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Foro para escritores de Bubok

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tenientetulip
Mensajes: 842
Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008

VI CERTAMEN DE RELATOS DE USUARIOS DE BUBOK

13 de Abril de 2009 a las 0:41

Gracias. Muchisísimas, como dice mi ahijado. A los que entendieron que "La fuga de Logan" merecía puntos (valorando también que, al hablar de una serie de los 80, revelo que de 30 ya no voy a morirme), a los que entendieron que no los merecía, a los que entendieron que lo que merecía eran unas hostias y, en general, a todos por no haberos matado viendo cómo se ha puesto el patio.

  Había pensado en chulearme un rato, más que nada por mantener la fama de soberbia que me acompaña (y que me parece que se está apoderando realmente de mí porque cada vez me encuentro más divina); pero es cansado. Así que renuevo los agradecimientos y paso a anunciar el tema de la próxima edición (de momento van 6 y no hay víctimas; pero, como en los videojuegos, aunque aún tenemos todas las vidas, nuestra barra de energía está llegando a límites preocupantes...).

  Sé que vais a odiarme, pero... Creo que después de lo que hoy he leído al llegar (al llegar de mis ejercicios espírituales, diga lo que diga R2 y foto de su post mediante), tooooooodos (sin excepción) deberíamos reflexionar. Y no se me ocurre mejor manera que escribiendo. Así que el tema elegido es:  el EGO.

Ego: yo, altivez, soberbia, arrogancia, engreimiento, presunción, inmodestia, aires

  Llevamos ya suficientes certámenes como para que esté segura de que, de cualquier tema, pueden salir buenos relatos.

  Mañana coloco el tema de fechas. Hoy ya os he dado la tabarra bastante.

Agradecida:

Teniente Ripley

danielturambar
Mensajes: 5.077
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 13 de Abril de 2009 a las 13:14
Carta abierta de un ego avergonzado.

Alejandro, compadre, ¡qué error hemos cometido!

Tuviste un sueño, utópico como solo pueden soñarlo los que en su humildad se saben incongruentes, y yo, deslumbrado y confortado por la luz que irradiaba, te seguí plácido en la apasionante tarea de llevarlo a cabo. Tus motivos, nobles: aprender, aprender, y aprender, para conseguir destilar la mística ambrosía literaria que pudiera acaso saciar en parte tu límpida sed, que tal vez pudiera desenvilecer durante unos instantes el mundo. Lo míos, he de reconocerlos, egoístas: limpiar la mierda de mi alma restregándola contra duro papel y ofrecerla sin más, esperando devorar las miradas que sobre ellas se movieran atónitas, tratando de leer ahí algo que pudiera ayudarme a hacer exorcizar los fantasmas que humedecen mi almohada.

Y se inauguró Camelot; y nos sentamos, alrededor de una mesa redonda que siempre tendrá sitio para uno más, gallardos caballeros y hermosas damas; y decidimos que no habría rey ni amo más allá de un anfitrión solícito y sereno; y se sirvieron los majares que habrían de alimentar nuestro espíritu con los frutos de la tierra de cada uno; y comenzamos a embriagarnos con el vértigo del éxito; y brillaban ya, aunque no quisimos verlo, las puntas de las dagas.

Yo tuve el honor de desvirgar, de forma ladina, a la Gloria. Tú fuiste ofreciendo tu saber a quien no quería, tal vez no podía, apreciarlo. Yo me dejé seducir por el recuerdo de sus brazos. Tú tuviste que lidiar con algún que otro Polifemo ya cegado, contra Ulises desairado, y hasta contra mí mismo borracho de Dios. Pero aún las espaldas se mostraban descuidadas.

He de reconocerlo: me encandiló el frenesí del juego. Está en mi naturaleza de exagerado y tramposo, juguetón y barroco príncipe malcriado. Aún así intenté seguir tu ejemplo, adoptar el puesto de alumno entre tanto catedrático dispuesto a malvender su reino por un siervo. Y traté de enseñar lo poco que sé, lo mucho que siento, con la tragedia de habitar un incoherente cuerpo, dominado por pasiones que no comprende y no atienden a razones. Me pudo el veneno, y di pie a que se sembraran las tormentas con algo tan aparentemente inocente como un comentario previo.

Y así, tú has ido ascendiendo la larga escalera al cielo, esperando y llevando de la mano a aquel que quisieran acompañarte en la búsqueda de la iniciática alquimia de las letras, mejorando paso a paso, despacio, mas sin volver hacia atrás, sin caer en luchas letricidas de orgullos y envidias armadas con sinrazones afiladas, tratando de maldismular la inseguridad inherente al oficio de escritorzuelo.

Y tú creciendo, y yo menguando, y el resto buscando la forma de hacer de su capa un sayo, poniendo cojines de seda en los toscos escaños para parecer más grande, levantando la cabeza, mostrando bien la yugular y llevando traicioneramente la mano al cinto. Y, en un descuido, con nosotros ausentes para poder evitarlo, al cuidado de un anfitrión demasiado ocupado en rellanar las copas de los ya bárbaros, sucedió lo inevitable cuando se lleva tanto tiempo odiando.

Ojos que no ven, corazón que llora luego amargamente. Y yo no quiero pensar cuánto se habrá roto el tuyo al ver convertida lo que pudo ser Arcadia en una sucia casa de putas. Te pido perdón, aunque no sirva de nada, por haber permitido con mi ceguera que se haya permitido esto. No sé si te quedará ánimo para continuar la búsqueda del Grial, al menos de hacerlo por este pútrido lodazal. Yo, miraré si algo puede salvarse. Sé que nunca será lo que alguna vez pudo haber sido. Un campo regado con sangre siempre tiene algo de maldito.

Hoy� lloraré la muerte del aquél paraninfo idealizado mientras me pregunto si alguna vez compartimos, realmente, alguno tu sueño, si hay modo de sembrar tus ansias de aprender en este pedregal desolado. Mañana... Bueno, mañana tal vez nos riamos.





pd: No, no es un error, publico a cara descubierta porque no podía hacerlo de otro modo.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Abril de 2009 a las 13:16

El hombre que cortaba árboles

        Heredó, de sus antepasados, un buen trozo de tierra. Al lado norte de la ciudad, en las laderas de la montañas y desde donde se ve una gran panorámica. 

            La ciudad entera, extendida por la llanura de la vega, el horizonte al final, por donde se pierde la gran extensión de la llanura y los tres ríos que bajan de las montañas. Y también la cadena montañosa por donde el sol cada día se oculta. Al final de la ancha y larga vega, por donde los tres ríos de aguas claras, se funden con el horizonte y se pierden en la lejanía.  

            Por todo esto y más cosas, el trozo de tierra que heredó, era muy valioso. Y todavía lo era más por la abundancia de plantas y agua. Dentro del trozo de tierra que recibió como herencia, se alzaba un bonito y moderno edificio. Para viviendas de lujo y para respirar el aire puro que a todas horas subía desde la vega. Y también para recrearse en las grandiosas panorámicas y solazarse por entre el verde y espesura de las plantas. Porque ya he dicho que en el terreno crecían árboles y plantas de todas clases. Rosales que daban rosas en todos los colores y formas, lilas blancas y moradas, peonías, lirios, geranios, claveles, azucenas y un número grande de árboles.

            Algunos de estos árboles eran gigantes por su estatura y otros eran ejemplares nobles por su vejez. Y había árboles de todas las especies. Cedros de Alhanta, madroños, cipreses, celtis australis, encinas, olmos, nogueras, higueras… Por todo esto y por más cosas, el trozo de tierra, con vivienda de lujo y jardín fabuloso, era un auténtico paraíso.  

            Y todavía se completaba un poco más con el copioso manantial que en el trozo de tierra brotaba. Sus antepasados un día hicieron un sondeo. No muy profundo porque enseguida encontraron lo que buscaban: agua en abundancia y a tan solo sesenta metros de profanidad. Y como era agua de manantial, salía fresca, pura y clara. Por eso con esta agua tenía más que suficiente para regar todas las tierras del fantástico jardín huerto y le sobraba. Tanta agua le sobraba que sus antepasados construyeron fuentes. De mármol, algunas y, de piedra artificial, otras. Pero todas eran fuentes fabulosas que no paraban nunca de echar agua. Cristalina como el viento más puro, fresca como la nieve de las cumbres que coronaban y pura como el mismo viento que por aquí siempre acariciaba. 

                Por todo esto y mucho más, su casa, el buen trozo de tierra lleno de plantas y árboles, era un tesoro. Un auténtico edén y, a la vez, un verdadero sueño, como no había otro en toda la ciudad. Porque, además, en uno de los rodales del trozo de tierra, había un huerto. Una pequeña extensión de tierra muy fértil y donde se cultivaba toda clase de hortalizas y verduras. Patatas, tomates, habichuelas, pimientos, calabazas… Y allí mismo crecían varias parras, algunos ciruelos,  cerezos y granados. Y, lo mismo que los otros árboles y plantas, los que había en el trozo de tierra que servía para huerto, eran fantásticos. Muy gruesos y frondosos, muchos de ellos, altos y recios casi todos y viejos y llenos de majestad, unos pocos.  

            Tan viejos eran algunos de estos árboles que sus antepasados le habían dicho que no conocían la edad.

- El abuelo nos dijo a nosotros que cuando él los conoció ya estaban como los vemos ahora. Y el abuelo también decía que su abuelo y el anterior abuelo, siempre contaba lo mismo. Que estos árboles, cuando ellos lo conocieron, ya estaban como lo vemos ahora. Así que fíjate tú si tendrán años.

- Centenarios, son algunos.

Decía él. Y sus antepasados le comentaban que quizá algunos de estos árboles fueran milenarios.

- Es que nadie sabe lo años que tienen.

            Y, entre estos centenarios árboles, quizá milenarios algunos, había granados, laureles, una encina, varios celtis australis, dos o tres olmos y algún cedro. Todos tan frondosos como una viña joven al llegar la primavera. Y también todos sanos y robustos como el mismo tiempo y el airecillo que por aquí siempre corría.

- Así que fíjate tú la de veces que han regado a estos árboles desde que los plantaron hasta el día de hoy.

Les decía a sus amigos, el hombre de la afortunada herencia.

- Muchas veces. ¿Y sabes lo que te digo?

- ¿Qué me dices?

- Que ya solo por esto, por la cantidad de veces que lo han regado desde que fueron plantados y por la ilusión que todos los que los han cuidado han puesto en ellos, merecen un respeto tremendo. Estos árboles ya son casi sagrados.  

            Y, al oír esto de algunos de sus amigos, el hombre dueño del fabuloso edén, guardaba silencio, miraba a los árboles y luego se iba a regar los rosales. Regaban también el huerto, donde cada año seguía sembrando tomates y pimientos y regaba los árboles. También las higueras centenarias, los celtis y las nogueras. Y el hombre, siempre que regaba a estos árboles, los miraba. No decía nada a nadie pero para sí, él siempre pensaba cosas. Nunca tampoco las compartía con nadie.

            Pasaron los años, cinco, diez, quince y los árboles centenarios no solo seguían vivos sino cada día con más fuerza y belleza. Entre sus ramas, cada primavera, anidaban cientos de pajarillos. Mirlos, ruiseñores, jilgueros, tórtolas, palomas, oropéndolas, gorriones y hasta un par de ardillas. Los árboles centenarios del trozo de tierra que había heredado eran uno de los mayores tesoros de la ciudad de la vega. Porque, además, en verano daban sombra para refrescar a todos los que por aquí vinieran. Y, al pasar el viento, al amanecer o al ponerse el sol cada día, la música que emitían sus hojas, era uno de los conciertos más dulces y bellos que nunca se puedan oír en este suelo.  

            Pero al llegar el otoño, un año, sin decir nada a nadie, el hombre dueño de estas joyas, se puso y cortó varios de estos árboles centenarios. Los más grandes, sanos y esbeltos. Cuando los amigos lo vieron le dijeron:

- Pero hombre ¿por qué has hecho esto? No ves que es un crimen tremendo.

