundiéndoselo aún más a Eduardo en la cara. Estuvieron los dos así, en esa posición, un buen rato, más de diez minutos. -¿Y ahora qué coño haces mariconaza? ¿Por qué te paras?- -Perdón mi ama, pero tengo que decirte algo.- -¿Qué pasa?- -Que se me ha soltado la polla mi ama, se me ha salido de entre los muslos.- -¿Qué?- -Ha sido sin querer mi ama, lo siento mucho. Me ordenaste que te lo dijera si pasaba. Son cuarenta fustazos.- |
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"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de la cuatro historias que se entrelazan. -¿Has visto Edu? ¿Qué te había dicho?- -!Es verdad! !Madre mía, si sois exactamente iguales, parecéis hermanas gemelas! ¿Y cómo se llama?- -Bianca Freire. Tiene tres o cuatro vídeos colgados en las principales páginas porno. Mira.- Eduardo acercó intrigado el rostro a la pantalla mientras Eva tecleaba en Google Extreme Tube, y después, una vez dentro, categorías. La colección de imágenes muy pornográficas aparecieron como un collage y pulsando en cada una de ellas se entraba a los vídeos de temática determinada; la foto que daba entrada al apartado Shemales, transvestís en español, era un desnudo magnífico de Bianca cogiéndose con una mano su propia polla dura. -Seguro que es una celebridad del porno.- -Quizás; la verdad es que es tal Bianca está buenísima. Pon uno de sus vídeos.- -Vale. Son cortitos; diez o doce minutos. Ya está.- -!Qué maravilla!- -¿Te gusta mi hermanita gemela?- Eduardo la cogió del cuello y la metió la lengua hasta la campanilla; terminaron rodando entrepiernados sobre la enorme cama matrimonial. Estaban en el dormitorio principal de la casa de Eva y allí, sobre el amplio tocador, ella tenía desplegado el portátil que hasta hace un instante había estado mostrando a su joven vecino. -La única diferencia es que ella la tiene bastante más grande que tú.- -Pues sí, pero qué quieres que te diga, eso es lo que menos me gusta de esa chica. A mi marido, al menos, le encanta que yo la tenga tan pequeñita y a ti también te gusta así. Reconócelo, cabroncete.- Eduardo respondió metiéndole la mano por debajo de la falda, cogiéndole todo el paquete y apretándoselo con la palma de su mano y más lengua. Eva se abrazaba frenética mientras tanto a su cabeza y no bajaba un ápice la presión de su boca contra la de él. En cuestión de segundos aquel chico siempre la ponía a cien. Continuaron. Colonia de casas del Niño Jesús en el barrio de Pacífico de Madrid, un lujo: mejor que el ruidoso centro pero en medio de la gran ciudad, y son casas, de verdad, no los eufemísticos cuchitriles tipo "adosado" y "pareado" que se construían en la salvaje época de la burbuja. Dos plantas amplias más buhardilla, garaje propio y jardincito alrededor de todos los lados. El barrio se hizo para la incipiente clase media con éxito de los años sesenta y la mayoría de las casas, de arquitectura con pocas pretensiones artísticas, pero prácticas y solidas, se conservan en buen estado. Eduardo vivía en una casa de esas con sus padres, hijo único, ocupaba para él solo la planta superior y gozaba de muchísimo más espacio que la inmensa mayoría de de los habitantes de la capital española. Sus progenitores y él constituían una de las poquísimas familias descendientes de los habitantes iniciales de la zona, pues la mayoría, tentados por el altísimo precio que fueron adquiriendo las viviendas con el trascurrir de los años, terminaron vendiendo en uno u otro momento. El padre de Eduardo, ingeniero brillante, y su madre, aficionada empedernida a la lectura y enamorada del aislamiento "relativo" de su casa, gozaron siempre de