EL VIEJ0 MIJAIL
Cada mañana Mijail, viejo remero del Volga, hiciera frío o helara, estuvieran los fardos preparados o no, salía de su cabaña con toda la ropa que tenía sobre su cuerpo, y las botas rellenas de papeles, los secaba cada noche ante la estufa de leña que calentaba a medias su pequeña habitación, donde el viento aullador se colaba por los mil agujeros de las tablas de las paredes y del tejado, amenazando con dejarle a la interperie en plena noche.
Nunca se había quejado de su situación ni de su trabajo, era lo único que conocía, lo mismo había visto hacer a su padre hasta que murió arrastrado por la corriente, cuando él era muy joven.
Aquella mañana dispuso los bultos y cestos, que le había preparado el patrón, dentro de la barca. Los colocó con toda la sabiduría que le daba la experiencia. Todo bien sujeto y el peso bien repartido para que la embarcación no perdiera la estabilidad. Al llegar a la otra orilla, una carga similar le esperaría, e igualmente bien repartida y atada, volvería a su pueblo.
Tal como pensaba, al volver a su casa encendió la estufa, colocó encima una olla con agua y comenzó a pelar las tres patatas que apartó, dejando otras dos para el desayuno del día siguiente. Luego limpió el pescado, y cual sería su asombro cuando entre las tripas vio algo dorado y brillante, limpió el objeto en el viejo cubo de estaño y comprobó que se trataba de un bellísimo anillo de oro, todo cubierto de pequeñas piedras transparentes y muy brillantes. Nunca había visto nada igual. Se sentó al borde de la cama horrorizado.
¿Qué haría ahora?. ¿Qué haría con aquel anillo?. A quién podría contar su buena suerte?. ¿Quién le creería?.
Las patatas cocían. El pescado, ya limpio esperaba en una palangana, pero a él se le había quitado completamente el apetito.
Así estuvo un gran rato sin poder moverse y sin encontrar una solución a su problema.
Por fín se levantó, cogió la alhaja, y en un rincón de la cabaña hizo un agujero en el suelo y la enterró. Volvió a sentarse en el borde del catre, sacó las patatas del agua, coció el pescado, enjuagó la palangana, y en ella se sirvió y comió su cena.
Se acostó vestido, pues el frío era intenso, pensaba que aquel objeto de oro nunca saldría de su escondrijo. Nunca nadie sabría nada, porque nadie creería nunca que lo encontró en las tripas de un pez. Aquel anillo le podría costar la vida.
De todas formas tampoco podría alejarse nunca del río ni de su choza. No tenía ningún otro sitio donde ir, ni conocía nadie fuera de sus tres vecinos y su patrón.
A la mañana siguiente, mientras se cocían las dos patatas sobrantes y preparaba su acostumbrada jarra de té, salió fuera. Todo estaba helado, el viento le quemaba la cara, se tapó con el cuello de la chaqueta hasta los ojos, orinó de espalda al viento y volvió a entrar. Pisó con fuerza la tierra bajo la que se encontraba el anillo, desayunó quemándose las manos con las patatas y la garganta con el té y se dirigió al embarcadero. Puso su lancha en marcha.
M.R. Comas (2006)
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No está mal, pero le veo que tiene algunas cosas bastante innecesarias para la narración que ralentizan el ritmo... aunque quizá es lo que pretendías. De todos modos, es un cuento tierno (me recuerda a alguno de los europeos antiguos que conozco, pero no recuerdo a cual) Una cosa, antes de "y" no se pone coma y después tampoco. El nexo es suficiente para hacer la pausa. |
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Muchas gracias Mortfan por la lectura del cuento y por las correciones. Consideras que no es correcto poner una coma antes o después de una "y", esto me ocurre porque al corregir un escrito lo suelo leer en voz alta, y cuando hago una pausa con la voz, creo que necesita una coma; también si estoy dando las características de un objeto, por ejemplo¨"la gama de rojos y amarillos, y su forma esférica..." la cópula de dos sustantivos con su "y", a la que sigue otro calificativo de otra naturaleza, me impulsa a colocarle la "y" (mira, en esta frase me ha ocurrido también) Por otra parte cada escritor tiene su estilo como en otras artes, vemos pintores que emplean el pincel fino y el trazo corto, y otros prefieren un pincel grueso o una brocha para dejar amplios y largos trazos, y ambos son válidos, aunque a los que lo contemplamos nos puede gustar más uno que el otro. No me gusta usar demasiadas metáforas ni demasiados adjetivos, suelo utilizar los verbos en los tiempos adecuados, y nunca se me ocurrirá decir "la blanca nieve o la hierba verde", pero tengo que expresar "el qué, el por qué, el cuando y el cómo". Si este corto cuento sólo fuera algo así: "Mijail encontró un anillo de oro en el pez que limpiaba, se asustó, lo enterró en un rincón de la casa y nunca más lo buscó". Ya estaría contado el meollo del cuento pero más parecería un telegrama que un relato. A mí así me lo parece. Te agradezco tu interés muchísimo, pero la disparidad en la crítica de las artes ha existido siempre y creo que nunca una obra creativa será al gusto de todos, ni se construirá con los mismos parámetros,
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