Y guardó silencio. Unos días después cortó uno de los celtis más robustos y frondosos. El que estaba más cerca del pinar y donde, casi siempre, jugaban las ardillas y hacían sus nidos. Y al ver los amigos el nuevo destrozo que había hecho con el árbol, otra vez le dijeron:

- Pero hombre ¿por qué hace esto? ¿No ves que es un crimen?

Tampoco les hizo caso ni dijo nada. Pero unos días después se puso y cortó un azofaifo y luego un arrayán centenario y uno de los cedros más viejos. Lo vieron los amigos y les faltó tiempo para decirle:

- Pero hombre… ¿Es que no te das cuenta? Lo que estás haciendo es un crimen tremendo.

          Ni palabra dijo el hombre. Pero dos días más tarde, de nuevo se puso y cortó todas las ramas de los cinco olmos del paseo de las fuentes. Mochos por completo los dejó y feos como el más destartalado de los fantasmas. Lo vieron los amigos y, cuando le dijeron:

- Pero hombre ¿es que estás loco o no tienes sentimientos?

Habló y dijo:

- Estos olmos brotarán al llegar la primavera.

- Aunque sea así ¿dinos tú cuándo volverán a tener ramas tan gruesas como las que le has cortado?

Y de nuevo no dio ninguna respuesta. Solo una semana más tarde se puso y cortó el magnífico laurel, gigante y hermoso, que clavaba sus raíces justo al borde del caminillo que llevaba al huerto. De nuevo le dijeron los amigos:

- ¡Pero hombre de Dios! ¿No tienes un poco de sensibilidad en tu corazón? ¿Qué daño te ha hecho este laurel tan hermoso y viejo?

Y algo enfadado, el hombre de Dios, preguntó:

- ¿Por qué no voy a tener corazón?

- Porque para quitarle la vida a un árbol como estos hace falta ser muy insensible.

- ¿Y por qué yo, no soy sensible?  

            Y entonces los amigos le dijeron:

- Mira: los árboles que tú has cortado son monumentos y pertenecen a la humanidad entera. Merecen el máximo respeto aunque solo fuera por aquellas personas que, a lo largo de tantos años, los han cuidado. Y también merecen respeto aunque solo fuera por el agua que en regarlos se ha gastado a lo largo de tantos años. Ni tú ni nadie tiene derecho a cortar estos árboles sin pensar en los años que tienen, el amor que le han dado los que los sembraron y han cuidado y el agua que han gastado. Por eso te decimos que ni tienes corazón ni eres bueno.

            Y este hombre de Dios, muy enfadado, respondió:

- Estos árboles son míos y hago con ellos lo que me da la gana. ¿Está claro?         

 

danielturambar
Mensajes: 5.077
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 13 de Abril de 2009 a las 17:47
Aclaración: no podía publicar el relato de modo anónimo porque necesitaba que quedara claro que soy yo el autor no porque el sistema no me dejara. Si ha de descalificarse me da lo mismo, sabe Dios que ganar o perder puntos en estos lares no entra en mis necesidades inmediatas.


(Perdón por hacerlo así, pero no me deja editar como debiera...)
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Abril de 2009 a las 21:19
Funeral de ego

El hombre con traje negro se acercó al púlpito.
Miró al sacerdote, que lo observaba con cierto reproche, y carraspeó mientras se atusaba la corbata con el índice.
Metió su mano derecha con nerviosismo en el bolsillo interior y sacó un viejo papel arrugado, que extendió ceremoniosamente sobre el atril ante él.

-Esta mujer que está hoy ante nosotros- dijo con voz resonante, señalando el ataúd a su izquierda- era una gran persona. Siempre estaba ahí cuando la necesitabas. Era confidente y amiga- paró un segundo y se esforzó por contenerse- Pero nadie de aquí la ve así, excepto este humilde orador ante vosotros- paseó su vista por los numerosos congregados- Vosotros sólo veis una escritora. No. Una escritora exitosa. Esto os ha llevado a envidiarla más que ninguna otra cosa y sé de buena tinta que algunos están aquí para comprobar que no salga de su caja para hundiros de nuevo con su literatura. Ella misma ha escrito su panegírico- prosiguió con voz tranquila- y es mejor que cualquier cosa que yo pueda decir- Bajó la vista a la hoja y comenzó a leer:

“Vacío. No hay más que vacío.
Tengo que escribir, escribir es mi vida.
Sin embargo busco y busco en mi mente, en mi alma y no encuentro nada. Ni grandes tragedias, ni relaciones amorosas... ni siquiera elefantes rosas que se pelean entre ellos por una telaraña. Nada.
He escrito grandes libros, de todos los estilos posibles e imposibles. Bien sé yo que soy la mejor entre mi generación y varias posteriores, enormemente envidiada.
Sólo con oír mi nombre, los escritorcillos que pueblan este mundo tiemblan, pensando en lo que tendrán que superar, si es que pueden sin tener que llegar a un pacto con Satanás.
He escrito reportajes para todos los periódicos importantes y he ganado todos los premios literarios que se pueden ganar. No en vano, soy la mejor.
Y sin embargo, ahora nada. Sólo vacío.
He llegado al cénit de mi vida. Hace tiempo que mi pelo se ha vuelto nevado, mis dientes han encogido o desaparecido y mi piel se ha secado como una naranja al sol.
Además, estoy enferma. Ese maldito cáncer se ha extendido invadiendo mi cuerpo, cual inquilino indeseado. Pronto moriré.
Se hará un gran funeral, al que acudirán unos cuantos buenos amigos y una gran cantidad de carroñeros deseosos de mis millones o de mi fama. Con que simplemente los vean dándole el pésame a mis buitres se sentirán famosos por un tiempo. Malditos.
Sin embargo, no me entristezco. No. Porque aún vieja, enferma y sin inspiración, soy capaz de escribir mi propio discurso de muerte. Porque aún desapareciendo del mundo mortal ellos serán incapaces de igualar mi estela.
Sé bien quién está conmigo y quién no. Sé bien que los que no buscarán la manera de minimizarme. Pero no podrán.
Mi obra es eterna.
Yo soy eterna.”

El hombre del traje negro se detuvo y observó a sus boquiabiertos oyentes. Más de una cara irradiaba indignación y furia. En una de ellas, una sonrisa plena. Respondió a esta última con la suya propia de medio lado, dobló con cuidado el papel y lo guardó de nuevo en el bolsillo, con cariño. Se acercó al ataúd y besó la inerte cara de la escritora. Ella también sonreía.

r2-d2
Mensajes: 3.170
Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008
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  • 14 de Abril de 2009 a las 7:40

Como este relato iba a ser fácilmente identificado, no vale la pena el anonimato.

 

Tampoco es un relato de los de muchos puntos, ya conozco sus flaquezas (y las de la audiencia, ¡qué caray!). Pero lo subo porque es una historia que me gusta contar, y algunos le encontrarán su algo. Y los otros, los que decidan tras las primeras frases no seguir leyendo, harán santamente.

 

La idea de este relato vino tras conocer el tema del concurso, justamente cuando salía de ver la última peli del Clint Eastwood.

 

 

GRAN TORINO

 

Tiempo después, mi padre recibió respuesta de Timoteo. Yo la transcribí una vez desde un papiro, guardado treinta años en un baúl, de letra poco clara e irregular. Ahora puedo leerla en mi memoria:

«Xaire, Jenofonte.

«Ni el Parnitha es un monte lo bastante grande para ti, ni los jabalíes son enemigo suficiente para darte la gloria a la que aspiras. Después de ese periplo de un año, ¿has encontrado tu medida?

«¿Tan de poca confianza soy para que me ocultaras que pensabas marchar con Próxeno al servicio de Ciro? Sé que dirás que cuanto menos supiera, menos peligro corría. Pero aquí, como allí, el destino es inescrutable. La Parca se ha llevado a Sócrates, a Próxeno y a Cefisodoro. ¿Quién sabe por qué tu y yo nos hemos salvado hasta ahora? ¿Crees que por esconderme tus intenciones?

«Tu carta ha puesto fin a mil conjeturas. Hasta ahora vivíamos de la fama que os precedía, pero también de toda suerte de rumores. Que Farnabazo te había capturado, que habían visto la carreta que te llevaba, enjaulado y engrilletado, a presencia del Rey, para que corrieras la misa suerte que los demás estrategos.

«Triste es que me confirmes ese final de Próxeno. Si al menos su muerte hubiera sido como nos cuentas que la ha encontrado Cefisodoro, con la lanza en la mano y el escudo en la otra, los enemigos delante y los amigos detrás... La muerte siempre es mala, pero a Próxeno ni siquiera le llegó como él pensaba que la encontraría.

«Jenofonte: Sócrates ha muerto. Sin lanzas ni combates, sólo por la injusticia que emana del gobierno del pueblo.

«Cuando marchasteis, la ciudad se conmocionó. Temían a Ciro y os temían a vosotros, y ahora estabais juntos. Pero desaparecía también esa amenaza nunca ejecutada que erais vosotros desde Eleusis. Se envalentonaron un poco más si cabe con los que quedaban aquí. Tucídides no volvió, sabes las sospechas que teníamos de que lo habían matado, pero aún así un perro que tenía la familia en el patio de su casa apareció degollado. Otro día, con las calles embarradas por la lluvia, Sócrates fue empujado y zancadilleado, como si no le bastara ya su vejez para hacerle caer. Te dirán, y me apena contarte algo así, que más de una vez lo recogimos desmayado en la calle, cuando no meado y cagado. Esa vez me tocó a mi. ¡Qué duro fue para Sócrates!

«No sé si fue por tu marcha -él te apreciaba más de lo que tú le frecuentabas-, o por los achaques que ya le abrumaban, pero Sócrates cambió de talante al poco de iros. Nadie le oyó un lamento, bien sabes tú que nadie le ha visto nunca dolido, pero era patente que su ánimo no estaba con nosotros, sino ahondando un pozo muy cercano al Hades.

«Fue un año gris, triste, como si todos nos hubiéramos contagiado de la pesadumbre de Sócrates. Y en ésas, llegó la noticia de que el ejército de Ciro había aparecido en la otra parte del mundo, entero y victorioso. Toda Atenas quedó asombrada, pues no era un hombre el que había descendido a los Infiernos y luego regresado, sino diez mil. Y luego supimos que tú conducías el ejército, y nos alegramos, y decíamos a nuestros enemigos: ved de qué hombres de bien se ha privado esta estúpida ciudad, cuánta gloria hubieran dado a Atenas.

«Mientras sólo se supo que el ejército había llegado sano y salvo a tierras griegas, nuestros enemigos estuvieron callados y por fuerza tuvieron que admiraros. Pero cuando trascendió que el ejército había pasado al servicio de Esparta ... Tanta había sido la fama que habías ganado hasta entonces, tanto fue el odio después. Todo se enconó de nuevo.

«Primero se presentó una propuesta de destierro a la Asamblea, porque habías entrado al servicio de los enemigos de Atenas. Nadie te defendió.

«Después se echaron contra Sócrates, pensando machacar a un pobre viejo. !Ah!, si lo hubieras visto. Como un león dormido al que se despierta, fue hacia ellos y ha hecho sangre, mucha sangre. Y nos ha despertado a nosotros.

«Fue Méleto, ese jovenzuelo engreido que se las da de poeta, incapaz siquiera de redactar los cargos ... Lo instigó Anito para que acusara a Sócrates de impiedad, de pervertir a la juventud. Tu nombre, junto con el de Alcibiades y el de Critias, figuraba entre la lista de jóvenes corrompidos por él. Ya sabes como es el entendimiento del pueblo: las mayores necedades se pueden convertir en verdades indubitables, si se orquestan adecuadamente.

«Al principio, todos estábamos preocupados, porque la pena para eso es la muerte. Y también teníamos miedo, porque no sabíamos qué más podría venir, ni quién sería el siguiente. Muchos vacilaban en acercarse a Sócrates y preguntarle; ni siquiera trataban de imaginar cómo podrían ayudarle. Fue Hermógenes el único que no dudó. Hablaba con unos y con otros y les decía "¡pero cómo! ¿lo vais a dejar sólo?"