una buena situación económica y jamás pensaron en irse. Allí creció Eduardo, más aficionado a los deportes que a los estudios, y después de realizar el servicio militar voluntario, y de tomarle cierto gusto a la vida disciplinada y de uniforme, opositó para la policía, aprobó y fue enseguida promocionado como uno de los agentes de apoyo y confianza para operativos delicados. Eva vivía en la casa de enfrente y le tenía a Eduardo auténtico cariño; llegó al barrio hacia diez años, cuando Eduardo era un adolescente un poco obeso de dieciséis y lo vio crecer, entrenarse duro, mejorar físicamente de manera espectacular, convertirse en policía y ser todo un hombre. Aunque ella no lo había desvirgado, casi casi. Lo que había entre ellos dos, antes que nada, era una auténtica y hermosa amistad edificada sobre la sólida base de muchos años, y desde que Edu, así le llamaba ella, comenzó a trabajar, Eva, en cuanto a lo del sexo, dejó de contenerse. Follaban casi todas las semanas, casi siempre, en casa de Eva, pero con discreción y sin crear el más mínimo escándalo en el barrio. El marido de Eva, de muy buena familia, y además, piloto de Iberia, viajaba, obviamente, mucho y con frecuencia, y ella, que era trans, y obviamente, sin hijos, ni con ganas de adoptar, paraba el día el casa cuidándose y poniéndose guapa. Compraron la casa, la reformaron a fondo y eran la pareja más feliz del mundo. Su marido la adoraba y ella adoraba a su marido. En la hermosa y privilegiada vida de Eva sólo había una pequeña cosa que fallaba, y quizás Eduardo... -¿Me la vas a volver a chupar?- -Pero no para ponértela dura, para limpiártela. Es que tienes manchas de semen.- -Y ese semen ¿es tuyo o mío?- -Qué más da idiota.- -Vale, vale, chupa, limpiadora.- -Gracias.- El comentario tenía sentido porque después de estar follando como animales durante más de una hora, se habían quedado quietos, sudando, jadeantes, desnudos encima de la cama y medio abrazados. Momento de relax. Eva fue buena y cumplió lo que había dicho; tras limpiarle el pene con la lengua un rato dejó su postura felina y volvió a acurrucarse con una sonrisa sobre el pecho de Eduardo. -Ya está, borde.- El aludido la besó en los labios y cerró los ojos como para intentar descansar. -Edu.- -Dime.- -¿Has pensado en lo mío?- -Tienes dinero; paga a profesionales.- -No es lo mismo, joder.- -Te equivocas. En el sadomasoquismo es exactamente igual; las prostitutas que se especializan en ese tema, porque sólo hay tías, son unas auténticas aficionadas de verdad.- -¿Cómo puedes estar tan seguro?- -Yo ahora estoy con un ama, y es auténtica.- -¿Estás con un ama?- -Vaya hombre, no quería contártelo porque sabía que me ibas a dar el coñazo.- -¿Y es puta?- -Sí, pero conmigo no lo hace por dinero.- La cara de incredulidad que puso Eva le obligó a contarle toda la historia de la redada y cómo salvó de la cárcel a la rumana y cómo ésta agradecida se comprometió a tenerle seis meses bajo su dominio como esclavo. Sin cobrarle un céntimo, claro. Y Eva, medio incorporada en la cama, le miraba ahora con ojos como platos y expresión fascinada. -¿Y está cumpliendo su parte del trato?- -Ya llevamos tres sesiones, en su casa.- -¿Y qué tal?- -Impresionante. Es una ama fantástica, de verdad.- -¿Pero cómo eres tan cabronazo? ¿Y no querías contármelo? ¿Dime al menos cómo se llama?- -Nelly.- -¿Ama Nelly?- -No. Cuando me dirijo a ella simplemente la llamo "mi ama". En las sesiones, claro está.- -Me lo había imaginado porque te he visto las marcas en la piel.- -Y verás muchas más, al menos hasta el verano.- -Cabronazo.- -¿Lo dices por compasión o por envidia?