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Foro para escritores de Bubok

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adrianhk
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Mensajes: 3
Fecha de ingreso: 5 de Junio de 2021

Zirisia (Prólogo)

5 de Junio de 2021 a las 11:21

Muy buenas. Soy un escritor con experiencia en prensa pero un principiante escribiendo novelas. Debido a que estaba tardando demasiado con mi primer libro, decidí comenzar una historia nueva y probar el formato por capítulos de las plataformas digitales.

Si alguien está interesado en leer el prólogo de mi primera historia publicada y dejarme algún feedback, lo apreciaría mucho. Dejo el enlace a la historia en Wattpad por aquí: tinyurl.com/zirisia.

PD: también soy nuevo en el foro y pido disculpas de antemano si incumplo alguna norma.

PRÓLOGO

Las cadenas zigzagueaban en la arena como una serpiente acechando a su presa. El esclavo corría descalzo detrás de la nube de polvo que levantaban los caballos, mientras el radiante sol sacaba destellos de sus grilletes. El intenso calor evaporaba el sudor de los jinetes y el aire denso les impedía discernir la forma exacta de la muralla a la distancia. Habían partido un año antes a saquear ciudades junto a más de sesenta exploradores para nutrirse de armas, pero ni fueron bien recibidos por los habitantes, ni la suerte los acompañó en la vuelta a casa. Ahora solo unos pocos regresaban, derrotados y exhaustos, a dar parte del viaje al general Zeo.

Un centinela fue el primero en avistar sus siluetas desde la punta de un monolito. Se apresuró a sonar un enorme cuerno que se repitió dentro del fuerte, alertando a guardias y habitantes por igual. Los guerreros en el interior comenzaron a moverse de un lado a otro levantando armas y colocándose las armaduras, mientras los niños y adultos incompetentes en el combate ayudaban a llevar los suministros. En un instante la caballería pasó galopando a toda velocidad por mitad de la plaza hacia la entrada; las puertas se abrieron frente a ellos y se cerraron en cuanto el último caballo las atravesó.

—¡Son cuatro exploradores heridos a caballo y dos prisioneros, capitán! —reportó a gritos el centinela. La caballería estuvo a punto de salir a interceptarlos, cuando el centinela gritó de nuevo—. ¡Parece el escuadrón de Aldre!

El capitán endureció el gesto y dio a sus seguidores la orden de bajar las armas y esperar a los jinetes en la entrada, aunque esa no era la costumbre en estas tierras. Pero en cuanto los vieron detenerse frente a ellos, los caballeros estuvieron seguros de que no representaban ningún peligro: estaban hechos un desastre. El capitán no falló en mencionarlo al hacer contacto.

—¿Qué demonios pasó, Aldre? —le espetó.

Aldre tenía varias heridas en el hombro y las piernas, pero no era nada en comparación al resto del escuadrón: sus armaduras estaban incompletas, sucias y abolladas; tenían marcas de quemadura en las túnicas; e incluso los caballos que los transportaban comenzaban a verse famélicos. Los dos soldados de la izquierda tenían heridas punzantes en el cuerpo. A la derecha había una mujer con un carcaj en la espalda y ojos pequeños, que parecía estar a punto de desmayarse por el calor.

Pero nadie en el grupo lucía peor que el prisionero que llegó corriendo a pie un momento después. Al capitán le pareció increíble que pudiera moverse a ese ritmo, considerando que tenía el cuerpo vendado del cuello para abajo y la complexión de un indigente.

—No sé por dónde empezar —respondió Aldre con la vista cansada bajo su turbante. Su yegua era la que mejor apariencia tenía entre los corceles, y también transportaba a una muchacha inconsciente atada a la montura—. Los kretnia nos persiguieron hasta el cruce —le informó exhalando incesantemente—. Los perdimos, pero no tardarán en seguir nuestro rastro. Debemos prepararnos.

—Nadie pasará de aquí hasta que alguien me explique dónde está el resto —declaró el capitán echando un vistazo a los otros viajeros, por si alguno quería hablar.