«Pocos respondieron.

«Los que entienden de tribunales dicen que hubiera quedado en nada si la defensa se hubiera limitado sólo a rebatir las acusaciones, sin entrar a polemizar más allá. Pero Sócrates no preparó nada de eso. Decía que si su vida entera no le servía, nada valdría de alegato. Y más aún, ante el tribunal y en el cara a cara con Méleto, fue todo lo arrogante y sarcástico que tú ya conoces que puede llegar a ser. Hasta alegó en su defensa, con toda la seriedad del mundo, ese chascarrillo de que el oráculo de Delfos le había proclamado el hombre más sabio y más justo.

«Fue condenado, más por despecho del jurado que por convicción. A la hora de fijar la pena, ni él propuso nada al tribunal, ni permitió que sus amigos lo hicieran por él. Hubiera bastado pagar una multa. Incluso, bromeó con que el castigo que merecía era ser alimentado perpetuamente en el Pritaneo a costa de la ciudad. Así que el jurado, tal como temíamos, lo condenó a muerte.

«Durante los días que siguieron hasta el cumplimiento de la sentencia, no era él el afligido y nosotros los que le consolábamos, sino al revés. El nos decía que todos, desde que nacemos, estamos condenados a morir, que lo triste sería acabar en la plenitud de la vida, pero que él ya sentía la vejez, y que la divinidad le había aconsejado este momento para morir. Y que, además, de esta forma la cicuta le salía gratis.

«Cuando llegó el momento, apuró la copa, sin más, y murió rodeado de sus amigos.

«Y nosotros, que creíamos que se había buscado la ruina atolondradamente, nos dimos cuenta que en el injusto proceso había encontrado la salida a una vejez que le abrumaba, calculándolo todo para poner en evidencia a sus acusadores y convertir su propia muerte en un cargo público contra ellos. Cuando ya han pasado algunas semanas desde que murió, nos damos cuenta que Sócrates ha convertido la humillación que se le quería infligir en gallardía, la derrota en victoria, y ahora, los que éramos sus amigos, estamos orgullosos de él, mientras que sus enemigos son vilipendiados y despreciados.

«Si te dijera que mientras esperábamos el momento fatal, veía a Sócrates rejuvenecido... Como los lacedemonios de Leónidas, que la víspera del día en el que iban a perecer, se entretenían en peinarse y acicalarse, algo hacía que Sócrates enderezara su espalda, caminara más firme, hablara más alto y con más ingenio que nunca.

«En los días previos a su muerte, se vió quiénes de sus pretendidos amigos lo eran de verdad. Ese jovenzuelo de anchos hombros que llaman Plato, que ahora se las da de discípulo, ni se acercó. Otros buscaron el momento después de anochecer para acercarse a la prisión sin que se les viera. Y otros como Hermógenes, de los que no me esperaba nada, lo fueron todo y más que ninguno de nosotros.

«Todos teníamos miedo. Sócrates, al ponerse en manos de sus enemigos, nos obligó a salir de nuestras casas y a pasear nuestros rostros por la calle, el tribunal y la cárcel, sólo por la vergüenza de no renegar de él. Y ahora, una vez cometida la ignominia, ya sabes cómo es esta ciudad gobernada por los impulsos irreflexivos de la turba: algunos reflexionan y por doquier se extiende un sentimiento de contricción, culpabilidad y arrepentimiento. Y nosotros, los que teníamos miedo de que se nos viera ir a visitarle, ahora miramos con ojos de reproche a los que acusaron o consintieron que se le acusara.

«A los dioses pido, a todos y en todas sus formas, que podais regresar pronto y barrer esta mediocridad.

 

 

idelosan
Mensajes: 1.311
Fecha de ingreso: 6 de Noviembre de 2008
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  • 14 de Abril de 2009 a las 23:59
¿Pero qué cachondeo es este?

[nota mental: no votar a los que no presenten relatos anónimos tal como toca]
tenientetulip
Mensajes: 842
Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008
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  • 15 de Abril de 2009 a las 0:12
cita de Idelosan Pero qu cachondeo es este?

[nota mental: no votar a los que no presenten relatos annimos tal como toca]

(Se agradece a los bubokianos la deferencia de compartir sus notas mentales con nosotros, pero de convertirse en moda, esto puede ponerse imposible... Gracias.)

Siempre supeditada a lo que la mayora dicte, mi opinin es no intervenir en este tema y que cada uno, en conciencia, decida qu valora o no de un texto (y eso incluye el saltarse una norma en concreto o todas de una tacada). Porquelo quepara uno puede ser pecado mortal, para otro puede ser un mrito.

Y aprovecho y dejo mi opinin. El gesto de las dos personas que han decidido presentar sus textos con sus nombres (saltndose una norma, s), es justamente eso: un gesto (y circunscrito a un estado de nimo muy concreto despus de estos cuatro das). Supeditar la valoracin de lo que han escrito a algo as (que est en la esfera de lopersonal y node lo literario), me parecera un error.

Y si queris, un post para debatir las normas.

La Comisin de Fiestas

tenientetulip
Mensajes: 842
Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008
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  • 15 de Abril de 2009 a las 0:17

Aprovecho para hablar de fechas...

FIN DE PLAZO DE ADMISIÓN DE RELATOS DEL VI CERTAMEN:

Jueves, 23 de Abril de 2009, a las 23:59 horas.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 15 de Abril de 2009 a las 16:13


��������������������� LECHE CON GALLETAS


Justo después de servirme el vaso de leche con galletas me di cuenta: siempre escribía en primera persona. Y no solo eso. Hacía a mis personajes partícipes de las diversas cualidades, reales, inventadas o deseadas, que adornaban mi persona. No era capaz ni siquiera de entregarme al placer de ponerme en el lugar de seres completamente diferentes a mí para ver qué se sentía, para hacer un poquito realidad la fantasía de ser otra persona. En vez de eso, cada vez que empezaba una novela o un cuento partía de la misma base: ¿a qué nuevas aventuras podría someter a mi ego? ¿Qué disfraz usaría esa vez para que mis lectores no me descubrieran? Una galleta empapada en leche se rompió por la mitad, haciendo que una pequeña concentración de gotitas blancas se extendiera por el pecho de mi jersey recién estrenado. Mientras disolvía la concentración con un trapo de cocina, avancé un poco más en mi reflexión autoreferencial: repasando mi trayectoria literaria, no podía decirse que mis personajes-disfraz fueran la alegría de la huerta. Algo normal si tenemos en cuenta que los pobres no encontraban muchas fuentes de placer en su camino. Ni sexo, ni amor, ni poder, ni riquezas. Tan solo los mismos sustos, intrigas y rutinas que aderezan las vidas de cualquier urbanita contemporáneo. Si alguna vez me ponía flamenco y acababa metiéndoles en un decorado más inusual, tipo la Edad Media, el Vaticano o una colonia en el espacio, los pobres (o las pobres, que también me disfrazo de chica) tenían tantas tribulaciones en el coco y tanto dolor del que lamentarse que no les quedaba tiempo para un banquete o un simple polvo rápido. Con la boca llena de galletas blandurrias a medio masticar llegué a una terrible conclusión: no solo era un narcisista, sino que además era gilipollas. Tuve que beberme la leche de golpe para no atragantarme. ¿Y si además de gilipollas era masoquista? No es normal que me niegue a mí mismo los más pequeños placeres, aunque sean solo de papel. Me senté corriendo frente al ordenador y empecé a escribir. Describí de manera rudimentaria un personaje completamente opuesto a mi, carente de cualquier cualidad que yo pudiera llegar a desear (no doy más detalles porque entonces acabaría hablando de mí mismo y crearía una paradoja en el relato, que me está quedando muy bien). Sin más dilación le puse en medio de una orgía romana, qué digo orgía, una bacanal romana previa a unas bodas paganas de esas en las que se está comiendo y bebiendo durante toda una semana (de tanto hacerlo ya se sabe que entra mucha hambre). No ahorré en detalles gráficos. Y por supuesto, no intenté en ningún momento ponerme en su lugar. Pronto me sentí orgulloso de aquel despliegue de objetividad. Un minuto después rectifiqué en mi entusiasmo, por lo del orgullo, y me quedé en una comedida satisfacción interior. La cosa es que a las dos páginas le tenía una manía al romano aquel que no lo podía ni ver (en este caso, imaginar). No se cómo, pero de repente una pantera que andaba por allí para dar exotismo al asunto se abalanzó sobre el romano y se lo zampó enterito. El resto de los participantes de la bacanal se excitaron tanto por la algarabía y lo sórdido de la situación que llegaron todos, o casi todos, al orgasmo de forma simultánea. Llegado a este punto, aparté las manos del teclado, respiré hondo y cerré el documento sin guardarlo. Una vez más había vuelto a hacerlo. Cuando algo se repite de manera tan explícita y constante quiere decir algo. Será que el narcisismo forma parte de mi esencia como escritor. O que cuando escribo lo único que necesito, y por lo tanto lo único que estoy buscando, es recrearme en mí mismo. Y si me recreo de esa manera, será que en el fondo me gusto, porque nadie repite con algo que le da asco a no ser que le obliguen. Decidí entonces que seguiría escribiendo a mi manera porque los expertos dicen que hay que escribir de lo que uno conoce. Y yo me conozco muy bien a mí mismo. Tanto como para reconocerme entre una multitud enfundado en un disfraz de pantera.

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  • 15 de Abril de 2009 a las 19:07

El salvaje

            Sobre el collado, entre la espesura de las encinas y cerca del arroyo, se veía el cortijo. Un gran edificio en forma de palacete pero con las paredes encaladas. Por eso, al salir el sol cada mañana, el edificio relucía como un espejo mágico. Desde la curva del río, al poniente del cortijo y a unos dos kilómetros, se le divisaba con toda claridad. Y lo que más llamaba la atención eran las dos altas torres que, desde blanco cortijo, emergían por entre los encinares. ¿Quién era el dueño de este cortijo y quién vivía en él? 

         Aquella mañana, un buen día de primavera y por eso los jareles mostraban ya un hermoso espectáculo de flores blancas, al grandioso cortijo llegó el joven. Y, lo mismo que otras muchas veces, se presentó dando voces y pronunciando toda clase de palabrotas para asustar al personal:

- Ha llegado el momento. A partir de hoy ya no se ríe más de mí ese felino salvaje que recorre estos montes míos. Preparadme la escopeta, poned apunto los perros y prepararos vosotros que nos vamos a cazarlo. En cuanto lo vea me lo cargo. Para que se entere de una vez que de mí nada ni nadie se ríe. Y menos este salvaje imbécil.

Y, a media mañana, la comitiva salió del cortijo. El busca del gato montés porque el joven, “el señorito mal educado”, según se decían entre sí los criados, quería darle caza. Todos se concentraron en torno al señorito para complacerlo y porque era el que pagaba.

         Al norte del cortijo, por entre los jarales del cerro de enfrente, encontraron al felino. Un viejo y hermoso gato montés, bello como la criatura más bella y libre como el mismo viento. Y al verlo, enseguida dijo el joven:

- Otra vez más no te ríes de mí. Nadie ni nada se ha reído de mí desde que tengo uso de razón.

Y disparó su escopeta una vez detrás de otra sin parar ni para tomar aliento.

Las explosiones de los disparos se oyeron por todos aquellos barrancos y, en ese mismo instante, también se escucho un gran maullido. Ladraron los perros, atravesando los montes y sorteando rocas pero el felino, como por arte de magia, despareció. Enseguida gritó el joven:

- Que no se escape este cabrón. Y lo quiero vivo. 