- -Puta envidia. Cabronazo, cabronazo y cabronazo.- Eduardo acabó con la retahíla metiéndole la lengua en la boca y apretándole a lo bestia las tetas, sabía que eso la gustaba. Pero Eva se dejó hacer sólo un par de minutos y después volvió a insistir en el tema. -Me tienes que llevar contigo cuando te vuelvas a encontrar con ella.- -!Lo sabía! Sabía que me lo ibas a pedir. Por eso no quería contarte nada.- -Por favor, Edu ¿Lo harás?- -Pues claro que no ¿Como le voy a pedir que te admita en una de nuestras sesiones encima de que no me está cobrando? Sería un abuso de confianza y lo más probable es que me mandara lejos de su lado.- -Entonces pagaré la sesión.- -¿Pero no has dicho que no te gustan las profesionales?- -Pero esto es distinto; iría contigo y tú mismo has dicho que Nelly es un ama auténtica, una verdadera aficionada al sadomasoquismo !Son tus palabras!- -No me líes, no me líes, que me vas a estropear el mejor rollo que me ha surgido en la vida. Que no Eva, que no puede ser y basta.- -Pero si yo pago, y te gusto, porque estamos hartos de follar y voy, y hago contigo de esclava ¿a tí que más te da?- -A mi me da igual Eva, y es verdad, contigo follo muy bien, pero lo que pasa es que no quiero molestar a Nelly.- -Pero si va a ser mejor para ella.- -Basta.- -Edu.- -Que no.- -Edu, cariño ¿cuánto tiempo llevas oyéndome decir que me gustaría probar el sadomasoquismo y que me siento un poco frustrada por no haberlo hecho todavía?- -Pues te lo llevo oyendo decir desde que nos acostamos juntos; un par de años.- -Y encima tú, en todo este tiempo, nunca has querido dominarme, ni castigarme, ni pegarme ni nada de nada.- -Yo no sirvo para amo.- -¿Tan difícil te resulta contentarme?- Eva, hecha un angelito y con los ojos un poco acuosos, comenzó a besarle y a lamerle los abdominales. Sabía que eso le gustaba. -Mira Eva, no voy a decirle nada a Nelly. He dicho que no y cuando digo que no es que no. Y ya está. Asunto terminado.- -Vale ¿te la puedo chupar un poco?- -Bueno.- -Gracias.- |
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cita de salazar
"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Otra de la cuatro historias que se entrelazan.
http://novelasadomasoquista.com/ -¿Has visto Edu? ¿Qué te había dicho?- -!Es verdad! !Madre mía, si sois exactamente iguales, parecéis hermanas gemelas! ¿Y cómo se llama?- -Bianca Freire. Tiene tres o cuatro vídeos colgados en las principales páginas porno. Mira.- Eduardo acercó intrigado el rostro a la pantalla mientras Eva tecleaba en Google Extreme Tube, y después, una vez dentro, categorías. La colección de imágenes muy pornográficas aparecieron como un collage y pulsando en cada una de ellas se entraba a los vídeos de temática determinada; la foto que daba entrada al apartado Shemales, transvestís en español, era un desnudo magnífico de Bianca cogiéndose con una mano su propia polla dura. -Seguro que es una celebridad del porno.- -Quizás; la verdad es que es tal Bianca está buenísima. Pon uno de sus vídeos.- -Vale. Son cortitos; diez o doce minutos. Ya está.- -!Qué maravilla!- -¿Te gusta mi hermanita gemela?- Eduardo la cogió del cuello y la metió la lengua hasta la campanilla; terminaron rodando entrepiernados sobre la enorme cama matrimonial. Estaban en el dormitorio principal de la casa de Eva y allí, sobre el amplio tocador, ella tenía desplegado el portátil que hasta hace un instante había estado mostrando a su joven vecino. -La única diferencia es que ella la tiene bastante más grande que tú.- -Pues sí, pero qué quieres que te diga, eso es lo que menos me gusta de esa chica. A mi marido, al menos, le encanta que yo la tenga tan pequeñita y a ti también te gusta así. Reconócelo, cabroncete.