—Creo que ya lo sabes, Olver —continuó Aldre después de un suspiro—. Solo yo sobreviví. A estos los contraté en el camino para que me ayudaran a regresar.

— ¿Y Nervala? —preguntó de inmediato el capitán.

—Los bandidos nos emboscaron varias veces, tienen trampas en todo el camino. Nervala nos salvó una noche haciendo de distracción. Lo siento Olver, tuvimos que huir sin ella.

El capitán bajó la mirada hacia la cresta de su caballo y guardó silencio por un momento. Entonces alzó su brillante lanza y apuntó a Aldre con los ojos enfurecidos ardiendo a través de la visera del casco.

—¡Eres y siempre has sido basura! —exclamó con los dientes muy juntos—. ¡Dame una razón para no matarte aquí mismo!

—¡Cálmate Olver, por favor! —le rogó Aldre levantando las manos—. Así no se resuelven las cosas. E-escucha, traigo información importante. —Los dedos le temblaban al intentar explicarse—. Necesito hablar con Zeo antes de...

El estruendoso sonido del cuerno estalló de nuevo alertando a los caballeros.

—¡Más corceles por el norte! —informó el centinela—. ¡Doce lanceros con varios cautivos!

Los guardias desenvainaron sus espadas y los arqueros en las torres templaron sus flechas. El capitán apretó las riendas con fuerza al ver las siluetas apareciendo detrás de las colinas. Entonces condujo su corcel hacia un lado.

—Esto no ha terminado —advirtió a Aldre—. Zeo te matará en cuanto le des tu mensaje por no traer las armas que te pidió. Y si no lo hace él lo haré yo más tarde. Ahora... ¡Solven! —Uno de sus soldados se aproximó—. Tú los guiarás hasta el templo, ¡y no les quites el ojo de encima! —El guardia aceptó y el capitán se giró para dirigirse al centinela—. ¡Que abran las puertas! ¡Nosotros intentaremos negociar, el resto proteja los muros! —ordenó, y enseguida partió al galope junto a su caballería.

Las puertas no tardaron en abrirse y algunos arqueros salieron a tomar posiciones estratégicas. Solven le indicó a los viajeros que lo siguieran: Aldre puso a su yegua a andar y los guardias en la entrada se hicieron a un lado para permitirles el paso.

En el fuerte había un único sendero que conectaba la entrada con el otro extremo al borde de un risco, y por cada lado del camino estaban instaladas montones de jaimas raídas y estructuras en ruinas. Los inquietos herreros, mercaderes y otros familiares de los soldados que estaban a la expectativa, los vieron entrar con curiosidad y murmuraban entre sí al verlos pasar. Algunos se horrorizaron con las heridas de los viajeros, pero la mayoría estaba más interesada en el botín de su viaje; parecía un cargamento muy reducido.

Se fijaron también en el desdichado prisionero, que caminaba tranquilamente a pesar de los metálicos grilletes y cadenas que apresaban sus miembros. Su cabello tenía un bonito degradado marrón y su rostro seguro habría sido atractivo en otros tiempos, pero ahora tenía los huesos marcados de un mendigo, la barba descuidada de un náufrago, y los ojos resignados de un moribundo. En contraste, la hermosa muchacha de rizos plateados lucía tan bien cuidada, que en poco tiempo se rumoreaba que se trataba de una princesa o alguna noble.

—Será mejor que no tardemos en preparar los planos —sugirió la mujer en voz baja para que Solven no escuchara—. Va a desbordarse, no tenemos mucho tiempo.

Aldre sintió un escalofrío, como le sucedía cada vez que aquella siniestra mujer le dirigía la palabra. Por un momento guardó silencio observando de un lado a otro sin decir nada, y luego asintió.

—¿Crees que podamos detenernos a beber agua? —le preguntó al oficial que los escoltaba. A Solven le parecía oportuno, pero le preocupaba que los heridos no sobrevivieran a una parada. Aldre lo tranquilizó enseguida—. Viajaron así por el desierto, aguantarán un poco más. Y ninguno de nosotros vivirá mucho más sin agua.