         A lo largo de varias horas buscaron por todos aquellos montes. Azuzando a los perros y escudriñando cada hueco de cada peña. Hasta que comenzó a caer la tarde. El sol se hundía en horizonte lejano y un silencio enorme se adueñó de todos aquellos campos. Decidieron volver al cortijo y, mientras regresaban, el joven refunfuñaba lleno de rabia:

- No puedo consentirlo. Nunca nadie, en el tiempo que tengo de vida, se ha reído de mí como lo está haciendo este bicho sin corazón. El día que lo tenga entre mis manos me lo voy a comer con piel y todo.

         Oscureciendo, por la orilla del río, avanzaba el amante de las montañas. Cargado con su mochila y recreándose en la música que el agua de la corriente le regalaba. Y se acercó a la cueva. Descolgó su mochila, desdobló la tienda y se preparó para montarla. Pero, todavía no había terminado de oscurecer ni él de montar su tienda, cuando oyó un quejido. Como un lamento humano que venía de la curva del río, un poco más abajo. Cogió su linterna, avanzó por entre los juncos, mirando y escuchando atento. De nuevo oyó los lastimeros quejidos. Se acercó, procurando no hacer mucho ruido y de pronto lo vio. Estaba tendido muy cerca de la corriente del río, un poco oculto entre las raíces de un viejo fresno. Alumbró un poco más y vio que, un hilillo de sangre, manaba y levemente tenía las claras aguas de la corriente del río. Dijo, como si lo conociera de toda su vida o como si lo considerara su mejor amigo:

- Ya veo que te han herido. No tengas miedo. Otra vez estoy yo aquí para ayudarte. Ahora mismo lavo tus heridas porque yo quiero que tú sigas viviendo.

Se agachó, lo acarició con sus manos, lo puso luego sobre sus brazos y, poco a poco, se lo fue llevando hacia la cueva. Y lo primero que hizo, cuando ya lo había recostado junto a una de las rocas en la cueva, fue darle un poco de alimento. Luego lavó sus heridas y allí mismo, casi pegado a su cuerpo, tendió su saco de dormir y preparó la cama. Le dijo:

- Para que no te sientas solo ni esta noche tengas miedo. Y no te preocupes que ya verás como te curas. Tú tienes que seguir viviendo.  

         Y la noche transcurrió serena. Solo perturbada por rumor de la corriente del río, el ulular de algún cárabo y el palpitar del corazón del amigo. Pero, al llegar el nuevo día, nada más amanecer, se oyeron ladridos de perros. Luego se oyeron voces humanas y al poco, desde el otro lado del río y la alta peña bermeja, se oyó un potente grito:

- ¡Maldito felino! Acabaré contigo aunque te escondas bajo tierra.

Nadie ni nada respondieron a estas voces. Se hizo el silencio y, al poco, de nuevo se oyó la voz del joven, dueño del blanco cortijo:

- Solo eres un salvaje sin corazón. No podrás conmigo.

Y, en esta ocasión, el acantilado de la curva del río, devolvió un potente eco: “Solo eres un salvaje sin corazón. No podrás conmigo”.

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  • 15 de Abril de 2009 a las 20:03

Ella



Y allí estaba ella. Rodeada de alargadas sombras, danzantes sombríos, movidos por la única luz de las velas. Sobre su pecho desnudo, un viejo dije con la foto de alguien a quien no amaba mirando al infinito. Las sombras dibujaban extrañas líneas en su rostro, una visión de lo que llegaría a ser en el futuro, una anciana llena de arrugas, de cabellos blancos, pechos caídos y sonrisa desdibujada. Y estaría sola. Eso lo sabía. Sola, porque sería fea.

Tras ella, un baño caliente humeaba en contraste con el frío del exterior. Las volutas de vapor subían, enroscándose en sucuerpo como un apasionado amante, uno de tantos que habían saboreado aquél cuerpo. Hermoso. Joven. Y ella lo sabía. Sus ojos contemplaban su desnudez frente a un gran espejo, viejo, deslustrado, el fantasma de lo que fue una vez. Las candelas continuaban con su sinuosa danza, arrancando caprichosas sombras de todo lo que la rodeaba.

Se acarició el cuello, húmedo por el vapor. Se retiró los cabellos de la espalda y los dejó caer sobre uno de sus hombros en un movimiento perfectamente estudiado. Se giró sin dejar de mirarse y contempló, una vez más, las perfectas formas de su cuerpo, su negro cabello, quetantos corazones había embrujado.

Era hermosa. Y lo sabía. Sus ojos miraban con la certeza del que se sabe perfecto. Y nunca sería más perfecta de lo que era ahora. Eso lo sabía.

Suspiró cansada, deseando que el tiempo se detuviera para ella, que siempre estuviera así, hermosa. ¿Acaso un ser tan hermoso como ella no lo merecía? Había crecido sabiendo que era bella, todos se habían encargado de hacérselo saber. Pero aquello terminaba. Llegaba a su fin. Esa ramera que se encargaba de atraer todo hacia el suelo todavía no había hecho su trabajo en ella, pero pronto comenzaría a notarse su mano. La gravedad haría que sus pechos dejaran de ser preciosos, su cara dejaría de ser un óvalo perfecto y su vientre dejaría de ser plano. Las arrugas pronto comenzarían a surcar su tersa piel y las manchas cubrirían sus manos sin remedio.

Pero sí había un remedio. Ella lo sabía. Nunca sería menos de lo que era ahora. Ella no lo permitiría. Su belleza era lo único que tenía, y se lo llevaría al otro lado, intacto. ¿Acaso no era morir por amor la muerte más noble? ¿Y no se amaba a ella misma más que a nada en el mundo? No había mujer más hermosa que ella sobre la faz de la tierra. Y siempre sería la más bella. Ella lo haría posible.

Sin preocuparse de lo que había a su alrededor, cogió un cepillo de plata que había junto al espejo. Una vela se volcó sobre la madera, derramando un torrente de cera que se solidificó antes de caer al suelo. Se miró al espejo para contemplar su belleza. Era realmente hermosa. Levantó el cepillo y lo estrelló contra el cristal. Cientos de esquirlas saltaron a su alrededor. Se agachó, dejando que su oscura melena rozara el suelo, lleno de fragmentos afilados, y rebuscó entre los restos. Levantó triunfante una esquirla del tamaño del cepillo. Sonrió mientras contemplaba sus hermosos ojos en el pedazo de cristal.

Se levantó sin importarle pisar los cristales, y se acercó a la bañera. Levantó una de sus hermosas piernas y dejó que el agua caliente templara su piel. La sangre de sus pies se difuminó rápidamente en el agua. Se recostó, con cuidado de no mojar su preciosa melena, dejándola caer hasta el suelo en una bella cascada azabache.

Cerró los ojos, tratando de encontrar un motivo para quedarse. Encontró muchos, pero ninguno le aseguraba que seguiría siendo hermosa. Era lo único que le importaba. No había nada más. No comprendía la vida sin ella.

Abrió los párpados lentamente. Su oscura mirada estaba fija en la punta del trozo de espejo que tenía en su mano. El agua caliente ya había hecho su trabajo. Extendió su mano izquierda y se miró la palma de la mano. Acercó el cristal, afilado como un cuchillo, a su piel y, sin ninguna mueca de dolor, lo deslizó desde la muñeca hasta casi el codo. Un fino hilo carmesí abandonó su piel convirtiéndose pronto en un cordel. Dejó caer el cristal al suelo, junto a los otros pedazos del espejo que había sido testigo de su belleza. Hundió su brazo en el agua caliente y la sangre dejó de estar definida comenzando a teñir el agua. Se recostó sobre la bañera y cerró sus ojos.

No sentía dolor. Su belleza seguiría intacta y no habría nadie más hermosa jamás. Ella lo sabía. La sangre y el calor abandonaban lentamente su cuerpo, pero jamás dejaría de ser bella.

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  • 16 de Abril de 2009 a las 7:47
Hidalgo

El calor se haca insufrible a pesar de estar a punto de terminar el verano. All, en aquella isla donde tuvo que parar mientras llevaba su desnutrido ejrcito hacia el Sur, hizo recuento de tropas. Las fiebres amarillas diezmaban a los suyos cada quincena, siempre ayudados por aquellos impos salvajes que, lejos de agradecer la evangelizacin que les alumbraba, respondan con flechas endemoniadas, venenosas. Curare llamaban a aquella ponzoa pagana, y para mayor desgracia, se obcecaban con los caballos. Porque eran ms grandes, porque no los conocan, porque no tenan armadura, demasiados motivos para pasarlos por alto; lo que obligaba a ir al pesado ritmo de las tropas de a pie. Las corazas castellanas comenzaban a oxidarse debido a la humedad y los vveres, an a pesar de tener partidas de caza y el racionamiento, eran cada vez menos. Pero daba igual, llegara al Bir fuera como fuere, cayera quien cayera. De una ojeada el otrora hidalgo, ahora marqus, decidi que haran noche all, con lo que mand a sus hombres descansar, haciendo guardias por supuesto, hasta que los gallos cantaran. Estos se miraron extraados, muchos ya hartos de las excentricidades de su obsesionado capitn: no llevaban ningn gallo, cmo sabran cuando acabar los turnos? Esto era demasiado. Los murmullos se levantaron una vez ms, lo que no escap al an agudo odo del marqus, aunque en su sangre siempre sera hidalgo, siempre tendra que demostrar la nobleza de su sangre.

Don Francisco compil mentalmente su azarosa vida. Una prueba tras otra, sin parar, desde su nacimiento. All en Trujillo su padre no haba dejado nada para l salvo un ajado zurrn trado de las guerras de Italia, antes del descubrimiento del Nuevo Mundo. De joven se haba visto, l, obligado a trabajar como porquerizo. Aquello era demasiado para su noble pero olvidada sangre, y jurndose que su nombre estara en los libros de historia, nunca haba cesado en su contumaz empeo por ser el ms grande. No saba como lo iba a hacer, hasta que a los diecisiete aos corrieron por todas las granjas de Castilla las noticias. Por orden de Su Majestad Isabel, se haba descubierto un nuevo mundo allende los mares, un Almirante genovs haba trado oro e indgenas como muestra. El iluso trataba de alcanzar las Yndias, pero se top con indgenas. Aquello sera su salida. Tard nueve aos en escapar y enrolarse en un barco hacia el nuevo mundo, trabajando como grumete. Ya con 26 aos era con diferencia el mayor entre su clase en el barco, doblando en edad a casi la mitad de aquellos analfabetos. “El ms viejo”, se deca a si mismo, sintiendo la espina que nunca consigui sacar de su interior, de su sangre noble. Una vez en la espaola, sin un ducado en el bolsillo, no le qued ms remedio que trabajar en la taberna de los cuatro vientos, esperando una oportunidad. All conoci a Alonso de Ojeda, a Hernn Corts, a Francisco de Orellana y otros conquistadores, quienes apenas reparaban en aquel hidalgo que limpiaba sus vomitonas y recoga sus platos. Pero Don Francisco aprendi de escuchar sus historias, y cuando tuvo la oportunidad -seis aos ms tarde- consigui, al fin, formar parte de una expedicin.

Fue su nica oportunidad, y no la desaprovech; se hizo un nombre y, por primera vez en ms de treinta aos, se sinti respetado. Y no par. Llev con xito varias expediciones en aquellas selvas inexploradas, hasta que escuch las quimeras de El Dorado y el reino de Bir, donde los dioses del Sol todo lo tornaban de oro. Los Incas, decan que se llamaban. Tard diez aos ms en conseguir la capitana y as llevar su expedicin en busca del oro del Bir, y all que se fue, siempre con su merecidamente ganado caballo. En busca del oro que le tornara el ms grande de todos los conquistadores. Los otros le haban dado propinas, le haban tratado como un puerco, pero l sera el ms grande conquistador de todos los tiempos. Aunque tuviera que ir solo.