- Eduardo respondió metiéndole la mano por debajo de la falda, cogiéndole todo el paquete y apretándoselo con la palma de su mano y más lengua. Eva se abrazaba frenética mientras tanto a su cabeza y no bajaba un ápice la presión de su boca contra la de él. En cuestión de segundos aquel chico siempre la ponía a cien. Continuaron. Colonia de casas del Niño Jesús en el barrio de Pacífico de Madrid, un lujo: mejor que el ruidoso centro pero en medio de la gran ciudad, y son casas, de verdad, no los eufemísticos cuchitriles tipo "adosado" y "pareado" que se construían en la salvaje época de la burbuja. Dos plantas amplias más buhardilla, garaje propio y jardincito alrededor de todos los lados. El barrio se hizo para la incipiente clase media con éxito de los años sesenta y la mayoría de las casas, de arquitectura con pocas pretensiones artísticas, pero prácticas y solidas, se conservan en buen estado. Eduardo vivía en una casa de esas con sus padres, hijo único, ocupaba para él solo la planta superior y gozaba de muchísimo más espacio que la inmensa mayoría de de los habitantes de la capital española. Sus progenitores y él constituían una de las poquísimas familias descendientes de los habitantes iniciales de la zona, pues la mayoría, tentados por el altísimo precio que fueron adquiriendo las viviendas con el trascurrir de los años, terminaron vendiendo en uno u otro momento. El padre de Eduardo, ingeniero brillante, y su madre, aficionada empedernida a la lectura y enamorada del aislamiento "relativo" de su casa, gozaron siempre de una buena situación económica y jamás pensaron en irse. Allí creció Eduardo, más aficionado a los deportes que a los estudios, y después de realizar el servicio militar voluntario, y de tomarle cierto gusto a la vida disciplinada y de uniforme, opositó para la policía, aprobó y fue enseguida promocionado como uno de los agentes de apoyo y confianza para operativos delicados. Eva vivía en la casa de enfrente y le tenía a Eduardo auténtico cariño; llegó al barrio hacia diez años, cuando Eduardo era un adolescente un poco obeso de dieciséis y lo vio crecer, entrenarse duro, mejorar físicamente de manera espectacular, convertirse en policía y ser todo un hombre. Aunque ella no lo había desvirgado, casi casi. Lo que había entre ellos dos, antes que nada, era una auténtica y hermosa amistad edificada sobre la sólida base de muchos años, y desde que Edu, así le llamaba ella, comenzó a trabajar, Eva, en cuanto a lo del sexo, dejó de contenerse. Follaban casi todas las semanas, casi siempre, en casa de Eva, pero con discreción y sin crear el más mínimo escándalo en el barrio. El marido de Eva, de muy buena familia, y además, piloto de Iberia, viajaba, obviamente, mucho y con frecuencia, y ella, que era trans, y obviamente, sin hijos, ni con ganas de adoptar, paraba el día el casa cuidándose y poniéndose guapa. Compraron la casa, la reformaron a fondo y eran la pareja más feliz del mundo. Su marido la adoraba y ella adoraba a su marido. En la hermosa y privilegiada vida de Eva sólo había una pequeña cosa que fallaba, y quizás Eduardo... -¿Me la vas a volver a chupar?- -Pero no para ponértela dura, para limpiártela. Es que tienes manchas de semen.- -Y ese semen ¿es tuyo o mío?- -Qué más da idiota.- -Vale, vale, chupa, limpiadora.- -Gracias.- El comentario tenía sentido porque después de estar follando como animales durante más de una hora, se habían quedado quietos, sudando, jadeantes, desnudos encima de la cama y medio abrazados. Momento de relax. Eva fue buena y cumplió lo que había dicho; tras limpiarle el pene con la lengua un rato dejó su postura felina y volvió a acurrucarse con una sonrisa sobre el pecho de Eduardo. -Ya está, borde.