Solven terminó por dejarse convencer, y se detuvieron más adelante al lado de un rudimentario pozo vigilado por un par de sujetos extraños: el primero era un anciano tuerto recostado sobre un montículo de hojas de palma, que parecía perdido por completo en su descanso; el segundo era un ayudante enorme lleno de cicatrices, muy concentrado en amolar su maza.

—¡Chafi! Veo que las guerras no tienen efecto sobre ti —bromeó Aldre al descabalgar. Al abrir los ojos, el anciano vio al grupo de aventureros desamarrando sus botijas del cargamento.

—¡Pero si es Aldre el cobarde! Te daba por muerto —exclamó el anciano en tono jubiloso—. Aun estás a tiempo de escapar, Zeo no está muy contento últimamente. Está más amargado con cada victoria. —Se detuvo entornando los ojos y colocando una mano sobre ellos como una sombrilla—. A tus compañeros no los había visto, ¿son nuevos?

—Así es. Ellos son Gred, Marty y Hezia, me ayudaron en el viaje —mencionó Aldre acercándole el manojo de botijas sin dar más detalles—. Por favor llénalas todas. Tengo que reunirme con Zeo —el tuerto meneó la cabeza—. No tengo opción. Ah, y necesito ropa nueva. Préstame alguna y te la pagaré mañana —le propuso encaminándose a una tienda cercana.

—Meh, nada de prestar. No veo que cargues un arsenal, Zeo te arrojará a los leones —vociferó Chafi sobre su hombro mientras sacaba agua del pozo con un cucharón—. ¡Una moneda por prenda! ¡Dáselas a Paac cuando termines, y ni se te ocurra...

—Ya sé, ya sé —lo cortó Aldre desde la tienda.

Chafi masculló algo no muy amable que hizo reír a Paac. Entonces observó con su único y receloso ojo a los acompañantes de Aldre que habían desmontado para estirar las piernas. Uno de ellos era un chico mancebo de rasgos suaves y cabello rojizo, mientras que el otro era un hombre adulto de pelo corto con una quemadura en su rostro rígido. La mujer junto a ellos tenía símbolos circulares el rostro y un aspecto sombrío que le hizo desviar la mirada. Observó entonces a la hermosa prisionera que dormía plácidamente y llegó a la misma conclusión que todos: habían raptado a una princesa.

De repente un caballo relinchó pidiendo agua, y solo en ese momento Chafi notó al esclavo junto a los corceles. El tuerto tuvo la impresión de aquel joven había muerto de pie, pues sus ojos parecían perdidos en el horizonte, pero entonces el muchacho hizo contacto visual y abrió la boca muy despacio. Sus labios se movieron lentamente sin emitir sonido alguno, pero el anciano entendió perfectamente lo que decía: "a-gu-a". Viendo su enjuto cuerpo vendado, pensó que la sed sería el menor de sus problemas; probablemente las heridas o el hambre lo matarían primero. Aun así, no pudo evitar compadecerse de su desventurado destino, así que llenó el cucharón de agua y se acercó hacia él.

—¡Detente, anciano! —le advirtió la mujer metiendo una flecha en su ballesta. Solven desmontó de inmediato—. ¡Si le das aunque sea una gota, te clavo una en la nuca! —Solven desmontó y desenvainó su espada, y los otros viajeros se acercaron con sus dagas en la mano.

—¡Ea ea, no hay necesidad de amenazar! —exclamó Chafi arrugando la cara con el ceño fruncido—. No pensaba cobrarles ese cucharón, pero me detendré si me lo pides —prometió dándose la vuelta para retomar sus deberes en la fuente.

Chafi llevó su vista hacia el muchacho una vez más; parecía haber regresado a su estado de trance. La mujer bajó la ballesta y el guardia envainó su espada, ambos vigilando cada movimiento del otro. Mientras servía el agua para los caballos, el anciano se recordó que a estas alturas no valía la pena apiadarse de un esclavo que de todas formas tenía los días contados.

—Solo guardas basura aquí—le reprochó Aldre al salir de la tienda más tarde con algunos trapos en la mano.