Volvi en si al terminar sus tribulaciones, y se dio cuenta de que seguan los murmullos, casi tornados en gritos ya. No estaba dispuesto a que, a l, tras haber recorrido todo el nuevo mundo desde Tenochtitln hasta Panam y siguiendo ms al Sur, aquellos perros quejicas se le amotinaran. “Demasiado viejo”, volvi a pensar, vindose con cincuenta aos ya. “Todos conquistaron mucho ms jvenes”. Por eso l sera el ms grande, no conquistara por impulsos de grandeza; ira ms all. Sera un dios para aquellos indgenas, y fundara su propio imperio sobre el Bir, en nombre del Emperador Carlos, nieto de la Reina. Cayera quien cayera, conquistara Bir aunque fuera solo con su caballo hasta las minas de oro. No dejaba de repetrselo.

Golpe con su espada su propio escudo, llamando al orden; tard en conseguirlo. Altivamente, desde lo alto de su corcel, se dirigi a sus huestes, tratando de alentarlas y recordndoles lo cerca que estaban. Pero slo oa quejas. “Se acab, con estos hidealgo no se conquistara ni Almendralejo”. Don Francisco de Pizarro, antes hidalgo y entonces marqus descendi de su caballo, desenfund de nuevo su espada y traz una lnea en el suelo, diciendo:

Por este lado se va a Panam, a ser pobres, por este otro al Bir, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que ms bien le estuviere”. El silencio invadi los alrededores, dando fuerza a la altiva mirada del capitn.

Solo trece quedaron en su lado. Que as fuera. Ni siquiera repar en que se trataba del nmero maldito cuando al da siguiente se dirigi hacia el Sur con quienes le eran fieles. Antes muerto que el retorno.

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  • 16 de Abril de 2009 a las 22:33

EGO VS. INTELIGENCIA

Amanece. Las primeras luces del día iluminan el despertar del grupo, mientras se oyen los primeros gruñidos, aun perezosos, de los miembros que lo componen. No hay órdenes, ni gestos indicadores, no puede haberlos, pero dos de ellos, casi al unísono, comienzan a desplazarse, cada uno en un sentido, entre las ramas altas de los árboles que pueblan con espesa majestuosidad el lugar elegido por el jefe como habitat, para ir oteando concienzudamente el entramado de hojas por donde se mueven y el�todavía oscuro suelo de la selva. Ya amaneció en las alturas, pero la noche�aun permanece por donde acostumbran a moverse sus enemigos naturales, los depredadores.

Poco después, cuando ya las primeras luces alcanzan el suelo, se oyen dos especiales gruñidos, procedentes de la selva; es la señal y, al instante, comienzan a descender de los árboles; el mas fuerte, el que es respetado como jefe del grupo, el primero.

Pero, no todos bajan; entre el espeso verdede uno de los árboles, queda agazapado uno de los monos, observando al grupo descender, fundamentalmente a una de las jóvenes monas en edad de celo. Su mirada no es como las otras, tiene algo que lo diferencia del resto, pero eso, en el grupo, ninguno podría notarlo. Sigue agazapado mientras el jefe, seguido de unos cuantos, se aleja en dirección a la cercana sabana. Es hora de buscar otro tipo de alimentos distintos a los frutos secos y húmedos de los árboles.

Ese es el momento enel que el agazapado mono toma la decisión de descender de su atalaya. Despacio, intentando no llamar la atención de los pequeños, ni de las monas que han quedado aseándose y jugueteando en el claro de la selva donde se encuentran. Una vez en el suelo se acerca disimuladamente a la joven mona en celo y mirándola se aleja despacio en una determinada dirección. Sorprendentemente ella parece entender la mirada y, poco después le sigue.

En el grupo liderado por el jefe, uno de ellos se yergue, otea, huele el aire y se para, emitiendo al mismo tiempo un especial gruñido que paraliza automáticamente al resto del grupo. Todos se yerguen sobre sus patas traseras y husmean en todas direcciones hasta que, confirmada la presencia peligrosamente cercana de un depredador, comienzan a trotar en absoluto silencio, reinvirtiendo la marcha, hacia el claro donde se encuentra el grupo.

Al llegar, gruñen repetidamente hasta que el jefe comprueba que todo el grupo ha subido a las primeras ramas. Todos no, y él lo nota. Se yergue, golpea su pecho con los puños y emitiendo un fuerte gruñido sale en la dirección en la que ellos se alejaron, al mismo tiempo que aparecen ambos en el claro. La joven mona se aleja, mientras el jefe, golpeándose con más fuerza el pecho, se enfrenta al joven mono.

El joven lo mira, mira a la mona y, sin previo aviso, salta en dirección a un tronco caído en el suelo del claro y tomándolo con ambas manos, espera el furioso ataque del jefe. En el instante en que este se produce, levanta el tronco y, esquivando el ataque, le golpea en la cabeza. El jefe cae al suelo, quedando a merced del joven mono. Este duda y, después de unos instantes, tira el tronco, se acerca a la mona y tomándola de la mano se alejan corriendo en dirección a la sabana.

Pasan días huyendo. ¡Es tan enorme la sabana, tan desconocida que, al cabo de unos días, ya no trotan, solo se apoyan sobre sus patas traseras para, con su mayor altura, poder otear por encima de las altas hierbas que la puebla!.

Duermen con los oídos atentos, en continuo sobresalto, sobre todo después de notar que ella está embarazada.

El sol les alumbra de nuevo y, con su luz, despierta a la primera pareja humana a su�nuevo amanecer.

concursoderelatos
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  • 17 de Abril de 2009 a las 11:45
Por amor a los Pobres

 

- ¿Me juzgas?

- ¿Juzgarte? ¿Por qué?

- Te llevo ¿cuántos? ¿quince? ¿veinte años? Tengo tres hijos. Soy una mujer casada …

- … con un amigo mio, sí. No me hace feliz recordarlo.

-  Y aquí estoy, metida en la cama contigo.

- ¿No me tendría que juzgar también yo?

- Es distinto. No estás casado. Y además, los hombres ...

- … se nos perdona todo. Carmen, por favor!. Si te juzgara mal ésto no habría ocurrido entre nosotros. No te atormentes.

- Bueno... ¿Ni siquiera quieres saber por qué he llegado hasta aquí?

- El deseo no se explica. Está ahí.

- El deseo … Sí, al final todo se reduce a eso, pero ¿no te parece que yo debería explicar por qué le hago ésto a Paco?

- Carmen, no te juzgo. Y si te juzgara, dudo que encontrara causa para condenarte.

- ¿No te interesan mis cosas?

- Sí, claro que me interesa todo lo tuyo. Me interesas tú. Me pareces hermosa y ..

- Dos mentiras seguidas, aunque sean piadosas, ya vale. Mira, yo no tengo tus estudios, pero sé apreciar cuando un hombre tiene atractivo y las chicas se fijan en él. Tú eres de ésos. ¿Cuánto tardará en aparecer en tu vida una chica más joven que yo, más guapa que yo y más culta que yo? Mañana me saludarás con amabilidad, espero que sin despreciarme, y punto. Esto para ti ha sido un ... aquí te pillo, aquí te mato.

- No, Carmen. Ha sido raro que tú y yo nos hayamos encontrado. Y de verdad, sí, tengo interés en saber por qué ha ocurrido. Supongo que en tu vida hay algo que no funciona. Pero no quiero escuchar algo que tú, quizás, te arrepientas luego de haberme confiado.

- ¡Desde luego, cómo sois los intelectuales!

- Deja ya esa muletilla. Sabes que hace tiempo que acabé de estudiar. Nunca dejaréis de meteros conmigo porque no nací obrero.

- Habrás dejado de estudiar, pero te comportas como Paco decía de los “intelectuales”: soltáis frases rimbombantes, pero no veis la realidad. Aunque Paco tampoco se imaginaría ésta: que tengas tu mano entre mis piernas y me digas que me lo piense antes de hacerte una confidencia. ¿Crees que me puedo avergonzar aún de algo mayor que ésto? Una se abre de piernas  y ...¡Ojalá mis hijos nunca lleguen a saber esto, Dios mío!

- Venga, tontuela, no llores. Tienes toda la razón. Por eso ha pasado lo que ha pasado, porque siempre me has parecido una mujer muy inteligente.

- ¿Te acuerdas cuando nos conocimos?

- Hace seis años

- Tú tenías ..

- Dieciocho

- Viniste a mi casa. Había reunión de célula.

- No, fue algunas semanas antes. Una charla de captación en la Iglesia del Salvador, en la vieja escuela parroquial. La daba Paco. Y al salir, tú estabas esperándole, con los crios. Me fijé en tí.

- No me acuerdo de eso. Estaría embarazada del pequeño. Recuerdo cuando empezaste a venir por casa, a las reuniones. Yo me tenía que meter en la cocina con los críos para no molestaros. O irme a casa de mi madre. Pero luego, cuando volvía, nadie había vaciado los ceniceros ni ...

- Es verdad. Mucho hablar de la explotación de la clase obrera ...

- … y nadie se acuerda de la mujer. ¿Sabes?, me alegré cuando la vecina largó a la policía que aquí venía mucha gente y se tuvieron que dejar de hacer las reuniones. Pero sí, me fijé en tí desde el principio. Más de una vez me ayudaste a recoger las sillas. Y eras amable con los críos. Jugabas con ellos al entrar y al salir.

- Todos los que veníamos teníamos alguna palabra amable con ellos.

- Una madre sabe cuando a sus hijos se les dice un cumplido o una palabra sincera. Todos no. Tú sí. Más que su padre, mira lo que te digo.

- ¿Paco? Siempre me pareció cariñoso con ellos.

- Si. Cuando estaba con ellos. Pero ¿cuándo estaba con ellos? Y luego, bueno, nadie sabe lo que lloré  cuando Paco se enfrentó a su hermano.

- Pues aquello fue un ejemplo. Nos impresionó a todos.

- ¿Denunciar a tu hermano? Vinieron los inspectores a la fábrica, le pusieron una multa por no dar de alta en la seguridad social a unos chavales y luego, todo igual. Pero el disgusto en la familia, ¿quien lo arregla? 

- Ya sabes …

- Ya-lo-sé: el que ama a su familia más que a mi, no es digno de mi. ¿Te crees que no me sé toda esa monserga?. Yo también he ido a cursillos, he estudiado el Evangelio, hice el Plan Cíclico. Pero no por amor a Jesús ni a la clase obrera. Por amor a él, que era el padre de mis hijos.

- Nunca ninguno de nosotros imaginó ...

- … ¿que yo, la esposa del responsable, del que os daba ejemplo de militancia y de vida cristiana, no estaba de acuerdo con lo que hacía mi marido? Esa es mi culpa, no haberlo sabido entonces. Yo aceptaba todo lo que él hacia. Creía en él. Lloré, pero no rechisté cuando él pasó de tener un trabajo seguro en la empresa de su hermano, cómodo, en la oficina, a andar de obra en obra, de peón. ¿Tú sabes cómo llegó a casa el primer día que trabajó en la construcción? Paco no había trabajado nunca con sus manos. A la tarde, había llegado un camión de cemento. A los pocos sacos, los brazos se le quedaron insensibles, muertos, caídos, ni para arriba ni para abajo. Y los compañeros le escondieron, para que el encargado no lo viera parado, y se repartieron su carga entre todos.

- Aquella anécdota se la oí contar. Un ejemplo de solidaridad entre los pobres. Paco sacaba fuerzas y ejemplos de todas las miserias que vivía en las fábricas y los tajos.

- La contó, claro. Ufano. Se acostumbró a deslomarse. Le gustaba mirarse las manos encallecidas. A más callos, menos caricias, ¿sabes? Tampoco es que él fuera especialmente …. Me avergüenza decirlo. Toda mi vida después de hoy, cuando me encuentre contigo, me avergonzará recordar que te lo he dicho: nunca he ... sentido como este momento contigo. No imaginaba que pudiera sera así.

- Carmen: no quiero que nunca te avergüences de ésto. Ni que mires resentida al pasado. Todos, él, yo y todos los demás, estábamos entregados en cuerpo y alma a la causa.

