Hola: para aquellas personas que les apetezca leer un minuto, aquí dejo este breve y sencillo relato. Y si alguien se anima y deja un comentario se lo agradezco.
Nada llena su ausencia
Desde la cama, al caer la tarde, mira por su ventana. Y mira fijo en el azul del cielo, allá en el horizonte. Más cerca, sobre la loma que cae del cerro, los tres cipreses. Un poco más cerca, por la ladera que desciende desde la loma de los cipreses, los edificios de la universidad y los zumaques. Y más cerca aun, justo a veinte metros de su ventana, el viejo cedro y, entre las ramas, las melodías de un mirlo.
Justo debajo de su ventana, el ampuloso acebo. Y, entre sus ramas ya con flores, los gorriones con sus gorgojeos. Los gorriones y el mirlo, desde el amanecer hasta que se pone el sol, cantan celebrando el buen tiempo. Ya la primavera va llegando a su fin y por eso el sol calienta. Por eso también el acebo florece y por eso el cielo es tan azul allá a lo lejos. Pero la tarde es monótona. Como una eternidad que por ningún sitio dejara ver su fin.
Desde su cama, con solo levantar un poco su cabeza, puede ver la monotonía de la tarde, el color del cielo, los cipreses, la loma, la ladera, los zumaques, el cedro y el acebo. También puede oír el canto del mirlo y los trinos de los gorriones. Pero su soledad es tanta y en su corazón la sigue recordando con tanta fuerza que nada le parece bello, aunque lo sea. Por eso a ratos reza, a ratos llora y a ratos sueña. Y, aunque sabe que ya nunca volverá, le consuela pensar que después de esta vida hay un cielo. Lo necesita porque lo único que, en esta monótona tarde le consuela, es pensar que allí sí de nuevo podrá verla.