—Aun así tienes que pagarla —gruñó el anciano llevando la vista hacia Paac. El grandulón asintió y volvió a ocuparse con su maza—. Ahora son tres monedas por el agua. Paga y lárgate de aquí, que el pozo se estresa con tu olor a muerte.

Aldre recuperó sus vasijas cargadas de agua y aprovechó para echar un rápido vistazo al su alrededor antes de despedirse: se escuchaba conmoción en la entrada, los niños empujaban cajas de suministros y los soldados discutían estrategias con los mapas estirados sobre la mesa. Solven los observaba atentamente desde el camino. Aldre se cubrió con la mano de los rayos del sol para contemplar el cielo despejado y se llevó la botija a la boca. Mientras saciaba su sed tuvo la certeza de que el calor empeoraría los siguientes días. Montó en su caballo dando la orden de partir y sus compañeros retomaron la marcha un segundo después. El sediento esclavo se fue detrás de ellos sin protestar.

El templo era la última estructura del fuerte y allí los esperaba un joven sentado en las escaleras. Tenía el cabello castaño amarrado en una coleta con varios mechones a la altura de los ojos, vestía prendas de seda y de su cinturón colgaba una delgada espada. Al verlos llegar sonrió de oreja a oreja, se puso de pie y colocó una mano en la empuñadura.

—¡Bienvenidos! Todos abajo y tiren sus armas —les ordenó en un tono amistoso. Aldre se apresuró a obedecer e instó a sus compañeros a hacer lo mismo rápidamente. Unos guardias se acercaron a comprobar que no dejaran nada y ellos mismos separaron el carcaj con flechas, la ballesta, varios modelos de dagas, frascos con veneno, un escudo, un par de espadas y las piezas sueltas de armadura. Cuando estuvieron satisfechos, el joven hizo una reverencia y los exhortó a entrar al templo —Mi nombre es Gerby Echanseki, seré su escolta.

—Nunca te había visto tan obediente —le comentó Marty a Aldre cuando iban por el pasillo del templo. Tuvo que colocarse hombro con hombro y susurrar para que los guardias que cargaban a la chica no los escucharan—. ¿Quién es el de la cara de angel?

—Lo llaman Echanseki de las mareas, no esperaba verlo aquí —respondió Aldre bajando su voz al nivel de un respiro—. Es el campeón de Terio, va a ser un problema. No creo que podamos ac...

—Es muy tarde para arrepentirse —lo interrumpió el joven juntando las cejas—. Hay cinco guardias afuera, siete contando a los escoltas, más los que hayan adentro. ¿Puedes encargarte del campeón?

—No, claro que no —Aldre sabía defenderse con la espada, pero Echanseki tenía muchos más méritos con la mitad de su edad—. Ese chico es igual de monstruo que ustedes. Dicen que se presentó a los juegos de Carsi —se acercó un poco más a la oreja de Marty—. ¡En las cuatro islas al mismo tiempo! —Aldre temió que sus palabras sonaran más alto de lo que pretendía. Al girarse, Echanseki lo observaba con los ojos redondos de un calamar y una sonrisa amistosa.

—Te he visto pelear, sé puedes con él —replicó el compañero cuando los guardias los hicieron detenerse al final del pasillo—. Los demás ya tenemos una tarea, tienes que hacerlo t...

Entonces las puertas se abrieron y el resplandor dorado los encandiló. Al recuperar la visión vieron una sala inmensa con un amplio agujero en el techo, por donde los rayos del sol entraban directamente calentando el lugar. A cada lado había una serie de pilares destrozados que no sostenían nada, y junto a estos habían mesas ocupadas por decenas de hombres y mujeres con ropa muy holgada. Estaban tan entretenidos almorzando, conversando y bebiendo, que ya no prestaban atención ni a las puertas ni a lo que ocurría fuera de ellas. Una alfombra verde se extendía por el centro de la sala hasta un altar donde un hombre grande con aires de emperador alimentaba a un par de leones con carne de su propio plato.