- ¡La revolución de Cristo, el Reino de Dios en la tierra! Ja. Unos más que otros. Si él se hubiera quedado ahí, en peón de albañil, yo le hubiera perdonado hasta la zozobra de esperar en cualquier momento el timbrazo de la policía de madrugada, la humillación de que registren tu casa y tú en camisón, con los hijos asustados cogidos a tí. Y luego tener que ir a la mañana a comisaría a preguntar por él, y atormentarte con lo que le estarían haciendo. Me hubiera conformado con eso, pero tuvo que irse a Madrid aquel año.

- El famoso curso en la ZYX.

- Y la chabola en el Pozo del Tio Raimundo. Me tuve que poner a trabajar, sola y con tres hijos, porque el sueldo de liberado no llegaba. Que él quisiera ser el más pobre entre los pobres, vale. ¿Pero qué culpa tenían los niños? ¿Y yo? ¿Acaso yo no soy un pobre, acaso yo no necesito una caricia, una cama caliente, una palabra amable?

- ¿Por qué no rompiste con él entonces? ¿Lo vas a hacer ahora que todo se ha acabado, que la vida vuelve a ser normal?

- Porque entonces todos vosotros me hubierais mirado como una renegada aburguesada que traicionaba al mejor de vosotros. Ahora, muerto Franco, se acabó la rabia. Se desinfló todo, la revolución, la militancia, la clase obrera. Todo se acabó. Sólo quedan nuestras vidas.

- Si. Nadie se imaginaba que ésto acabaría así, con los trepas, los que nadaban y guardaban la ropa,  de diputados y concejales. Y el año que viene, ministros.

- ¿Sabes qué te digo? Que si vosotros, con vuestra revolución, hubierais triunfado con vuestros proyectos, vivir con vosotros sería irrespirable. Vuestro Reino de Dios en la tierra sería un infierno.

- No llores, Carmen. Por favor, no llores.

…......

- ¿te molesta mi mano? ¿te irrito?

- No, por favor. Déjala. Nunca había sentido algo así. Dame un beso.

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  • 17 de Abril de 2009 a las 23:06
Terror y Miedo

��� Silencio. Cadencia. Este pasillo empapelado en espejos me aturde. Estoy sentado en el suelo con mi peso recargado en la zurda que tengo a mis espaldas, con mis ojos clavados en la rosa que sostengo en la contraria, mientras mis reflejos continúan hasta el infinito, quietos… estáticos. Los pétalos de la flor son negros, pero las espinas están teñidas con el rojo de mi sangre, que me hacen conocer las otras dos caras de mí ser: esas que me controlan y me destruyen, manipulándome como un burdo títere de hilos de seda y traje de muñeco.
��� Él es Fobos, y ella es Deimos y no les importa que mi pobre cuerpo de muchacho acobardado les diga lo contrario. Yo me arrastro en el suelo como si fuera una vil serpiente: no tengo el valor para enfrentar a nadie, y mucho menos a esas deidades. Ellos se apoderaron de mi humanidad en el vacío de mi personalidad, en el momento en que dudé y bajé el rostro porque no tengo la fuerza para oponerme a lo que me digan. Mi ser no es nada en el mundo, y mi cuerpo es una burda sombra que recorre los callejones oscuros de la ciudad envenenada.
��� Pero cuando ellos me controlan es diferente. Soy distinto. Soy poderoso.
��� Soy alguien.
��� Y todos deberían temerme.
��� Cuando Deimos me controla soy un ser del otro mundo. Cada paso que mi cuerpo da, es un eco que retumba en la vacuidad de las mentes obnubiladas por la belleza que irradio. Mi ser se transforma y se alza altivo y soberbio sabiéndose el mejor entre todos, el más poderoso: el más perfecto. El más mínimo movimiento es una simple belleza, segura y confiada;� cada ademán arrastra el orgullo de un adonis, y mi mente se abre hacia horizontes infinitos, donde todo el conocimiento recae a mi ser. Pero aún así, Deimos es el terror en sí mismo. Ella es capaz de cualquier cosa porque su pulso no duda ante nada; su sangre es de hielo mas no hay tribulaciones en su mente. Yo he visto con mis ojos lo que ella ha hecho, y la mirada que éstos tenían en ese entonces, y no puedo reconocerme a mí mismo. Nunca podré.
��� Pero con Fobos es diferente. Él es seguro y confiado, carismático pero sencillo; logra mostrar el garbo oculto en mu cuerpo, consiguiendo que mi ser se transforme. Cuando él controla mi ser me veo envuelto en multitudes, siempre el centro de la atención, respetuoso de los límites personales, pero territorial como toda persona. Y aún así, Fobos me da miedo. Me asusta la corrección de sus maneras, la estabilidad de su carácter, la fuerza de sus pensamientos. Me turba que sea tan normal.
��� Mis pensamientos me llevan al olvido, y mi diestra se ajusta sobre el tallo de la rosa negra, haciendo que las espinas se embeban en mi sangre. Inmediatamente, casi por acto reflejo, suelto la flor y llevo mi mano al espejo de las paredes intentando que el frío del vidrio calme el dolor de las heridas. Con mi mirada fija en los pétalos azabaches que ahora tienen leves toques carmesí, veo en ese rojo los ojos de Deimos, la cruel, la orgullosa, la egoísta; sólo piensa en ella y en nadie más, pero cuando alguien la ofende lo persigue hasta vengarse en la forma más sádica que pueda. Y aunque el verde del tallo continúa brillando, siento a Fobos luchar por retomar el control, intentando dominar a ese monstruo y buscando demostrarme algo que aún no comprendo. Pero a pesar de eso, el negro de los pétalos parece perderse en el suelo oscuro, tal como lo hago yo, temeroso del mundo, consciente de mi nimia valía; ser un inútil es lo que soy.
��� Me inclino hacia delante empujándome desde el suelo con la zurda, y poco a poco me irgo en mí mismo hasta quedar de pie sin haber soltado la mano del espejo. Y ahora que volteo mi rostro hacia la derecha veo la marca de la sangre que se ha extendido sinuosa hasta arriba, manchando el espejo y haciendo que mis reflejos se marquen con ese rojo oxidado. ¿Será que significa algo hacia mí? ¿Será la respuesta a la pregunta que siempre me hago? Nunca puedo entender qué o quién soy. Soy Deimos,� soy Fobos o soy yo. No lo comprendo. Son tres perspectivas de una vida indoctrinada que se aleja paulatinamente de la verdad; son las tres caras de una moneda que no tiene sentido y que se encuentra incompleta como una muñeca de porcelana que ha sido rota en una cruel y mortífera caída.
��� Deimos, explícame. Fobos contrólame. Hagan lo que hagan no me dejen perderme en el abismo de mi mente, no destruyan los débiles remanentes de este ser.
��� Muevo la mano hasta dejarla con la palma arriba frente a mí, justo cuando frías lágrimas resbalan de mis mejillas hasta coartar la densa consistencia de ese líquido vital. Pero entonces los veo, Deimos está ahí palpitando con cada gota de sangre que se escurre entre mis dedos; y Fobos lucha quebrando esa densidad con la transparencia de las lágrimas. ¿Qué debería hacer yo? Mis rodillas se doblan y caigo de bruces en el suelo, acodándome y pegando mi frente sobre el alfombrado color ébano. ¿Qué soy? ¿Qué busco? No comprendo si tengo una meta, no entiendo si soy una persona. Mi ser se diluye en el vacío de la nada, mi cuerpo no tiene fronteras y poco a poco siento que desaparezco ¿Es esto el final? ¿O será el comienzo de una existencia? ¿Seré alguien en realidad? Pero mi cuerpo me llama y me reclama, cuatro manos me toman y me arrastran consigo y siento que me golpeo contra el suelo hasta que mis brazos no me soportan más, y ruedo hacia la izquierda, quedando de lado en el piso.
��� No se cuanto tiempo ha pasado, no sé qué he hecho, pero cuando abro mis ojos, veo la rosa con sus pétalos esparcidos en torno a ella. Pero aún más allá, clavo mi vista en el interminable espejo que se repite una y otra vez; parpadeo repetidamente hasta que logro ser consciente de lo que veo: mis ojos tiene un brillo entre el rojo y el aguamarina, tranquilos pero orgullosos a la vez. ¿Deimos habrá ganado la batalla? ¿O fue Fobos quien tomó el control?
��� No me importa, no necesito saberlo.
��� Sólo les pido que no me abandonen, que me destruyan o me consuman… pero sean uno conmigo.




NdA: quizás mi concepción del ego es un tanto complicada.
concursoderelatos
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  • 18 de Abril de 2009 a las 0:19

EL HOMBRE HINCHADO

Lo había conocido por casualidad en el grupo de amigos que nos reuníamos en el café. Me intrigaba su aspecto, su manera altiva de mostrarse ante todos, ese querer llevar las conversaciones a su terreno y demostrarnos, agresivamente, que éramos unos estúpidos ignorantes, sobre todo si alguien le contradecía. Yo le observaba callado, analítico, haciéndome pasar por alguien vulgar. Él pensaba que yo era un ser anodino, manipulable, sin personalidad ni criterios propios, un tonto, en definitiva, pues mi aspecto externo incrementa esa idea.

Por azares de la vida, un día coincidimos solos en el café. Al principio nos analizamos sin disimulo, despectivos, contrariados, tensos. Tras unas copas y cigarrillos de más, le hice ver su propia realidad y la mía. Le hice sacar todo su aire de vanidad, y luego hice estallar el mío, de súbito, como jamás lo había hecho ante nadie, a modo de bofetón. Quedó muy desorientado, mudo, mirándome parpadeante con su altivez acostumbrada. Yo me reía, dándole palmaditas en el brazo. Salió de allí sin decir adiós, con el ceño fruncido, erguido, pero, en el fondo, adiviné, su ego iba deshinchándose como un globo pinchado por una mano intencionada y hábil. En el entorno quedó como su aire de orgullo herido, viciado, muy empalagoso, que me produjo náuseas.

Al poco tiempo, supe que él había cambiado la tertulia de nuestro café por la de un foro de Internet. Allí pretendía engañar a los demás con las cosas que nosotros tan bien conocíamos de él y ya no nos impresionaban ni tolerábamos, sobre todo yo. Quedamos muy tranquilos, y yo trazando, a marchas forzadas, mis nuevos senderos de poder.

Pasado bastante tiempo, un día inesperado, volví a verlo en el café. Estaba oculto en la esquina de la barra, con un whisky en una mano, un puro en la otra, y la mirada ausente. Le eché un vistazo de superioridad. Rehuyó mis ojos, despreciativo. Percibí con gusto su cuerpo extremadamente delgado, su piel de cera y pergamino y sus pupilas vidriosas.

Me senté en la mesa junto al ventanal, entre el grupo de mis jovencitos adoradores. Comencé a liderar la charla. Al rato llegó un chico de unos veinte años. Tenía el mismo aire que el de mi ex amigo el frustrado en sus años mozos, e idéntica actitud a la que tuve yo cuando me uní al grupo de amigos en ese mismo café, ya deshecho el genuino grupo por el paso del tiempo, los desacuerdos, las rivalidades y los achaques de unos y otros.

En este instante de soledad, no dejo de pensar qué me deparará el poco futuro que me queda, qué hará conmigo ese payaso y falso jovenzuelo, pretencioso, en apariencia tímido y discreto, ese bichito que me observa con gesto burlón disimulado, mientras cuento mis aciertos en todos los ámbitos de la vida a los bobos que me escuchan.

Ja, ja, me acabo de enterar que, durante este amanecer, en el dormitorio de mi antiguo amigo frustrado, sólo ha quedado de él la piel rugosa sobre sus finos huesos, como si fuera la de un globo deshinchado y roto, y mucho, mucho aire maloliente en el ambiente, circundando una atmósfera cargada de falsedades.

Debo pensar un buen ardid para anular al jovencito antes de que él acabe conmigo de forma parecida. Mi reino es la tertulia del café, yo su eje, el Dios, hecho a sí mismo, que todos esos simplones admiran.

concursoderelatos
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  • 18 de Abril de 2009 a las 0:26
¿TÍTERE O TITIRITERO?

