Para aquellas personas que les apetezca, dejo aquí un trozo más de mi libro: “Desde el corazón de la Alhambra”. Pido disculpas si en algo molesto y agradezco cualquier comentario, sobre todo, de aquellas personas que lean esto y les diga algo. romi
28- En la tarde del veintiuno de agosto, me he sentado en uno de los bancos del pequeño rellano. Nadie me ve ni me saluda ni echa cuentas de mí, a pesar de que ahora mismo todo esto está repleto de personas. Son los que acuden a ver los palacios, jardines y otros rincones de la Alhambra.
Este rinconcillo se encuentra, justo antes de subir a la explanada de la puerta de la iglesia y, donde hay una fuente para que beban los que por aquí vienen. Crecen en este rellano cuatro o cinco árboles y uno de ellos es especialmente grueso. Detrás del tronco de este árbol te escondiste aquel día ¿lo recuerdas?
Las hojas de este simbólico gigante, todavía están muy verdes. Hojas anchas con varias estrías y, en las ramas, ya los erizos de las castañas, a punto de abrirse. Lo harán en cuanto se acerque algo más el otoño. Y también se tornarán amarillas oro y, poco a poco, las grandes hojas con figura de estrellas. Y se verá, por todos los rincones de esta colina y una vez más, el gran espectáculo del otoño en los jardines de la Alhambra. ¿A que lo recuerdas?
Desde donde me he sentado, miro, no en dirección a la calle que lleva a la Medina sino hacia la Puerta del Vino. Por eso, a mi derecha, queda el Palacio de Carlos V y, aquí cerca de mí, las pequeñas ruinas de edificios antiguos. En estas ruinas hay algo que ahora mismo capta mi atención. Es el también pequeño estanque que en el centro se remansa alimentado por el chorrillo de una fuente clara.
Pasaste por aquí
aquella mañana
y, en el agua de este estanque,
lavaste tu cara.
Lavaste luego tus manos,
tus pies de nácar
y seguiste caminando
como a la Luz del Alba.
Esta tarde,
contento se baña,
en la fuentecilla cristalina,
el aire que pasa
y unos pajarillos
amigos de la Alhambra.
Y los rayos del sol,
en el agua clara,
se reflejan y beben.
Los turistas pasan,
se mecen los árboles,
el silencio te llama,
y la fuentecilla cantora,
recuerda tu cara.