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cita de DanielTurambar
Hay otras hambres que las estomacales...
Hace una rato, yo tenía hambre. Ya estoy saciado. ¿Es eso hambre?Habíamos partido de hambre. (Del lat. vulg. *famen, -ĭnis). 1. f. Gana y necesidad de comer. 2. f. Escasez de alimentos básicos, que causa carestía y miseria generalizada. 3. f. Apetito o deseo ardiente de algo. 4. f. Escasez de un nutriente, elemento o componente básico para la vida, que causa dependencia, esclavitud y opresión. Sería la acepción "social" o política del hambre. |
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¿Hambre? ¿Mucho hambre? El problema no está en el hambre en sí, sino en la falta de "ese algo"; y es ese "algo" el definitorio de un buen relato. Por ejemplo. Tengo hambre de "saber"(recordad a Platón). Tengo hambre de "Dios"(recordad a Santa Teresa). Tengo hambre de "odio"(recordad a Mason)... Necesito... ¿es esa necesidad el hambre del que hablamos? Creo que el mejor relato de esta quincena ya ha sido escrito, aunque las normas no me permitan deciros cual es. |
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Os dejo un relato cortito sobre el hambre que nos rodea, ese callado y secreto. Inconfesable. Y por supuesto fuera de concurso.
Hambre hoy y aqui. Josefa volvía de la Caja de Ahorros haciendo cuentas en su cabeza, que, por cierto, ya no daba para muchos ruidos, no en vano tenía 88 años recien cumplidos. Separó mentalmente lo que necesitaba para los gastos de la casa. Un día al mes de peluquería, para recortar las puntas. Algo para imprevistos, que siempre había, y el resto ... ¿qué resto? para comer. El ruido del estómago y ella eran compañeros inseparables. Con la pensión de viuda que parecía que le regalaba el Gobierno, no daba para más. ¿Quién se lo iba a decir a ella?. Pero lo cierto es que la sopa de ajo y las tortillas no conseguían hacer masa en su tripa. Dejó de pensar en ello, no podía soportarlo. Y no le quedaba más remedio. Esa noche tendría que hacer algo. Por mucho que se hubiera negado a la posibilidad no le iba a quedar otra. Estaba decidido, haría tal y como había visto que se hacía, sin importarle el qué dirán, ni tampoco las críticas de sus amistades y vecinos. Esa noche se vistió con un abrigo viejo, se puso un gorro de lana, sacado del baúl de los recuerdos, unos guantes hermanos del gorro y una bufanda que le tapaba casi completamente la cara. Descolgó la bolsa de la compra y despacito, con sigilo, como el que va a robar un banco, se acercó hasta el super de la plaza central y se dedicó a revolver en las basuras, como hacían otros, a ver que encontraba. Volvió a casa pegada a las paredes, pero con un cosquilleo en la boca que anticipaba delicias olvidadas. Esa noche cenó yogurt caducado y una fruta a la que primero quitó la parte podrida cuidadosamente. Con las hojas de lechuga y lo verde de los puerros y cebolletas y algunas patatas pochas se hizo un purecito que esperaba que le durara para el día siguiente. Mientras trataba de dormir se dió cuenta de que su estómago, esa noche, se había quedado dormido antes que ella. |
| Mira por donde, Zara, esto es lo que yo suelo llamar, a contracorriente de todos, un relato. Cortito, sí, fuera de concurso, también, pero con todos los ingredientes de un buen relato y, además, muy bien escrito. Te doy mis cinco votos de esta quincena y a ver quien te gana. No saldrás en el medallero, pero si se tercia, hasta te incluyo en el HISTORICO, aunque sea fuera de concurso, para que nadie se moleste. |
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cita de DanielTurambar
No lo pillo :pp
lo que quería decir, y con todo el respeto, ¿eh?, es que el hambre de hambre, de auténtico hambre, no el que tengo hasta que me siento ante el plato de comida diario, es una necesidad básica, la satisfacción de una necesidad sin la que no puedes vivir, algo que si caes en ello, se convierte en lo único y principal. Lo otro puede ser un ansia, un deseo, una necesidad también, pero de segunda categoría. Y si uno tiene hambre de verdad, hambre ahora y hambre para mañana, hambre sin saber cómo salir del agujero, todo el resto carece de importancia. |
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Incong: claro las necesidades son involuntarias, o a ti te gusta necesitar lo que necesites. Supongo que si pudieras no lo necesitarías, es más harás (voluntariamente) por suplir esas necesidades (involuntarias, impuestas, naturales si quieres, pero puñeteras) en la medida de lo que puedes. Oni: estaría espeso antes, y de acuerdo ahora y siempre. Y más con necesidades extrictamente vitales (si no comes te mueres) Pero, aún así, un acto de voluntad puede "convencer" al cuerpo no ya para que no pase hambre si no para que se niegue a alimentarse. Qué cosas... |
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¿Qué queréis, vellacos, que luego vengan juntos together la señora comendadora y su robot atlátere y me fustiguen hasta que cante? Nada, a pensar que para eso tenéis la sandía puesta sobre los hombros, que la cabeza no es solo para soportar el peso de las orejas y nariz, también vale para darle al balón de jurbo. ¡Ale! El que quiera peces que se moje la sandía |
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Bueno, puede más la pereza que la curiosidad, total es esperar a que votes, que digo yo que le darás un cinco a ese relato divino. Como mucho cinco días, a no ser que calles para siempre, en cuyo caso el nuevo certamen o la chicha fresca alimentarán el apetito de cotilleo. Mal, lo sé, voy muy mal. En fin, buenas noches. |
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cita de Incongruente
Daniel ¿involuntaria? ¿Hay alguna necesidad en el ser humano o en cualquier otro animal que sea involuntaria? Bueno, no entremos en temas filosóficos que la liamos.