Hacía tiempo que no salía, ni tan siquiera recordaba la última vez que me había apetecido pisar una pista de baile, de hecho apenas puedo recordar porque accedí esa noche. Y viendo a mi amigo fracasar una vez tras otra en todos sus intentos de cortejo recordé los motivos de esa inapetencia.

Las mujeres habían aprendido a usar la seducción para saciar otras necesidades y las discotecas se habían convertido en su centro de terapia. Un lugar donde acariciaban su ego y subían su autoestima, un lugar donde los hombres eran meros monigotes puestos allí para saciar esas necesidades. Ellas imponían las reglas, ellas jugaban con ellas, ellas las modificaban si hacia falta... ellas siempre ganaban.

Las reglas del juego se habían ido desvirtuando con el paso del tiempo. Las chicas cada vez vestían menos ropa, cada vez bailaban de un modo más provocador, se insinuaban cada vez más, pero todo se había vuelto completamente ambiguo. Ya nada significaba lo que parecía, las señales eran más explicitas y las intenciones menos evidentes. ¿A quién podía apetecerle jugar a un juego cuyas reglas son impuestas por otros, sobre la marcha y según sus intereses?

Y, viendo a mí amigo fracasar una vez tras otra, me dí cuenta que deseaba un juego donde pudiese ganar siempre... y lo encontré, al menos creí encontrarlo y, simplemente, actué. Todo fue automático, incluso me atrevería a decir que inevitable, como un muelle que ha permanecido mucho tiempo comprimido y se libera de su anclaje.

Tardé bastante en encontrarla. Tenía que ser la chica más fea de toda la discoteca, una chica que nada más verla supieses que se sentía acomplejada. Cuanto más fea y acomplejada fuese, mejor, más vulnerable sería.

Me acerqué a ella con la mejor de mis sonrisas. Ella intentó devolvérmela, sus labios se movieron dibujando una mueca grotesca. Era fea, muy fea, además, era gorda. Rodeé con mi brazo su cintura, la zona donde debería haber estado su cintura. Su cara dibujó una expresión de placer aún más repulsiva que su sonrisa. Ni tan siquiera su dentadura se salvaba del estropicio que era esa pobre chica. Bailé un poco con ella y la apreté contra mi cuerpo. No le pregunté su nombre, no quería saberlo. Un nombre hace a alguien más cercano, una cara sin un nombre no es nada. Quería que eso siguiese así bajo cualquier concepto. Antes de que terminara esa canción la miré a sus ojos diminutos, hice de tripas corazón y la besé.

Cuando terminó la primera canción le propuse que saliésemos del recinto, que fuéramos al parking, ella no puso la menor objeción. Mientras nos dirigíamos seguí sonriéndole, quería que se sintiese deseada. No tardamos en llegar al aparcamiento. Ella quiso detenerse donde se habían detenido algunas parejas, yo le propuse seguir, ella declinó la oferta. Quería besarme, yo prefería hablar.

-¿Vamos un poco más lejos?
-Prefiero quedarme aquí.-me respondió ella mientras acercaba su cara a la mía. Yo me aparté.
-Venga, vayámonos un poco más lejos-insistí.
-¿Para qué quieres ir más lejos?-preguntó intentando parecer indignada.
-¿Tú qué crees?- fue mi respuesta mientras le señalaba mi bragueta para luego acariciarle los labios. En esos momentos la sonrisa que se dibujaba en mis labios era
ya de pura malicia.
-Eso no va a suceder.- respondió con voz temblorosa.

Entonces, educadamente, mirándola a los ojos, le dije:

-Pues vuelve. Si no te apetece, vete.- y tras una pequeña pausa añadí- ¿creías que te quería para algo más?

No se fue, se quedó allí quieta, paralizada. Sin embargo creo recordar que sus ojos se humedecieron. Como veía que ella no iba a abrir boca continué:

-¿Vamos, pues?

Tragó saliva y, mientras temblaba como un flan, visiblemente alterada pese a sus esfuerzos para que no se notase, me respondió:

-Aunque vayamos más lejos no sucederá nada.
-Entonces, vete.

No se fue. Seguía temblando, ahora más que antes, empezaba a tener frío, observé como se le ponía toda la piel de gallina. Le acaricié su hombro descubierto y, usando el tono de voz más cálido del que fui capaz, le dije:

-En serio, ¿por qué no te vas? ¿No ves que te estoy tratando como basura?

Volvió a tragar saliva y, esforzándose, me respondió:

-Me han tratado peor.
-¿En serio? Pobrecita, pero esto no cambia que todo lo sucedido allí dentro fuese parte del juego, y el juego debe continuar. ¿Vas a llorar?

Ahogó un suspiro, era obvió que las lágrimas hacía tiempo que querían salir, volvió a tragar saliva.

-No, no voy a llorar. Tengo frío.- seguía temblando.
-Entonces hazte un favor y vuelve dentro. A estas alturas deberías tener bastante claro que sólo tienes esas dos opciones.- le dije mientras le volvía a acariciar
suavemente el hombro y me acercaba un poco más a ella. Como seguía sin decir nada le volví a preguntar:

- ¿Nos vamos?

Casi sollozando, pero sin que ninguna lágrima llegase a resbalar por su mejilla me respondió:

-Creo que voy a volver a dentro.

Antes que terminase de girarse la cogí por la muñeca, tiré ligeramente de ella hacia mí y, como había hecho dentro de la discoteca, la cogí por la cintura y la besé.

-¿Vamos?

Seguí cogiéndola por la muñeca. Ella no respondió, tampoco opuso resistencia. Empecé a guiarla hasta el lugar más apartado del parking, justo al lado de un almacén del polígono industrial donde se encontraba la discoteca. Me apoyé contra la pared, dejé su muñeca, la cogí por la cabeza y, sin hacer ningún esfuerzo, sólo acompañando el movimiento, hice que se arrodillara. Me desabroché la bragueta y me saqué la polla, no recuerdo haberla tenido nunca tan dura. Antes de metérsela en la boca, acariciándole la barbilla hice que me mirase a los ojos y viese mi expresión de gran hijoputa. Luego, ayudándome del dedo gordo, hice que abriera la boca y se la metí. Ella empezó a chupar.

Al comenzar sólo se metió el capullo, iba lamiéndolo sin ninguna pericia. El glande es la zona más sensible del rabo, pero en esos momentos eso no me daba placer alguno. Lo que estaba haciendo no tenía nada que ver con el placer sexual, y yo lo sabía. Poniendo la mano detrás de su cabeza la insté a que se metiera un poco más, luego un poco más... Cuando parecía que ya no le cabía más empezó a llorar, todo lo que había conseguido reprimirse hasta ese momento estalló. Entonces terminé de amorrarla hasta que sus labios llegaron a la base de mi pene y empecé a mover mi pelvis con un movimiento rítmico, me estaba follando su garganta. Mi única preocupación en esos momentos era que vomitase. Estaba muy excitado, no tardé mucho en correrme. Cuando llegó el momento la aguanté con un poco más de fuerza hasta que sus labios besaron los pelos de mi escroto, la saqué de golpe y me aparté. Nada más hacerlo ella giró la cabeza hacia el otro lado y vomitó, luego lloró desconsoladamente, fue patético. Sin decirle ni una sola palabra más volví dentro de la discoteca.

Los remordimientos no tardaron en llegar. Acudieron a mi cabeza incluso antes de volver a cruzar la puerta del recinto. Lo único que podía preguntarme en esos momentos era: ¿Por qué? ¿Por qué lo había hecho? Todos los motivos que antes de empezar el juego me habían empujado ahora me parecían pueriles. ¿Había merecido la pena? Estaba claro que no. Cuanto más lo pensaba peor me sentía, y lo peor fue cuando llegué al quid de la cuestión: había deseado un juego donde yo estableciese las reglas. Había querido una marioneta, un instrumento para satisfacer mi ego herido. Simplemente había deseado ganar... y, según el concepto que había establecido de triunfo, había ganado... pero esa victoria me había hecho sentir incluso más miserable.

No tardé mucho en encontrar a mi compañero. Había pasado más de una hora desde que había empezado el juego. No llegó a preguntarme donde me había metido. Supuse que había estado ocupado, sin embargo, no había ligado. Como es lógico no le conté nada, y si me hubiese preguntado le hubiese mentido.

Una vez en el coche, de vuelta a casa, disfrutando de la ausencia de compañía, mi compañero me soltó: “Es que son todas unas guarras”. Yo le miré y asentí con la cabeza mientras pensaba: “Lo que pasa es que nosotros somos unos capullos”.
concursoderelatos
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  • 18 de Abril de 2009 a las 3:30

VÍSPERA DE NAVIDAD EN LA PENSIÓN “DOÑA JUANA”

– ¡A cenar!

Era Nochebuena, y la voz de doña Juana repiqueteó por la casa, alegre como una campanilla navideña. De inmediato, los huéspedes de la pensión empezaron a pasar al comedor, arrastrando varios siglos entre todos, y un buen número de achaques. No en vano eran personas de edad, que llevaban, en su mayoría, mucho tiempo allí alojados: el señor Bartolomé, su hermano don Hilario, y la señorita Fulgencia, concretamente, eran los más antiguos; estaban allí desde antes de nacer la nieta de doña Juana, la pequeña Petra, que contaba ya doce años. Sólo Ángel Jifero, el huésped más reciente, con sus tres meses escasos compartiendo el mismo techo, hizo caso omiso a la llamada.

En realidad, ni siquiera la había oído. Sus ojos seguían fijos en el periódico que había estado leyendo en el sillón junto a la chimenea. Una tonta foto navideña ocupaba la portada, encabezando un artículo más ñoño aún, de ser posible. Sólo en una nota minúscula, junto al siempre presente anuncio de la Ferretería Barrios, se mencionaba que ese año, por primera vez en medio siglo, el Matarife de Chambona no había dejado su sangrienta felicitación a la ciudad…

Don Ángel apretó los dientes, lleno de rabia. ¡Pero qué panda de inútiles! ¡Mira que dispuso cuidadosamente las pistas, como cada Navidad! ¡Mira que lo dejó todo listo para que localizasen el cuerpo justo en Nochebuena, para que todos supieran que ÉL seguía allí, como año tras año, siempre más listo, más astuto, siempre un paso por delante de todos! Incluso, esa misma mañana, había tomado un café con el comisario López, el principal encargado de la investigación de los asesinatos, y se había ocupado de comentar el tema, insinuándole discretas pistas…

López. ¡Ja! ¡Qué decepción! En un primer momento, cuando se corrió la voz de que enviaban un investigador de gran prestigio desde la capital, don Ángel había llegado a pensar que, quizá, podría tratarse de un semejante, un igual, otra mente preclara atrapada, como él, en aquel inmenso océano de entendimientos retardados. Alguien con quien poder hablar de frente, de tú a tú, disfrutando juntos de la broma íntima. La idea había resultado tan… consoladora. De alguna manera, antes de conocerle personalmente, y en los primeros momentos de su relación, hasta había llegado a sentirse un poco menos solo.

¡Qué equivocación! López había demostrado ser tan tarugo como todos. ¡Un año después, no sólo seguía sin sospechar de él, sino que hasta le consideraba su amigo! ¡Qué cruel decepción! ¡Qué terrible era, tener que vivir en un mundo que, claramente, no estaba a su altura!

Frustrado, Don Ángel apretó los puños, arrugando inconscientemente los bordes del periódico.

– ¿Don Ángel? – la voz le sobresaltó, pero se jactaba de haber aprendido a controlar férreamente sus emociones. Doña Juana, le estaba sonriendo – ¿No me oyó? La  cena ya está dispuesta…

– Oh, sí, claro – cerró el periódico, lo dejó en la mesita, y se puso en pie, cómodo con la personalidad del amable caballero, algo tímido, que conocían en aquel sitio. Le devolvió la sonrisa, cortésmente – Permítame que le diga que está especialmente encantadora esta noche, mi querida señora.