Un heraldo bajito habló con los guardias a pesar del bullicio. Entonces adoptó una postura firme, inhaló profundamente, e hizo sonar un pequeño clarín que llevaba colgado de la espalda. El sonido agudo silenció de golpe a la sala entera.

—General Zeo, poseedor de horizontes —empezó el heral. Los soldados brindaron felizmente—. El explorador Aldre implora su atención para entregarle un importante regalo.

El general frunció el ceño con un gesto severo. Era un veterano enorme e imponente, de barba larga y ojos pequeños, parcialmente oculto donde la luz que entraba por el orificio en el techo no lo alcanzaba por completo. Un momento después los invitó a acercarse haciendo un gesto con los dedos llenos de anillos: los guardias los escoltaron por en medio de las miradas de repudio y desprecio de los soldados; a Aldre le costó contar cuántos eran, pero calculó que habrían por lo menos cien guerreros más de los que mencionó Marty, o incluso doscientos.

Se detuvieron frente a un altar elevado a ocho escalones por encima de ellos, desde donde el general Zeo los observaba detenidamente con las piernas cruzadas; su armadura de oro relucía contrastando con su cabello oscuro. El alboroto regresó a la sala cuando los soldados retomaron sus almuerzos, y los viajeros hincaron de inmediato una rodilla en el suelo. Sin embargo, antes de que pudieran hablar, un hombre apareció detrás de Zeo para comentarle algo al oído.

A Aldre se le hizo un nudo en la garganta al reconocer su rostro. Se giró para comprobar que Echanseki seguía detrás de ellos, y este le devolvió una sonrisa satisfecha: era él, observándolo cínicamente desde atrás, mientras dialogaba con Zeo desde arriba al mismo tiempo y con otra vestimenta. Notó el desconcierto en el rostro de sus compañeros; incluso Marty parecía preocupado. Aldre sabía que no podían dejarse llevar por la apariencia inocente del campeón: por dentro era un monstruo abominable y tenían muy poco tiempo para descifrar cómo lidiar con él.

—Encárgate tú de defender el este —le ordenó el general tras meditar un poco. Echanseki asintió desde arriba, pero para desgracia de Aldre, el guerrero se quedó de pie a un lado del trono—. Nos atacan de todas partes —explicó Zeo en un tono aborrecido—. Sospecho que buscan la gloria y no el oro, la fama y no el bienestar. Como sea. Me alegra verte con vida, Aldre.

—Es un placer volver a estar en su presencia, señor —afirmó Aldre. Siempre fue muy versado con las palabras—. Y traigo buenas noticias desde tierras lejanas.

—¿Ah, buenas? —Zeo no parecía muy convencido—. Me entristece entonces lo mentirosa que es la gente. No creerías lo que han inventado sobre ti. Dicen que perdiste a los setenta guardias que te presté a manos de unos bandidos —Aldre intentó hablar, pero el general lo cortó alzando su voz—. Y que en lugar de ir a Pricia como te pedí, intentaste invadir unos manglares, y fracasaste. Ni siquiera saqueaste el mausoleo de Otorio ni su arsenal. Sin embargo, comentan que trajiste a un par de esclavos: un moribundo demasiado débil para trabajar, y la hija de un rey muerto al que no le podemos pedir un rescate. Contéstame ahora: ¿son solo inventos de las malas lenguas?

Los soldados se fueron silenciando unos a otros dándose golpecitos con el codo en un costado. Aldre sintió el peso de las torvas miradas en sus hombros y escuchó que los guardias sacaban lentamente sus espadas, pero no permitió que la presión apresurara su respuesta. Sabía que estaban esperando la orden para atacar, y tenía la impresión de que Zeo estaba deseoso por darla, así que debía elegir sus palabras con cuidado. Finalmente, decidió que en lugar de explicar todo lo ocurrido, era más seguro ir directo a lo que quería escuchar.

—Traigo la mayor arma que pude encontrar —el general alzó la mano y sus guardias bajaron las armas; Aldre supo de inmediato que había captado su atención—. He capturado a la bestia de los caminos, Meriito, así como a la princesa Deliquia, hija del difunto rey Otorio.