Respirar, mismo. ¿Por qué a ningún suicida se le ocurre simplemente dejar de respirar, y en cambio usan todo tipo de métodos grotescos y engorrosos? Porque es imposible dejar de respirar, por mucha voluntad que le pongas :p |
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Las patatas de Bamiyán saben a guerra
El mercado de Taemaskan es una de esas ilusiones de normalidad que ayudan a los afganos a sobrevivir a tanta desgracia
RAMÓN LOBO - Kabul - 27/08/2009 Detrás de unas elecciones desastrosas, de la guerra constante desde hace 30 años, los coches bombas y los cohetes recientes sobre la sureña ciudad de Kandahar, la vida siempre se empeña en descubrir otros caminos, en diseñar pequeñas esperanzas cotidianas que permiten sobrevivir a tanta desagracia. El mercado de Taemaskan es una de esas ilusiones de normalidad. Cada mañana, cuando despunta el alba, a él llegan decenas de agricultores que empujan carromatos de madera vieja y ruedas chirriadoras para colocar a la venta sus frutos de la huerta y comerciantes sin tierra que los adquirieron a otros agricultores más alejados y que en la compleja mecánica de los intermediarios deben reducir los beneficios para no incrementar los precios, que hasta en los lugares más pobres llegan los juegos de la oferta y la demanda. Abbas Khan, junto a su puesto de sandías en Kabul.- R. L. Nasir expone unas enormes patatas y cebollas. Tiene ojos y expresión de cansado. Dice que es por el Ramadán, el mes de ayuno musulmán que mantiene a los fieles de esta religión en ayunas durante el día y somnolientos de tanto comer y conversar por la noche. "Las mejores patatas proceden de Bamiyán [provincia célebre por sus Budas destruidos a cañonazos por los talibán]. Son mucho más dulces que las paquistaníes", afirma con un deje de orgullo patrio. Las vende a 20 afganis el kilogramo, unos 30 céntimos de euro. En los días bulliciosos consigue una caja equivalente a veinte dólares. Con productos como los de Nasir, Marisol, la cocinera española que regenta en Kabul junto a su marido César el restaurante Los amigos, fabrica unas tortillas de patata que saben a paraíso terrenal. Deben ser la pólvora, el uranio empobrecido o lo que diablos echen las guerras sobre los campos de labranza lo que mantiene vivos unos productos que nosotros, los del Primer Mundo, hace tiempo que matamos de sabor y vaciamos de nutrientes con tanta química protectora que sólo sirve para multiplicar la ganancia y dividir la calidad. En un puesto cercano, Safir se afana en ordenar zanahorias, pepinos, coles, pimientos, lechugas y unos enormes rábanos de rojo intenso. Se despierta a las cuatro de la mañana, prepara la mercancía y camina hasta el mercado donde se queda hasta las nueve de la noche. Al regresar a su casa ("está a 10 minutos de aquí,", dice) trabaja en el huerto, cena poco y se acuesta a la 11. A pesar de esta vida de estajanovista le dio tiempo tener tres hijos a los que apenas ve despiertos. Safir gana unos siete dólares al día. No es gran cosa: sólo la renta de su vivienda le cuesta el equivalente a una semana de trabajo. En su negocio no existen los descansos ni las fiestas de guardar. Ahmed vende unos tomates que huelen a tomate un par de puestos antes. Haría una fortuna si pudiera venderlos en una ciudad como Madrid, donde ya no se encuentran. Dice que son de Logar, a una hora en coche al sur de Kabul. La fruta del mercado de Taemaskan procede de Kandahar, al sur, y Mazar-i-Sharif, al norte. Hay uvas, melocotones, peras... En el puesto de Abbas Khan se exhiben unos enormes melones y sandías a 150 afganis (tres dólares) la pieza. Vende 6oo unidades cada día que le dejan 1.200 afganis de beneficio, 24 dólares, una fortuna donde el policía de tráfico tiene un salario mensual de 40 dólares sin contar mordidas. La sandía es una fruta muy popular en Afganistán. Contiene mucha agua, algo que se agradece en un país construido de polvo, arena en movimiento permanente y montañas gigantescas. Hace ocho años, de camino a Faizabad, un grupo de periodistas hicieron un alto en el camino. Compraron dos sandías que comieron delante de un grupo de hazaras (de origen mongol) que observaban respetuosos y en silencio. Al terminar, los extranjeros regalaron media sandía a los hazaras quienes se lanzaron primero hacia las sobras para rebañar las cortezas. En el libro El camino más corto, Manu Leguineche describe una escena similar ocurrida 30 años antes. Hay países como Afganistán en los que el tiempo es perezoso y lento, que no se cuenta por minutos, sino por recuerdos colectivos: muertos por bombas que cayeron y extranjeros que pasaron dejándose atrás lo mejor de una sandía. Sólo el día que entendamos ese otro tiempo estaremos en condiciones de ayudar a la gente que necesita ayuda. |
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cita de gloriapaniagua
Bueno, pero un vampiro te puede salir a la vuelta de la esquina.Este artículo es una buena base para desarrollar múltiples relatos sobre el hambre, como cualquier noticia sobre el mundo subdesarrollado. Desde luego, por los relatos que hay sobre este tema, se ve que no somos víctimas directas del hambre. |