– ¡Usted siempre tan galante! – replicó ella, mientras le precedía hacia el comedor. Los demás ya habían ocupado sus sitios – Pero se lo agradezco de corazón, bien sabe Dios que, a partir de cierta edad, cualquier halago es bien recibido – volvió a sonreír, coqueta, retocándose el moño. Don Ángel tenía muy claras sus intenciones; al fin y al cabo, él también era un cazador. Pero, a diferencia de Juana, no solía cazar en el propio terreno…

Se detuvo, con la mano en el respaldo de la silla.

Claro, ¿por qué no? Quizá era justo eso lo que necesitaba López, y también aquella ciudad de mierda, una buena sacudida, algo que la hiciera temblar hasta los cimientos. Además, debía reconocer que empezaba a aburrirse con “El Juego”. Al principio resultaba divertido, y, luego, al llegar López, recuperó parte de la vieja emoción… Pero hacía mucho que se había vuelto monótono, tedioso, carente de todo desafío. Ya no tenía aliciente… Año tras año le había quedado claro que estaba solo, una mente brillante, privilegiada, atrapada y desperdiciada en un mundo de necios…

Don Ángel sonrió, tomando la decisión. Ese año, Chambona tendría dos regalos de Navidad, se merecía dos regalos de Navidad, el que ya esperaba, blancura envuelta en nieve, y el que prepararía esa misma noche, al acabar la cena. Más riesgo. Más diversión.

Sólo quedaba elegir la víctima…

– Le he servido un poco de vino – le dijo el señor Bartolomé, sentado a su izquierda. A su derecha, la señorita Fulgencia lanzó una risita estúpida. Qué mujer. Por lo que sabía, había sido maestra, llevaba veinte años jubilada, y nunca se había casado. Quizá por eso seguía adoptando las maneras virginales de una niña, que, en su caso, resultaban ridículas. Vieja tonta. Matarla no tendría esfuerzo, ni mérito… La descartó.

– Es una pena que no tenga usted ninguna familia, don Ángel – comentó doña Juana, mientras empezaba a pelar una gamba, sin darse cuenta de que se estaba decidiendo su destino. No, ella no. Si ella moría, cerrarían la pensión, y se sentía cómodo en aquel sitio, se había acostumbrado rápidamente a él. Era tan discreto, tan oportunamente retirado... Esperaba seguir allí durante mucho tiempo – Porque, me dijo que no tenía a nadie, ¿no?

– Absolutamente a nadie, mi estimada señora – repuso, y agitó la cabeza, en un gesto lleno de fingida pesadumbre – Desde que mi querida Emiliana falleció, me he quedado muy solo en el mundo. Hace ya años que no paso una Nochebuena así, con compañía.

– Claro, claro – convino don Bartolomé, limpiándose la grasienta barbilla con la servilleta. Don Ángel pasó una mirada rápida sobre él y sobre su hermano, don Hilario. Sólo en contadas ocasiones había utilizado hombres en “El Juego”. No le gustaban. No disfrutaba con su olor, ni con su sabor… – Y dijo que tampoco tiene amigos, ¿no?

– Me temo que, los pocos que hice, ya fallecieron – sonrió y le hizo un guiño a la pequeña Petra, que le miraba con cara de boba desde su sitio, a la derecha de doña Juana. Ésa, decidió, casi arrebatado por el deseo de tocar una carne tan tierna y aromática. ¡Con ella se le ocurrían juegos que llevaba tanto tiempo sin jugar…! Se sorprendió al pensar en ello, al recordar aquella niña de largas trenzas que lo desencadenó todo con un grito, medio siglo antes. Tenía unos ojos tan negros, era tan blanca la nieve... Se sintió excitado, sólo de pensarlo. Carraspeó, colocándose la servilleta sobre el regazo – Por eso me alegra tanto estar aquí.

– Es comprensible – don Bartolomé alzó su copa, don Hilario le imitó. Las damas hicieron lo mismo – ¡Se nos ha olvidado brindar! ¡Siempre brindamos, en Nochebuena!

– Feliz Navidad… – don Ángel también levantó la copa. Hubo un confuso entrechocar de cristales sobre la mesa, todos sonriendo y felicitándose. Probó el vino. Era mejor que el que solían servir a diario, pero no mucho más. Y estaba mal conservado, tenía un regusto ligeramente amargo – Me alegro mucho de compartir estas fiestas con ustedes.

– Usted no podía faltar. ¡Y, menos, mañana! – sonrió doña Juana – Siempre comemos juntos, en Navidad.

Por alguna razón, aquella frase, le puso nervioso. O quizá no fue la frase, sino el tono, o el modo en que le estaba mirando. No sólo ella, todos, descubrió entonces, sorprendido. Todos le estaban mirando, mientras el comedor parecía contraerse y derretirse por los bordes de su visión, distorsionándose, confundiéndose líneas y formas, disolviéndose los colores una y otra vez sobre sí mismos. Don Ángel se estaba preguntando qué demonios pasaba, cuando la mesa se levantó repentinamente, estampándole el plato de sopa en la cara. Tardó un segundo en comprender que era él quien se había caído de bruces. La copa escapó de entre sus dedos, rodó lentamente, derramando el vino sobre el delicado mantel, dibujando un reguero tan rojo que parecía sangre…

– Espero que este año haya calculado mejor la dosis, señor Bartolomé – oyó decir a la señorita Fulgencia – Sabe que no me gusta nada que le dé sabor a la carne.

Y, luego, mientras se perdía definitivamente entre las sombras, la voz infantil de Petra, enojada y anhelante:

– ¡Este año, yo quiero muslo!

concursoderelatos
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  • 18 de Abril de 2009 a las 13:55

BIZARRO

 

Delante estaba el mar; más allá, la luna. Detrás había botellas, hielo; más allá, el paseo marítimo, los bares esquilmados, el maquillaje, los urinarios.

No era una costumbre muy popular acabar las borracheras sobre la arena, aunque tampoco era extraño; a veces, los seguían algunas jóvenes promesas o mujeres insatisfechas más valientes que promiscuas, con más arrogancia que talento.

A pocas horas le esperaba al Borracho una maleta llena de escritos en su casa, un autobús hacia el Norte. Se despedían de él pero nadie veía sus lágrimas. El Seductor frecuentemente le ponía el brazo sobre los hombros aprovechando su mayor envergadura; le daba un beso en la mejilla, pero luego seguía haciendo bromas sobre el oficio de chapero que seguramente le esperaba a la espalda de Las Ventas. Quien más bromeaba era el Firme, explorando los límites de la paciencia del Borracho, escondiendo su malicia bajo la bandera de la broma.

Un pequeña pero experimentada Aspirante jugaba a descubrir sus personalidades ocultas cuando la dejaban hablar; el Seductor, incluso, hacía como el que se enfadaba cuando alguien la interrumpía.

- Yo a ti te veo como un príncipe malcriado. ¿A que eres hijo único?

- Tengo una hermana – se defendió el Seductor.

- Peor me lo pones.

El Bufón terminó de echarse una copa y se sentó de brusco, levantando todo menos el hielo.

- Tú – le dijo la Aspirante – A ver, tú…

- Yo soy una bestia en la cama – soltó una risotada para aclarar que no lo era.

- Ya – ella intentó no ofenderse con el comentario para poder seguir con su razonamiento – En verdad te veo como…

Hubo un segundo de inquietud, ya que el Borracho la miraba por encima del hombro, como un lobo que espera a la puerta de una madriguera. El Seductor le había pedido anteriormente que no fuese demasiado sincero con las damas.

El momento de tensión, en que el talento malicioso del Borracho podía estropear la noche, pasó como pasa el sonido de un avión del ejército.

- Te veo como alguien que se pone una máscara – continuó la Aspirante - Pareces muy extrovertido, pero en verdad tienes mucho mundo interior… Eres muy reservado.

Halagador. El Bufón quiso hacer una broma para superar el mal trago, pero entonces el Borracho se levantó y comenzó a quitarse la ropa.

- ¿Y esto? – preguntó la Segunda Aspirante, mucho más tierna y rica, pero bastante más gilipollas que la primera.

- Lo hace mucho – respondió el Firme – Y más que lo va a tener que hacer en los madriles…

- En verdad lo hacemos todos – dijo el Bufón después de dar un buen trago.

Pero nadie siguió al Borracho hacia la orilla, porque las damas no habían secundado el gesto.

En el agua, agradeció el calor de la bebida y pensó: “Morir de un corte de digestión no es tan malo, si la digestión es de whisky”.

Comenzó a nadar. No tenía motivos para detenerse, pero lo hizo cuando estuvo bien seguro de no tocar pie. Cansado, se giró hacia la orilla. Estaba lejos; parecía el cinturón de una drag queen. Retorció un poco más su miedo pensando en las corrientes que avanzan y giraban como tiburones buscando cuerpos que arrastrar. Pensó en un enorme pez subiendo hacia él con la boca abierta como una piscina llena de dientes. Aguantó el miedo y comenzó a reírse por lo bajo. El frío movía sus hombros.

Sobre su cabeza estaba la luna.

- ¡¿Qué quieres tú, piedra?! – le preguntó, furioso - ¿Qué quieres de mí?

Miro a su alrededor y comprobó que estaba rodeado por el reflejo de la luna, lo cual era imposible. El reflejo de la luna era inalcanzable, pero allí estaba, como papel metálico sobre el agua, cerca de sus manos.

- ¡Llévame ahora mismo si no estoy llamado a hacer grandes cosas! – gritó el Borracho – Llama al Leviatán, si tiene huevos de acercarse, o mueve la mareas para que me arrastren. Voy a vender caro mi pellejo, me eches lo que me eches, porque si vuelvo vivo a esa orilla, ¡será que el mundo es mío!

Aguardó, aleteando con los pies. Si el resto de humanos no fuesen tan tremendamente vulgares, él siempre podría hablar como lo había hecho en ese momento. Pero no era así. Quizá nunca fuese así.

Dejó de aletear unos segundos y se hundió hasta que sólo sobresalieron su nariz y su frente. Aguantó, incapaz de ver nada que no fuera la luna y el borde del mar. Con los oídos cubiertos de agua, oyó que todos los rumores oceánicos hablaban de él. Sonrió.

Y volvió a levantarse. Se giró una vez más hacia la orilla y comenzó a nadar, riendo por lo bajo, satisfecho. Enardecido. Agotado. Y pensó: “Llegar a la luna sólo demuestra que tengo talento. Volver a la orilla significará que tengo lo que hay que tener”.

A ras de mar, su imaginación volaba. El ejercicio y el agotamiento pacificaron su mente; no tenía ningún miedo; no tenía ninguna duda. Pensaba en una mansión ardiendo hasta los cimientos. “La caída de la casa Usher”. Era un buen título.

Tragó algo de agua y siguió nadando mientras tosía y pensaba que iba a hacer algo parecido. Un título que comenzase con “El Exilio…” Un lugar remoto. Alguien que vale más de lo que parece. Alguien que vale menos de lo que cree. La vida misma.

Sus pies y sus manos tocaron la arena casi a la vez. Decidió que no temblaría al volver a por su ropa. Se irguió y buscó a sus amigos, andando completamente sobrio como un borracho, como una abeja con buenas noticias.

Se sentó sobre sus ropas y recibió de nuevo el abrazo del Seductor.

- Tío, estábamos preocupados.

Se secó la cara con su propia camiseta y besó los labios de su amigo. Las Aspirantes quedaron fascinadas. El Firme, con el corazón en un puño, respiró intentando tranquilizarse. El Bufón no se pudo reír.

La Aspirante número uno vio pie para decir algo importante.

- A ti te veo – se dirigió al Borracho y su sonrisa cansada, su pelo indómito, su gesto de infante demoníaco, la inspiraron – Te veo como una estrella disfrazada de agujero negro.

- Yo soy Rasún de Kátar – respondió el Borracho – Un pueblo que no era nada. Y yo tampoco era nada.

concursoderelatos
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  • 18 de Abril de 2009 a las 13:55

Esto era un post duplicado. Lo edito a modo de borrado.

Y sin haberlo intentado me ha salido un pareado.

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