- El aludido la besó en los labios y cerró los ojos como para intentar descansar. -Edu.- -Dime.- -¿Has pensado en lo mío?- -Tienes dinero; paga a profesionales.- -No es lo mismo, joder.- -Te equivocas. En el sadomasoquismo es exactamente igual; las prostitutas que se especializan en ese tema, porque sólo hay tías, son unas auténticas aficionadas de verdad.- -¿Cómo puedes estar tan seguro?- -Yo ahora estoy con un ama, y es auténtica.- -¿Estás con un ama?- -Vaya hombre, no quería contártelo porque sabía que me ibas a dar el coñazo.- -¿Y es puta?- -Sí, pero conmigo no lo hace por dinero.- La cara de incredulidad que puso Eva le obligó a contarle toda la historia de la redada y cómo salvó de la cárcel a la rumana y cómo ésta agradecida se comprometió a tenerle seis meses bajo su dominio como esclavo. Sin cobrarle un céntimo, claro. Y Eva, medio incorporada en la cama, le miraba ahora con ojos como platos y expresión fascinada. -¿Y está cumpliendo su parte del trato?- -Ya llevamos tres sesiones, en su casa.- -¿Y qué tal?- -Impresionante. Es una ama fantástica, de verdad.- -¿Pero cómo eres tan cabronazo? ¿Y no querías contármelo? ¿Dime al menos cómo se llama?- -Nelly.- -¿Ama Nelly?- -No. Cuando me dirijo a ella simplemente la llamo "mi ama". En las sesiones, claro está.- -Me lo había imaginado porque te he visto las marcas en la piel.- -Y verás muchas más, al menos hasta el verano.- -Cabronazo.- -¿Lo dices por compasión o por envidia?- -Puta envidia. Cabronazo, cabronazo y cabronazo.- Eduardo acabó con la retahíla metiéndole la lengua en la boca y apretándole a lo bestia las tetas, sabía que eso la gustaba. Pero Eva se dejó hacer sólo un par de minutos y después volvió a insistir en el tema. -Me tienes que llevar contigo cuando te vuelvas a encontrar con ella.- -!Lo sabía! Sabía que me lo ibas a pedir. Por eso no quería contarte nada.- -Por favor, Edu ¿Lo harás?- -Pues claro que no ¿Como le voy a pedir que te admita en una de nuestras sesiones encima de que no me está cobrando? Sería un abuso de confianza y lo más probable es que me mandara lejos de su lado.- -Entonces pagaré la sesión.- -¿Pero no has dicho que no te gustan las profesionales?- -Pero esto es distinto; iría contigo y tú mismo has dicho que Nelly es un ama auténtica, una verdadera aficionada al sadomasoquismo !Son tus palabras!- -No me líes, no me líes, que me vas a estropear el mejor rollo que me ha surgido en la vida. Que no Eva, que no puede ser y basta.- -Pero si yo pago, y te gusto, porque estamos hartos de follar y voy, y hago contigo de esclava ¿a tí que más te da?- -A mi me da igual Eva, y es verdad, contigo follo muy bien, pero lo que pasa es que no quiero molestar a Nelly.- -Pero si va a ser mejor para ella.- -Basta.- -Edu.- -Que no.- -Edu, cariño ¿cuánto tiempo llevas oyéndome decir que me gustaría probar el sadomasoquismo y que me siento un poco frustrada por no haberlo hecho todavía?- -Pues te lo llevo oyendo decir desde que nos acostamos juntos; un par de años.- -Y encima tú, en todo este tiempo, nunca has querido dominarme, ni castigarme, ni pegarme ni nada de nada.- -Yo no sirvo para amo.- -¿Tan difícil te resulta contentarme?- Eva, hecha un angelito y con los ojos un poco acuosos, comenzó a besarle y a lamerle los abdominales. Sabía que eso le gustaba. -Mira Eva, no voy a decirle nada a Nelly. He dicho que no y cuando digo que no es que no. Y ya está. Asunto terminado.- -Vale ¿te la puedo chupar un poco?- -Bueno.- -Gracias.- |