—¿Me dices que tú, un explorador, capturaste a Meriito? —Zeo parecía furioso y ofendido—. Debes creer que soy un tonto. ¿Qué haremos con ellos? —preguntó dando un grito que resonó por la sala, y en un instante el lugar se llenó de voces exaltadas proponiendo malignas ideas.

A Aldre se le aceleró el corazón cuando vio que no solo los guardias habían desenvainado sus espadas, sino que los soldados se levantaban de sus mesas con los cuchillos y navajas en mano para participar en la ejecución en cuanto Zeo diera la orden. Una mano lo tomó por el brazo y al girarse vio a Echanseki que sacaba un látigo al ritmo de los clamores borrachos que demandaban sus vidas. Su respiración se empezaba a cortar y sus miembros temblaban, pero consiguió tranquilizarse para dirigirse a Zeo una vez más.

—¡Puedo probarlo! —gritó con convicción, pero ya nadie lo escuchaba—. Por favor, solo necesito un momento —entonces el general levantó la mano una vez más, y los pendencieros guerreros hicieron un esfuerzo por detenerse.

—Tienes diez segundos para explicarte, disfrútalos —sentenció Zeo. Aldre no perdió tiempo hablando, solo se descolgó la botija del cinturón y se la acercó al prisionero para que bebiera.

—No le hemos dado agua en todo el viaje. Él lo explicará todo. —El muchacho tomó la botija con sus manos encadenadas y bebió largo y tendido. El agua bajó por su garganta durante una eternidad hasta que finalmente retiró el contenedor, se secó los labios con el antebrazo y dirigió una mirada cómplice a Aldre. Este dio un paso hacia atrás, asintió y añadió—: Intenta controlarte.

De repente un frío gélido se apoderó del templo, aun con los rayos del sol cayendo en medio de la sala. Las mesas detrás de la turba comenzaron a vibrar y partirse en dos. Los soldados que no se habían levantado de sus asientos llamaron a gritos a sus compañeros pidiéndoles retirarse, pero algunos estaban tan ansiosos por atacar que ignoraron los avisos. El general entornó los ojos pero no dio ninguna orden, porque quería observar lo que sucedería. De repente el tumulto se descontroló y de un momento arrojaron se abalanzaron hacia ellos. El esclavo dejó caer la botija y junto a ella cayeron sus grilletes y cadenas. Esquivó los cuchillos moviéndose hacia adelante y estiró la mano para agarrar algo invisible en el aire. Entonces cerró el puño y fue como si un zumbido intolerable aturdiera los oídos de los soldados, haciéndoles gemir y apretar los dientes. Finalmente haló el aire hacia atrás, y los brazos de los soldados frente a él perdieron el vigor, sus músculos desaparecieron y sus dedos envejecidos soltaron las armas.

La aglomeración se retiró espantada a patadas y empujones. El muchacho de repente dejó de ser flaco: sus brazos y piernas tenían músculos y ya no se le marcaban las costillas. Se movió hacia el guardia que sujetaba a la princesa y otros dos guardias sacaron las armas y se interpusieron. Notaron que el prisionero volvía a perder contextura, pero al repetir el movimiento de mano, los guardias cayeron de bruces contra el suelo y su cuerpo se fortaleció de nuevo. Corrió a tomar a la princesa en sus brazos, pero al tocarla retiró las manos de inmediato como si se hubiera quemado; ella cayó al suelo y soltó un gemido de dolor. Echanseki, encendido de emoción, agitó su látigo para poner de rodillas al esclavo dando un bramido, y con un segundo latigazo logró sujetarle el brazo. Entonces sacó su espada y corrió a toda velocidad hacia él.

—¡Alto, Gerby! —exclamó el general poniéndose de pie. Echanseki se detuvo en el acto, aunque claramente insatisfecho—. Así que este es el famoso Meriito que escapó del vacío de Almena y arrasó con la corte otoriana. Los rumores no mencionan que seas tan joven, no tendrás más de veinticinco años. —enterró los dedos en su barba mientras estudiaba al chico que gimoteaba de rodillas—. Pero sin duda eres alguien de su nivel. Ahora dime, ¿qué haces aquí? Porque está claro que no eres su prisionero.

El ambiente quedó más silencioso que un sepelio. Los soldados heridos comenzaban a recuperar la musculatura en sus brazos, mientras que Meriito volvía a parecer una momia muy delgada. Pasó un momento, pero el chico no respondió.

—Hicimos un trato, señor —intervino Aldre, aun agitado por la situación—. Es la chica, está enferma y necesita con urgencia la atención de Reviere. Parece que él no puede tocarla. Dijo que hará cualquier cosa por nosotros si conseguimos salvarla.

—¿Es cierto eso? —preguntó Zeo con júbilo. El muchacho se estregó los ojos con la muñeca y asintió lentamente. Zeo soltó una sonora carcajada—. Justo cuando empezaba a resignarme. ¡Bien hecho, Aldre! De acuerdo, mandaré a traer a Reviere, pero no quiero que luches para mí. Ya tengo a los mejores guerreros de mi parte y no confío en enviarte con ellos. La verdad es que me estoy preparando para una guerra que ponga fin a tanto conflicto, quiero que sea la última y por fin traer la paz. Pero para ello no se necesita fuerza, no, lo que necesito es algo que el imperio no tenga y creo que tú puedes ser la clave. Escucha: quiero conocer la verdad sobre tu leyenda, que me digas con detalle lo que es cierto y lo que solo ha sido un mito.

—Es una larga historia... —advirtió Meriito. No era la primera que alguien se interesaba por sus secretos.

—Partiremos al combate en un mes, tienes todo ese tiempo para contarnos tu historia mientras sanan a la princesa.

—De acuerdo —aun le costaba hablar, pero su voz sonaba suave y peligrosa al mismo tiempo—. Pero tienen que curarla aquí frente a mis ojos. Y nadie puede hacerle daño. —Entonces se puso de pie resistiendo el látigo enrollado en su brazo—. Nadie más debe pagar por mis pecados.

—¿Asesinaste a sus padres y ahora pretendes protegerla? —A Zeo le pareció gracioso—. De acuerdo —accedió—. Puedes soltarlo, Echanseki. Mis guardias instalarán una tienda para la chica aquí adentro, así la podrás vigilar mientras me cuentas tus secretos. Pero si descubro que nos mientes, guardas información o que no eres quien dices ser, los mataré a todos empezando por ella —el Echanseki a su lado lo interrumpió susurrando algo al oído, pero Zeo le restó importancia agitando la mano. Caminó de espaldas hasta su trono, llenó una copa con vino y se sentó complacido—. Estoy intrigado por tu historia, la famosa "bestia de los caminos". Vamos, cuéntanos cómo te convertiste en engendro.

—Necesitaré más agua —advirtió el muchacho palpando la marca del látigo en su muñeca.

—¡Traigan agua y comida! —demandó Zeo acariciando a un león—. ¡Y algo para sentarse! —Los guardias de inmediato le acercaron un banco, una vasija con agua, un cuenco de plata vacío y varios platos con carne y verduras. El muchacho se sentó y bebió un poco más de agua. Observó cómo Aldre recostaba cuidadosamente a Deliquia en un muro cercano donde los soldados hacían espacio para armar la carpa, y sus ojos se llenaron de angustia. Entonces observó al general acariciándose la barba con ansiedad.

—¿Y te sentarás a escuchar una historia mientras tu pueblo combate?

—Nadie ha sufrido por la guerra tanto como yo —le aseguró Zeo a punto de perder la paciencia—. Mejor déjame a mí el preocuparme por mi pueblo. Tú preocúpate por contarme tu historia, desde el principio. Quiero saber qué es lo que eres, si de verdad eres quien dices ser —dijo el general entornando los ojos.

El muchacho simplemente exhaló un suspiro; el calor volvía a invadir la sala.

—De acuerdo. Entonces, empecemos.

   
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